Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3) Capítulo 1
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Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3)

Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3)

Por Bella Andre

© inepub.com

Capítulo 1

CAPÍTULO UNO

Lago Tahoe, California

A medida que su telesilla iba ascendiendo más y más, Colbie Michaels intentaba ignorar cómo el latido de su corazón se iba acelerando con cada metro que recorría.

Deseaba dejar de pensar en lo larga que sería la caída si la cadena que sujetaba el asiento se rompiera y ella y su mejor amiga se precipitaran hacia la nieve debajo de ellas.

—¡Tierra llamando a Colbie!

La voz de Mia Sullivan por fin alcanzó su cerebro, al mismo tiempo que ella se hacía consciente de que el balanceo hacia adelante y hacia atrás de las piernas de su amiga estaba haciendo que la silla entera se bambolease.

—Perdona, ya paro —dijo Mia, claramente leyéndole la mente—. Sé cómo eres con esto de las alturas. Nunca tendría que haberte permitido que te subieras al telesilla.

—Sabes que tenía que hacerlo. —En ese momento, Colbie apenas era capaz de recordar por qué había sido tan testaruda sobre ese tema.

Sabía que tenía algo que ver con ponerse retos a sí misma y enfrentarse a sus miedos uno a uno.

En cualquier caso, ya no importaba cuáles hubiesen sido sus razones...

En ese momento, no podía simplemente bajarse, ¿verdad?

—. Lo estoy llevando bien aquí arriba —mintió.

Su amiga bajó la vista hacia los nudillos de sus manos, blancos de tanto apretar los reposabrazos de la silla con todas sus fuerzas.

—No, no lo estás. Dime qué puedo hacer para ayudarte y lo haré.

Antes de que Colbie tuviese ocasión de responder, la silla se detuvo de golpe.

—¿Qué pasa? ¿Se ha roto? ¿Tendrán que sacarnos de aquí en helicóptero?

Mia no pudo evitar hacer un gesto de exasperación, poniendo los ojos en blanco.

—Estoy segura de que solo se trata de alguien que necesita un poquito más de tiempo para subirse o bajarse de la silla.

Pero Colbie apenas oyó la respuesta de su amiga porque estaba teniendo problemas para respirar, y lo único que podía escuchar eran sus latidos retumbando en sus oídos. Aunque era lo bastante lista como para no mirar hacia abajo, no pudo evitar echar un rápido vistazo.

Mia le clavó un dedo en la pierna con fuerza para atraer su atención.

—Deja de flipar.

La poco habitual severidad del tono de voz de su amiga interrumpió por un instante el repaso de toda su vida que estaba viendo pasar por su mente.

—Vale. —Colbie tomó una bocanada de aire—. Buena idea.

Mia sonrió

—Una voz de dominatrix bastante buena, ¿no crees?

Las cejas de Colbie se enarcaron de golpe.

—¿Eso es lo que era?

Su amiga asintió, con aspecto de estar enormemente satisfecha de sí misma.

—Sería una ama genial, ¿a que sí?

—La mejor —le aseguró ella con la primera sonrisa verdadera desde que se subió al telesilla. A nadie más se le habría dado tan bien distraerla, solo a su mejor amiga.

Siendo la única chica en una familia con otros cuatro hermanos, Mia Sullivan había aprendido desde muy pequeña a decir lo que pensaba para no perderse en medio del revoltijo de puñetazos, calcetines apestosos y cascos de fútbol americano.

Colbie había tenido la suerte de crecer a tan solo una manzana de la casa de los Sullivan, construida en el típico estilo americano Craftsman , a la orilla del lago Washington.

Ella se había pasado la mitad de su infancia con los Sullivan, y hasta era posible que se hubiese ido enamorando un pelín de cada uno de los hermanos de Mia a medida que iban creciendo.

Pero, por otra parte, ¿y quién podría haberse resistido?

Puede que otras personas se hubiesen mofado del miedo a las alturas de Colbie, pero no la mujer con la que había mantenido una amistad durante más de veinte años.

Todavía recordaba la primera vez que vio a Mia.

Las dos tenían cinco años y era el día en que empezaban preescolar.

Como era normal, todos en la clase de la Sra.

Tillman habían estado nerviosos por estar fuera de casa por primera vez y por tener que quedarse quietos y sentados en círculo sobre la moqueta del suelo, seguir instrucciones y practicar a escribir sus nombres.

