Los Sullivan de Seattle (Libros 4-6) Capítulo 16
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Capítulo 16

CAPÍTULO DIECISÉIS

C uando consiguieron por fin llevarse a Mason del parque sin que montase demasiado jaleo, los tres se dirigieron a la heladería. Jugar en el parque. Comer helados. Compartir besos ardientes. ¿Lo ves? Se dijo Grace a sí misma, solo estamos pasándolo bien.

Dejó a Mason sentado orgulloso como un niño mayor al lado de Dylan con sus piernecitas delante de él sobresaliendo del banco pintado de colores brillantes de fuera de la heladería, ella entró y pidió sus helados. Cinco minutos más tarde, volvió con las manos llenas.

—Aquí tienes tu sorbete arcoíris, cielín. —Mason cogió el cucurucho y se lo llevó inmediatamente a los labios, haciendo que sus mejillas regordetas se llenaran de verde brillante, naranja y rosa—. Y nuestro banana split y dos limonadas.

Normalmente ella se compraba un cucurucho de vainilla porque el split era demasiado para una sola persona.

Pero cuando Dylan le había sugerido compartir el split, fue consciente de golpe de que ya no estaba sola.

Por lo menos, no hasta que lo que fuera que estuviesen haciendo juntos terminase.

Ciertamente, durante el tiempo que tardase ella en escribir el artículo de la revista, se imaginaba.

¿Y después? Bueno... Año y medio atrás había aprendido que daba igual lo mucho que quisieras predecir el futuro, había algunas cosas que sencillamente no podías planear.

Diversión, se recordó a sí misma otra vez. Eso era todo. Y así tenía que ser.

Al ver que Dylan tenía la cara pegajosa de Mason bien controlada con el paquete de toallitas húmedas que había encontrado en la parte de abajo de la sillita, ella se sentó al otro lado. Cuando él terminó de limpiar a Mason, ella levantó su limonada.

—Felicidades por tu nueva creación. —Él chocó su vaso con el de ella, y entonces ella se inclinó para besarle suavemente, con un gesto tan natural como le había resultado ir del parque a la heladería por la calle con su bebé jugando feliz en la sillita delante de ellos.

—Hablando de creaciones, ¿cómo va tu artículo?

—Bien.

Él arqueó una ceja.

—Ese bien no me ha sonado para nada a ningún bien normal.

Ella metió la cuchara en el helado de fresa del final del plato y cambió su respuesta a:

—Hice tanta investigación antes de comenzar con la entrevista y tú me has dado tantas cosas geniales... Debería estar yendo mucho más rápido de lo que va.

—Tenemos que llevarte al mar en uno de mis barcos. Te lo prometo, eso lo cambiará todo.

Su corazón salió planeando por encima del suelo, porque eso exactamente lo que ella se temía que iba a pasar si salía a navegar con Dylan.

Que todo cambiaría . Que perdería el control sobre la perspectiva de «solo pasarlo bien».

Que empezaría a desear más que placer y risas.

Que solo estaría haciendo que ella y Mason se dieran un gran batacazo.

—Volveré de Australia dentro de dos sábados. ¿Por qué no quedamos para salir en barco ese domingo? Así todavía te quedará casi una semana para pulir tu artículo si tienes que hacerlo.

Casi dos semanas era tiempo suficiente para que ella se preparase mentalmente para navegar juntos. Tenía que serlo.

—Vale, buscaré una canguro.

—Te diste cuenta de que mi madre hablaba en serio cuando se ofreció a cuidar a Mason siempre que lo necesitaras, ¿verdad?

—Claudia es muy dulce y generosa y es obvio que a Mason le encantó jugar con ella, pero...

—Le alegrará el día solo saber que volverá a verlo otra vez.

Cuando él lo ponía así, ¿cómo podía ella seguir discutiendo?

—Mi madre se habría sentido igual. —Era un precioso día de verano, y ella estaba comiendo helado con su perfecto hijo y el guapísimo hombre con el que se estaba «divirtiendo».

No debería sentirse triste. Pero nunca había averiguado como quitarse de encima la pena porque sus padres estuviesen los dos muertos.

Obviamente, Dylan lo notó, porque apoyó una mano en las suyas y dijo:

—Le están viendo, Grace. Y también a ti, a la hija de la que siempre han estado tan orgullosos. Viéndote criar a Mason... Sé que están más orgullosos de ti que nunca.

El sol, el helado, la sonrisa en el rostro de su hijo, la mano de Dylan sobre la suya... Todo la ayudó a mantener a raya las lágrimas.

—Tenía una amiga en el instituto con una gran familia, y ella lo odiaba.

Odiaba la falta de privacidad. Odiaba que siempre hubiese alguien metido en sus cosas.

Mis padres intentaron tener más hijos pero mi madre no pudo...

