Capítulo 19
CAPÍTULO DIECINUEVE
D ylan quería arrancarle el bonito vestido que llevaba toda la noche mostrándole pequeñas vistas de su escote y su pierna cada vez que ella se movía.
Quería devorarla, consumirla de un solo trago voraz.
Quería tomar posesión de ella, hacerla suya y no dejarla marchar jamás.
Pero aun cuando el deseo corría por sus venas tan caliente y tan rápido que casi le arrebata su sentido del bien y el mal, sabía que no podía permitirse hacer nada de todo eso esa noche.
Esa noche no iba de rapidez. Ni de posesión.
Iba de darle a Grace un placer sin límites.
Un placer que haría que le diese vueltas la cabeza tan rápido que no tendría más opción que agarrarse con fuerza a él... Y no soltarle jamás.
Él deslizó la mano hacia abajo para cogerla por la nuca.
—¿Tienes alguna idea de cuánto te deseo? ¿De cuántas veces he soñado con estar dentro de ti durante la última semana?
—Por favor —volvió a suplicarle ella—, deja de hablarme así. Solo lo estás empeorando.
—Mejor —prometió él—. Voy a hacer que esta noche sea mejor que cualquier cosa que hayas podido imaginar jamás.
Movió las manos para poder acariciarle lentamente los finos tirantes de su vestido con los pulgares, tocando tanto la tela como la piel de sus hombros. Aunque al tocarla estaba tan caliente que él sintió que le escaldaba, ella tembló.
—Tu piel —dijo él, bajando la boca para darle un beso en el hombro—, es tan suave. Tan sensible. Y maldita sea, tan dulce.
Apartó el bonito tejido trenzado para poder ponerle la boca sobre la clavícula.
Le encantó la manera en que ella se arqueó contra él para darle todavía más de sí misma de lo que él ya estaba tomando.
Cuando él dijo que iba a besar cada centímetro de ella que fuese destapando, lo decía de veras.
Y mientras recorría el camino hasta su otro hombro no pudo evitar detenerse para lamerle el hueco de la garganta, su sabor le resultó tan embriagador que tuvo que echar mano de todos sus recursos para conservar su autocontrol esta noche.
— Dylan. —Pudo sentir como los pezones se le endurecían contra el pecho a través del vestido cuando ella se apretó fuerte contra él mientras intentando coger una respiración jadeante.
Él le dio más de eso que ella claramente quería lamiendo la parte superior de su pecho en el trayecto hacia su otra clavícula. Ella no volvió a repetir su nombre en alto, solo hizo unos sexis ruiditos de ganas y deseo mientras se arqueaba contra él y le rogaba en silencio que tomase más de ella.
Todo de ella. Eso era lo que él quería. Cada curva perfecta. Cada hermosa respiración entrecortada. Cada dulce gemido de deseo. Y hasta después de que estuviesen temporalmente saciados por haber hecho el amor, él sabía que iba a querer incluso más. Todo.
Pero por esta noche, tendría que contentarse con tomar solo lo que ella le ofrecía. Unas cuantas horas perfectas con ella desnuda y suave entre sus brazos. Una noche que había ansiado desde la primera vez en que le puso la vista encima.
Levantó la boca de su piel y se obligó a echarse hacia atrás. Lo suficiente tan solo para que su vestido se deslizara un poco más abajo sobre su pecho.
—Esta imagen —dijo con una voz que ya sonaba ronca por el deseo—, de ti aquí de pie delante de mí con tu vestido bajándose, sabiendo que pronto vas a ser toda mía... Voy a volver a verla en mi cabeza una y otra vez, para siempre jamás.
Al coger ella aire su aliento tembló, agitando sus costillas y haciendo que su vestido se deslizara todavía más hacia abajo.
—Yo también. La forma en que me miras como si yo fuese...
Él levantó la vista y la miró a la cara.
— Hermosa . Eres la mujer más hermosa que he visto jamás.
Volvió a deslizar las manos en su pelo y se la acercó con fuerza contra él para poder devorarla. Su pasión estuvo a la altura de la de él, llevándolos rápidamente a los dos más cerca del límite de lo que él había pretendido llegar.
—Dios, cómo me tientas —dijo él cuando por fin consiguió apartarse—. ¿Tienes alguna idea de lo difícil que ha sido pensar de modo coherente cerca de ti cuando me estabas haciendo las preguntas de tu entrevista? Si en algún momento te he sonado como un idiota, ahora ya sabes por qué.
—Nunca me has sonado como un idiota. —Durante un instante ella pareció algo nerviosa de nuevo, pero entonces sonrió lentamente.
Con una sonrisa tan sexy que no él no podía apartar la mirada de la curva superior de sus labios, ella dijo—: Pero ya que me encanta saber que te he estado tentando sin querer todo este tiempo, ¿qué tal si te tiento ahora más a propósito?
Sus sinapsis intentaron funcionar, intentaron conectar los puntos de lo que ella acababa de decir, de lo que ella le había preguntado.
