Capítulo 14
CAPÍTULO CATORCE
—¿ H ay algo... ?—Dios mío, ¿alguna vez le había mirado alguien así?
¿Como si quisiese devorarla de un solo bocado y solo estuviese apenas conteniéndose de hacerlo?
—. ¿Hay alguna otra cosa que quieras decirme?
—Pero él no respondió, solo continuó su camino hasta detrás del balandro casi terminado.
Su corazón latía a toda velocidad mientras le seguía—. Algo que necesites mostrar...
Cuando la empujó contra la pared, y luego le levantó los brazos por encima de la cabeza para que su espalda se arquease ligeramente y sus pechos se apretaran contra el duro muro de su pecho, ella se tragó el final de la frase.
—Esto. —Él le dio un mordisquito en el labio inferior, lo bastante fuerte para enviar una oleada de calor, y de deseo, abrasándola de la cabeza a los pies—.
Necesito enseñarte esto. —Él la mordisqueó de nuevo, esta vez su barbilla, enviando unos relámpagos brillantes de deseo a través de ella—.
Necesito mostrarte lo mucho que te deseo.
—Encontró el lóbulo de su oreja a continuación con los dientes, y un ronco gemido se escapó de sus labios—.
Cómo no he podido dejar de pensar en ti desde el sábado por la noche.
—Él la olió. Y la volvió a oler —. Tu olor...
Me vuelve loco. —Le arañó el cuello con su barba incipiente—. Tu piel... Es tan suave, tan besable.
Entonces fue cuando por fin volvió a posar la boca en la suya y le lamió la ranura entre sus labios, haciéndola soltar algo que era a medias un gemido y a medias una exclamación de sorpresa por el gusto que le dio.
—Otra vez —le instó apartando la boca de ella solo lo suficiente para dejarla hablar—. Necesito escucharlo otra vez.
La verdad es que ella estaba igual de desesperada por él, había estado manteniendo a raya su deseo solo lo suficiente para poder llevar a cabo la entrevista.
Incapaz de soportar más juegos, ella cogió el último beso que le dio y lo llevó más profundo.
Tan profundo, tan rápido, que le sorprendió no ver una chispa real encenderse de verdad entre ambos e incendiar el taller de los barcos.
Era demasiado lista como para estar haciendo esto, para dejar que él agarrase el borde del vestido veraniego que llevaba y se lo quitase en medio del día, en su lugar de trabajo, donde cualquiera podía entrar en cualquier momento.
Pero una vez más, su deseo por él era mayor que sus miedos.
Tan grande que se encontró a sí misma deleitándose en esa experiencia unos traviesos instantes, disfrutando por romper otra vez con la línea recta y fina en la que había estado moviéndose durante el último año y medio.
La verdad era que saber que alguien podría irrumpir en su taller, podría venir a buscarle y encontrarlos a los dos enredados el uno en el otro, solo lo hacía más excitante, Y mientras abrazaba lo salvaje del momento, se daba cuenta de que dejar de ser tan cuidadosa todo el tiempo no solo era algo que la hiciera sentirse bien... Era exactamente lo que necesitaba.
En especial cuando él le pasó sus grandes manos por sus curvas y le dijo lo perfecta, lo bonita que era, que él no podía cansarse de ella y que era lo único en lo que era capaz de pensar.
Cada palabra, cada caricia, la hizo perder el aliento un poco más mientras él colmaba su piel con una lluvia de besos entre cada dulce murmullo.
Sus labios le rozaron con la suavidad de una pluma la mejilla, el cuello, la clavícula y el principio de los pechos antes de que él desabrochase su sujetador y le cogiese los dos pechos muy juntos para poder lamer los dos ansiosos pezones al mismo tiempo.
Un beso, un lametón, habían escalado en una necesidad desesperada de más.
De mucho más. Lo que significaba que cuando él bajó lentamente y se arrodilló delante de ella, con las manos agarrándole con fuerza las caderas mientras la sostenía justo donde quería contra la pared, con sus labios recorriendo un camino devastador sobre sus costillas y su vientre, ella no lo detuvo.
No era capaz, francamente, de imaginarse en absoluto un mundo en el que la palabra para hubiese podido salir de su mente.
Especialmente cuando él se inclinó y apretó los labios contra la V de entre sus piernas, por encima del encaje de sus bragas.
—Oh…oh…oh…
No importaba cuántas veces él la amase así.
Cada vez sería para ella como la primera.
Explosiva y asombrosamente lujuriosa desde el primer contacto de su lengua con su carne excesivamente caliente.
Y cuando él se apartó solo lo justo para deslizarle el húmedo encaje por los muslos, la expectación de saber que su lengua pronto le lamería la piel desnuda casi acaba con ella.
Él la penetró con los dedos en el preciso momento en el que usaba sus labios y su lengua para llevarla más alto, y luego más alto todavía.
Ella jamás había hecho nada tan excitante, tan emocionante.
