Capítulo 12
CAPÍTULO DOCE
C on su permiso concedido, Dylan no se permitió pararse a pensar demasiado en sus instintos o en feroz deseo por ella... Solo agarró la seda en dos puñados y la desgarró. Pero resultó ser el más asombrado, y no ella... delante de los pechos más perfectos que había visto jamás.
Sus manos vencieron por una fracción de segundo a su boca en la carrera por llegar a ella y luego él ya estaba tocando, acariciando, besando, lamiendo.
Primero la dulce y suave carne y luego sus puntas endurecidas, una y otra y otra vez.
Él estaba hambriento de ella, desesperado por más, preso de un ansia que era más grande que cualquier cosa que hubiese vivido antes.
Grace gimió su nombre y arqueó la espalda para que él pudiese tomar más de ella.
Él le quitó los vaqueros en cuestión de segundos y le habría destrozado las bragas en dos partes igual que había hecho con su sujetador si no hubiese necesitado detenerse a hacer una foto mental de lo bonita que estaba.
Cubrió la húmeda seda de entre sus piernas con la mano y dejó escapar una maldición en voz baja al notar lo caliente y dispuesta que estaba.
—No pares —le instó ella—. Por favor, no pares ahora. Necesito que me toques, Dylan. Lo necesito tanto. Nunca he sentido unas ganas tan fuertes. Jamás.
—Tampoco yo —era la verdad, al cien por cien. Mirar, sentir a Grace deshaciéndose iba a destruirle .
Dylan volvió a dudar entre jugar o poseerla.
Pero también sabía que cuanto más alto la llevase antes de dejarla ir, mejor se sentiría ella, así que se obligó a dejar a un lado los impulsos animales que ella le provocaba de una forma en que nadie más lo había hecho nunca, y se inclinó por fin por hacer que las expectativas crecieran.
Así que en vez de arrancarle las braguitas, la acarició por encima de ellas.
—Dylan... —A él le encantó escuchar cómo se le cortaba el aliento—. Oh, Dios... Así, así. Sigue tocándome justo así.
Ella estaba agarrándose al brazo del sillón que tenía por detrás como si le fuese la vida en ello, mientras intentaba apretarse todavía más contra él, y eso era, sin lugar a dudas, la cosa más sexy que Dylan había visto en su vida.
Verla corriéndose contra él, todavía con las bragas puestas, y con sus pechos turgentes rebotando con cada jadeo, hizo que por debajo de la cremallera del pantalón todo creciera tanto que él supuso que pronto reventaría.
Obviamente, a ella le había encantado que él le hiciera tener las manos por encima de la cabeza. Algo le dijo que unas cuantas palabras guarras funcionarían igual de bien.
—Córrete para mí, Grace. Así, montada en mi mano. Déjame ver lo preciosa que te pones cuando me dejas llevarte sobre el abismo.
Por fin sus párpados temblaron y se cerraron, los húmedos labios que ella se había estado humedeciendo con la lengua se abrieron ligeramente, y su cuerpo se arqueó en dulce rendición al placer.
Dylan no había visto jamás algo tan espectacularmente hermoso en su vida como a Grace estremeciéndose contra él presa del clímax.
Jamás sabría cómo había sido tan afortunado como para ser el tío que estaba aquí con ella, el tío en el que ella estaba confiando para que le devolviera el placer.
Lo único que sabía es que estaría agradecido para siempre.
Él no esperó a que ella se recuperase, no podía esperar un segundo más a tocar, y saborear, su piel desnuda, húmeda y caliente.
Jurando en su mente comprarle nuevas prendas de seda para reemplazar las suyas, el animal que llevaba dentro por fin se desató por completo y le arrancó las bragas, destrozándolas.
Cuando la encontró con sus labios y su lengua, ella emitió un sonido que él pensó que podría haberse tratado de su nombre, pero apenas pudo oírla por encima del retumbar de su propio corazón en sus oídos.
