Los Sullivan de Seattle, Libros 1-3 (Colección Los Sullivan nº 4) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Aunque solo habían pasado una semana juntos, Ford no había podido evitar buscarla periódicamente online para ver si Mia tenía alguna relación seria.

A lo largo de los años, continuó torturándose de esa forma una y otra vez, aunque cuando veía una foto de ella con algún otro tío, se le paraba el corazón, igual que lo había hecho esta noche.

Intentando recuperarse, había bebido más, había salido más de fiesta y se había pasado todavía más horas en el estudio y en la carretera, todo para intentar olvidarla.

Pero jamás lo había conseguido.

Porque Mia Sullivan era inolvidable.

—Como este documental va sobre mi música y no sobre mi vida privada, no veo porque eso pueda importar.

A diferencia de la mayoría de la gente, que solo preguntaba lo alto que tenía que llegar cuando él les decía «salta», Natasha no se echó para atrás ante su claro mensaje de que lo dejara estar. Y aunque todavía no le había confirmado si recordaba a Mia siquiera, le preguntó:

—¿Has seguido en contacto con ella?

—No —Esa breve palabra brotó de sus labios como un más que molesto gruñido.

Incapaz de seguir sentado en el banco, Ford se puso de pie. Nunca antes había jugado la carta de la estrella del rock con Natasha, pero ver a Mia en la pantalla tan inesperadamente le había hecho sentir cada milímetro de sí mismo en carne viva, por dentro y por fuera.

—¿Para qué demonios quieres saber eso?

—Me he pasado el último par de meses prácticamente viviendo en el bolsillo trasero de tus pantalones, Ford.

Eres estupendo con tu equipo y con tus fans, y hablaba en serio cuando te dije que la intención de este documental es capturar tu música.

De dónde surge. Cómo afecta a la gente. Pero no hay forma de poder hacer nada de eso, o de hacerlo bien, sin averiguar, y mostrar, qué es lo que te ha convertido en quién eres y por qué escribes estas canciones.

Y me temo que en algún punto del recorrido, has comenzado a caerme bien —dijo ella con una ligera sonrisa—.

Bastante más de lo que creía que me gustaría una estrella del rock que tiene el mundo a sus pies.

—Natasha volvió a mirar hacia la pantalla que atrapaba dos de los momentos más importantes de su vida—.

Nunca había visto a esta mujer. Nunca te he oído hablar de ella.

Pero en cuanto vi los vídeos, mi instinto me dijo que ella era de una importancia vital.

He aprendido por las malas a escuchar a mi instinto a lo largo de los años, incluso —añadió con un ligero gesto de disculpa—, cuando sé que eso va a mosquear al sujeto de mi documental en proceso.

Se quitó las gafas de leer y le miró de la forma en que él siempre había creído que lo haría una hermana o una madre que se preocupasen por él de haber sido lo bastante afortunado como para tener a alguna de ellas en su vida.

—Te prometo que cuando te pregunto por esta mujer ya no es por mi película. Soy solo yo hablando contigo como amiga.

El estor del ventanal tras la mesa integrada estaba levantado y mientras avanzaban a unos cien kilómetros por hora por la autopista en medio de la noche, lo único que Ford podía ver era unas líneas borrosas de luces traseras, rótulos iluminados y señales de gasolineras.

Se había pasado toda su vida adulta quemando alquitrán bajo las ruedas de su furgoneta primero, y luego de las de autobuses cada vez más y más grandes a medida que aumentaban su fama y sus ingresos.

Alquilaba un par de suites en Los Ángeles y Nueva York para los días libres que ocasionalmente tenía, pero nunca las había visto cómo su casa.

Siempre se había dicho a sí mismo que no quería ni necesitaba tener una, que la carretera era su casa, y que eso es lo que había querido que fuese su vida.

Pero él ya no era ni tan joven ni tan estúpido como para seguir fingiendo que no se acercaba el día en que sería demasiado viejo para corretear por un escenario noche tras noche.

Sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que le agotaba ahora mismo hacer un espectáculo de tres horas.

¿Cómo sería dentro de cinco años, si seguía yendo a este mismo paso?

¿Y en diez? ¿Dónde acabaría entonces? ¿Y quién le acompañaría allí?

No podía verse a sí mismo de vuelta donde se crio, en el norte, en Boston…

Ni en Nueva York, Los Ángeles o Londres, donde tenían lugar la mayor parte de sus negocios fuera de las giras.

Daba igual lo mucho que intentase detenerlo, su cerebro siempre volvía a Seattle, donde había pasado una semana increíble con la chica más hermosa del mundo.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que la viste?

