Los Sullivan de Seattle (Libros 4-6) Capítulo 22
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Capítulo 22

CAPÍTULO VEINTIDÓS

—¿ D ónde estás ahora mismo?

—Sentada en la mesa del comedor con el portátil.

—Deja el ordenador y vete al sofá.

Las manos de Grace temblaban mientras seguía sus instrucciones.

—Ya estoy en el sofá ahora.

—Dime qué llevas puesto.

—Una camiseta de manga larga y vaqueros.

— Todo lo que llevas puesto.

El tono dominante y sensual de su voz... Uno que la había asombrado de la mejor manera posible cuando hacían el amor, le envió una oleada de calor a las puntas de los pechos y entre sus piernas.

—Llevo una lencería que creo que te gustaría de verdad.

—Me gusta toda la lencería —dijo él con una voz ronca que apoyaba perfectamente su afirmación—. ¿Cómo es?

—Encaje blanco transparente. Bordeado con seda rosa. Parecida a la que llevaba el miércoles por la noche debajo del vestido.

Él gimió.

—Eres tan hermosa que me va a estallar la cabeza. ¿Puedes poner el móvil en manos libres sin despertar a Mason?

—Si mantengo el volumen bajo.

—Bien, porque quiero que puedas emplear las dos manos.

Ahora fue ella quien gimió.

—Dylan...

—Dios, me encanta cuando pronuncias así mi nombre. Como si te estuvieses muriendo por que te tocara.

—Lo estoy. Te deseo muchísimo.

—Quítate la camisa e imagínate mis dedos rozando tu piel y luego mis labios cuando no puedo apartar la boca de ti.

Ella se levantó la tela de algodón. Pero al hacer eso que tendría que haber sido igual a lo que había hecho un millón de veces antes, esta noche no podía sacarse de la cabeza la imagen de Dylan quitándosela.

—Cuéntame lo que ves, lo que sientes. Cada detalle.

Ella nunca había hecho esto con nadie, jamás había hecho jueguecitos sexys o fingido al teléfono. Siempre había asumido que le daría demasiada vergüenza para poder meterse en harina. Pero Dylan lo hacía parecer todo tan fácil, tan natural...

—Ya estoy respirando más deprisa, solo con imaginarme tus manos encima de mí y sabiendo que ese solo es el principio de todas las cosas alucinantes que me vas a hacer esta noche.

—Oh, cariño, no tienes ni idea.

Ella podía haber parado en ese punto, sabía que él no iría más allá de sus límites, pero quería saber que le acababa de hacerse sentir igual de bien.

—El sonido de tu voz, la sensación de tus manos sobre mi piel... Han hecho que mis pechos se hayan puesto sensibles por debajo del sostén.

—Jesús. —Él soltó aire—. Es la cosa más sexy que he escuchado en la vida. Lo más sexy que he visto. Tócate, Grace. Tócate los pechos.

—¿Por encima del sostén... o sin él?

—Déjatelo puesto por ahora. Dime qué tal sientes el encaje rozando tus preciosos pezones.

—Bien —dijo ella con un jadeo de placer—. Qué bueno.

—Quítatelo. Ahora te quiero sin él, necesito tocar cada milímetro de tus pechos perfectos.

Ella fue a coger el cierre del sujetador.

—Me lo estoy quitando justo... —Lo abrió con un clic—, ahora.

—Nunca volveré a ser capaz de escuchar ese sonido sin que se me ponga dura. ¿Te estás tocando?

—Sí. —Ella volvía a susurrar, solo lo bastante alto para que él la escuchase—. Tengo los pechos tan receptivos, tan sensibles, que lo único que tendrías que hacer para que yo estallase sería pasarme la lengua.

—¿Quieres que vaya suave esta noche, Grace? Porque me estoy sintiendo muy desesperado. Joder, no sé si podré controlarme mucho más.

—Me encanta cuando me lo haces suave —le dijo ella—, pero también me encanta cuando no puedes contenerte y te pones un poco brusco.

—Tócate como lo haría yo si estuviese ahí contigo. Como si ya me hubieses hecho perder el control.

Ella cerró los ojos, y cuando se imaginó las manos de Dylan sobre ella, un poco bruscas y desesperadas por el deseo, una nueva oleada de calor la inundó.

—Me encanta cuando empiezas a perder el control. Es tan bueno.

—No tienes ni idea de lo bueno que es —le dijo—. Podría pasarme toda la noche jugando con tus pechos. ¿Te gustaría eso, Grace? ¿Te gustaría tener mis manos y mi boca sobre ti durante horas y horas?

— Por favor. —Ella estaba casi sollozando ya.

—Pronto —le prometió él antes de decir—: ahora quiero que bajes las manos por tus costillas y tu estómago, apreciando cada centímetro de tu glorioso cuerpo igual que yo lo haría si estuviese ahí contigo.

Ella siempre había sido curvy, y desde el primer momento en que Dylan la había mirado y después cuando la había tocado, ella no había tenido duda alguna de lo mucho que a él le encantaba su cuerpo.

—Siempre me haces sentirme tan hermosa...

—La mujer más hermosa que he visto jamás —le confirmó él con una voz profunda que resonaba de deseo—. Desabróchate el botón de los vaqueros y luego bájate la cremallera.

El sonido de la cremallera al abrirse volvió a hacer gemir a Dylan.

—No tienes ni idea de lo que me pone escuchar eso y saber que deja a la vista el encaje transparente. Dime qué estás haciendo ahora. ¿Te estás tocando? ¿O estás esperando a que yo te diga que lo hagas?

