Capítulo 11
CAPÍTULO ONCE
— Q uiero besarte, Grace. He deseado besarte cien veces esta noche. Cada vez que sonríes. Cada vez que te ríes. Cada vez que tu cuerpo se roza con el mío.
Habría sido más fácil para ambos si él simplemente hubiese cogido lo que quería inclinándose y robándole ese beso. Un beso sin su permiso, y su increíble química tomaría las riendas.
Pero, desde el principio, él no se lo había puesto fácil y ella sabía que él no se pondría a hacer eso ahora.
¿Qué es lo que tú quieres? Es lo que él le estaba preguntando.
Y estaba esperando su respuesta con la paciencia que debía de haber perfeccionado con todas esas horas pasadas en su taller construyendo hermosas naves con la magia de sus manos y su cerebro.
Sin embargo, Grace no era tan paciente, ni mucho menos.
—Yo también he deseado besarte a ti, todas esas veces.
Nunca supo quién se había movido primero esa noche, pero no importaba.
Lo único que importaba era lo dulce que resultaba dejar que el placer la abrasara por todo el cuerpo cuando sus labios se tocaron.
Toda la noche había estado conduciéndoles a esto.
A este beso. A sus manos sobre él y las de él sobre ella.
Ahora lo sabía... Lo aceptaba por fin como inevitable.
Besar a Dylan no era debido a una debilidad, a no tener el suficiente autocontrol. Por el contrario, ella iba de ser lo bastante fuerte para permitirse obtener lo que quería.
Lo que necesitaba .
El corazón le dio una voltereta en el pecho y se quedó sin aliento cuando él empezó a adorar su boca con tanta ternura.
Tan seductoramente. Le rodeó el cuello con los brazos y básicamente se fundió contra él.
Por el gruñido grave qué él soltó supo cuánto le gustó tenerla dócil y excitada contra su cuerpo.
—Suave. —Le besó en la comisura de los labios y luego siguió besándola por la mejilla—.
Qué suave eres. —Ella levantó la barbilla para que él pudiese mordisquearle por debajo de la mandíbula—.
Hueles tan bien… —Le pasó los labios por la sensible piel del cuello, dándole suaves mordisquitos entre beso y beso—.
Sabes tan dulce... —Todavía tenía las manos en la parte baja de su espalda, más calientes cuando las metió por debajo de la ropa para descansar sobre su piel desnuda.
Pero en vez de dar el siguiente paso y quitarle la camiseta por arriba, le dijo—: Dime que pare y pararé.
A ella le encantó que él fuese un hombre de tan profundos contrastes. Tan dulce, tan amable... Y sin embargo tan lleno de pasión y deseo. Un deseo que podía percibir que él apenas podía contener, apenas podía controlar.
Todo porque la deseaba con la misma ferocidad con que ella lo deseaba a él.
—No pares. Por favor, no pares.
Grace se sintió caliente y con los sentidos a flor de piel por debajo de su ropa.
Y desde el primer momento en que le vio, se había preguntado qué es lo que él tendría por debajo de la suya.
Cualquier mujer cuyo corazón todavía le latiese lo habría hecho.
Ahora era su oportunidad de dejar de preguntárselo y averiguarlo.
Apartando a la fuerza cualquier idea que le quedara de que se estaba olvidando de todas esas lecciones tan duramente aprendidas y del juramento que había hecho de no repetir sus errores, ella le agarró el doble de la camiseta y tiró de ella rápidamente hacia arriba.
Él estuvo más que encantado de poder ayudar, echando los brazos hacia atrás y hacia arriba para que ella se la pudiese quitar del todo.
Obviamente, Grace no era virgen. Ni siquiera se acercaba a serlo, si ese año ligeramente salvaje que había tenido en la universidad contaba.
Pero... Oh, Dios... No había ningún hombre vivo que pudiese haberla preparado para el aspecto que Dylan Sullivan tenía sin camiseta.
Bronceado y musculoso. Esbelto y pulido por sus navegaciones diarias y su trabajo con la madera.
Perfecto.
Ella ya no pensó, ya no fue capaz de pensar, solo pudo ponerle las manos abiertas sobre el pecho.
Su piel era muy cálida y sus músculos daban saltitos por debajo de sus dedos mientras ella exploraba su increíble belleza masculina.
Como pintora, era espantosa. La única forma de arte que se le había dado bien jamás era la de poner unas palabras junto a otras, pero si supiese dibujar, querría que él posara para ella.
Pero no era suficiente con mirar, con tocar.
También tenía que poner su boca sobre él.
Sus labios apenas le habían rozado el hombro cuando él soltó un sonido grave y áspero desde el fondo de su pecho.
Ella casi no había tenido tiempo de deslizar su lengua sobre él cuando se encontró tumbada de espaldas contra el brazo de su sofá con las manos de Dylan en su pelo y sus besos robándole el aliento.
Cada poquito de él que probaba, en vez de saciarla como había esperado, solo hacía que su hambre se hiciese más voraz.
