Capítulo 27
CAPÍTULO VEINTISIETE
E n el interior de Dylan, todo se tensó y luego se congeló.
—Has tenido una locura de día, Grace. No tienes que hacer nada más, no tienes que tomar ninguna decisión importante. No esta noche. No después de haber pasado por la picadora en todos los frentes.
—He sabido todo el tiempo que tendría que haber intentado resistirme más a ti.
Pero seguía diciéndome a mí misma que solo se trataba de un beso.
De una noche. De una semana. Solo por diversión.
Solo por placer. —Se limpió las lágrimas mientras inhalaba otro aliento tembloroso—.
Me he estado mintiendo a mí misma y ya no puedo seguir haciéndolo, Dylan.
Tampoco puedo mentirte a ti, dejándote creer que estoy preparada para esto. Para ti.
—Te prometí que iríamos despacio, Grace.
Sé que te he estado presionando demasiado desde el principio.
Haciéndote conocer a mi familia. Haciendo que me dieses tus días y tus noches.
Que me dejaras entrar en la vida de Mason.
Aunque sabía que no estabas preparada. Tú no me has mentido nunca, ni una sola vez.
Yo soy el que la ha estado cagando una y otra vez.
Déjame arreglarlo. Me aseguraré de que no te veas arrastrada a todas mis celebraciones familiares...
—Tu familia es genial. Han sido estupendos conmigo y con Mason.
—Entonces yo me echaré atrás. Te daré espacio, te dejare que tú dictes el ritmo de las cosas a partir de ahora.
—¿No lo entiendes? —Ella se libró de sus brazos de golpe y se dio la vuelta—.
Ese es precisamente el problema. ¡No quiero nada de espacio!
Quiero estar contigo todo el tiempo. Cada segundo.
Te he deseado más y más desde la primera vez que nos vimos, la primera vez que hablamos, la primera vez que nos besamos.
Él no quería espantarla más de lo que ya estaba, así que se obligó a quedarse quieto en vez de acercarse a ella.
—Eso es bueno, ¿no? Que lo dos deseemos lo mismo.
—Ella negó con la cabeza, ahora frenética—.
¿Cómo puede ser bueno que yo me sienta tan totalmente fuera de control con mi cuerpo, mi corazón mi cabeza, siempre que estoy contigo?
¿Siempre que pienso en ti? ¿Cómo puede ser bueno que me enamore más y más de ti por momentos?
¿Cómo puede ser bueno que ya me parezca que tu familia es también la mía y la de Mason?
¿Cómo puede ser bueno que desee apoyarme en ti para todo?
Para sentirme cómoda. Para el placer. Para sentirme segura.
—Pero ella no le dejó responder a ninguna de sus preguntas, solo se lanzó a plantear más—.
Por fin, ¡por fin! Estaba empezando a sentir que volvía a tener mi vida bajo control.
Y entonces vas tú y te presentas allí de pie delante de tu taller, guapísimo y perfecto y cogiendo a Mason como si simplemente hubieses estando esperando a que los dos llegásemos a tu vida.
Sabía que tal vez fuese un error decirle eso justo ahora, pero cualquier otra cosa habría sido mentira.
—Estaba esperándote. A los dos. Siempre he sido feliz.
Siempre me ha encantado mi vida. Mi familia.
Pero sabía que me faltaba algo, un amor y una familia propios, igual que los que tienen mis padres entre ellos y conmigo, mis hermanos y Mia.
Sabía que un día lo encontraría y entonces, de repente, ahí estabais vosotros.
Las piezas del puzle que me faltaban, justo delante de mí.
Me enamoré de los dos ese mismo día, y cada día que ha pasado desde entonces solo ha servido para confirmarme lo que ya supe que era verdad en ese primer momento.
Eres mía, Grace. Los dos lo sois. —Le tendió la mano—. Y quiero ser tuyo también.
Por un momento, cuando ella le miró a los ojos, él pensó que se lanzaría a sus brazos y le daría lo único que él deseaba: su amor.
Pero entonces su rostro volvió a desencajarse de nuevo y ella retrocedió. Alejándose de él en vez de acercarse.
—Te he echado de menos cuando no estabas. No solo en este viaje, mientras estabas de regata, sino después de ese primer día en que nos conocimos en tu taller, cuando te fuiste a entregar el barco al norte. ¿No ves lo jodido que es todo esto, que ya te echase tanto de menos cuando apenas te conocía?
—Yo también te eché de menos a ti, Grace. Eché de menos a Mason. ¿Qué hay de malo en eso?
—¡Todo! Todo está mal en eso. De entre toda tu familia, tú eres el más libre.
Eres el que nunca se ha asentado por nada ni por nadie.
Y nadie ha cometido jamás el error de intentar que lo hicieras.
No cuando sabían que eso te haría daño. ¿Qué pasará cuando quieras ir a navegar o de regata todo el día y yo no pueda soportar dejarte ir?
¿Y qué pasa si sabes que te echaré de menos demasiado así que rechazas alguna oportunidad y no haces ese viaje a ese lugar que querías visitar? Me odiarás por robarte tu libertad.
