Los Sullivan de Seattle (Libros 4-6) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Pero me preguntaba... —En un semáforo en rojo, él se volvió hacia ella y le sonrió, y su cerebro confundió la pregunta que pretendía hacerle y la pregunta de la cual de verdad quería conocer la respuesta—. ¿Cómo es eso de estar emparentado con tanta gente famosa?

Se llevó las manos a la boca de golpe, meneando la cabeza como si eso pudiese borrar mágicamente las palabras indiscretas que habían salido por ella.

—Lo siento, eso ha estado fuera de lugar. Quería preguntarte si todos navegan, también.

—No ha estado fuera de lugar en absoluto —dijo él con una sonrisa que solo se había hecho más amplia para cuando el semáforo se puso en verde y él pisó el acelerador—.

Y sí, todos navegan. Lo que significa que puedes llevártelos al mar si alguna vez necesitan bajar un poco de intensidad.

No hay nada como el océano haciéndote dar tumbos para recordarte que solo eres humano.

—Él volvió a sonreírle—. Pero la mayor parte del tiempo me olvido de que son famosos hasta que voy a por leche a la tienda y veo una de sus caras en la portada de alguna revista.

Solo me molesta cuando veo algo publicado sobre alguno de ellos que no es verdad.

Lo cual, por desgracia, sucede demasiado a menudo.

—Eso debe de ser duro.

—Ninguno de ellos están en lo que están por la fama, pero han llegado a aceptar que forma parte del sueño que persiguen.

Una estrella del rock como el prometido de mi hermana, Ford, jamás podría esconderse cuando hay estadios llenos de gente en todo el mundo que adoran su música.

Así que lidian con la fama, manejan el estar bajo los focos, y cuando estamos juntos todos nos olvidamos de eso un rato.

Como ya había cruzado la línea, decidió que igual podía quedarse ahí un poco más.

—¿Por eso normalmente no concedes entrevistas? ¿Porque temes que la prensa vaya a retorcer tus palabras?

—No soy ni un músico ni una estrella de rock ni un jugador de béisbol profesional. Solo soy un marino que también construye barcos. Todo lo que yo pueda decir sobre navegar, cualquiera puede averiguarlo por sí mismo metiéndose en una embarcación.

Ella entendía lo que él estaba diciendo, y aun así, no podía dejarlo estar, ni mantener la boca cerrada.

—No estoy segura de estar de acuerdo contigo.

Yo no sé mucho de barcos, aparte de lo que he leído sobre ellos para mi investigación, pero por las fotos que he visto de los que tú has construido, y después de ver el que tienes en tu cobertizo, es obvio que tienes mucho talento.

Solo porque no actúes, ni cantes, ni le des golpes a una pelota de béisbol, tu don no es menos especial.

Ni menos interesante de leer para todas las personas que jamás tendrán la ocasión de navegar con un velero de un continente a otro.

Absorta en expresar su opinión, no se había dado cuenta de que habían recorrido la entrada de una casa de un vecindario de las afueras hasta que él apagó la ignición.

De niña, sus padres la habían animado a hacer y decir lo que le pareciese correcto.

Ese era uno de los motivos más importantes por las cuales había tenido el coraje de intentar dedicarse a la escritura, cuando habría sido mucho más seguro conseguir un trabajo de nueve a cinco en algún cubículo de una oficina.

Pero después de que permitirse dejarse llevar por la marea la hubiese conducido a estar embarazada y sola, Grace había decidido que sería mejor controlar sus impulsos naturales y salvajes.

Ella le sonrió con cierto grado de disculpa.

—A veces puedo dejarme llevar cuando tengo una opinión muy firme sobre algo.

—Jamás pidas disculpas por mostrar tu pasión, Grace. Ni a mí ni a nadie. Especialmente cuando tienes esa manera de hacer que un tío vea las cosas de forma totalmente diferente a como lo había hecho antes.

¿Tendría él alguna idea de lo mucho que ella necesitaba escuchar eso, especialmente ahora que su padre ya no estaba ahí para recordarle que siguiera asumiendo riesgos?

Durante los últimos diez años, su padre había sido su roca.

Su animador. Su principal sistema de apoyo.

Había podido contárselo todo y había sabido que él la seguiría queriendo sin importar nada, en las buenas y en las malas.

Jamás se había imaginado que él se habría ido para cuando ella tuviese su primer hijo.

Ni que verle en la forma en que Mason sonreía, en el azul profundo de sus ojos, sería una sensación tan agridulce.

Cuando volvió a mirar a Dylan, el calor de su mirada la hizo sentir un cosquilleo en los labios, aunque él todavía no había reducido la breve distancia entre ellos ni le había besado...

Que ella sabía casi con toda certeza que habría hecho de no haber sido porque Mason lanzó su juguete contra el salpicadero en ese preciso instante, casi dándoles a ellos en la cabeza.

El alivio porque su hijo la hubiese salvado de sí misma, junto con más remordimientos de los que quería admitir por haberse perdido el beso, inundaron a Grace mientras se desabrochaba rápidamente el cinturón y cogía el juguete.