Cada beso que compartían solo la hacía desear más.
Más de su lengua enredándose con la suya.
Más de sus besos mordisqueándole el labio inferior. Más de su embriagador deseo por ella.
La habían deseado antes, pero nunca de esta forma.
Y nunca por parte de un hombre tan bellamente formado ni tan avezado en las artes de darle placer a una mujer.
Le resultó perfectamente natural dejarse llevar sumergiéndose más y más profundo en el beso, y disfrutar de lo bien que sentía sus manos, grandes y ásperas por trabajar con la madera y las cuerdas todo el día, moviéndose por su piel.
La forma en que era dulce y a la vez poderoso, todo al mismo tiempo, apenas bordeando el límite del control, hicieron que Grace se fundiera en sus caricias.
Encantada al sentir el peso de su cuerpo sobre ella, instintivamente le rodeó con los brazos y lo atrajo más contra sí. Quería más. Más. Más. Pero de repente, lo sintió alejarse en vez de acercarse.
Mientras parpadeaba mirándolo con unos ojos que se habían vuelto borrosos por la lujuria, mientras él le pasaba las manos por la cara, los hombros y luego por la longitud completa de sus brazos hasta que alcanzó sus manos, ella creyó saber por qué.
Dylan no paraba porque no la deseara. Podía ver, podía sentir, lo mucho que lo hacía.
La razón por la cual había puesto freno a ambos era porque tenía miedo de empujarla demasiado lejos.
Porque le importaba.
Podría haber seguido seduciéndola fácilmente con besos y caricias hasta que ella estuviese lo bastante atontada como para no ser capaz de pensar en absoluto.
Hasta que no fuese capaz de tomar decisiones, solo sumergirse en sus sensaciones.
Hasta que fuese demasiado tarde para que ella se diese cuenta de que estaban cruzando la línea entre sentirse felizmente viva y sentirse arrepentida.
Pero la verdad era que detenerse aquí, detenerse ahora, cuando no habían llegado más lejos que unos adolescentes enrollándose en el sofá...
Eso sería algo de lo que seguro que se arrepentiría.
Sobre todo si esta era su única oportunidad de permitirse a sí misma la maravilla de las caricias de Dylan.
No quería romper el hechizo sexy, pero necesitaba ser totalmente honesta con él ahora mismo, o seguir adelante no les habría parecido bien a ninguno de los dos.
—No puedo hacerlo contigo esta noche. —Porque por bueno que resultase eso, y no tenía duda alguna de que su cuerpo se regocijaría, su mente y su corazón no estaban siquiera cerca de estar preparados para tal intimidad—.
No sé cuándo volveré a estar preparada de nuevo.
Pero... —Se humedeció los labios y observó cómo su mirada ansiosa se movió un instante hacia su boca antes de volver a clavarse en sus ojos—.
Deseo esto. Te deseo a ti. Quiero sentir tu cuerpo contra el mío.
Quiero sentir tu boca y tus manos encima de mí. Quiero...
Daba miedo decir todas esas cosas, daba miedo incluso pensarlas después de haberse enclaustrado en un estado seguro de congelación durante tanto tiempo.
Pero Grace sabía con total certeza que sería mucho peor darle la espalda a esto que aceptar el riesgo.
Y no importaba lo que sucediera después de esta noche, si decidían mantenerse moviéndose lentamente hacia adelante o acordaban dar un paso atrás y apartarse del todo uno del otro, ella se negaba a arrepentirse de no redescubrir el placer.
De no redescubrirse a sí misma. No cuando acababa de darse cuenta de que había otra cosa que su ex había intentado arrebatarle: su confianza en su sensualidad natural, sus sanas respuestas femeninas a ser tocada, besada, deseada.
No permitiría que su ex le robase eso. No podía permitírselo.
—Quiero volver a sentirme mujer, Dylan. Quiero recordar cómo es sentirse sexy. Ser deseada. Dejarme llevar, aunque sea un poquito, durante un rato. Y quiero llegar a ese punto contigo.
Apenas había dejado de hablar cuando la boca de él poseyó la suya de nuevo. En su beso, uno tan dulce, y sin embargo tan peligrosamente sexy al mismo tiempo, ella sintió su promesa de darle todo lo que necesitaba.
Por mucho que Dylan adorase sus barcos y al océano, las mujeres siempre habían estado por encima.
Le encantaba escuchar reír a una mujer. Le encantaba ver una llamarada en los ojos de una mujer fuerte.
Pero nada de lo que había experimentado jamás se acercaba a lo bien que se sentía al tener a Grace entre sus brazos, con el corazón latiendo al ritmo del suyo y su boca dulcemente seductora contra la suya al besarse.
La había deseado nada más verla. Le había gustado desde que se plantó en su taller e intentó persuadirle de que hiciese su entrevista. Y ahora, después de solo unos minutos enrollándose con ella en el sofá de su salón, sabía que se moriría por ella durante el resto de su vida.
Seguían con las manos cogidas cuando ella deslizó la de él por debajo de su camiseta, sobre la suave piel de su estómago, más allá de sus costillas y se detuvo por fin en su sujetador.