—No, definitivamente rehusaba a arruinar su tarde desmoronándose.

En vez de eso se centró en cortar una rodaja de banana del split y dársela a Mason entre chupada y chupada de sorbete—.

Lo que estoy intentando decir es que eres muy afortunado por tener a una familia tan unida.

—Estoy de acuerdo —dijo él—. Aunque ahora mismo estoy un poco mosqueado con mi hermano Adam.

—¿Por qué? Creía que ayer te estuvo ayudando con el barco.

—Lo hizo, pero solo después de pillarnos, lo que causó que tú te volvieses a poner la ropa mucho antes de que yo estuviese preparado.

—Ella ya se había ruborizado cuando él añadió—: Y yo estaba planeando pedirte salir a nuestra primer cita oficial mañana por la noche, pero resulta que Adam necesita que los dos vayamos con él a un cóctel pijo en el viejo Museo Marítimo, organizado por los miembros de la junta.

Están pensando en derribarlo y poner en su lugar una caja moderna de cristal y acero.

Quiere que le ayudemos a quitarles la idea y que en vez de eso le permitan a él echarle mano al edificio y restaurarlo.

—Me alegro de que quiera luchar para salvar el edificio histórico. Es bonito de verdad. Y tiene todo el sentido que quiera que tú estés allí. Pero, ¿por qué quiere que vaya yo?

—Eres lista. Eres hermosa. E imagino, por la forma en que investigas los temas sobre los que escribes, que ya sabes más sobre la historia de la navegación en Seattle que ninguno de los de la junta del museo.

—Se inclinó y le lamió una gota de helado de los labios—.

Ven conmigo mañana por la noche, Grace. Hacemos las rondas por mi hermano tan rápido como podamos, y luego nos escapamos y pasamos nuestra propia noche en privado en la ciudad sin que haya nadie de mi familia alrededor esta vez.

El roce de su lengua contra su piel sensible había dejado KO sus neuronas lo suficiente para que no pudiese centrarse bien en cuál debería ser su respuesta a esa pregunta.

—Di que sí —murmuró él contra sus labios, inclinándose él a besarla a ella esta vez.

Con la cabeza dándole más vueltas que nunca ella dijo:

—Lo estás haciendo a propósito. Haciendo que me resulte difícil pensar.

Él le rozó el lóbulo de la oreja con la nariz.

—¿Funciona?

—Casi.

Pero lo que él le estaba pidiendo era demasiado importante para decidirlo en base a un impulso estando mareada y caliente.

Una cita.

No había tenido una de esas desde hacía muchísimo tiempo.

La cena en casa de sus padres había sido una entrevista, aunque hubiese terminado con un beso.

Y lo del acuario no había empezado como una cita, tampoco, aunque hubiese acabado con mucho más que un único beso.

Hasta esta visita a la heladería podría haber sido simplemente algo entre dos amigos y un bebé que salieran para una pausa de media tarde.

Una pausa divertida con algo de sol y azúcar en medio del día.

Entre amigos con derecho a roce, pero todavía nada oficial.

No una cita que potencialmente pudiese conducir a mucho más.

—Dime si estoy yendo demasiado deprisa, Grace, y te juro que encontraré la forma de echarme atrás y darte más espacio.

Que él dijese eso debería de haber sido exactamente lo correcto. Pero ella se sorprendió al darse cuenta de que la idea de que Dylan se echase atrás hacía que su estómago estuviese más apretado que el riesgo de pensar en salir con él.

¿Era cautelosa sobre la idea de tomar ese camino con nadie de nuevo? Sí, y estaría loca si no lo hiciera. Pero tenía que volver a vivir en algún momento, ¿no? Y tener una vida plena no solo significaba besos robados y orgasmos de locura.

—Sí —dijo ella, sonriendo al hombre que había estado esperando sin demasiada paciencia a su respuesta—. Me encantaría tener una cita contigo mañana por la noche.

Dylan selló su respuesta afirmativa con un beso lo bastante caliente como para fundir lo que quedaba de su helado. Al menos hasta que Mason se coló entre ellos y plantó sendos besos húmedos y pegajosos en sus mejillas.

Grace seguía sonriendo diez minutos después, mientras se dirigía a su apartamento con Mason ya quedándose dormido en su sillita.

Antes de separarse, Dylan había sacado el móvil rápidamente y hablado con su madre sobre hacerles de canguro tanto mañana por la noche como otra vez mientras navegaban cuando Dylan volviese de Australia en un par de semanas.

Si Grace hubiese tenido alguna duda de si Claudia estaría emocionada por ver a Mason de nuevo, las alegres exclamaciones de la madre de Dylan, lo bastante sonoras para que Grace pudiese oírlas desde la otra punta del banco, las disiparon.

