Los Sullivan de Seattle (Libros 4-6) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Antes de que ella pudiese coger aire siquiera, tenía su boca en sus labios.

Excitándola. Seduciéndola. Devorándola. Y retándola a que derramase idéntico nivel de pasión de vuelta sobre él.

Instintivamente, ella respondió a ese desafío con tanto calor y pasión que antes de darse cuenta tenía los brazos alrededor de su cuello, las piernas rodeándole la cintura y las manos de él la sostenían por las caderas para mantenerla apretada contra él mientras ambos intentaban estar tan cerca el uno del otro como fuese posible en medio de esta taller de los barcos inundada por el sol.

—Guau —dijo lentamente cuando por fin él la dejó otra vez en el suelo y ella intentó que su cerebro volviese a funcionar con todos los motores de nuevo—. Tú sí que sabes cómo hacer que un beso sea memorable, ¿no?

—Iba a decir lo mismo sobre ti —dijo él con una voz cargada de ansia que envió otra oleada de deseo tembloroso atravesándole todo el cuerpo.

—Creo que voy a necesitar tomarme un minuto para que se me aclaren las ideas. —Ella meneó la cabeza y respiró hondo un par de veces, pero eso no la ayudó a disipar la niebla cargada de lujuria de su cerebro—. Tal vez dos minutos.

—¿Te ayudaría un café?

—Sí, espero.

Los dos recorrieron la corta distancia hasta su pequeña cocina de la esquina y mientras él preparaba un café que olía realmente bien, ella organizó su grabadora, su libreta y un bolígrafo en la mesita...

E intentó por todos los medios dejar de pensar en lo desesperada que estaba por lanzarse de nuevo a sus brazos.

Él le acercó una taza y ella casi gime en alto de placer por lo delicioso que estaba el café.

—¿Dónde has aprendido a hacer un café tan bueno?

—El café bueno y fuerte es la mejor manera de despertar a los miembros de la tripulación para su guardia.

Durante la siguiente hora más o menos, ella le hizo algunas preguntas más prácticas sobre los intríngulis de la navegación y los barcos que las que le había hecho el viernes. Al final, ella volvió a algo que él le había dicho sobre seguir enseñando lo básico a los nuevos marineros.

—Puedo entender cuánta satisfacción se puede obtener de construir un barco, y me puedo imaginar lo emocionantes que deben de ser las regatas.

Pero, ¿por qué sigues enseñando cuando supongo que sería más sensato pasar esas horas construyendo un carísimo barco de vela para alguno de los de tu lista de espera?

—Al principio, cuando intentaba meter cabeza en el negocio de la construcción de barcos, sacar a la gente a navegar un fin de semana era una forma fácil y divertida de conseguir fondos.

Siempre me ha encantado navegar con una tripulación.

Probablemente sea porque tengo cuatro hermanos y más de una docena de primos —dijo con una sonrisa—.

La gente que viene a aprender conmigo siempre es una mezcla curiosa.

Puede que uno sea banquero. Otro contable.

El tercero pintor. El cuarto poli. Normalmente no tienen mucha experiencia en navegación, pero da igual porque todos ellos, todos nosotros, compartimos la misma pasión.

Y para cuando regresamos al puerto, ya se han enganchado.

—¿Qué les dices antes de haceros a la mar? ¿Cuáles son tus reglas irrenunciables a la hora de navegar?

—Solo hay una: cuando te toca estar de guardia, has de presentarte puntual.

Es la única cosa sobre la que soy un tirano inflexible porque he visto lo que pasa cuando el sistema de guardias se desajusta y la gente pierde unas horas de sueño vitales.

En el mar, la fatiga te matará antes que cualquier tormenta.

A Grace eso le recordó de nuevo la forma en que Dylan había pasado de amable a dominante, de dulce a peligroso.

Obviamente, él había visto cuanto le había gustado, pero ahora ella también sabía que el hombre escandalosamente sexy que le había arrancado las bragas formaba parte de él en la misma medida que el hombre de buen corazón al que le encantaba hacer reír a su bebé.

Podía imaginárselo fácilmente cambiando de relajado a totalmente serio en un abrir y cerrar de ojos si creía que alguien estaba poniendo en riesgo a su tripulación en el mar. Era protector por naturaleza.