—Tócame —jadeó contra su boca apenas un instante antes de colocarle las manos sobre sus turgentes pechos—. Necesito que me toques.
Él podía sentir su calor a través de la suave seda y solo pudo contenerse in extremis para no arrancársela de un tirón. Notaba sus pezones duros contra la palma de sus manos, y aunque intentó ser delicado, no pudo controlar sus ganas de frotar, de juguetear.
Su tacto era algo celestial, pero no era suficiente solo con tocarla. Tenía que verla también.
—Quiero tocarte por todas partes.
Ella no titubeó en coger el borde de su camiseta. Pero él tenía una fantasía impresionante que se moría por hacer realidad. Así que él movió sus manos hacia las suyas de nuevo y las levantó hasta su boca antes de subírselas por encima de la cabeza.
—Quiero que te quedes quieta para mí y me permitas tener el placer de desnudarte. ¿Podrías hacer eso por mí?
Ella abrió mucho los ojos, y él observó su garganta moverse antes de responderle:
— Sí.
Era, se encontró pensando, igual que desenvolver un regalo largamente deseado.
Estaba en un dilema sobre si arrancarle la camiseta o quitársela lentamente para saborear la anticipación.
Su deseo abrumador tomó la decisión por él y unos segundos después su camiseta estaba en el suelo del salón junto a la de él.
Así tumbada frente a él con solo un sencillo sujetador de seda blanca, ella le quitó la respiración.
—Eres hermosa, Grace.
—Siempre he sido curvy —dijo ella con voz suave mirando hacia abajo para seguir el camino de sus manos bronceadas hacia arriba por sus costillas hasta que estuvieron sutilmente acariciando las partes de debajo de sus pechos a través de la seda—. Pero desde que tuve a Mason lo soy todavía más.
—Otro motivo más para amar a ese chaval —murmuró él, cambiando sus manos de posición para cogerle del todo los pechos—. Tu cuerpo, tus pechos, cada parte de ti es perfecta.
—No he estado con nadie desde hace mucho tiempo. No desde que descubrí que estaba embarazada.
Para Dylan, significaba más de lo que ella podría saber jamás el que ella confiase lo bastante en él para esto, no solo desde que tuvo a Mason, sino después de haber sido traicionada tan horriblemente.
Sintió el peso, la responsabilidad, de ganarse su confianza, aunque a la vez le diese gracias en silencio al universo por haber conseguido esta oportunidad de demostrar que era digno de ella.
Aunque no pudiese encontrar las palabras adecuadas para hacerle ver a ella lo hermosa que era, podía hacerlo con un beso.
Lentamente, adorando su boca con la propia, la sintió relajarse de nuevo debajo de él y notó justo cuando ella olvidó su timidez porque le rodeó el cuello con los brazos y se arqueó contra él.
Era un crimen que Grace creyera, por algún motivo, que se había «apagado». Lo único que Dylan quería esa noche era hacer que ella se sintiera bien. Tan bien que nunca pudiera volver a cuestionarse su sensualidad innata.
Por supuesto que quería protegerla. Por supuesto que nunca haría nada que pudiese hacerle daño. Pero al mismo tiempo, la respetaba demasiado para tratarla como si fuese de porcelana. Grace había demostrado una y otra vez que era irrompible.
Al recordar la forma en que su respiración se había entrecortado y sus pupilas se habían dilatado cuando él le pidió que levantara los brazos por encima de la cabeza mientras la desvestía, apartó su boca de la de ella.
—Es hora de que vuelvas a poner las manos por encima de tu cabeza.
De nuevo, su respiración se aceleró y sus ojos se oscurecieron. Pudo leer los pensamientos que cruzaron por su hermoso rostro: ¿Se atrevería a fiarse de él? ¿No solo para ser el primero después de esa racha de sequía tan larga... Sino con esto ?
Pero entonces, tal como él esperaba que ocurriera, la expresión valiente y decidida que había llegado a conocer tan bien volvió.
Lentamente... Y de una forma tan seductora que él supo que daba igual quien diera las órdenes en la cama, ella siempre estaría al mando, ella desenredó las manos de alrededor de su cuello y las levantó hacia el brazo del sofá.
—Siempre que te toco, tu piel se sonroja —murmuró él, pasando las yemas de los dedos sobre ella, jugueteando con ambos—. ¿Lo sabías?
Observando el camino de sus manos sobre su piel, ella dijo con una voz ligeramente entrecortada:
—Con solo que me mires me vuelvo a encender otra vez.
Tuvo que besarla otra vez, para que ella supiera cuánto le gustaba oírlo. Saberlo.
—Es igual para mí —le dijo, moviéndose lo justo para que ella pudiera sentir cuanto la deseaba. Lo caliente y rápido que estaba palpitando su sangre, todo por ella—. No tienes ni idea. Ni idea de cuánto te deseo.
—Entonces, enséñamelo, Dylan. Por favor, enséñamelo ahora.