Aunque ella había estado a punto de quedarse relajada y laxa al final de su primer clímax, en cuanto Dylan le pasó la lengua por encima, pudo sentir como volvía a empezar a excitarse de nuevo.
Tal vez fuese demasiado pedir para esta noche que ella saliera de un frente frío directamente al calor ardiente de múltiples orgasmos, pero Señor, cuánto lo deseaba él.
Lo deseaba para ambos.
—Otra vez —la animó mientras le metía los dedos, primero uno y luego otro, dentro de ella—. Necesito sentir como te vas, Grace.
Él miró hacia arriba, por su cuerpo, mientras jugaba con ella con sus manos, una entre sus muslos y la otra en sus exuberantes pechos, y casi pierde la cabeza cuando vio lo cerca que ella estaba de regalarle otro dulce orgasmo.
Ella no luchaba contra él, no luchaba contra sí misma.
Por el contrario, era tal como le había dicho y tal como él había esperado: estaba reclamando su sensualidad dejándose ir con él esa noche, directamente al borde de los límites que había puesto solo un poco antes.
Unos límites que él nunca cruzaría, sin importar lo mucho que la deseara. Jamás le haría daño. Jamás.
Dylan posó su boca de nuevo en su dulce piel al mismo tiempo en que le metía los dos dedos hacia dentro. Los curvó contra la sensible carne de su interior al tiempo que ella se deshacía, con sus músculos apretando con fuerza sus dedos y su cuerpo golpeando contra su mano una y otra vez.
Después, él le besó la parte interna de ambos muslos y luego recorrió su camino de vuelta lentamente por su cuerpo mientras ella se esforzaba por recuperar el aliento.
—Eso ha sido...
Se calló cuando él le pasó las manos por los brazos y volvió a entrelazar los dedos con los de ella. Le encantó lo suave, lo relajada que parecía ahora al mirarle parpadeando.
—Soy escritora. Se supone que tendría que tener las palabras adecuadas para describir cómo acabas de hacerme sentir. Pero no las tengo.
—Acabas de decirlas —le dijo él un segundo antes de inclinarse a besarla, con renovada suavidad a pesar del incendio abrasador que rugía en su sangre—. Y estoy contigo en eso, totalmente pasmado y sin palabras por lo hermosa que eres.
Tan hermosa y tan confiada que él sabía que necesitaba hacer la cosa más difícil del mundo.
—Debería irme. —Volvió a besarla—. Pronto. —Un beso más y se obligó a apartarse del todo, levantándola consigo, desnuda y suave entre sus brazos—. Ahora.
—Pero tú no has...
Él la besó de nuevo antes de que pudiese cortar el débil hilo del control al que él estaba todavía consiguiendo agarrarse.
—Y no lo haré. No esta noche. No hasta que no estés preparada para más.
—Todavía no estoy preparada para hacerlo —dijo ella suavemente—. Pero eso no quiere decir que tengas que marcharte ahora mismo. Tan pronto. No antes de que yo te toque a ti.
Él se sintió tentado. Tan jodidamente tentado que le temblaban las manos al coger la manta del otro brazo del sofá y envolverla en ella.
—Cuando dije que te deseaba más de lo que jamás había deseado a nadie, lo decía de verdad.
Por eso no voy a quedarme. No esta noche.
No hasta que puedas jurarme sin siquiera la más mínima duda que estás lista para más.
Porque cuando ese día llegue, créeme, no voy a marcharme.
Ni a parar. No hasta que ambos estemos tan saturados de placer y el uno del otro que los dos levantemos juntos la bandera blanca.
—Gracias —dijo ella suavemente mientras se ajustaba más la manta al cuerpo. Entonces se pasó una mano por el pelo que tanto había disfrutado él de enredar en sus manos al besarla—. No solo por una noche genial, de principio a fin, sino también por marcharte cuando sería mucho más fácil no hacerlo.