—¿De verdad no tienes ninguna otra norma?

—Enseño a mis clientes a navegar y a usar las velas en condiciones climáticas complicadas.

A planificar una ruta marítima. Pero sobre todo, solo navegamos.

Así es como yo aprendí, no escuchando a alguien hablar de técnica, sino manteniendo el barco en movimiento, de una u otra manera.

Si el viento viene de frente, mete las velas.

Si viene de costado desde atrás, sácalas. No es mucho más complicado que eso.

—Ayudas a convertir en realidad los sueños de la gente —reflexionó ella en voz alta—. Por eso lo haces, ¿verdad? Porque una vez tú tuviste el mismo sueño.

—Sigo teniéndolo. Jamás he perdido mi capacidad de asombrarme por lo que es capaz de hacer el océano, ni siquiera después de cientos de guardias a medianoche.

Por lo que a mí respecta, la magia de una noche en el mar es tal que solo puede ser comparable, o ser superada, por una única cosa.

—Se detuvo y la miró a los ojos durante un largo momento—. Por el amor.

Cuando el calor y la emoción se instalaron inmediatamente entre los dos, Grace hizo lo que pudo por apartarlos de momento y mantenerse centrada en la entrevista. Después cambiarían de lo profesional a lo personal, lo sabía. Pero por ahora, necesitaba dejarse de sandeces.

—¿Puedo asumir que todos tus estudiantes han regresado de una pieza?

—El océano tiene formas de poner a prueba tu determinación justo cuando crees que lo tienes todo controlado.

Pero aunque ha habido un par de veces en que nos escapamos por los pelos, me enorgullece decir que mis tripulantes no solo han vuelto de una pieza, sino que muchos de ellos han completado travesías bastante importantes con sus propios veleros, algunas de meses de duración.

—Entonces, si no es técnica lo que les enseñas, ¿qué es?

—Les enseño a ser flexibles y a estar dispuestos a cambiar de táctica según lo requieran las condiciones, ya sea una climatología complicada o fallos del equipo.

Un buen marino sabe que si lo que estás haciendo no funciona, has de intentar otra cosa.

Y lo que es más importante, has de disfrutar como un loco de lo que haces, porque cada momento es un regalo.

Grace había creído que entrevistar a Dylan sería un trabajo y nada más. Pero una y otra vez él le tocaba el corazón con algo que decía, algo que hacía.

—Mantenerse flexible y disfrutar de cada momento son buenas reglas no solo para navegar, sino para la vida —asintió.

Después de todo, ¿no era eso exactamente lo que había hecho ella al averiguar que estaba embarazada e iba a criar a su hijo sola? Había cambiado de táctica y luego se había asegurado de disfrutar el regalo de cada momento que pasaba con Mason.

—Mi familia me enseñó esas reglas —le dijo él.

—¿En un barco de vela?

Él meneó la cabeza.

—Mi padre se quedó sin empleo cuando yo era bastante pequeño.

Estuvo en el paro el tiempo suficiente para que Ian y yo acabásemos dando un paso adelante para mantener las cosas a flote.

Yo era demasiado joven para ser de demasiada ayuda para nadie, pero lo observé todo.

Aprendí. Y vi que los sacrificios que todos hacían por los demás valían mucho la pena.

—El barco que les estás construyendo es tu manera de decirles gracias, ¿verdad? Pero aún mientras pronunciaba esas palabras, ella sabía que era más que eso—. Y es también tu forma de compartir con ellos lo que a ti te ha traído una alegría sin fin.

—Sí —fue su sencilla respuesta, una que hizo que a ella se le ablandara todavía más el corazón hacia él, que estuviese todavía más abierta a él. Ningún otro hombre la había desarmado tan fácilmente... Ni calentado tan rápidamente.

—¿Podrías poner esa alegría en palabras?

—Todo el mundo, desde Tennyson a Jacques Costeau, pasando por Jimmy Buffet lo ha dicho ya mejor de lo que yo podría decirlo jamás.

—Me gustaría oírlo en tus palabras, Dylan. —¿No era consciente de cómo se convertía en un poeta cuando hablaba del mar? ¿De su familia?—. Por favor.