Capítulo 4
CAPÍTULO CUATRO
A unque hacía fresco allí afuera por la lluvia que seguía cayendo, cuando Grace se sacó la grabadora y la libreta de su bolso, su rostro había adquirido un bonito rubor rosado que hacía casi imposible que Dylan no pudiese mantener las manos apartadas.
Se había pasado los últimos tres días trasladando un barco nuevo para un amigo hasta Portland, Oregón, todo ese tiempo había estado pensando en ella. Y en Mason. Después de setenta y dos horas estudiando la situación desde todos los ángulos, seguía en el mismo sitio donde había empezado.
Podía verse fácilmente a sí mismo tanto con la madre como con el niño.
Y Grace seguía siendo la mujer más bonita que había visto jamás.
A Dylan siempre le habían encantado las mujeres.
Cómo olían. Cómo se movían. Los dulces ruiditos que hacían.
Pero aunque había disfrutado de tanta compañía femenina cómo había querido durante los quince años que habían pasado desde que entrase en la pubertad, jamás había deseado a ninguna de la misma forma en que deseaba a Grace.
Y ni siquiera la había besado aún.
Su boca esbozó una sonrisa con solo pensar lo sexy que iba a ser eso .
Hoy era Grace quien le haría preguntas. Pero pronto sería él quien quisiera respuestas por parte de ella.
¿De dónde era? ¿Cómo había sido su infancia?
¿Por qué estaba soltera y no casada con el padre de Mason?
¿Y quién diablos podía haber sido tan estúpido como para haberlos dejado a ella y a su asombroso chaval?
De haber estado ahora en su barco, la cabina siempre había sido un confesionario jodidamente bueno.
Él nunca había conocido a nadie que pudiese ocultar sus auténticos pensamientos y emociones en el mar.
Para cuando estuviesen de vuelta en el muelle, él ya le habría sacado todas las respuestas.
Pero en tierra, tendría que esperar un poquito más.
Esperaba que no demasiado, dado que incluso la forma en que ella se estaba recolocando un mechón de su sedoso cabello por detrás de la oreja, una oreja que él deseaba muchísimo mordisquearle, era increíblemente sexy.
Ella pulsó el botón de grabar del pequeño dispositivo que había entre ellos en la mesa.
—Me has dicho que navegar era lo único que habías deseado hacer desde siempre. Navegar y construir barcos. —A él le encantaba el sonido de su voz, el tono ligeramente ronco que, combinado con su obvia inteligencia, hacía que sus sinapsis casi se electrocutaran—. Me encantaría saber por qué.
Él había esperado que ella comenzase con preguntas técnicas o sobre asuntos prácticos que los periodistas siempre intentaban hacerle responder: ¿a qué edad empezaste a navegar?
¿Cuál fue el primer barco que construiste?
¿Por qué no haces regatas a nivel profesional cuando fuiste una superestrella precoz y ahora mismo podrías estar al timón de tu propia embarcación aspirando al título de la Copa del Mundo de vela?
En vez de eso se había ido directa al corazón de lo que hacía y de quién era. Y él podía adivinar la razón: Este artículo no trataba solo de su corazón... Sino también del de ella.
—Has navegado antes, ¿verdad? —le preguntó a modo de respuesta.
—Estuve una vez en un barco, pero apenas nos dio tiempo de izar las velas.
—Da igual si se trataba de un bote de remos, de una motora o de un foque. ¿Te gustó estar en el agua?
Entonces ella sonrió, deslumbrándole con su respuesta incluso antes de decirla en voz alta.
—Me encantó.
—¿Qué es lo que más te gustó?
—Todo. Las gaviotas volando sobre nosotros justo antes de apartarnos del muelle, como si estuviesen emocionadas porque nos íbamos a unir a ellas en su parque de juegos favorito.
El agua oscura batiendo contra el casco, lo bastante flexible para dejarnos pasar y a la vez, lo bastante densa como para sostenernos encima.
El viento contra mi cara, con ese olor a sal, a peces y a vida .
El hecho de que la forma en que las olas se alzaban era totalmente impredecible y de alguna manera yo me sentía más segura de lo que me había sentido jamás.
—A veces —le dijo él—, cuando estoy ahí fuera deslizándome a toda velocidad con el viento, y el cielo está lleno de estrellas, juro que puedo escuchar cómo flirtean conmigo las sirenas.
—No me sorprendería averiguar que así fuese —dijo ella con otra sonrisa.
Una que le confirmaba que también ella se sentía tentada de flirtear con él—.
¿Pero qué pasa cuando la cosa no está tan tranquila?
Sé por mis investigaciones que has cruzado el Atlántico y has navegado miles de kilómetros por el Pacífico, enfrentándote a temporales y a tormentas, y hasta a un par de huracanes.