Después de que Dylan se marchase para encontrarse con un potencial nuevo cliente, ella se había quedado paseando con una sonrisa tonta en la cara. ¡Al menos hasta que se dio cuenta de que no tenía absolutamente nada que ponerse!

Grace tenía algunos vestidos bonitos de antes de quedarse embarazada, pero aun en el caso improbable de que todavía le quedasen bien con sus curvas postparto, todos habían sido vestidos que se había puesto para Richard.

Decidió meterlos en cajas y donarlos cuando volviese al apartamento y aceptó que iba a tener que darle un pellizco a sus ahorros y comprarse un modelito nuevo.

Había metido hasta el último centavo que había podido en su fondo de defensa legal para por si acaso, durante el último año y medio.

Con el dinero que iba a recibir por el artículo, podía permitirse gastar un poquitín en esta noche especial con Dylan, ¿no?

La moda era otra cosa a la que no había dedicado demasiados pensamientos desde que había tenido a Mason.

Grace miró los vaqueros y la blusa de rayas azul y blanca que llevaba puesta y fue consciente de que era capaz de parecer arreglada o profesional cuando lo necesitaba.

Pero no había intentado estar sexy en muchísimo tiempo.

Cogió un ligero desvió desde su edificio de apartamentos hacia la calle de tiendas cercana y se recordó a sí misma que aunque ir sexy podría ser realmente excitante, tampoco tenía que arruinarse, porque sencillo y bonito bastaría, ¿verdad?

Por supuesto, entonces fue cuando se encontró con el escaparate de una boutique muy bien decorado, con el vestido más increíble del mundo.

El color fue lo primero que le llamó la atención...

No era rojo, no era rosa, sino lo mejor de ambas gamas.

Los tirantes eran de encaje y seda trenzados con un diseño delicado que se repetía en el corpiño.

Un cinturón fino y brillante del mismo color que la tela rodeaba la cintura, enfatizando la falda de vuelo del vestido, que llegaba justo hasta debajo de la rodilla.

Probablemente costaría una fortuna, pero a pesar de eso, no pudo evitar empujar el carrito de Mason dentro de la tienda.

—Bienvenidos a Deleite.

Grace pensó que ese era el nombre perfecto para una tienda en la que cada artículo a la venta la hacía desear comprarlo.

El rostro de la mujer se iluminó al mirar a Mason, sujeto a su silla y apretando su jirafa de peluche con su puñito pegajoso. Dormía con la cabeza vuelta de lado. Sus ojos cerrados hacían que sus pestañas pareciesen tener un kilómetro de largo.

—Tu hijo es absolutamente divino —susurró la mujer, claramente haciendo un esfuerzo por no despertarlo—. Si estás pensando en probarte el vestido del escaparate, ya sé que vas a estar espectacular con él. Y te juro que no te lo estoy diciendo solo porque esta sea mi tienda.

Grace sabía lo que le quedaba bien. Este vestido haría que los ojos de Dylan se salieran de sus órbitas. Solo eso haría que el gasto extra valiese la pena.

La propietaria de la tienda, que se presentó como Colbie, adivinó correctamente la talla de Grace y un ratito después estaba lanzando exclamaciones de oh y ay sobre lo guapa que estaba con el vestido.

—Una cosa más —dijo Colbie, saliendo del probador unos minutos y volviendo con lo que tenían que ser el par de zapatos más geniales jamás hechos.

La piel de las sandalias de tacón era dorada y súper suave, trenzada con un diseño muy parecido al corpiño y los tirantes del vestido—. Llevas un cuarenta, ¿verdad?

Grace ya estaba cogiendo las sandalias sexis mientras asentía.

Se sintió como una princesa directamente sacada de un cuento de hadas con ese vestido y esos zapatos.

Cerraría los ojos al firmar el recibo de la tarjeta de crédito y no se permitiría pensar en la factura hasta que llegase a final de mes.

Lo compensaría trabajando el doble de duro en el artículo sobre Dylan y haciendo tan buen trabajo con eso que, esperaba, convertiría este artículo de fondo en el primero de muchos.

—Me quedo las dos cosas.

Además, aunque ser capaz de ahorrar dinero para Mason era enormemente importante, ¿no era sentirse de nuevo una mujer sexy y demostrarse a sí misma que su ex no le había arrebatado eso algo que tendría que haber priorizado hace mucho tiempo?

Que es por lo cual, cuando un lujoso conjunto de lencería también le entró por los ojos de camino a la caja, lo añadió a su montón de compras.

Porque, en realidad, ¿de qué servían el precioso vestido y los zapatos perfectos si al quitárselos al final de la cita Dylan descubría que no estaba igual de guapa por debajo?

Todo su cuerpo ardió al pensar en eso, ya vibrando con anticipación por su cita con Dylan. Una cita que de repente le pareció que no podía tener lugar lo bastante pronto.