Había creído que algo así podía pasar solo en sus fantasías sexuales secretas.
Y sin embargo aquí estaba, a punto de llegar al clímax con Dylan arrodillado entre sus piernas mientras ella estaba de pie frente a él llevando solo unos tacones, y con la luz del sol atravesando los tragaluces del techo y derramándose sobre sus cabezas mientras él la llevaba a lugares a los que ella ni siquiera había pensado que era capaz de llegar.
—Ahora —le instó él mientras seguía jugando con ella de forma perfecta con los dedos—. Córrete para mí ahora, Grace.
Como si su cuerpo solo hubiese estado esperando esa orden sexual suya, ella se agarró de sus hombros como si le fuese la vida en ello mientras él la hacía temblar, ahogar una exclamación y romperse por las mismísimas costuras.
Oleada tras oleada de placer la mecieron, la atravesaron, hasta que sus piernas ya no fueron capaces de sostenerla más y solo se aguantaba contra la pared gracias a la sujeción de Dylan.
Solo fue vagamente consciente de que él estaba subiendo por su cuerpo a besos, con las manos sosteniéndola por las caderas todo el tiempo para que no tuviese que contar con que sus temblorosas piernas la mantuvieran en pie.
Sus besos eran suaves y lentos, dejándola recuperar el aliento, pero ella no estaba tan ida como para no poder notar el deseo que palpitaba en él.
Sin embargo, otra vez se estaba aguantando de obtener lo que él necesitaba.
—Debiste de quedarte tan frustrado el sábado por la noche después de irte sin dejarme que te devolviera el favor...
—Tocarte, sentirte, mirar cómo te corres, me hace sentirme más satisfecho que nunca en mi vida. Cualquier otra cosa es solo un extra.
—En ese caso —dijo ella con voz ronca y sexy—, parece que ha llegado el momento de tu extra. No solo por ti, sino por mí. Porque tú no fuiste el único que se quedó frustrado. Yo quería quitarte la ropa. Quería tocarte. —Se detuvo y le miró a los ojos—. Quería hacer que te corrieras.
Ella pudo sentir sus latidos acelerarse todavía más contra su mano cuando él le dijo:
—Te deseo, Grace. Ya sabes lo mucho que te deseo, lo mucho que yo también deseo todas esas cosas. Pero no quiero cometer el error de empujarte demasiado lejos, demasiado deprisa. El sábado por la noche no estabas preparada para nada más.
—Tienes razón, entonces no lo estaba. Pero ahora, lo estoy.
Ella no quería ser la única seducida. Quería seducir también. Para que fuese iguales. Para que pudiese dejar de sentirse tan falta de equilibrio. Y para que por fin pudiese saber si él sabía tan bien como ella había fantaseado que lo haría.
—Necesito más. Te necesito de la misma forma en que tú me has tenido a mí.
Sin dejar de mirarle a los ojos, ella le apartó las manos de las caderas para poder ponerse de rodillas sobre el suelo de tablas.
Dylan solo vivía a un par de manzanas de su taller de barcos.
Pero no había sido capaz de esperar lo suficiente como para atravesar esas dos manzanas con Grace, de aguantar esos cinco minutos antes de arrancarle la ropa.
Por contra, había cedido, una vez más, a la presión de su troglodita interno y la había arrastrado hasta el fondo de su taller para desnudarla.
Ella le había dicho que necesitaba tomarse las cosas con calma, pero cada vez que el feroz deseo les conducía a otro tórrido beso, él sentía como ella se regocijaba de la emoción de estar con él.
Le encantaba verla abrazar su sensualidad innata, a esa misma mujer sensual que ella había creído muerta para siempre porque algún gilipollas con el que solía salir tenía un corazón y un alma negros como el carbón.
Pero aunque ella se había dejado llevar de la forma más hermosa que él había visto, con su vestido y su ropa interior tirados sobre el suelo de madera donde él las había dejado caer, él tampoco se había esperado esto.
No había creído que ella se deslizaría pared abajo, desnuda salvo por sus tacones y sonrosada por su clímax, para arrodillarse delante de él.
Sus manos eran totalmente firmes, y decididas, al abrirle la hebilla del cinturón.
Él había estado al límite durante tanto tiempo, desde el primer momento en que había puesto los ojos en ella por primera vez, que no necesitaría mucho más para correrse que una ligera caricia de sus dedos sobre su erección cubierta por el vaquero mientras él miraba hacia abajo, a su hermoso cuerpo desnudo.
Cuando ella levantó la cabeza y le sonrió, sus ojos brillaban de emoción y excitación. La simple idea de que ella la liberara del pantalón y la rodeara con los labios…
Tuvo que cerrar los ojos durante unos segundos para intentar recuperar el control, pero ni así pudo evitar que sus manos se enredaran en el suave pelo de ella mientras ella le bajaba la cremallera.
El sonido que hizo al rodearle la erección con los dedos, un murmullo de profundo placer que resonó por todo su cuerpo, casi le hace correrse.