Los Sullivan de Seattle (Libros 4-6) Capítulo 13
49%

Capítulo 13

CAPÍTULO TRECE

G race se había pasado las últimas treinta y seis horas pensando. Reflexionando. Diseccionando.

Y deseando. Deseando sin parar.

El sábado por la noche, le había contado a Dylan más de lo que le había contado nunca a nadie sobre su pasado...

Y entonces se había vuelto literalmente un poco loca entre sus brazos.

Una locura de las buenas, pensó al aparcar en el estacionamiento de su taller.

Pero locura al fin y al cabo. Esperaba haber podido razonarlo todo para entonces, pero la verdad era que seguía dándole vueltas y vueltas a todo en su mente.

Había pretendido que la velada solo consistiera en unos amigos visitando un acuario.

Pero no tenía sentido intentar negar lo bueno, o lo natural que le había resultado enrollarse con Dylan en su sofá, así que no iba a preocuparse por esa tontería.

Tampoco intentaría decirse a sí misma que no había deseado disfrutar más de esas manos grandes y encallecidas por el trabajo sobre su cuerpo.

No cuando había deseado mucho más. Pero él no le había dado lo que estaba prácticamente rogándole que le diera, no la había presionado demasiado.

En vez de eso, había parado y se había ido a casa totalmente insatisfecho.

Dylan le había prometido que irían despacio.

Dado su comportamiento del sábado por la noche, parecía que lo decía de verdad.

Y ese era el motivo de que todo ese proceso de pensar, de desear, la tuviese dando vueltas y vueltas de nuevo sobre la misma idea: Si podían de verdad ir despacio mientras ella mantenía también los ojos abiertos esta vez, entonces tal vez estuviese bien pasar unas cuantas horas sexis con él de vez en cuando.

La atracción, los orgasmos... Eran perfectamente naturales. Y cuando eran con Dylan, también eran perfectamente perfectos .

En cualquier caso, no era como si enrollarse con él significara que fueran a casarse.

Unos cuantos besos, unos cuantos orgasmos, no significaban que la cosa fuera a ser para siempre.

Las personas normales se besaban y acariciaban.

Y la verdad era que ella estaba cansada de luchar contra sus propios demonios todo el tiempo, cansada de dar cada paso con cautela, cansada de sentir que iba a tener que pagar para siempre por su error con Richard.

Solo durante un breve espacio de tiempo, mientras Dylan y ella estuvieran trabajando juntos en su artículo para la revista, ¿no podía ella vivir un poco? ¿Divertirse, sentir placer como cualquier otra mujer normal se permitiría sentir con un hombre tan sexy como él?

Se había quedado anonadada por la forma en que él había cambiado de ser el hombre dulce que siempre era con Mason y ella durante el día a un amante hambriento y dominante el sábado por la noche.

Anonadada de la mejor manera posible, pensó, al tiempo que un pequeño escalofrío recorrió todo su cuerpo con el recuerdo todavía potente del calor en sus ojos, la desesperación en sus manos, cuando le había destrozado la ropa interior.

Nadie le había arrancado nunca el sujetador, las bragas, como si no pudiese esperar un segundo más a tenerla desnuda debajo de él.

Él le había pedido, ordenado , lo que quería que hiciese, dónde poner las manos, hasta cuando correrse para él...

Y para ella había sido lo más emocionante de su vida, no solo hacer todo eso, sino también esperar sin aliento a su siguiente orden sexual.

Salió del coche e inhaló profundamente una bocanada de aire salobre.

Era el momento de cambiar de lo personal a lo profesional, al menos durante unas horas.

Volver a su taller de los barcos para su segunda entrevista era importante no solo para que ella pudiera hacerle preguntas de seguimiento sino también para que pudiera asegurarse de describir adecuadamente la imagen y la sensación que daba su espacio de trabajo.

Por supuesto, entonces fue cuando volvió la esquina del aparcamiento... Y vio a Dylan inclinado sobre un lateral del barco que estaba lijando, en medio de su taller, sin camisa, con la piel reluciente de sudor y los músculos tensándose y destensándose como describiendo olas. Oh, Señor.

Oh, Señor.

Deseaba volver a tener sus manos, su cuerpo, encima otra vez. Quería correrse para él, por debajo de él, contra él, una y otra vez. Quería descubrir cuánto placer más podía conseguir en sus brazos.

Volvió a respirar hondo y luego una vez más por si acaso. Trabajo. Necesitaba mantenerse centrada en su artículo.

Pero cuando dejó escapar un último aliento ligeramente entrecortado, fue consciente de que primero tendría que aguantar unos cuantos segundos de ser una mujer muy atraída por él.

