Capítulo 18
CAPÍTULO DIECIOCHO
S e pasaron casi una hora jugando con Mason en casa de los padres de Dylan mientras él les enseñaba los juguetes nuevos que Claudia le había comprado. Max Sullivan estaba también allí, y aunque era un hombre de pocas palabras, Grace podía ver fácilmente lo mucho que disfrutaba también de su hijo.
Sorprendentemente, para cuando llegaron a su apartamento, Mason seguía despierto.
No tan sorprendentemente, estaba en brazos de Dylan, riéndose ante una de sus caras tontas.
Ella nunca había tenido una primera cita igual que esta, en la que casi no salen de su apartamento al principio de la noche de lo tentados que estaban de lanzarse el uno sobre el otro.
Y ella nunca había pasado tanto tiempo con ninguna de las familias de sus citas, tampoco.
Pero en vez de sentir que la familia de Dylan estaba interfiriendo en su tiempo con él, ella se lo había pasado genial con Adam en el museo y con Claudia y Max en su casa.
—Tu padre me recuerda tanto al mío...Un hombre de pocas palabras, pero todas sensatas. O divertidas —añadió con una sonrisa. ¡Se había sentido tan segura con los Sullivan! Segura y, aunque solo les conocía hacía poco, apreciada—. ¿Tus padres también saben toda la historia de mi ex?
Dylan hizo un gesto de negación con la cabeza.
—Solo lo saben mis hermanos. Me temía que si se lo contaba a mis padres...
—Acabarían preocupándose demasiado por nosotros —terminó ella por él—. Ahora que soy madre, lo entiendo. Da igual lo mucho que intentes convencerte de que todo irá bien, no puedes soportar la idea de que tu propio hijo sufra cualquier tipo de daño.
Cuando Mason se revolvió, Dylan lo dejó en el suelo, donde inmediatamente gateó hasta la mesita de centro para ponerse de pie.
—Mírate —dijo ella—. Pero qué chico más grande te estás volviendo. —Se volvió hacia Dylan—. ¿Por qué no preparo café para nosotros?
Pero Dylan no respondió. Estaba mirando a Mason, asombrado.
Cuando ella se dio la vuelta, vio como los deditos de su hijo se agarraban del borde de la mesita.
Mason tenía un gesto de gran concentración en el rostro y Grace contuvo el aliento cuando de repente soltó la mesa y dio un paso titubeante y luego otro.
Estaba a medio camino de dar el tercero cuando se dejó caer pesadamente sobre el trasero.
Levantó la vista hacia ella y luego hacia Dylan, como queriendo decir: ¿me habéis visto? ¿Habéis visto lo que he hecho?
Ella estaba riendo y llorando a la vez cuando le levantó y lo cogió en sus brazos.
—¡Has andado!
—Eres increíble, chaval —dijo Dylan con tanto asombro en la voz como el que ella había tenido.
Para cuando su hijo se retorció y volvió a hacerla que lo dejara en el suelo, ella ya le había dado una lluvia de besos por toda la cara. Él se apoyó en un lado del sofá y entonces, dando un impulso, volvió a propulsarse hacia adelante.
Sin pensar, Grace estiró la mano para coger la de Dylan. O tal vez fuese él el que la cogió a ella. De cualquier forma, lo único que importaba es que él estaba aquí para compartir este hito con ella y que estaba igual de asombrado.
—¡Tenemos que llamar a tu madre, tenemos que hacer un vídeo y mandárselo por email para que vea lo que está haciendo Mason!
A Dylan no parecía que le resultase extraño que ella pensase en sus padres cuando ella y Mason los acababan de conocer hacía solo una semana. Probablemente porque sabía que su madre se volvería loca con las noticias.
Primero grabó a Mason solo y luego con Grace cuando ella estiró los brazos y Mason caminó hacia ellos.
Ella estaba tan feliz... Aunque no pudiera dejar de llorar.
Pero no pasaba nada. Sabía que Claudia lo entendería porque la madre de Dylan había llorado lágrimas de alegría con todos los primeros pasos de sus hijos.
Por fin, Mason se quedó sentado y empezó a bostezar y a frotarse los ojos.
—Parece que ya es hora de recogerse por fin para la noche. —Había sido una velada increíble, y ella sabía que no debía quedarse decepcionada porque hubiese acabado—. Debería ponerle su pijamita y leerle su cuento para dormir.
—Los niños de mis primos me dicen que se me da bastante bien lo de contar cuentos para dormir —se ofreció Dylan.
Ella estaba segura de no haber sonreído tanto antes ni de haberse sentido tan feliz en toda su vida.
—En ese caso, ahora volvemos.
La voz de Dylan sonaba tan relajante al leerle a Mason que Grace sintió como sus propios párpados empezaban a pesarle. Y tal vez se hubiese quedado dormida si no hubiese estado tan totalmente segura de que esa noche era la noche.
Desde su primer beso, no, rayos, desde la primera vez en que había puesto los ojos en Dylan, si era totalmente honesta consigo misma, había estado a punto de entregarse a él. Y cada vez que estaban juntos se acercaba un pasito más al borde de ese abismo.