Entonces ambos se quedaron ahí de pie, con los pies descalzos de ella asomando por debajo de la suave manta roja. Qué bellezón era. Y qué imbécil había sido su ex por no amarla.
Él le rozó la mejilla con los dedos por última vez, dejando que la yema del pulgar se detuviera un poco más sobre su turgente labio inferior.
—Dulces sueños, Grace.
Apenas había dado un paso atrás cuando ella le sorprendió inmensamente, agarrándole por la camiseta con el puño y atrayéndole de golpe hacia ella.
Su beso era ardiente y ansioso, y tan dulce como había sido el primero, la noche anterior, pero lleno de una confianza recién descubierta.
La confianza que él sabía que ella tenía que haber poseído antes de que ese gilipollas ricachón de D.C.
hubiese hecho todo lo que pudo por pisotear su corazón, y su vida, y dejarlos hechos pedazos.
Dylan sabía que no podía presionar demasiado a Grace, ni intentar ir demasiado rápido, pero obligarse a marcharse cuando la deseaba más de lo que jamás había deseado nada, ni nadie, en toda su vida, fue una de las cosas más duras que había hecho jamás.
Le encantaba verla temblorosa y excitada y saber que era a causa de sus besos, de sus caricias.
Pero el subidón de su sabor, su olor, esos ruiditos tan dulces que hacía cuando jugó con ella hasta llevarla al límite no solo una sino dos veces...
ninguna de esas cosas podía hacerle olvidarse de su furia contra su ex ni de su preocupación por que alguno de los Bentley vinera algún día para hacerles daño a Grace y a Mason.
La vida de Dylan había sido buena. No tenía grandes demonios ni tinieblas importantes en su pasado, ni conflictos internos que le tuviesen dando vueltas en la cama por la noche.
No hasta ahora.
Porque ahora tenía los demonios de ella .
Jamás había sido un hombre violento. Siempre había sido más probable que Ian, Rafe, y Adam usasen más los puños que él. Pero por primera vez en su vida, Dylan apenas podía dejar de pensar en sus intensas ganas de localizar al cabrón que le había hecho daño a ella y reventarle la cara a golpes.
Se sentó al volante, sacó el móvil y escribió un mensaje de grupo para sus hermanos.
NECESITO UNA REUNIÓN SObrE MANTENER A SALVO A GRACE Y A MASON.
EN MI CASA. ESTA NOCHE.
Para cuando entraba en su garaje, sus hermanos ya habían dejado todo lo que estaban haciendo, tal como él había sabido que harían, y le estaban esperando.
—Cuéntanos qué es lo que pasa —dijo Ian.
Dylan les metió en la casa, les sirvió unas copas y se bebió la suya de golpe antes de responder.
—¿Qué sabéis de los Bentley de D.C.?
—La lista Fortune 500. Generaciones de gente con dinero y obras de caridad. Política.
Dylan se bebió otro chupito de whisky de un trago.
—Podéis añadir una cosa más a esa lista: escoria. El tío que dejó embarazada a Grace es un Bentley. Pero no es eso lo único que le hicieron.
Adam se inclinó hacia adelante, con una expresión severa.
—¿Qué le hicieron?
—Intentaron convencerla, intentaron pagarle, para que se librara de Mason y se mantuviese callada sobre haber tenido nada que ver con ellos.
—¿El ex senador es el padre de Mason? —Preguntó Rafe, incrédulo.
—No. El hijo. Richard Bentley. La acusó de tenderle una trampa para obligarle a casarse con ella. —Frunció el ceño—. Como si alguien quisiera casarse de verdad con algún miembro de esa retorcida familia de enfermos.
Ian aparentaba estar tan furioso como se sentía Dylan.
—Ese cabrón siempre me pareció demasiado engominado.
