Los Sullivan de Seattle (Libros 4-6) Capítulo 24
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Capítulo 24

CAPÍTULO VEINTICUATRO

D urante toda la semana siguiente, aunque las exigencias de la regata durante las veinticuatro horas y la diferencia horaria significaron que Grace y Dylan no dejaron de echar de menos conectar por teléfono, ella todavía se sentía más feliz de lo que podía recordar haber estado antes.

Aunque Mason había estado más quisquilloso de lo habitual, porque otro diente más estaba intentando abrirse hueco en sus encías, eso no hacía que la sonrisa boba que ella lucía disminuyese en absoluto.

Desde que se había dado cuenta de que estaba enamorada de Dylan, su trabajo en el artículo había empezado a fluir.

Al menos mejor que antes. El desafío para Grace era ahora escribir sobre él sin que su artículo sonase como una historia de amor, algo que le estaba costando tanto que seguía refrenándose de enviarle nada a su editor aún, sobre todo dado las dulces sorpresas que Dylan les habían enviado a Mason y a ella durante la semana en que había estado fuera.

El lunes, llegó a casa para encontrarse un paquete con el nombre de Mason en su puerta.

Dentro había un barquito de juguete de colores brillantes, perfecto para la bañera.

A Mason le encantó salpicar por todas partes con el barco, y algo le dijo a ella que tenía a un pequeño marinero entre manos.

Para celebrar el nuevo diente de Mason. Dale al pequeñajo un beso de mi parte.

Con amor, Dylan. Esa era todo lo que decía la nota que vino en la caja, pero a Grace se lo decía todo sobre la asombrosa conexión que Dylan ya había establecido con Mason.

El martes, llegó otro paquete. Este lleno de galletas caseras con pepitas de chocolate y trufas de chocolate.

Para que te inspires más al escribir, las galletas caseras de mi madre y las trufas de Brooke.

Con amor, Dylan. Ella estaba más que conmovida porque él hubiese recordado como ella dijo que el chocolate siempre la ayudaba con el bloqueo del escritor.

El miércoles, recibió una llamada de un teatro cercano diciéndole que tenían dos entradas esperándoles a ella y a Mason para un concierto para niños al que había querido ir pero para el que se habían agotado las entradas hacía siglos.

Por supuesto, eran las mejores butacas del local, y Mason había resplandecido de felicidad bailando al estilo bebé y aplaudiendo con todas las divertidas canciones.

El jueves abrió un paquete con un envoltorio precioso para encontrarse con la lencería más sedosa y sexy imaginable. Su nota: Para reemplazar el par que rompí. Con amor, Dylan le hizo sentir cosquilleos y calores por todas partes.

Y el viernes, en un delgado paquete de entrega rápida, solo había un pedazo de papel que decía, con su letra fuerte y firme: Te quiero. Grace sabía que esa sería siempre una de las cosas más preciosas que jamás iba a recibir.

Cada una de sus sorpresas había sido considerada y cariñosa. Pero el mejor regalo de todos era saber que Dylan estaría de vuelta hoy... Y no podía esperar a decirle por fin que le quería.

Habían acordado tomarse las cosas con calma y al principio, ella había creído que eso la mantendría a salvo de enamorarse demasiado rápido, demasiado intensamente, de Dylan.

Pero no había ningún plan racional que pudiese conservar su corazón en la vía lenta y segura cuando todo lo que deseaba era hacer volteretas y tirabuzones en el aire cuando él estaba cerca.

Especialmente cuando él la estaba besando y pasando sus manos fuertes y grandes por sus curvas desnudas para hacer que ella se corriera para él una y otra vez.

Todo estaba por fin poniéndose en su sitio.

Y a causa del amor .

Mientras ella guardaba los juguetes esparcidos por la alfombra del salón ahora que Mason se había cansado de ellos y estaba listo para su siesta, fue de repente más consciente de la forma en que su vestido de verano le acariciaba las curvas.

Después de charlar con Colbie en la fiesta de Mia, se había enterado de que Deleite estaba celebrando otras rebajas más y por supuesto, nadie le había tenido que retorcer el brazo para obligarla a hacer una paradita de camino a casa.

No podía esperar a ver la cara de Dylan, primero cuando la viese en su vestido veraniego nuevo...

Y luego cuando se lo quitase y viera que llevaba puesta la lencería que él le había enviado.

No le resultaría fácil sofocar su potente sensación de expectación, pero después de meter a Mason en su cuna para su siesta, necesitaba ponerse en serio el siguiente par de horas con otro pequeño artículo que tenía que entregar pronto, además del que estaba escribiendo sobre Dylan.

Cogió a Mason y con su mano libre abrió el calendario digital de su móvil para reconfirmar sus fechas de entrega.

Pero cuando miró las fechas, se le cayó de repente el alma a los pies.

Se suponía que tenía que haberle llegado la regla la semana pasada... Y ella nunca se retrasaba. De hecho, la única vez en que lo había hecho es cuando se quedó embarazada de Mason.

Grace no se dio cuenta de que había empezado a apretar a su hijo hasta que este comenzó a gemir y empujar en sus brazos. Apartó la vista de la fechas del móvil y miró la cara de disgusto de Mason.

¿En nueve meses iba a ser un hermano mayor?

Lo primero que sintió fue alegría y asombro ante la idea de otro bebé. Del bebé de Dylan. Uno que seguro que era temerario y un espíritu libre de risa fácil, justo igual que él.

Pero apenas sesenta segundos después el miedo le hincó las garras con fuerza. Tanto que hizo que toda la alegría desapareciese.