Pero lo peor para ella fue cuando llegó la hora del recreo, porque, ¿y si no conseguía hacer ningún amigo?

El patio estaba lleno de niños, no solo de los de su clase, sino de otros aún más mayores, de primero, segundo y también de tercero. Estaba a punto de echarse a correr y regresar a la relativa seguridad de la clase y de la Sra. Tillman cuando Mia Sullivan se plantó delante de ella.

Mientras que la madre de Colbie le había cepillado el pelo hasta dejarlo brillante y la había vestido cuidadosamente con una falda y un jersey nuevos para su primer día de cole, el largo cabello de Mia estaba peinado en dos desastradas coletas y su ropa desconjuntada lucía todos los colores del arcoíris.

A la niña le faltaba uno de los dientes delanteros y eso hacía que su sonrisa pareciera incluso más amplia.

—Hola, soy Mia. Me gusta tu nombre, “Colbie” , es guay. ¿Quieres que seamos amigas?

Una docena de sencillas palabras fue lo único que hizo falta para eliminar el peso del pecho de Colbie.

Antes de que tuviese ocasión de hacer otra cosa que devolverle la sonrisa, Mia ya la había agarrado de la mano y las dos estaban corriendo por el recreo en la primera de las que serían cientos de aventuras juntas a lo largo de los años.

—¡Ohhh, mira eso! —exclamó Mia, señalando con el dedo a un tío alto y de anchas espaldas descendiendo por la montaña en sus esquíes—. No me importaría ponerme cómoda junto al fuego a su lado más tarde.

—¿Qué parte de nuestro fin de semana de chicas crees que le gustaría más? —bromeó Colbie—. ¿La manicura o la sesión de mechas? ¿O tal vez se apuntaría a probar el nuevo kit de depilación a la cera sin goteo que se ha traído Janet?

Durante los últimos cinco años, en el primer fin de semana de febrero, Colbie y sus tres mejores amigas se reunían en algún lugar de los Estados Unidos.

Este año habían alquilado una casa en el Lago Tahoe, California, para su fin de semana de "solo chicas".

Tenían una única regla clara e inamovible: no se permitían hombres, ni aunque fuera algún rollete sexi.

—Si a ese le gusta cualquiera de esas cosas —respondió Mia haciendo una mueca—, yo paso. Además, tampoco creo que quiera pasarse un buen rato sentado y admirando anillos de compromiso.

Sus amigas Janet y Ellen lucían sendos anillos de compromiso nuevos, y si Colbie sentía alguna otra cosa al respecto aparte de alegrarse por ellas, se negaba a admitírselo a sí misma.

Solo porque había pillado a su último novio en Nochevieja, en plena postura del misionero con la mujer que él había jurado que no era más que “una buena amiga del trabajo”, no tenía derecho a agriarles la felicidad a sus amigas.

—Les podías haber contado lo de Ron y el pedazo de escoria que resultó ser al final, ¿sabes?

Mia era la única que sabía lo que había pasado de verdad con el exnovio de Colbie.

—No quise convertir nuestra celebración en un festival de regodeo en mis penas.

—Se esforzó por borrar de su cabeza la imagen mental de su ex en la cama con otra mujer—.

Además, me niego a permitir que él me arruine estas vacaciones en uno de los lugares más hermosos del mundo.

—Especialmente después de haber arruinado completamente su Nochevieja.

Decidida a relajar los músculos demasiado tensos de su estómago, cogió una profunda bocanada de aire y se quedó mirando las vistas auténticamente espectaculares desde su asiento sobrevolando el Lago Tahoe.

Era realmente una fantasía invernal. El cielo era azul, el aire tenía un olor fresco y limpio, la nieve recién caída la noche anterior era suave y parecía como de algodón sobre las ramas de los árboles.

Incluso antes de que el pequeño jet aterrizara en el aeropuerto de Lago Tahoe dos días atrás, la primera imagen que tuvo Colbie del lago parcialmente helado la había dejado sin respiración.

Además, no había nada mejor que pasar el tiempo con la gente que la conocía casi mejor de lo que ella se conocía a sí misma.

El día anterior habían ido de paseo con raquetas de nieve durante el día y luego se habían pasado la noche bebiendo demasiado y riéndose más de lo que ella se había reído desde sus vacaciones del año anterior con ellas.