¿Cómo es que sigue encantándote navegar después de haber estado ahí fuera luchando por salvar tu barco... e incluso tu vida?
—Me gustan las travesías perfectas igual que a todo el mundo. Pero la verdad es que cuando el viento se agita y azota con auténtica furia puede ser una de las cosas más bellas que puedas ver en tu vida.
—Entiendo cómo una tormenta puede resultar hermosa, pero cuando estás atravesando una en tu barco, ¿no estás asustado?
—Cagado de miedo —confirmó él—. De hecho, eso sucede justo cuando crees que lo tienes todo controlado, cuando estás seguro de que nada puede tocarte y que podrías comerte el mundo...
Entonces es cuando el viento y las olas deciden que ya es hora de mostrarte lo vulnerable que eres en realidad.
Cuando por fin sales de ello, tembloroso de narices, apenas capaz de sostener el timón porque todos los músculos de tu cuerpo están a punto de fallarte de agotamiento, entonces es cuando de verdad sabes que estás vivo.
Y también cuando recuerdas que has de apreciar cada uno de los momentos que vives.
—La mayoría de la gente —dijo ella con voz suave—, probablemente pensaría que si hay potencialmente tanto peligro, tanto miedo en todo esto, sería mejor no hacerlo.
—No tengo hijos, obviamente, pero me imagino que no es demasiado distinto de cómo que se siente un padre cuando suelta las manitas de su bebé para que pueda dar su primer paso, o cuando le deja en la guardería por primera vez, o cuando le observa alejarse tras el volante de un coche al cumplir los dieciséis.
Aterrorizado e inquieto, pero asombrado y emocionado al mismo tiempo.
No decidiría no tener hijos y perderme todos esos hermosos momentos solo para no tener que enfrentarme también a los que dan miedo.
Antes de que ella pudiese responder, escucharon un ruidoso estruendo, seguido de la voz de Mason elevándose hasta un volumen igual de elevado que el ruido.
Grace se levantó de la silla de un salto y echó a correr hacia la cocina tan rápido que aunque Dylan había estado en el equipo de atletismo de adolescente, apenas consiguió alcanzarla cuando ella entró volando en la casa.
La madre de Dylan les miró con ojos ligeramente culpables cuando señaló hacia dónde estaba sentado Mason en medio del suelo de la cocina, rodeado por media docena de ollas y sartenes grandes. Llevaba una espátula de plástico en cada mano y cada vez que golpeaba las ollas, chillaba alegremente.
—A mis hijos siempre les encantó hacer esto —dijo su madre con una voz que apenas era audible por encima del jaleo—, pero me había olvidado del ruido que se montaba hasta hace unos segundos.
Grace todavía tenía una mano apoyada contra el pecho mientras meneaba la cabeza.
—Obviamente, se lo está pasando fabuloso —dijo aprovechando una pausa en los redobles de Mason—. Es solo que no le he dejado con demasiada gente antes y cuando he escuchado ese ruido... —Meneó la cabeza—. No debería haber entrado en pánico de esta forma, sabiendo que estaba en buenas manos.
Pero Dylan vio cuanto le gustaba a su madre el compromiso de Grace con su hijo.
Tanto como le gustó a él mismo. Siempre había sido el Sullivan más despreocupado.
Nada de grandes responsabilidades aparte de mover un barco de un sitio a otro o montar uno a tiempo para hacer feliz a un cliente.
Había tenido novias, por supuesto, pero ninguna que hubiese tenido jamás ocasión de ir más allá de la fase de «solo pasarlo bien».
Estaba ahí para su familia y amigos cercanos siempre que le necesitasen para algo, por supuesto, pero ellos eran un grupo bastante autosuficiente.
Dylan siempre había podido marcharse en su barco de un momento para otro, mientras que Grace estaba totalmente limitada por su responsabilidad hacia su hijo.
—Eres una mamá —dijo Claudia—. Entrar en pánico es lo que mejor se nos da.
Él se sintió encantado cuando Grace rio y su gesto se relajó, alejándose de la vergüenza que acababa de sentir solo hacía unos momentos.
—Estaré encantada de seguir teniéndolo entretenido si quieres volver y seguir con vuestra entrevista antes de que lleguen los demás. Por supuesto, si quieres llevártelo...
—No —le interrumpió Grace—. Se lo está pasando genial contigo.
—Es algo mutuo —dijo su madre con una gran sonrisa que mostraba claramente lo mucho que lo decía de verdad—. Me habéis alegrado el día del todo dejándome jugar con él.
Dylan se encontró con la mirada de su madre cuando Grace y él se estaban dando la vuelta para volver afuera. Una que decía: vas a hacer que todos mis sueños se hagan realidad con estos dos, ¿verdad?
Su respuesta silenciosa fue igual de clara: Por lo menos lo voy a intentar como un loco.