Grace había leído varios libros sobre construcción de barcos para asegurarse de que entendía lo más básico, pero mirar a Dylan lijando laboriosamente una sección de la nave a mano y luego pasar la otra mano por la suave madera antes de seguir con la siguiente plancha, casi parecía como observar a un hombre con su amante.

Cada barco que hacía, intuyó ella, significaba muchísimo para él.

¿Para quién sería este? ¿Qué hombre o mujer sería tan afortunado de hacerse a la mar en un barco que había sido creado con tanto mimo?

Como escritora, Grace siempre veía el mundo a través de las palabras.

Pero mirándolo trabajar, podía ver el documental tan fascinante que alguien podría filmar aquí con Dylan.

Tanto sobre la historia visual de la creación de un barco de principio a fin como una mirada en profundidad dentro de la mente de un hombre que podía convertir unas tablas de madera en algo mágico.

Por supuesto, también podía intuir fácilmente que él jamás permitiría que nadie lo filmase. No porque estuviese ocultando algo. Era simplemente que por mucho que le hubiese mostrado abiertamente a ella su familia y su trabajo, Dylan era por naturaleza un hombre reservado.

Era por eso que navegar le pegaba tanto.

No necesitaba recibir elogios. No le hacía falta que nadie le viese como el mejor.

Solo quería ser libre para construir barcos.

Libre para competir con ellos. Libre para salir navegando en uno y explorar cualquier rincón del mundo que le interesara.

Y no le culpaba por querer vivir su vida de acuerdo a sus propias reglas cuando ella quería justamente lo mismo...

Vivir la vida de sus sueños sin estar siempre vigilando las sombras, sin preocuparse sin cesar por que la hicieran daño.

—Buenos días, Grace.

Dylan soltó el papel de lija y se volvió a mirarla con una sonrisa. Una sonrisa muy masculina que parecía lo bastante ufana para indicar que él sabía que ella había estado allí todo el tiempo y que a él le había encantado dejarla observarle trabajando sin camisa.

A los dos les había encantado, pensó ella, devolviéndole la sonrisa.

—¿Sigue siendo un buen momento para hacer nuestra entrevista ahora?

—Claro, pero ¿dónde está Mason?

—He conseguido una niñera para él, para poderme centrar.

—Creía que ibas a traerlo. He visto como mis primos organizan zonas seguras para que sus peques puedan jugar en las fiestas. Estaba planeando hacer eso.

Era un encanto, tan asombrosamente encantador al pensar siempre en incluir a Mason...

Pero aunque su hijo pudiese haber jugado alegremente en un área acordonada del taller de los barcos mientras ellos hacían su entrevista, Grace había querido asegurarse de que no iban a caer tan alegremente en jugar a las familias de nuevo.

Ya podía ver que sería demasiado fácil dejarse atrapar por la fantasía de que ellos tres eran en realidad una unidad.

Esto no es para siempre , se recordó a sí misma. Un día Dylan se iría en su barco mientras ella y Mason se quedaban aquí. Pero hasta entonces, estarían agradecidos por cada segundo con él.

—Él parecía estar bastante contento con su joven y bonita canguro, de hecho.

—Grace se había recordado a sí misma repetidamente durante la última media hora que no podía pasarse hasta el último segundo vigilando a su hijo.

No pasaba nada por dejarlo un par de horas con una niñera, aunque hacer eso esa mañana le había resultado una de las cosas más difíciles que había hecho nunca.

Grace se adentró más en el taller.

—¿Para quién es este barco?

—¿Me prometes que no se lo contarás a nadie?

Ella era la que fruncía el ceño ahora.

—Si no quieres que hable de algo en mi entrevista, por supuesto que no lo haré.

—No, el motivo no es ese. —Estiró una mano hacia ella y a ella le pareció de lo más natural cogérsela—. Es para mi familia.

Sorprendida y conmovida, ella preguntó:

—¿Es que ellos no lo saben?

—Si lo supieran, podrían pensar que tienen que sentirse culpables por que yo ignore mi lista de espera por ellos.

—¿Cómo es de larga tu actual lista de clientes?

Él se encogió de hombros.

—Volveré a echarle un vistazo la semana que viene.

—¿Por qué me da la sensación de que le prestas la misma atención a tu lista de espera que a tu teléfono cuando suena?

—Porque ya me conoces muy bien. —La acercó para sí—. Sé que hoy has venido aquí para entrevistarme, no para enrollarte conmigo, pero me he pasado cada segundo desde el sábado por la noche pensando en volver a besarte. Solo uno y nos metemos en harina. Te lo prometo.

—Bueno —dijo ella suavemente—, como el sábado por la noche me demostrarte que eres capaz de mantener tus promesas, solo uno... Ya que de verdad tenemos que ponernos con la entrevista.

—Entonces tendré que hacer que sea memorable, ¿no?