Pero, ¿cuándo él se había alegrado de ver a Mason dando sus primeros pasos?
Ninguna mujer podría haberse resistido a un hombre como ese.
Aunque Mason empezó a soltar unos monísimos ronquiditos a mitad del cuento, Dylan no dejó de leer.
Con su atención puesta en el libro, Grace aprovechó la oportunidad de deleitar sus ojos observándole, y de maravillarse de nuevo no solo por lo bueno que era con su hijo...
Sino ante el precipicio en el que ambos estaban esta noche.
Pronto, el libro se acabaría, Mason estaría en su cuna, y solo estarían ellos dos.
Por fin, Dylan cerró el libro y miró al pequeñajo que se había quedado dormido tan confiado y tranquilo en uno de sus fuertes brazos. Cuando Grace vio la emoción de sus ojos, sintió como se le humedecían los suyos.
Había intentado con todas sus fuerzas ser cuidadosa, proteger tanto a Mason como a sí misma de que ningún hombre se presentase en sus vidas y luego se esfumase caprichosamente...
Pero, ¿cómo podría haber estado preparada para un hombre como Dylan Sullivan?
Para sus contagiosas sonrisas de infarto.
Para la manera tan seria en que se tomaba su trabajo de construcción de barcos y la pasión de su vida que era navegar.
Para su fuerza, tanto en la forma en que usaba sus manos y sus músculos para hacer que un gran barco cogiese forma como en sus convicciones personales.
Para la forma tan delicada en que los sostenía a ella y a Mason.
Para la forma en que su familia los había acogido a ella y a su hijo sin ningún titubeo.
Y sobre todo, para la manera en que él la hacía enfrentarse continuamente a sus miedos, uno tras otro.
No se había enfrentado a todos ellos todavía, pero por lo menos había dejado de sentirse como el cascarón vacío de la antigua Grace Adrian.
—Nosotros tampoco hemos llegado nunca al final del libro. —Pasó las manos por el suave pelo de su hijo—. Lo meteré en su cuna.
—¿Puedo?
Su corazón tendría que haberse acostumbrado a la forma en que golpeteaba con la velocidad de un cohete contra su esternón siempre que Dylan estaba cerca, pero no estaba segura de que jamás pudiese acostumbrarse a estar con alguien tan generoso, tan lleno de bondad...
Todo envuelto en el paquete más sexi imaginable.
Ya había dejado que su hijo y Dylan rieran juntos, muchas bromitas internas que habían llenado claramente el corazón de su hijo con pura alegría.
Y acababa de dejar que Dylan le leyera a Mason su cuento para irse a dormir con el pequeñajo en su regazo.
¿Debería trazar algún límite?... ¿No debería recordarle a él y a ella misma que por mucho que interpretase el papel de padre de Mason toda la noche no lo era ?
La forma en que Dylan pronunció suavemente su nombre le dijo que acababa de leer cada uno de sus pensamientos y podía ver claramente lo dividida que ella se encontraba sobre si permitirle o no que se introdujese más profundamente todavía en sus vidas.
Tal vez no debiera ser un asunto tan importante quien metiese a su hijo en la cuna, pero para Grace, ese beso final de buenas noches era un símbolo de la maternidad que se había ganado no solo cada segundo que había llevado a Mason dentro de su cuerpo, sino cada uno de los días de los pasados diez meses cuando todo lo que había hecho había sido por él.
—Protegería a Mason con mi vida —dijo Dylan con voz suave—. Si alguna vez me necesita por algún motivo, lo dejaré todo por él.
Y entonces fue cuando supo que nunca tendría que preocuparse más por su hijo en lo que a Dylan respectaba.
Porque aunque si el hombre guapísimo sentado a su lado en el sofá se cansaba de ella, ahora sabía con total certeza que nunca abandonaría a Mason.
Su romance con Dylan no tenía absolutamente nada que ver con la conexión que ellos dos habían creado.
Su alivio fue tan rápido y profundo que la sonrisa que le dedicó a él era totalmente auténtica.
—Me encantaría que me ayudaras a meterlo en la cama.
Cruzaron juntos el pequeño salón y entraron en el dormitorio que ella compartía con Mason.
Su cuna estaba en el rincón, y los animales del zoo de peluche que colgaban del móvil que había encima bailaron con el aire de la puerta al abrirse.
El cambiador estaba a su lado, lleno de pañales, cremas y toallitas limpias.
La mayoría de los hombres, imaginaba, no estarían interesados en esas cosas.
Pero ella pudo ver lo encantado que Dylan estaba ante esa escena.
Al menos, hasta que se volvió a mirar su cama y entonces a ella, como si no pudiera dejar de imaginárselos a los dos compartiendo sexo salvaje y loco encima.
Había estado pensando en cualquier cosa menos en el sexo cuando compró la cama doble y sus sábanas al mudarse a Seattle. Pero de repente, supo que jamás podría volver a mirar su cama de forma tan asexual de nuevo.
—Chico afortunado —dijo él después de dejar a su hijo cuidadosamente con un beso suave en la frente sobre la cuna—, que puedes compartir el dormitorio con la chica más bonita del mundo.