Mason empezó a retorcerse mucho, desesperadamente necesitado de una siesta después de la noche anterior en que se había despertado cada dos horas llorando y mordisqueando cualquier cosa que pudiese meterse entre encía y encía.

Pero ella necesitaba saber de inmediato si estaba o no embarazada, antes de que Dylan volviese a casa de su regata.

¿Iba pronto a ser la madre de dos niños ilegítimos? Oh, Dios...

El último lugar al que Mason quería ir ahora era su silla de paseo, y para cuando consiguió abrocharle todos los cierres, ambos estaban sudando y con las caras rojas.

Nunca le resultaba fácil bajar con la sillita por el pequeño tramo de escaleras desde su apartamento, pero con él aullando e intentando soltarse, le pareció casi imposible.

Pero tenía que llegar a la tienda, no podía esperar a después de su siesta, y luego pasar una noche con Dylan con la posibilidad del embarazo pendiendo sobre su cabeza.

¿Era solo ayer cuando había estado caminando por esta misma calle, disfrutando de ver pasar a la gente y mirar los escaparates, sintiendo como si su vida por fin se estuviese encaminando en la dirección correcta?

Ahora no percibía el sol brillando en las aguas azules, no veía los bonitos vestidos de los escaparates ni le entraban ganas de comerse la fruta del quiosco de la esquina.

Grace nunca había olvidado esta sensación de que su vida fuese a cambiar de forma abrupta de un momento al siguiente.

Le había pasado diez años antes, cuando su madre murió.

Otra vez dos años atrás, cuando falleció su padre.

Seis meses después, fue cuando averiguó que iba a ser madre.

Y entonces, solo unas semanas antes, había mirado a Dylan por primera vez y había sentido el mismo estallido de conciencia que le decía que nada volvería a ser lo mismo.

Ahora, sorprendentemente, había una gran posibilidad de que todo fuese a cambiar de nuevo.

Grace casi estaba corriendo por la acera con Mason.

Sabía que tenía que calmarse, comprar el test, y esperar a ver los resultados antes de alterarse más de lo que ya lo había hecho.

Pero estaba demasiado cansada, demasiado atónita, para detener los y si y los cómo he podido que ya estaban dándole vueltas por la cabeza.

Cuando le diera la noticia a Dylan, ¿le miraría él con el mismo asco y horror con que la había mirado Richard? ¿Y si él pensaba que esto era lo que ella hacía: encontrar a hombres ricos a los que seducir y luego quedarse preñada «accidentalmente»?

No. Se le estaba yendo la cabeza. Era demasiado lista como para comparar a Dylan con Richard. Pero con todo retorciéndose dentro de ella, no era posible evitar que surgieran pensamientos locos.

Un hombre de cabellos grises le sostuvo la puerta de la farmacia y cuando ella se lo agradeció, su voz le sonó ronca y áspera, igual que si hubiese estado llorando.

La cadena de tiendas tenía la misma distribución que la tienda en la que había comprado los tests de embarazo en el este, así que empujó la sillita rápidamente hasta el pasillo correcto y cogió dos nuevos tests, de la misma marca que había usado antes.

Mientras sentía que su vida se había quedado atascada en un bucle, los llevó al mostrador para pagar.

Cuando la mujer de la caja miró los tests y luego a Mason, que se había quedado dormido en su silla, sonrió a Grace y dijo:

—Yo también tuve los míos muy cerca entre sí, ¡y fue una bendición total! Fueron los mejores amigos, siempre mirando el uno por el otro, hasta hoy.

Grace era lo bastante lista como para fiarse de su voz de nuevo, así que asintió, rebuscó el dinero en el bolso y luego se fue de la tienda tan rápido como había llegado.

Pero las palabras de la desconocida la habían partido realmente en dos.

Porque, por aterrador que fuera y por mucho que le cambiase la vida tener otro bebé en nueve meses, también podía ver lo estupendo que sería para su hijo tener a un hermano o hermana tan próximo a él en edad.

Después de todo, mira a Dylan, sus hermanos y su hermana, todos tan maravillosamente cercanos.

Grace fue extra cuidadosa de no despertar a Mason al subirlos a él y a su silla escaleras arriba, pero él abrió los ojos en cuanto llegaron dentro.

Durante los siguientes treinta minutos, ella intentó todo lo que se le ocurrió para hacer que se durmiese de nuevo.

No solo porque sabía que le hacía falta desesperadamente ese descanso, sino porque el reloj seguía corriendo y Dylan pronto estaría llamando a su puerta.

Por fin, él se quedó acostado y tranquilo en su cuna, respirando lenta y constantemente, abrazado a su mantita y a su peluche.

Todo irá bien, se dijo a sí misma mientras se concedía un momento para verle dormir. Todo saldrá bien de una u otra manera.

Grace cerró la puerta del dormitorio con un suave clic y estaba a punto de coger la bolsa de plástico con los tests de embarazo cuando escuchó un golpe en la puerta.

¡Oh, no, Dylan llegaba temprano! Se pasó rápidamente las manos por la cara y el pelo, aunque sabía qué con solo echarle una mirada él sabría al instante que algo iba mal.

Intentando coger fuerzas de su recientemente hallada confianza, ella cogió aire y se recordó a sí misma que daba igual lo que pasase de aquí en adelante, ella había demostrado que Mason y ella estarían bien. No solo sobrevivirían, florecerían.

Sin mirar por la mirilla, abrió la puerta.

—Llegas tempra...

Enmudeció cuando se dio cuenta de que no estaba hablando con Dylan.

—Hola, Grace. —Richard Bentley le sonrió sin un atisbo de culpabilidad ni de remordimiento—. Estoy aquí por mi hijo.