Los Sullivan de Seattle, Libros 1-3 (Colección Los Sullivan nº 4) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Había estado demasiado exaltada en la cena con su familia como para tomar nada más que unos meros sorbitos del champan que habían abierto en su honor, y ahora su mojito le sabía mejor que nunca.

Bullendo de energía, Mia estaba lista y ansiosa por que la banda empezase a tocar, para poder lanzarse a la pista de baile.

Esta noche se sentía especialmente sexi con su vestidito resplandeciente y plateado, con unos tirantes finísimos y un escote pronunciado en la parte de atrás.

Mia no era muy alta, pero con el dobladillo del vestido apenas cubriéndole los muslos y sus zapatos plateados de tacón de doce centímetros, se sentía a la altura de cualquiera de las aspirantes a supermodelos del público.

Ese tío tan mono con el que había estado flirteando acababa de irse a buscarle otra copa cuando la música del local y las luces bajaron de intensidad y docenas de chicas de la multitud se pusieron a chillar.

Mia no seguía demasiado de cerca el panorama musical pero evidentemente, el espectáculo de esta noche era el más sexi de la ciudad.

A Mia le iban más los tipos rollo marine, fuertes y musculosos y no los roqueros con tatuajes y ropa de cuero.

Aun así, la forma en que el resto de mujeres de la sala estaban actuando había suscitado bastante curiosidad en ella con respecto al cantante.

¿Cómo podría ser de maravilloso ese Ford Vincent?

Justo en ese momento, una profunda voz masculina atravesó el ruido de la multitud y los chillidos se hicieron más fuertes. Entonces, milagrosamente, se apagaron por completo y su voz resonó hasta lo profundo de sus almas.

Mia se olvidó del todo del tío con el que había estado ligando y empezó a atravesar el público para acercarse más al escenario. Casi había llegado a primera fila cuando se encendió un foco.

¡Oh, Dios mío, el cantante estaba buenísimo!

Pero no según el típico rollo de las estrellas del rock.

Sí, llevaba pantalones de cuero y su cabello oscuro era lo bastante largo como para rozarle los hombros, pero tenía un hermoso cuerpo, con un pecho amplio, brazos y piernas musculosas y una robustez sorprendente, como si se pasara tiempo levantando regularmente algo más pesado que una guitarra eléctrica.

Pero unos segundos después, Mia comprendió que daba igual el aspecto que tuviera…. Porque se encontró a sí misma perdida en su música, con los ojos cerrados mientras dejaba que su cuerpo se moviera al compás.

Cuando alguien le dio un codazo en el costado, Mia abrió los ojos para ver quién la estaba empujando. La chica que tenía al lado exclamó:

—¡Te está cantando directamente a ti!

Un instante después, Mia se volvió hacia el escenario y se encontró mirando directamente a los ojos llameantes del cantante.

Ella nunca había sentido miedo de su propia sensualidad innata, pero…

Oh… La forma en que una sola mirada de este hombre la hizo fundirse al instante por dentro hizo ondear una extraña y muy sorprendente bandera roja de cautela dentro de su pecho.

En sus relaciones, ella siempre había sido quien tenía el control.

Estaba acostumbrada a ser la que era deseada y necesitada, más que ser ella quien nunca desease o necesitase a alguien.

Las relaciones y el sexo habían sido pura diversión.

En veintitrés años, su corazón nunca, jamás, había estado en peligro…

Y a ella le había parecido bien así. Imaginaba que ya tendría un montón de tiempo para encontrar al definitivo.

Atrapada por el calor y la intensidad de la mirada de Ford, Mia no podía hacer nada salvo quedarse allí plantada en medio de ese público de fans enloquecidas y devolverle la mirada a su vez.

No fue hasta que la gente perdió la cabeza la final de canción y el bajista dijo algo a Ford que apartó su atención de ella cuando salió con dificultad de lo que se había parecido más a un trance hipnótico que a nada que hubiese vivido antes.

Sentía una sensación física rara, la boca seca, las manos y los pies hormigueantes…

Y el corazón le latía con demasiada fuerza.

Intentando recuperar la compostura, dio la espalda al escenario y buscó a sus amigos entre la gente.

Necesitaba otra bebida para humedecerse la garganta y después, aunque tampoco fuese muy tarde, tal vez se marchase a casa.

Pero en lugar de encontrar a ninguno de sus colegas en una multitud que parecía haberse cuadruplicado en número durante esa alucinante primera canción, solo fue capaz de ver a docenas de chicas preciosas que harían lo que fuera por conseguir pasar una noche en la cama del cantante.

—Sois un público de la leche, ¿no?

La pregunta de Ford, hecha con esa voz profunda que hacía que Mia sintiera escalofríos de deseo por todo el cuerpo, provocó que la gente se pusiera a gritar y a chillar que le amaban, que era su héroe, que las poseyera como él quisiera.

—Ya tenía previsto tocar bien para vosotras —dijo él con un tono que rezumaba de matices sexuales—, pero ahora habéis conseguido que desee hacerlo bien de verdad.

Ella podría jurar que sentía su mirada atravesándola como una espada de fuego, y algo le dijo que sus palabras no eran solo para el público en general… Sino un desafío para ella porque había visto que estaba a punto de marcharse.

Mia no había tenido miedo de nada en su vida. Además, no podía dejar de preguntarse que si una mirada, si solo el sonido de su voz, podría afectarle tanto, ¿qué le haría una caricia? ¿Un beso?

Se estremeció ante la deliciosa idea de esas manos, que se movían con tanta reverencia sobre su guitarra eléctrica, haciéndole lo mismo a su piel desnuda. Estaba aquí para celebrarlo, después de todo, y ¿qué daño podría hacerle una noche de pasión con un roquero?

Cuando por fin se dio la vuelta hacia el escenario, Ford levantó una ceja con gesto inquisitivo. Ella dejó que sus labios le respondieran con una sonrisa. Una sonrisa que decía: «Si quieres una noche conmigo, estrella del rock, vas a tener que ganártela».

Y esa noche, cuando él por fin la metió en su cama, vaya si lo hizo…