Capítulo 19 #2
—Dios, no —Y mientras él hacía el beso más profundo de nuevo, tuvo que llenarse las manos de ella, una deslizándose hacia arriba por la sedosa piel del interior de su muslo y la otra sosteniéndole un pecho y jugando con su pezón hasta que ella se hubo arqueado contra él.
Casi se muere al apartar la boca y las manos de ella, pero su vestido se les estaba enredando en los dedos.
—Te quiero desnuda. Ahora.
Cuando él cogió la cremallera del lateral de su vestido y empezó a bajársela, supo que ese sonido quedaría para siempre conectado en su cerebro al sexo.
El sexo más caliente de su vida. Grace levantó las caderas para que él pudiese quitarle el vestido, y enseguida se quedó solo con unas braguitas sexis a juego con el sujetador que él ya le había arrancado.
Lentamente, tan lentamente que él sabía que podría acabar con los dos, le deslizó las bragas transparentes por las caderas y las bajó por sus bonitas piernas.
Ella respiraba con fuertes jadeos mientras él movía las manos hacia arriba por sus piernas, de las pantorrillas las rodillas y luego los muslos antes de que por fin, ¡por fin! agarrasen carne caliente y húmeda.
Ella gimió y levantó las caderas hacia arriba, contra su mano, y Dylan sintió lo cerca que estaba él de correrse. Demasiado. Tanto que se temía no poder volver a tener un pensamiento coherente en el futuro cercano. Antes de que eso ocurriera, ella tenía que saber esto:
—Si necesitas que vaya despacio, si sientes que estamos llegando demasiado lejos, demasiado deprisa, si necesitas que pare, lo haré. Pase lo que pase.
—Sé que lo harás. Exactamente por eso no quiero que te contengas en absoluto. Esta noche no. No te contengas, Dylan.
Con sus palabras No te contengas, Dylan bailando sin cesar en su mente, él le puso las manos en las piernas y arrastró sus caderas hasta el borde del sofá para que su sexo quedase a la altura de su hambrienta boca. Ella solo llevaba puestos ahora sus tacones dorados súper sexys.
—No puedo contenerme —le dijo él, y cada palabra sonó ronca, desesperada y totalmente honesta—. No contigo.
Señor, qué dulce era. Y qué jodidamente adictiva cuando él lamió y probó el sabor de la resbaladiza piel de entre sus piernas...
Aunque decididamente ella no estaba tratando de apartarse, él la cogió con fuerza por las caderas para sostenerla directamente donde la quería.
Por la forma en que sus ojos se oscurecían y su piel se sonrojaba aún más, él supo que le gustaba el jugueteo ligeramente duro de sus manos sobre sus suaves curvas.
Porque a pesar de los nervios que había alegado antes, Grace siempre había sido una mujer sensual al cien por cien en sus brazos.
¿Y la forma en que se dejó llevar por el placer cuando él le metió un dedo, y luego otro, mientras lamía rápidamente el centro responsable de su excitación con la lengua?
Solo le sirvió para volver a confirmar que no solo estaban hechos el uno para el otro, sino que también el apetito sensual innato en ella combinaba con el suyo propio a la perfección.
Una imagen lujuriosa tras otra atravesó su cerebro.
Atarle las muñecas y los tobillos con cintas de seda para llevarla al límite una y otra vez hasta que ninguno de los dos fuese capaz de soportarlo más.
Hacerla esperarle a cuatro patas lo suficiente para que ella creyese que iba a volverse loca si tenía que esperar otro segundo y luego entrando en ella para que se corriese en el mismo instante en que la poseía.
Llevarla a su barco, meterse los dos desnudos en el agua y luego enroscarla en su cuerpo mientras la sostenía contra la escalerilla del barco y entraba en ella.
Dylan nunca había deseado nada con tanta intensidad como deseaba que Grace se sintiese bien, así que cuando ella cayó estrepitosamente en su clímax con sus manos y su boca, él se aseguró de volver a llevarla a la cima antes de que hubiese bajado del todo siquiera.
—Dylan, no puedo... —Empezó a protestar ella débilmente.
Pero podía sentir lo cerca que estaba de volver a correrse, menos de sesenta segundos después de su primer orgasmo, así que reemplazó la lengua con los dedos.
—Uno más. Por mí. —Cambiando de postura para poder besarla en la boca mientras seguía jugando con la carne cálida y húmeda de entre sus piernas, chocó con su lengua con la de ella con el mismo ritmo que seguían sus dedos dentro de su cuerpo.
Unos segundos después, ella estaba cabalgando su mano sin inhibición alguna y él casi pierde el sentido, especialmente cuando se permitió pensar que pronto no serían solo sus dedos lo que tuviese dentro de ella.
Le encantó la forma en que ella se agarraba de sus hombros, con tanta fuerza que le marcó las uñas en la espalda.
