Capítulo 8
CAPÍTULO OCHO
P ocas cosas, pocos lugares, eran mejores que una soleada mañana de domingo en el puerto. Las familias se reunían para sacar los barcos que llevaban toda la semana amarrados, los perros ladraban y jugaban y la risa de la gente se deslizaba por la cristalina superficie del agua.
Dylan volvió hacia las nueve de un rápido paseo en velero alrededor del Estrecho de Puget y había estado trabajando desde entonces en el balandro de veinticuatro pies de eslora.
Todos los barcos que había construido habían sido un trabajo hecho con amor, pero ninguno más que este.
Le había dicho a su familia que el barco era para un comprador a las afueras de San Francisco.
Pero, en realidad, era una sorpresa para sus hermanos, su hermana, sus parejas y sus críos.
No le importaba en absoluto que utilizasen sus barcos siempre que quisieran, pero quería que ellos tuviesen un velero propio.
Uno en el que él hubiese colocado personalmente cada tabla, clavado cada clavo.
Había rechazado varios encargos lucrativos para construir otros barcos en el último par de meses, y habría rechazado alegremente todavía más si no hubiese estado a punto de terminar ya con este.
Estaba escuchando música rock a todo volumen, cortesía de su nuevo cuñado Ford Vincent, mientras el sol se derramaba por las puertas y los tragaluces abiertos del techo.
El trabajo de hoy le iba hacer sudar más de lo normal.
De una forma gratificante. Igual que el sexo, pensó con una sonrisa mientras se secaba la cara con la camiseta que se había quitado ya hacía un rato.
Tío, ese beso de anoche...
Dylan tuvo que detenerse y tomarse unos segundos para revivir el momento en el que los labios de Grace habían tocado los suyos.
Todo se había calentado tanto y tan deprisa que había tenido que esforzarse para estar a la altura.
Había deseado poseer, marcar, y no dejar escapar nunca sus suaves curvas.
Si hubiese podido detenerse a disfrutar más de su primer beso, lo habría hecho.
En vez de eso, mientras el cuerpo de ella se tensaba contra el suyo, con solo sus bocas unidas, la había devorado.
Y ella le había hecho exactamente lo mismo a él.
Porque, por mucho calor que hubiese sentido por la temperatura del día y por el sol que caía sobre él, pensar ahora en Grace hizo que Dylan ardiera lo suficiente como para necesitar coger una Coca-Cola, y quedarse de pie en el muelle unos minutos para que la brisa le refrescase un poco.
Asimiló el sol resplandeciendo en el agua y los barcos, el sonido de las focas jugando y gritándose las unas a las otras, el olor a crema solar y brisa marina cuando una madre y su hija salieron hacia la bahía en un Laser.
Era un barco pequeño comparado con los yates que pertenecían a los ricos y famosos del Pacífico Noroeste, pero era un clásico.
El Laser fue el primer barco en el que su padre había navegado con él.
A Max Sullivan le encantaba el agua, pero no era un marinero nato, aunque comprendiese los aspectos técnicos de la navegación hasta el más mínimo detalle.
Fue un día con más viento que el que tendrían que haber tenido para salir un par de principiantes, pero Dylan había aprendido rápido y había evitado que volcasen.
Había sido muy emocionante manejar los aparejos, aprender a virar, sostener la caña del timón, volar sobre las aguas...
Incluso mejor cuando empezaron a balancearse y él tuvo que salvarlos a ambos de salir despedidos por la borda.
Siempre había disfrutado de una navegación tranquila, una en la que solo tuviese que estirarse bajo el sol y dejar que su mente divagase, pero desde aquella primera vez había sabido que era fácil navegar bien en condiciones perfectas; era cuando las aguas empezaban a ponerse complicadas cuando las voluntades más fuertes se alzaban a conseguir la victoria.
Incluso después del beso que había compartido con Grace, Dylan sabía que ella estaba convencida de que las cosas no podrían funcionar entre ellos.
La salida de esta noche al acuario sería otro paso más para demostrarle que podía confiar en él, no solo para que fuese su amigo y el de su hijo, sino, con suerte, muchísimo más.
Estaba decidido a demostrárselo, un beso perfecto tras otro...
Podría haberse sentido un poco mal por lanzarla a la parte honda de la piscina anoche con su familia, de no ser porque (a) eran alucinantes y (b) si todo iba bien entre ellos ella iba a conocer a sus padres y hermanos igualmente, así que, ¿por qué no hacerlo ya en vez de retrasarlo?
Y había sido genial ver lo bien que encajó con todos ellos a pesar de su nerviosismo inicial.
De hecho, mientras ella había estado unos minutos ayudando a su madre en la cocina, Rafe le había llevado aparte.
—Nunca me imaginé que cuando por fin te enamorases de una mujer, sería de una con un crío por el que tuvieses que quedarte en casa —le había dicho su hermano—. Pero hay algo en Grace... Y su bebé es bastante mono, también. ¿Estás pensando en colgar las velas durante algún tiempo?
—Hay familias que navegan alrededor del mundo todo el tiempo —Había sido la respuesta de Dylan—. Hasta entonces, será genial estar más en casa.