Ella ya sabía lo asombroso y lo caliente que el sexo era cuando las manos y la boca de Dylan estaban sobre ella. Pero, ¿sería capaz de hacerle lo mismo con solo su voz sexy, profunda y hambrienta?

Ella apenas podía respirar, apenas podía pensar, le deseaba tanto...

—Me muero por tocarme —admitió—. Lo necesito . Pero...

—Sabes que la anticipación de esperar a que yo te diga que te toques lo hará todavía mejor.

— Sí.

—Me haces feliz, Grace. Maldita sea, tan feliz.

—Tú también me haces feliz a mí. —Estaba semidesnuda sobre el sofá, haciendo sexo telefónico y guarro... Y sonreía tanto que le dolían las mejillas—. Muy, muy feliz.

—¿Qué tal si te hago todavía más feliz diciéndote que te quites los vaqueros ahora? Pero déjate el encaje blanco puesto un poquito más.

—Vale —dijo ella unos segundos después—. Mis vaqueros están fuera.

—Me estoy haciendo una imagen mental de ti ahora mismo, tumbada en tu sofá, casi desnuda, mojada y lista para mí.

—Un grave sonido de placer retumbó en su pecho y atravesó la línea telefónica—.

Perfecta. Dios, eres perfecta . —Ella creyó escuchar también como él bajaba su cremallera, pero antes de poder preguntárselo, él le dijo—: Quiero que te metas la mano por dentro de las bragas.

Ella tuvo que morderse el labio para sofocar el gemido de placer que le causó que por fin él le ordenara que se tocase.

—Estoy dentro.

—Jesús, Grace, casi me haces perder la cabeza. —Ella pudo escuchar cómo su respiración se aceleraba y le encantó saber que podía hacerle perder el control—. Cuéntame cómo te sientes. Necesito saber lo caliente, lo mojada que estás por mí.

—Nunca me había sentido así antes. —Le dijo—. Como si no pudiese esperar otro segundo más o me volvería loca.

—Solo un poquito más —le instó él—. Espera solo un poquito más y te prometo que haré que valga la pena.

—Sé que lo harás. Siempre lo haces.

—Bájate las bragas ahora. Hazlo muy despacio, aunque sé que te las querrías arrancar ahora mismo como hice yo la primera vez que estuvimos juntos en tu sofá.

Era verdad que ella quería arrancarse las bragas, quería que cualquier barrera que hubiese entre los dos se desvaneciera, pero siguiendo sus órdenes, se obligó a ir despacio.

—¿Ya está? ¿Ya estás desnuda del todo?

—Sí. Lo estoy. —Sus palabras eran temblorosas—. Por favor, Dylan. No me hagas esperar más.

Pero en vez de decirle que por fin era el momento de dejarse ir por el precipicio, él le dijo:

—Pasa las manos por tus muslos, tus caderas y luego tus pechos.

Cada centímetro de su cuerpo estaba tan increíblemente sensible que hasta la sensación del más ligero roce de sus uñas por su piel la hacía coger aire de golpe.

—Si estuviese allí contigo ahora mismo, seguiría el curso de tus manos con la boca.

Besaría y lamería mordería todo el camino por tu cuerpo y luego de vuelta entre tus piernas hasta que gritases mi nombre.

Y tendrías un sabor tan rico que no me detendría con solo un orgasmo, no me detendría con dos...

Te haría llegar al menos tres veces antes de volver a subir por tu cuerpo.

Ella apenas podía contenerse de gritar su nombre ahora.

—Estoy tan cerca, Dylan. No sé si podré aguantarme mucho más.

—Te quiero, Grace. —Se detuvo lo suficiente para que a ella le llegaran sus bellas palabras antes de añadir—: Ahora, córrete para mí.

Ella apenas se había tocado cuando su espalda se arqueó sobre el sofá y un placer que le llegaba al alma estalló dentro de ella.

—Eso es —gruñó, el con su propia respiración tan enfebrecida como la de ella—.

No dejes de tocarte, no dejes de hacer esos preciosos ruiditos.

Estoy ahí, contigo. —Él soltó una maldición profunda, una que vibró por cada centímetro de ella de la misma forma en que lo hacía cuando lo tenía duro y caliente dentro de ella, y no como si estuviese a casi trece mil kilómetros de distancia.

— Dylan. —Saber que él también se estaba tocando, que había saltado al abismo al mismo tiempo que ella, la mantuvo describiendo espirales dentro y fuera de otro clímax.

Ninguno de los dos habló durante uno o dos minutos, mientras intentaban recuperar el aliento. Ella se sentía demasiado agotada, de una forma maravillosa, como para volver a ponerse la ropa, así que sencillamente cogió una manta.

—¿Te ha gustado?

Quitó el manos libres del teléfono y lo sostuvo contra la oreja, como si eso hiciese que Dylan estuviese más cerca.

—Me ha encantado .

Prácticamente podía verle sonriendo por teléfono.

—No dejas de hacer que me explote la mente, Grace.

—Puede que hasta haya hecho explotar la mía esta noche —bromeó ella, apenas conteniendo un bostezo en medio de la frase.

—Ha sido un día largo para ti. Debería dejar que te fueras a la cama.

Ella quería quedarse horas al teléfono con él, pero sabía que los dos necesitaban tener la mente despejada por la mañana. Él tenía que empezar su regata de una semana en el barco de su amigo, y ella tenía un artículo que dejar listo antes de ir a la fiesta sorpresa de Mia.

—Te quiero, Grace. Y si no puedo contactar contigo en unos días mientras estoy navegando, quiero que me prometas que no lo olvidarás.