Los Sullivan de Seattle (Libros 4-6) Capítulo 15
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Capítulo 15

CAPÍTULO QUINCE

A l día siguiente, Grace escribió como loca mientras Mason echaba su siesta.

Todavía no había terminado de transcribir la entrevista del día anterior con Dylan, pero quería hacer algo de progreso, así que empezó a escribir.

Se decía que era más fácil editar una página con palabras que una en blanco, y tener que hacer el grueso de su trabajo de escritura mientras Mason dormía significaba que se había acostumbrado a domesticar la creatividad a su conveniencia.

Por desgracia, noventa minutos después, al releer lo que llevaba escrito hasta el momento, no se quedó impresionada en particular con nada de lo que leyó.

Tal vez solo le hiciese falta levantarse un rato del ordenador.

Se fue a la cocina y se sirvió otra taza de café, pero mientras se lo llevaba a los labios se dio cuenta de que no lo quería.

Lo mismo le pasó con los infalibles bombones de Hersey que guardaba en el congelador.

Un poco de chocolate fundiéndose en su lengua no haría nada por curar su inquietud ni por una mente que andaba dando saltos.

No era tener que obligar a la creatividad a fluir lo que estaba mermando su productividad.

Ni tampoco el problema de la fecha de entrega bastante ajustada para su artículo.

En realidad lo que pasaba era que su cabeza y su cuerpo estaban todavía dándole vueltas por haber estado con Dylan ayer.

Por los riesgos que habían corrido... Y por lo mucho que ella había disfrutado de cada segundo de correr esos riesgos, aunque no debería haberlo hecho y su hermano casi los pilla en pelotas y haciéndolo.

Había estado dándole vueltas al sabor de Dylan a todo lo que le había dicho durante la entrevista y después, cuando ella se estaba quedando sin ropa y él también.

Ahora se obligó a sí misma a admitir la auténtica razón por la que no había querido transcribir la entrevista hoy: Había tenido miedo de lo que escuchar su voz podría hacerle. O de lo que podría hacerle sentir.

Porque ya estaba sintiendo mucho. Demasiado.

Grace jamás se había enamorado tan rápido de nadie. Nunca había pensado que era posible empezar a sentir algo por alguien tan deprisa, ni morirse del todo por tenerle, especialmente cuando ella, de entre toda la gente, debería ser más lista y no perder la cabeza con otro hombre guapo y carismático.

Pero al tiempo que pensaba eso también sabía que no estaba siendo justa con Dylan. Sí, era guapo. Sí, era poderoso. Pero era muchísimo más que eso. Era divertido. Era dulce. Tenía talento. Adoraba a su familia. Era adorable con Mason. Y quería protegerles a los dos.

Ayer en su taller de los barcos, cuando ella le había poseído de la misma forma en que él la había poseído a ella, había tenido la esperanza de que el hecho de darle placer la haría sentirse más en control.

Menos falta de equilibrio. Pero no había funcionado.

Ni lo más mínimo, dado que ella había salido de allí más desequilibrada que nunca.

Sobre todo porque no podía dejar de pensar una y otra vez en todas las cosas sobre las que había estado tan segura desde Mason.

Es decir, que tenía que ser fuerte y sin atarse a nadie.

Y que tenía que pagar el precio por su estupidez con su ex y tomar siempre la opción más segura, manteniéndose en total control por siempre jamás.

Consciente de que Mason pronto estaría despierto y de que su fecha de entrega no se iba a mover a pesar de lo revuelta que se encontrase ella por dentro, se sentó al ordenador.

Entonces tiró sin querer la libreta de notas al suelo.

Al cogerlo, vio que se había abierto en una cita de William Shakespeare, de la obra Mucho ruido y pocas nueces .

No suspiréis más, niñas, no suspiréis más,

Los hombres son siempre farsantes;

Un pie en la tierra, el otro en el mar,

Jamás por nada constantes.

Ella ya sabía que Dylan jamás la engañaría a propósito, no la liaría solo para reírse de ella.

Pero su alma era la de un marino. Uno que ella dudaba que jamás fuese a ser tan feliz en tierra como lo era en el mar.

Navegar se consideraba la evasión definitiva.

Y después de todo, ¿no fue así como Dylan se había metido en la navegación, cuando su padre se quedó sin trabajo, eran malos tiempos para su familia, y se eso se había acabado convirtiendo en su pasión?

Sin embargo, al mismo tiempo, ¿cómo podía olvidar lo que él había dicho ayer durante su segunda entrevista?: La magia de una noche en el mar es tal que solo puede ser comparable, o ser superada, por una única cosa. Por el amor.

Como si Mason supiera que su madre estaba desesperada por tener una distracción de los pensamientos que estaban carenando de un extremo al otro de su mente, se despertó entonces de su siesta.

Después de un rápido cambio de pañales, cogió algo de comer, un biberón y un cambio de ropa y lo puso todo en la parte de abajo de su sillita.

—¿Qué te parece si tú y yo salimos un rato al parque y dejamos que el aire fresco nos aclare las ideas?

Los ojos de su hijo se iluminaron al oír la palabra parque al mismo tiempo que a ella le sonaba el teléfono. Al ver el nombre de Dylan en la pantalla, supo que ella se había iluminado de exactamente idéntica manera.

