Los Sullivan de Seattle, Libros 1-3 (Colección Los Sullivan nº 4) Capítulo 2
53%

Capítulo 2

CAPÍTULO DOS

Mia Sullivan no sabía nada acerca del hombre al que estaba a punto de conocer… Salvo que debía de ser muy rico.

Asquerosamente rico.

Un abogado había contactado con ella el día anterior, afirmando representar a un cliente que estaba buscando casa en Seattle. ¿El presupuesto? Diez millones de dólares, millón arriba, millón abajo, según fuese necesario.

¿La ubicación? Junto al agua, por supuesto.

¿El plazo en que quería comprarla? Inmediatamente.

¿El cliente? Anónimo hasta la visita de hoy.

Como propietaria de Sullivan Realty, una inmobiliaria con media docena de agentes trabajando para ella, Mia ya tenía un montón de visitas y reuniones concertadas para ese viernes por la mañana.

Además, encontraba el anonimato del comprador misterioso un poco más que sospechoso.

¿Qué posible razón podría tener un potencial cliente para mantener su identidad oculta para ella?

Sobre todo, dado que ya les había vendido propiedades a algunos de los hombres más ricos del mundo, sin mencionar que era prima de la estrella de cine Smith Sullivan y del jugador de baloncesto profesional Ryan Sullivan.

Repasando rápidamente varias posibilidades en su cabeza, Mia se imaginó que era posible que el comprador pudiese ser un ex-convicto rico y peligroso que acabase de cumplir su condena y que ahora quisiera rehacer su vida en una gran casa en la costa del Noroeste del Pacífico.

Por supuesto, le encantaría conseguir la comisión de una finca de diez millones de dólares, pero en ese momento tampoco es que la necesitase.

Además, Mia Sullivan tenía cuatro hermanos mayores y unos padres cariñosos que la habían educado bien acerca de cómo cuidar de sí misma, y no era una persona que se dejase tomar por tonta con facilidad.

Bueno, es decir, aparte de por aquella semana de cinco años atrás en la que había sido una tonta rematada y total… Todo por amor.

Devolviendo rápidamente ese feo recuerdo a las oscuras profundidades a las que pertenecía, preguntó directamente:

—¿Ha cumplido su cliente condena por algún crimen espantoso?

Le había sonado como si el abogado apenas fuese capaz de contener la risa al responderle:

—No. Puedo prometerle que decididamente, no es ningún asesino.

Así había averiguado que era seguro que se trataba de un hombre.

—Me temo que me va a resultar extremadamente difícil ayudar a alguien que insiste en mantenerse en el anonimato a elegir una casa que sea perfecta para él.

—Ante el silencio continuado del abogado, añadió—: Por lo menos tendría que saber su edad, y el tamaño de su familia o el número de empleados que tendrá en su casa, como mínimo.

—Mis más sinceras disculpas por no estar autorizado a divulgar más detalles acerca de mi cliente, pero puedo prometerle que está bien de la cabeza y que no pretende hacerle ningún daño.

—Si con eso pretendía tranquilizarme…

—También le he enviado por mensajero un cheque de veinte mil dólares como pago por adelantado por sus servicios. Encuentre o no una casa que mi cliente desee comprar, el dinero es suyo.

Como si hubiese sido coreografiado a posta, justo al mismo tiempo en que el abogado acababa de decir esa frase, Orlando, el ayudante de Mia, le había traído un sobre.

Mia había sacado el cheque bancario por valor de veinte mil dólares y ahora con la boca abierta, no se le habían ocurrido más protestas.

Así que a pesar de las banderas rojas de alarma que ondeaban en su cerebro advirtiéndole que había decididamente algo raro en toda esta situación, el hecho era que ningún agente inmobiliario del planeta habría ignorado a este cliente.

Anónimo o no, estaba claro que iba en serio acerca de lo de comprar una casa junto a la costa en Seattle, así que ella había decidido cambiar las citas que ya tenía concertadas para el viernes con otros clientes y reservar tres visitas en las mejores casas de la costa que estaban a la venta en la ciudad.

En todo caso, pensaba Mia mientras se acercaba al camino de entrada de la primera casa, era bastante más probable que se tratase de algún friki de veintidós años que se hubiese hecho rico de golpe con alguna start-up tecnológica y careciese en absoluto de habilidades sociales, que de algún exconvicto chiflado y peligroso que acabase de ser liberado de la cárcel en base a algún tecnicismo.

Mientras abría la puerta delantera de la asombrosa finca costera, dio las gracias en su mente porque este fuese un día tan perfecto.

Había unas nubes blancas y esponjosas flotando en un cielo esplendorosamente azul, y el agua del Lago Washington estaba tan lisa que parecía de cristal.