A lo largo de los años, Ford había trabajado con muchos músicos que eran alcohólicos en rehabilitación.

Entendía que, incluso si un adicto se mantenía sobrio durante años, solo le hacía falta un único sorbo para que su adicción volviese con más saña aún que la que tenía antes, como si los años de abstinencia no hubiesen existido.

Ahora mismo sabía exactamente como era eso, porque no podía dejar de mirar a la pantalla donde la vitalidad y la belleza de Mia le atraían más aún ahora de lo que lo habían hecho entonces.

—Cinco años.

—¿Has intentado volver a ponerte en contacto con ella?

De nuevo, su respuesta fue un seco:

—No.

Había hecho de todo menos eso. Había trabajado como un cosaco para intentar olvidarla, para enterrar lo que había sentido por ella.

Había ido pasando de una mujer a otra, de una ciudad a otra, de un escenario a otro.

Pero ¡Dios! Solo pensar en volver a tener a Mia entre sus brazos hacía que unas oleadas de anhelo y nostalgia fermentadas lentamente en su interior y latentes desde hacía mucho tiempo se desataran y le recorrieran rápidamente todo el cuerpo.

—¿Por qué no?

¿Cómo podría explicar lo bueno que había sido todo con Mia…

Y luego lo mal que había acabado? Especialmente porque, aun cuando fuese capaz de ponerlo en palabras, sabía que no debía contarle nada más de todo eso a Natasha.

No cuando ya le había contado, y demostrado, demasiadas cosas.

Porque si ella decidía romper la promesa que le había hecho y sacar a la luz cualquiera de ellas, sería como haber cavado su propia tumba. Una muy profunda.

Solo que al igual que el proceso de escribir una canción le resultaba como descubrir el misterio de lo que él creía de verdad, línea por línea, ahora estaba sorprendido al darse cuenta de que también le había pasado lo mismo con esta conversación tan inesperada.

Por fin, admitió:

—Éramos jóvenes.

Pero eso distaba de ser toda la verdad. Ni siquiera se le acercaba. Con Mia, había cometido todos los errores que se podían cometer. Orgullo. Ego. Culpa. Todo lo que había tenido gran peso a la hora de dejarla y después, de mantenerse alejado.

—Yo era joven. Y estúpido. Como bien has dicho, creía que todo el mundo debía postrarse a mis pies. Incluida ella.

—Todos fuimos jóvenes y estúpidos alguna vez —señaló Natasha—, pero si me preguntas a mí, el hecho de que a fecha de hoy sigas estando enamorado de ella está muy por encima de todo eso.

Entonces se quedó esperando, como para darle ocasión de intentar negar que seguía estando enamorado de Mia. Pero él no fue capaz.

Porque ahora se daba cuenta de que cualquier negación por su parte supondría una mentira descarada.

—La forma en que la mirabas desde aquel escenario de Seattle hace cinco años…

Ojalá te hubiese grabado hace un momento, para que vieras cómo la estabas mirando ahora mismo en mi ordenador, de exactamente idéntica manera.

Oye, Ford, ¿y si ella sigue estando tan enamorada de ti también?

—Su voz se suavizó al añadir—: Sé que la gente piensa que lo tienes todo.

Fama. Éxito. Estadios repletos y números uno.

Y he visto personalmente que disfrutas de lo que haces —Miró a su alrededor, a ese lujoso interior del bus de la gira—.

Pero no puedo evitar preguntarme… Si vosotros dos pudierais hacer que las cosas funcionasen esta vez, ¿qué estarías dispuesto a sacrificar para recuperarla?

La palabra todo apareció en su cerebro en el mismo momento en que el antiguo vídeo del backstage volvía a ponerse en marcha.

Al verlo, recordó que Mia apenas le había dicho su nombre cuando varias grupis medio desnudas ya se habían interpuesto entre ellos.

Incluso mientras les estaba dando sus autógrafos a esas mujeres, había estado contando los segundos que le quedaban para volver a estar con Mia otra vez.

Ahora, allí de pie en su bien equipado bus de la gira, Ford se daba cuenta de que nunca había dejado de contar esos segundos, ni por un solo instante, durante los cinco años que habían pasado desde la última vez que la vio.

Tiempo atrás, había creído que su música, su guitarra y sus canciones eran lo único que necesitaba.

Pero esa noche, mientras su autobús rugía por otra de tantas autopistas hacia otro de tantos estadios, Ford se dio cuenta por fin de que sus canciones y su público jamás se acercarían a poder llenar el vacío de su interior.

Solo una cosa, solo una persona, había sido jamás capaz de hacer eso.

Solo Mia.