—Cuanto más limpios aparentan estar... —Asintió Rafe, rechinando los dientes—, más suciedad hay por debajo. Qué otros detalles tienes?
—Los padres de Richard le hicieron a ella una visita al día siguiente de que le diese la noticia, y le arrojaron a la cara su dinero para ocultar el pecado, informándole de que si alguna vez intentaba ir contra ellos, emplearían su nombre, su organización benéfica y sus contactos para aplastarla.
—Adam estuvo maldiciendo un rato por lo bajo mientras Dylan se lo explicaba todo a él y a los otros hermanos—.
Ella no ha utilizado ni un centavo de su dinero, no quiso tener nada que ver con ellos.
Por eso se marchó de D.C. Para que no vieran que había tenido el bebé y para que no intentaran hacerles daño ni a ella ni a Mason.
No considera a Richard el padre del bebé.
No después de lo que hicieron él y su familia.
—A Dylan le hervía la sangre—. En el mejor de los casos, ella quiere creer que está bien escondida y olvidada, pero las familias como esas están pendientes de vigilar sus errores.
Y creen que se lo merecen todo. Todo lo que deseen tener.
Deban o no tenerlo. Sobre todo ahora que se rumorea que su ex y su nueva esposa están teniendo problemas para concebir.
¿Y si Richard y su familia se dan cuenta de que Mason es el único heredero de los Bentley que podrán tener jamás?
Irán a por ella e intentarán quitárselo.
—Soltó un juramento—. No puedo quedarme sentado al margen sin hacer nada.
Tengo que protegerlos a ella y a Mason. No puedo arriesgarme a que les pase nada.
—Antes de que Rafe pudiera preguntar, añadió—: Ella y yo hemos hablado esta noche sobre meteros a vosotros en esto.
Aunque sé que preferiría poder manejar toda la situación por su cuenta, también haría cualquier cosa por mantener a su hijo a salvo.
—Investigaré a ese tío —dijo Rafe—. Y a su familia también. Cualquier basura que estén ocultando, la encontraré.
—Yo haré lo mismo en el ámbito empresarial —le dijo Ian—. Averiguaré en qué otras cosas ha metido las manos esa familia — Y encontraré de dónde tirar para destruirlo s, era su promesa implícita—. También hablaré con Smith para ver qué sabe él sobre los Bentley.
—Y yo me encargaré de evitar que hagas algo estúpido —dijo Adam—.
Sé que estás furioso. Todos lo estamos. Pero ahora mismo necesitas dejar que Rafe e Ian vean lo que pueden desenterrar, y estar ahí para Grace y Mason.
Porque ir a por ese cabrón y su familia ahora, sin más información ni un plan establecido, solo haría que surgieran preguntas que no queremos que se hagan los Bentley sobre Grace o un bebé del que puede que no hubiesen sabido nada de no ser por nosotros.
Dylan apreciaba el apoyo de sus hermanos...
Por eso les había llamado a todos a la vez, porque siempre funcionaban mejor trabajando en equipo.
Y a pesar de que sabía que no debía dirigirse a D.C.
Para aplastar a esos tres Bentley, odiaba tener que esperar, odiaba tener que ser paciente hasta que tuviesen más información.
Siempre había sido capaz de cambiar lo que necesitaba ser cambiado en su vida, de arreglar lo que había que arreglar.
Es cierto que a veces estaba frustrado o enfadado por su familia, por cosas que les habían pasado a ellos, pero también sabía que siempre que necesitaran ayuda, se la pedirían, porque sabían que él siempre iba a estar ahí para ellos.
Esa noche era la primera vez que Dylan había bregado con la horrible futilidad de saber que no podía hacer que la oscuridad del pasado de Grace se esfumara sin más.
—Como todos vemos que tanto Grace como Mason son ya algo tuyo —le dijo Ian—, eso también significa que son nuestros. Así que si su ex o su familia intentan algo, puedes contar con los tres para bajarles los humos.