Le encantó que ella le hubiese dejado marcado en medio de su pasión.
Que le hubiese marcado como suyo .
Cuando él se subió al sofá y se la acercó, ella estaba suave y desmadejada. Ella apoyó la cabeza en el hueco de su cuello y él le acarició la espalda mientras ella intentaba recuperar el aliento.
—Pensaba que bromeabas cuando dijiste que me ibas a dar un montón de orgasmos —susurró.
Él le respondió con otro susurro:
—Dos no son un montón.
Ella volvió a abrir los ojos de golpe y podría haber intentado decirle que no le quedaban más orgasmos dentro para esa misma noche si él no le hubiese tapado la boca con sus labios. Estaba a punto de ponérsela encima para que lo cabalgase en el sofá cuando ella se le adelantó.
Ambos estaban jadeando cuando ella apartó la boca de la suya y le dijo:
—¿Quién ha dicho que ese montón tenía que ser solo mío?
—Grace...
Pero ella solo se rio cuando él gruñó su nombre a modo de advertencia, y cuando ella tiró de su camisa de vestir, esta vez no la detuvo de desabrochársela a medias y quitársela por encima de la cabeza.
Cuanto antes estuviese desnudo, antes estaría dentro de ella.
Y una vez que estuviese allí, ya sabía que jamás querría marcharse, jamás querría dejarla ir, jamás querría dejar de amarla.
Ella bajó la boca hasta sus pectorales y los besó una y otra vez, jugando y lamiéndole igual que él había hecho con su piel desnuda, hasta que a él le dio vueltas la cabeza y estaba agarrando su pelo en los puños igual que ella había agarrado el suyo mientras él amaba cada centímetro de su piel.
Buscando en las profundidades de un pozo de autocontrol sobrehumano, él la levantó un poco para que estuviesen boca contra boca, pecho contra pecho, cadera contra cadera.
—Una vez más, Grace. Córrete otra vez para mí antes de que te haga mía.
Él dijo esas palabras entre besos a su cuello y a sus pechos y cuando volvió a deslizarle los dedos dentro, esta vez no la dejó que marcase el ritmo y solo la llevó arriba, arriba, tan deprisa que ella solo pudo regalarles a ambos otro clímax.
Estaba tan hermosa al echar la cabeza hacia atrás para dejarlo salir todo que Dylan se dio cuenta de que jamás había sabido de verdad lo poderoso que podía ser el sexo hasta esa noche.
Hasta Grace, cuando sintió su corazón tan ligado a ella como su cuerpo.
Seguro de que había exprimido hasta la última gota de su placer, él apartó a regañadientes las manos de su piel húmeda para poder quitarse a patadas los pantalones y los bóxers y sacar un condón del bolsillo trasero antes de lanzar la ropa al otro lado de la habitación.
Unos segundos después se había puesto el condón y tenía su cintura entre las manos, levantándola en alto por encima de él.
Pero en vez de colocarla tal como quería, la sostuvo ahí directamente encima de él. Jamás había deseado tantísimo nada, ni a nadie, pero jamás se lo perdonaría si permitiese que el deseo se antepusiera a cualquier atisbo de temor que a ella pudiese quedarle.
—¿Grace?
—¿Llevamos protección?
Él asintió, sabiendo lo importante que esto sería para ella, porque daba igual lo mucho que ella quisiera a su hijo, instintivamente estaría preocupada por tropezar dos veces con la misma piedra y volver a quedarse embarazada por accidente.
—Sí. Yo siempre cuidaré de ti, Grace.
Ella le puso las manos en la cara y le besó, tan suavemente que le pilló por sorpresa cuando también empezó a descender sobre él.
No había palabras para describir lo bien que se sintió cuando ella le rodeó lentamente, nada más que pudiese hacer salvo enredarle las manos en el pelo y hacer que su beso fuese más profundo.
Por fin, quedaron pelvis contra pelvis, pecho contra pecho, boca contra boca.
Juntos, se mecieron el uno contra el otro, calor duro y suave carne uniéndose en una perfecta danza de placer.
De un momento al otro se llevaron el uno al otro más y más lejos hasta que él estuvo tragándose sus jadeos y la tensión de sus músculos internos al correrse le llevó hasta su propio final orgásmico.
Uno que le golpeó con la fuerza de un tsunami.
Una y otra vez empujó él dentro de ella y una otra vez descendió ella contra él moviéndose con una alegría tan obvia que las olas le cubrieron por completo. Más adentro bajo la superficie de lo que había ido jamás. Más profundo de lo que había creído ser capaz de llegar.
Dylan podía sentir el acelerado corazón de Grace latiendo contra el suyo mientras se abrazaban tan fuerte que no había espacio alguno entre ellos. Allí mismo, con ella, era donde él quería estar siempre.
Para siempre.