A Mia le encantaba vivir en su piso alto con vistas al centro de Seattle, pero podía decididamente ver el atractivo de un lugar como este.

No le cabía duda alguna, pensó con una sonrisa mientras entraba en la espectacular vivienda: si tuviese diez millones de dólares por ahí criando polvo, con toda seguridad se compraría un sitio así.

Rápida y eficiente, recorrió cada estancia de la planta baja encendiendo las luces, recolocando los jarrones con flores y moviendo ligeramente los muebles para hacer que la casa pareciese del todo perfecta.

Aunque no es que a este sitio le hiciese falta demasiada ayuda en ese departamento.

Porque, aunque ella creyera que las tres viviendas de su agenda de hoy podrían contentar hasta al más quisquilloso de los compradores, estaba particularmente a favor de esta primera, por un rasgo muy único que poseía.

El torreón.

¿A qué chica no le encantaría la idea de un príncipe guapísimo y fornido trepando por la pared de piedra cubierta de enredaderas del torreón para darle a su amor verdadero un beso de amor?

¿Y a qué chico no le habría encantado vigilar a los invasores desde ahí arriba, como un guerrero de muchos siglos atrás?

Además, desde un punto de vista más práctico, el torreón tenía una luz estupenda, unas preciosas paredes de piedra y unas vistas increíbles.

La casa pertenecía actualmente a una pareja encantadora que, por desgracia, se estaba separando.

Mia había asistido a varias de sus fiestas a lo largo de los años y siempre le había sorprendido lo parecidos que eran en todo, desde en su belleza nórdica hasta en su sentido clásico de la moda.

Se había quedado extremadamente sorprendida cuando le llamaron para decirle que se iban a divorciar y que querían que ella pusiese su casa en venta.

Por lo que había visto, nunca se habían peleado ni habían parecido enfadados más allá de mostrar algunas sonrisas forzadas y falsos términos cariñosos, como hacían muchas otras parejas.

Por otra parte, cuando más pensaba en ello, más caía en la cuenta de que tampoco podía recordar verlos tocándose en público.

Su divorcio, al parecer, estaba llevándose a cabo con la misma falta de pasión que antes hubo en su matrimonio.

Mia se detuvo a mitad de la escalera en espiral que conducía a la habitación del torreón y miró por una ventanita desde la que se podían ver los amplios terrenos circundantes.

¿Cómo, se preguntó, es capaz la gente de calcular el equilibrio perfecto entre el amor y la pasión? ¿O entre la amistad y la pasión?

Contempló el lago azul y al yate amarrado justo debajo de la ventana, apenas sin verlos, mientras reflexionaba sobre las preguntas que habían estado surgiendo en su mente una y otra vez ahora que tantos miembros de su familia habían encontrado a su otra mitad.

Primero, sus ocho primos de San Francisco se habían enamorado, todos ellos.

Cuatro ya se habían casado, y los otros cuatro estaban prometidos.

La siguiente boda era la de Marcus y Nicola, ese domingo, en los viñedos que él tenía en el Valle de Napa.

Y además, ese mismo verano, su hermano Rafe se había enamorado hasta las trancas de su vieja amiga Brooke.

Por supuesto, Mia estaba encantadísima por su hermano y por sus primos.

Pero después de ver juntas a todas esas parejas felices, había empezado a dudar seriamente de que encontraría lo que todos ellos tenían.

Especialmente cuando, dado su gran error en una relación pasada, estaba claro de que no tenía ni idea de lo que era el amor verdadero.

El sonido de una gaviota chillando a solo unos metros de la ventana le sacó de golpe de su ensimismamiento.

Su comprador anónimo iba a llegar en quince minutos, y ella quería estar totalmente preparada para él.

Subiendo los últimos escalones de dos en dos, alcanzó la gruesa puerta de madera que daba a la habitación del torreón treinta segundos después.

Se sorprendió ligeramente al encontrarse con que estaba abierta. Pero cuando entró, se sorprendió muchísimo más al ver que la habitación no estaba vacía… Y que el comprador anónimo era el último hombre al que hubiese querido ver en este mundo.

Y así de rápido, cinco años se desvanecieron de golpe y ella se encontró reviviendo el momento en que lo había visto por primera vez.

Cinco años atrás, en un local del centro de Seattle…

Para Mia Sullivan, ese era el mejor día de su vida.

Había vendido su primera propiedad de siete cifras y había celebrado una estupenda cena de viernes con su familia, en casa de sus padres, donde su madre, su padre y sus cuatro hermanos la habían sorprendido con un gran ramo de flores y un brindis con champán para celebrar sus logros.

Después de irse a casa para ponerse algo menos profesional y más seductor, había salido por ahí a continuar con la celebración en un club muy conocido de Seattle con algunos colegas que también habían cerrado buenos tratos esa semana.