Las cejas de Rafe se habían elevado entonces.
—Vas totalmente en serio con ella, ¿verdad? —Cuando Dylan asintió, Rafe le preguntó—: ¿Cuánto tiempo lleva cociéndose esto?
Dylan le sonrió y le dijo:
—Nos conocimos el martes
Entonces se fue a ayudar a Grace y Mason a sentarse en sus sitios a la mesa, dejando a su hermano ahí con la cabeza dándole vueltas. Siempre era divertido confundir a sus hermanos, especialmente sobre algo que no habían visto venir.
Estaba a punto de volver adentro cuando le sonó el teléfono. Al ver el número de sus padres en la pantalla, rompió su regla habitual de ignorarlo mientras estaba trabajando.
—Dylan, cariño —saludó su madre, con una sonrisa en su voz—, estoy tan contenta de que hayas contestado.
—A ti, siempre. Sí que fue una cena de viernes especial, ¿no?
Su madre soltó un suspiro feliz.
—Fue simplemente maravillosa. Más que maravillosa. —Él pudo notar que incluso ahora estaba derramando alguna lagrimilla—. ¿Te puedes creer cómo tu hermano y tu hermana, organizaron una boda sorpresa entre ellos sin que nos enterásemos de nada?
—Claro que sí. De hecho, una vez ellos...
—Dylan reconsideró chivarse en el último segundo—.
En realidad, da igual. Fue hace veinte años pero probablemente siga siendo mejor que tú no lo sepas.
No querría que tuvieses que castigar a la recién casada.
Sobre todo después de que ella y Ian hayan conseguido montar la boda sorpresa del siglo.
Cuando Dylan había llamado a Mia y a Ford antes para volver a felicitarles, estaban de camino al aeropuerto para una luna de miel hawaiana improvisada.
Se habían llevado el champán y las rosas que él les había enviado al avión privado.
Aun así, por mucho que le hubiese gustado la boda, sabía que esa no era la razón de la llamada de su madre.
—Me enamoré totalmente de Grace y de Mason.
—Sabía que lo harías. Especialmente cuando vieses lo mono que es su hijo.
—Vosotros cinco fuisteis los bebés más monos que he visto nunca, pero tengo que decirte que anoche Mason subió justo rozando esas mismas posiciones.
Es tan dulce y curioso, y le encanta conocer a otras personas y jugar con ellas.
También noté que tenía una particular preferencia por ti, en la forma que no dejaba de subirse a tus brazos.
—Ya conectamos cuando vino al taller de los barcos esta semana. Vamos a ir los tres esta noche al acuario donde se pueden tocar las cosas.
—¿Es una cita? —Pudo escuchar la esperanza en su voz.
—Lo de anoche era una entrevista. Esta noche vamos a ser amigos.
Estoy intentando no ir demasiado deprisa.
—Era una de las cosas más duras que había hecho jamás, contenerse cuando deseaba tanto a Grace...
Y sabiendo, incluso antes de su tórrido beso, que ella le deseaba a él con la misma intensidad.
—Ella es cuidadosa —musitó su madre—. O intenta serlo, al menos. Es evidente que le han hecho daño.
Sabiendo que si él le hiciese daño de algún modo, no se lo perdonaría jamás, él dijo:
—Tendré cuidado con ella, mamá.
—Sé que lo harás. Aunque, para ser honesta, no estoy segura de que ir con cuidado sea siempre el camino adecuado a seguir. Míranos a tu padre y a mí, por ejemplo. Si hubiésemos tenido éxito en lo de ser cuidadosos, jamás nos habríamos atrevido a apostar el uno por el otro.
—Pareces muy inocente para ser alguien que dejó a su prometido para casarse con el mejor amigo de él —bromeó él.
Ella hizo un sonido que podía interpretarse fácilmente como: Cuidado con lo que dices, niño .
—En cualquier caso —le dijo—: Tengo la sensación de que Grace ya lleva demasiado tiempo siendo cuidadosa.
Es obvio que es una mujer con mucho talento y muy decidida, ya que tiene una carrera de periodista freelance de éxito y ha hecho un trabajo estupendo al criar a su hijo sola.
Si me preguntas, hay una mujer atrevida dentro de ella que se está muriendo por salir.
Eso era también lo que él había visto, y la razón por la que no sentía culpable por el beso de anoche. No solo porque ella había sido quien lo había iniciado, sino también porque había sido obvio lo mucho que había deseado hacerlo.
—Recuerdo cómo era desear algo tanto que asustaba, Dylan. Me asustaba tanto que pensé que apartar a tu padre de golpe era lo único que tenía sentido.
Él sabía que su madre le estaba advirtiendo de que la ruta hasta el corazón de Grace podría ser una no exenta de dificultades. Pero él jamás había temido los mares turbulentos.
—¿Sabes por qué Mason y yo conectamos de inmediato?
—¿Por qué?
—Porque los dos tenemos unas mamás geniales.
—Tú siempre me lo has puesto fácil, cariño. Ahora, tu hermano Adam, por otra parte... Nunca he visto a nadie tan inmune a enamorarse.