—Jamás. Jamás podría odiarte. Tienes razón en lo de que siempre he sido libre de hacer todo lo que quisiera, de ir a cualquier parte, de vivir la vida igual que si fuese una aventura. Ahora quiero vivir todas esas aventuras contigo y con Mason.
Durante un momento, ella creyó que podría permitirse creer que lo que estaba diciendo era totalmente cierto, pero entonces meneó la cabeza.
—He visto lo decidido que eres, la forma en que remueves cielo y tierra para poder hacer tus sueños realidad.
Y no sabrás nunca lo mucho que te admiro por eso.
Cuánto desearía poder ser como tú. Pero solo acabo de empezar a recomponer mi vida.
Y tengo un bebé al que cuidar, para el que encontrar un grupo de juegos, al que inscribir pronto en clases de preescolar.
¿Y si te permito que renuncies a tu libertad por nosotros y entonces quedarte en tierra empieza a ser un agobio para ti?
¿Y si planeas un viaje en barco que necesites muchísimo para reconectar con quien eres en realidad, y entonces resulta que no puedes ir porque tienes que quedarte aquí por algo relacionado con Mason?
Entonces estarías resentido con los dos.
—Grace…
—Mason y yo acabamos de empezar a echar raíces. Unas raíces que necesitamos desesperadamente. Unas raíces por las que nunca me perdonaría si lo único que hicieran fuese mantenerte atrapado.
—Lo único por lo que podría estar resentido jamás —le dijo—, lo único que podría causarme un disgusto, sería perderte a ti.
Perder a Mason. Estoy preparado para esto, preparado para el cambio, preparado para aprender cómo funcionar siendo tres en vez de ser solo uno.
—Él rezó para que sus sentidas palabras le estuviesen calando y añadió—: Estar contigo, tener un hijo o espero que más de uno, no significa que jamás vuelva a echarme al mar.
Por supuesto que lo haré. Con mi esposa.
Con mi hijo. Con una hija también, si tenemos suerte.
—Ni siquiera sabes si puedo navegar —protestó ella—. Tal vez una vez en el agua yo solo sea un estorbo.
—Te he visto manejar el timón al conocer a mi familia.
Y hoy, esa forma en la que te has encarado con tanto valor, con tanta inteligencia con tu ex.
El agua se te va a dar genial, Grace. Y a Mason también.
—Él le cogió las manos y se las apretó contra el pecho, justo encima de su corazón—.
Danos una oportunidad de solucionar todo esto en equipo.
—No se suponía que yo fuese a enamorarme de ti.
—Las lágrimas resbalaban por sus mejillas—.
Se suponía que solo íbamos a estar Mason y yo.
Había planeado hacerlo todo, cualquier cosa que pudiera, para mantenerle a salvo.
Pero entonces tú llegaste a nuestras vidas y lo pusiste todo rápidamente patas arriba. Demasiado aprisa.
Dylan sabía por qué ella estaba vacilando, comprendía que la súbita aparición de su ex combinado con creer que podía volver a estar embarazada la habían arrastrado de nuevo a ser presa de todos sus miedos, todas sus preocupaciones, todos sus problemas de confianza.
Sobre todo cuando ella ya sentía como si sus sentimientos por él estuviesen totalmente fuera de control.
Pero que lo entendiera no significaba que no se sintiese más que frustrado por ello.
Deseaba poder seguir hablando con ella hasta convencerla de que viese las cosas desde su perspectiva.
Pero lo único que podía hacer, al menos por esta noche, era atraerla para sí y abrazarla todo el tiempo que ella le permitiera.
Ella no volvió a echarse a llorar, solo se abrazó fuerte a él mientras él la sentía recuperar sus fuerzas. No sabía cuánto tiempo se habían pasado allí de pie, abrazados, en medio de su salón, cuando Mason se despertó llorando.
—Tengo que ir a por Mason —Ya se había apartado de los brazos de Dylan, demasiado deprisa para su paz mental—. Hoy le he acostado demasiado tarde para su siesta y ahora todo está descuadrado.
Antes, le habría invitado al dormitorio para calmar a Mason. Le habría dejado sacar a Mason de la cuna y cogerlo en brazos. Pero ahora solo estaba esperando a que él se marchase.
—Mañana —dijo él, desesperado por saber que marcharse ahora no significaba no volverla a ver más. Desesperado por tener algo de tiempo para pensar en cómo persuadirla para que cambiara de idea y se arriesgarse a amarle—. Vamos a navegar mañana. La parte que le faltaba a tu artículo.
—Tu madre iba a cuidar de Mason, pero ahora...
—Ella le quiere, Grace. Tú lo sabes. Nada de lo que ocurra entre tú y yo va a cambiar eso. Déjale quedarse con él mañana mientras salimos en el barco.
Mason volvió a berrear desde su cuna, más fuerte esta vez, y el sonido se le clavó a Dylan en el corazón. Dios, cómo odiaba no poder ir con él, reconfortar a ese pequeño que había rezado que pronto fuese suyo.
—Vale —dijo ella rápidamente—. Quedamos en tu taller a las tres. Pero ahora tengo que ir con Mason. Y quiero asegurarme de que cierro con llave cuando te vayas.
Lo cual significaba que necesitaba que él se fuese.