Pero antes de que ninguna de sus palabras pudiese encadenarse en su cerebro, ella ya estaba dando un paso atrás y retorciéndose de tal forma que la parte superior de su vestido por fin se deslizó y cayó hasta su cintura.
Dejándola solo con un sujetador extremadamente translúcido, rosa con una puntilla blanca.
Cada músculo de su cuerpo se tensó con ganas de lanzarse de un salto. De arrancarle de un zarpazo el sujetador, y quitarle del todo el vestido. De tirarla sobre la alfombra para poder poseerla una y otra y otra vez hasta que por fin hubiese conseguido eliminar un poco de su desesperación.
Aunque había navegado a través de multitud de tormentas manteniendo sus nervios en calma, cuando intentó desabrocharle el cierre del sujetador en la espalda, le temblaban ligeramente las manos y le costó más de un intento desabrocharlo del todo.
Daba igual las veces que viera a Grace desnuda, simplemente no estaba preparado para su belleza arrolladora.
Ella cogió aire de golpe cuando él cogió su carne desnuda en su mano.
—La forma en que se ven tus manos grandes y bronceadas encima de mí...
—Ella se estremeció bajo sus dedos, y sus ojos se cerraron cuando él deslizó los pulgares sobre sus firmes montañitas—.
¿Sabes ese montón de orgasmos que has dicho que ibas a darme esta noche?
Él apoyó las manos con más firmeza en ella, para que sus pezones se frotaran contra sus palmas—.
No me lo puedo creer pero ya casi estoy ahí solo con esto —confesó ella con voz entrecortada.
Pero él sí podía creérselo, maldita sea, porque había visto, una y otra vez lo sensual que ella era por naturaleza, la mujer más sexy de forma innata que había visto nunca.
La forma en que solo con acariciar con la punta del dedo su labio inferior o frotarle la palma de la mano con el pulgar podía hacer que se dilataran sus pupilas, se coloreara su piel y su aliento se hiciese más rápido.
No se había perdido ni una sola señal desde el día en que la conoció, aunque ella erróneamente hubiese creído que su libido había muerto cuando su última relación había acabado tan horriblemente mal.
No le dio ninguna advertencia antes de posar la boca en uno de sus pechos.
Sus ojos se abrieron de golpe y sus manos se agarraron de la parte de atrás de su cabeza como para hacer que se quedase dónde estaba hasta que estuviese lista para dejarle ir.
Pero ella no necesitaba haberse preocupado porque él se fuese a ninguna parte.
No cuando podría haberse pasado la noche entera rindiendo pleitesía a sus pechos.
Hizo girar su lengua sobre el apretado capullo de su piel rosada y gimió de placer cuando se desplazó a lamerle el otro pezón de idéntica manera.
Pero no era suficiente con ir del uno al otro...
Necesitaba tener más, probar tanto de ella como podía al mismo tiempo.
Agarrando sus pechos entre las manos, los juntó para que cada beso, cada roce de sus dientes en sus pezones, le pisase los talones al anterior.
Seguían estando de pie pero según la iba llevando más y más cerca del orgasmo, con nada más que sus manos y su boca sobre sus pechos, pudo sentir como ella se sostenía cada vez con menos estabilidad sobres sus sandalias de tacón.
Dylan quiso llevarla hasta el sofá y la cogió en brazos, pero la sensación era tan buena que no fue capaz de moverse aún.
Ella tenía el labio inferior ligeramente hinchado donde debía de haber estado mordiéndoselo mientras él jugaba con sus pechos, y su boca le atrajo como el imán más grande jamás fabricado.
Cuando ella le rodeó el cuello con las manos al besarla, significó todo para él que confiase en él para hacerle el amor esta noche. Especialmente cuando sabía que era mucho más de lo que ella había pretendido confiar en él ni en nadie más.
Una parte de él quería besarla hasta que saliese el sol, solo seguir jugando y acariciando y notando el sabor de sus labios perfectos durante horas.
Pero había esperado demasiado a que llegase esta noche, una semana que le había parecido como toda una vida, como para refrenar el deseo de tenerla completamente desnuda y deleitarse con el resto de su piel igual que estaba devorando su boca.
Sin interrumpir el beso, la llevó hasta el sofá, y cuando la dejó sobre él se puso de rodillas delante de ella.
Al verla tumbada en el sofá, con sus turgentes pechos al desnudo, la falda de su vestido subida hasta la mitad de los muslos, sus cabellos revueltos a causa de sus manos, su boca y su piel sonrojada por sus besos... A Dylan casi se le para el corazón en el pecho.
—Podría pasarme la noche entera mirándote y no llegar a creerme nunca que eres de verdad. —Susurró esas palabras con más veneración de la que había sentido jamás por nada, ni siquiera por el océano iluminado por una luna llena.
—Yo siento lo mismo... Como si pudiese despertarme en cualquier momento y darme cuenta de que esto había sido solo un sueño. —Apretó su dulce y suave boca contra la de él antes de susurrar—. Lo es ¿verdad?