Entre el maravilloso paisaje y unas cuantas respiraciones profundas, empezó por fin a relajarse. Pero en cuanto la silla se acercó más a la cima de la montaña, supo que no iba a tener ninguna opción de relajarse del todo.

Estaba a escasos minutos de tener que enfrentarse a su siguiente desafío: bajar la ladera de la colina esquiando...

y llegar hasta abajo de una pieza. En otros deportes, como el tenis y la natación, su coordinación era perfecta, pero en cuanto se ponía los esquís en los pies, estos perdían todo sentido del equilibrio.

Sabía que Mia iba a ofrecerse para quedarse con ella una vez se bajaran del telesilla, pero Colbie no podía soportar la idea de interponerse en la diversión de su amiga, especialmente cuando Mia era sin duda una chica de pistas negras, las más difíciles.

El año pasado habían acordado encontrarse en San Diego para disfrutar del sol y la arena, algo de lo que no tenían demasiado en Seattle.

Este año le había parecido perfectamente bien dejar que las fanáticas del esquí como Mia decidieran sobre el sitio.

—Gracias por venir conmigo en el telesilla —le dijo a Mia—, pero me niego a permitir que te pases todo el día haciéndome de niñera. En cuanto lleguemos arriba, tú te vas a ir a esquiar hasta que te hartes.

Su amiga enarcó una ceja.

—Mira quién se ha puesto ahora en plan dominatrix .

Mia era una de las mujeres más bonitas que jamás había conocido, pero Colbie siempre la vería como esa niñita con las coletas mal peinadas y el hueco donde le faltaba el diente.

—No me hagas sacar el látigo —bromeó.

—¡Sí, señora! —dijo su amiga con un brusco saludo militar que hizo bambolearse el asiento un poco demasiado para la paz mental de Colbie.

Contuvo el aliento mientras la silla se acercaba más a la zona de lo alto de la montaña donde se iban a bajar.

Obligando a sus manos a soltarse de la barra que había estado apretando como si su vida dependiera de ello, levantó sus esquís y se bajó de un salto al unísono con Mia.

Un momento después, su amiga se había bajado sus gafas de esquí y estaba diciéndole adiós con la mano mientras se alejaba esquiando con gracia hacia el otro lado de la montaña, donde se encontraban todas las pistas aterradoramente difíciles.

Mia hacía que pareciese tan fácil... La nieve es blanda, ¿verdad?

¿Cuánto daño podría hacerse Colbie en una montañita de nada?

Quizás esa vez, se dijo, todo saldría bien.

Y por un instante, mientras sus esquíes se movieron de verdad en la dirección en la que ella les indicaba, deslizándose con facilidad por la nieve reciente, eso parecía…

Hasta que una niñita se desvió de repente en su dirección.

Suponiendo que la niña con sus coletas al viento estuviese tan fuera de control como Colbie, fue consciente de que tenía al menos que intentar salvar a la pequeña.

Tambaleándose sobre sus esquíes, soltó los palos y se lanzó hacia la niña para intentar cogerla. Al verla, la cría se echó a reír y cambió de dirección como si nada para ponerse fuera de su alcance.

En ese punto, Colbie perdió del todo el equilibrio sobre sus esquís y aterrizó de bruces

La nieve fresca resultó estar sorprendentemente fría al entrar en contacto con sus mejillas, su barbilla y su frente.

No solo eso, cada milímetro de su cara no se enfrió, sino que se congeló en todas las partes que no llevaba tapadas, incluyendo los lóbulos de sus orejas y el punto del cuello donde su bufanda debió de abrírsele al caer.

Sabiendo que tenía que quitarse del paso del siguiente esquiador, intentó incorporarse, apoyándose en las rodillas y las manos, pero la nieve estaba demasiado blanda y el único esquí que le quedaba puesto no dejaba de hundirse cada vez más en ella, retorciendo su tobillo de una manera atroz.

Sí, no había duda alguna, estaba atascada.

Una idea fugaz atravesó la mente de Colbie: que lo único que podría empeorar esa situación sería que algún tío sexi y soltero con el que ella pudiera haber tenido una profunda historia de amor en una realidad paralela la encontrase así, con el culo en pompa y la cara llena de nieve.

Pero ni siquiera ella tenía tan mala suerte. O al menos eso creía, hasta que unos segundos después, escuchó una voz profunda y ligeramente ronca decir:

—¿Estás bien?