Probablemente tendría que dejar que sonara, darse un poco de espacio para seguir pensando las cosas. Pero desde el principio, Dylan había sido un regalo que ella no había sido capaz de negarse a sí misma. Ni a su hijo, a quien había visto reír más con él que con nadie más.

—Estaba aquí sentado echándoos de menos a ti y a Mason —le dijo Dylan cuando ella contestó—, así que pensé en llamarte. —Mason se rio cuando ella le pasó su jirafa de peluche y le dio sin querer en la nariz con su cola peluda—. Tu hijo tiene la mejor risa del mundo.

—La tiene, ¿verdad?

—La ha heredado de su preciosa madre.

Ella sintió como si Dylan conociese cada código secreto para abrir las partes más cerradas de su corazón.

Y aun cuando sabía que debería asegurarse de que los dos se limitaran a ir despacio, era lo último que ella deseaba...

Y no solo porque cada beso, cada caricia que él le daba se sentía tan bien.

Solo el hecho de estar con Dylan la hacía feliz.

Más feliz de lo que había estado en muchísimo tiempo.

—Vamos al parque infantil, si quieres hacer una pequeña pausa.

—El parque suena como el sitio perfecto para celebrar algo.

—¿Celebrar? —Ella lo adivinó rápidamente—: ¿Has acabado con el barco?

—Adam me ayudó con algunos de los detalles finales anoche.

—Va a estar tan emocionado cuando descubra que es suyo... ¿Cuándo vas a contárselo a todos?

—Pronto. En cuanto regrese de mi viaje a Australia, todos deberían estar también de vuelta en Seattle.

—¿Te marchas a Australia ? —Ella se dio cuenta, demasiado tarde, de que había sonado como una novia intentando seguir la agenda de su novio.

—Me marcho el jueves para una regata de setecientas millas que sale de Sídney. Solo estaré fuera una semana pero os voy a echar de menos a ti y a Mason como un loco, Grace. Si no le hubiese prometido a mi amigo que iba a hacer esto hace un año...

—La regata suena alucinante —dijo ella, apartando sin piedad el dolor dentro de ella ante la idea de no ver a Dylan durante toda una semana. Diversión, se recordó a sí misma. Esto era solo por diversión, para pasarlo bien el uno con el otro mientras trabajaban juntos en su artículo.

Y eso es todo lo que ella podía permitirse creer que era por ahora, porque si creía que era por diversión, no le hacía falta pensar tanto.

La diversión era algo por lo que no tenía que preocuparse.

La diversión no era algo para lo que necesitase tener un plan infalible o una vía de escape preparados.

—Tendré un poco más de una semana para terminar tu artículo después de que vuelvas, así que espero que lo hagas con algunas buenas historias para mí.

Justo entonces, Mason tiró su jirafa y ella supo que se estaba cansando de estar atado a la silla sin ir a ninguna parte.

—Estaremos en el parque al otro lado de la calle. Nos vemos.

Y a pesar de no saber exactamente todavía cómo manejar su relación con Dylan, una que ya le parecía muchísimo más importante que ningún rollete divertido que hubiese tenido antes, era emocionante saber que así era.

Quince minutos después, Mason estaba alegremente subido a un columpio para niños pequeños y chillando de alegría cuando ella le empujaba más y más alto.

Era un enano temerario, muy parecido a cómo sus padres habían dicho siempre que era ella de pequeña, y ella se había jurado no permitir que sus propios miedos le reprimieran.

Le apoyaría en todo, sin importar lo peligroso o lo descabellado que fuera.

Igual que había averiguado que Claudia Sullivan había hecho con sus hijos.

El impulso de proteger a su hijo de cualquier cosa que pudiera herirle era avasallador. Pero era lista y sabía que si sus padres hubiesen seguido vivos, la habrían animado a recordar que darle alas para volar era igual de importante que mantenerlo a salvo.

O, pensó ella con una sonrisita, tal vez él acabaría eligiendo un barco con el que navegar por el profundo mar azul.

Inmersa en sus pensamientos, no fue hasta que Mason empezó a soltar pequeños grititos de alegría cuando se dio cuenta de que Dylan estaba acercándose a ellos.

Escuchó la ahogada exclamación colectiva de apreciación femenina de las otras mujeres del parque cuando él apareció en el arenero con unos vaqueros y una camiseta que le quedaban tan bien que a ella misma se le quedó la boca seca.

Y no, no tenía nada que ver, qué va, que por fin supiese exactamente lo bueno que estaba sin los mencionados vaqueros y camiseta.

Él agarró el columpio de Mason en mitad de su vuelo y su hijo puso los morritos en forma de beso. Ese beso era siempre lo primero que Mason quería y nunca dejaba de conmoverla lo fácil y dulcemente afectuoso que Dylan era con su pequeñín.

Cuando Mason volvió la cabeza para mirarla a ella, Dylan sonrió y dijo:

—Uno para él, uno para ti.

Volvió a poner a Mason en movimiento con una mano y utilizó la otra para atraerla a ella. Luego la besó lenta y profundamente delante de todo el mundo... Lanzando también su corazón al vuelo.