—Si no me dejas llevar al menos la bolsa de los pañales esta vez —dijo Dylan—, mi madre jamás dejará de darme la lata con eso.

Unos segundos después, ella ya tenía a Mason fuera de su asiento, Dylan portaba la pesada bolsa y la trona portátil, y los tres estaban corriendo bajo la lluvia hacia la puerta principal de sus padres.

Cuando llegaron al porche cubierto, su madre ya les estaba esperando con una amplia sonrisa de bienvenida.

—Tú debes de ser Grace —dijo su madre sin esperar a que Dylan terminase de besarla en la mejilla—. Yo soy Claudia, y estoy encantadísima de conocerte.

Grace había esperado sentirse incómoda, pero la madre de Dylan sabía bien cómo hacer que los demás se sintiesen a gusto.

—Gracias por invitarnos a tu casa esta noche, Claudia. Este es mi hijo, Mason.

—Hola, Mason —dijo Claudia, mirando al bebé con los ojos llenos de dulzura y calidez—. ¿No eres una pequeña monada? ¿Quieres entrar y jugar con alguna de las cosas que llevaban ya demasiado tiempo guardadas en el ático?

En el momento justo, Mason le ofreció una de sus grandes sonrisas con un solo diente y le tendió los brazos.

Era solo la segunda vez que se había querido ir con alguien...

La primera con Dylan y ahora con su madre.

¿Qué clase de hechizo le lanzaban esos Sullivan a todo el mundo para atraerlos tan fácil y rápido?

Grace agradeció la forma en que Claudia esperó a que ella asintiera indicándole que estaba bien que cogiera a Mason.

Tal vez lo de esa noche no iba a resultar tan estresante como ella se había esperado.

Al menos hasta que Dylan le puso la mano en la parte baja de la espalda al guiarla adentro, siguiendo a su madre hasta la cocina.

Ese mero contacto la abrasó por todo el cuerpo como un incendio forestal.

¿Cómo iba a sobrevivir a toda una entrevista centrada en navegar a vela y construir barcos cuando en lo único que ella podía pensar ahora era en el sexo?

—Tienes una casa preciosa, Claudia.

Grace estaba sorprendida, de hecho, por lo mucho que la casa de los Sullivan le recordaba a la casa en la que ella había crecido.

Las bonitas flores en jarrones por todas partes, las fotos familiares y hasta el viejo perro durmiendo en un cojín debajo del piano la hacían parecer muy cómoda. Bien cuidada. Como estar en casa .

Al ver varias ollas en el fuego y un gran surtido de fruta y verdura extendido junto a la tabla de cortar, dijo:

—Tendría que haber pensado en que todavía estarías cocinando.

No tienes que cuidar de Mason. —Estaba claro que le sería más difícil llevar a cabo la entrevista con su hijo gateando entre sus piernas y deseando jugar y que le entretuvieran, pero encontraría la forma de hacer que funcionase.

Además, ahora ya sabía que sería mejor que ella y Dylan no estuviesen solos ratos demasiado largos, teniendo en cuenta que ya le había resultado bastante difícil mantener la mente fría en el coche de camino hasta aquí con él sentado tan cerca, aun con Mason en el asiento de atrás.

Pero Claudia sonrió y le dijo:

—Una vez monté una cena de siete platos con los cinco críos correteando por todo el patio y la cocina. Puedo con esto.

Y mientras Grace observaba como la madre de Dylan descendía hasta el suelo con Mason para enseñarle a usar un pequeño xilófono de juguete para hacer música y él se ponía a darle alegremente golpes al instrumento mientras ella se reía encantada con sus payasadas, no tuvo ninguna duda en absoluto de que Claudia lo tenía todo controlado.

—¿Puedo ofrecerte una copa de vino o una cerveza? Le preguntó Dylan.

Ella mataría por una copa de vino ahora mismo, para calmar sus nervios. Pero el alcohol era lo último que necesitaba ahora mismo, porque iba a costarle hacer gala de hasta la última pizca del autocontrol que tenía mantener sus murallas sólidas y altas.

—Algo de agua sería perfecto.

Él saco dos botellas de agua de la nevera y dijo:

—Hay un porche cubierto en la parte de atrás donde podemos hablar.

—Si me necesitas para algo, Claudia...

Su madre les hizo un gesto con la mano para que se fueran.

—Iros a hacer vuestra entrevista. Mason y yo estaremos perfectamente, ¿verdad, precioso?

La sonrisa desdentada del bebé fue todo lo que Grace necesitaba. Al menos para responder a la pregunta de si su hijo estaría bien y a salvo durante la hora o dos horas siguientes sin ella.

En cuanto a sí misma...la verdad era que cuando Dylan la condujo fuera hacia dos asientos del porche trasero más bien estaban dispuestos más bien con unos amantes en mente que con un par de desconocidos haciendo una entrevista, Grace se sintió de todo menos a salvo.

Cauta, sí. Pero también innegablemente atraída.

Y más intrigada acerca de Dylan de lo que había estado acerca de nadie durante mucho, mucho tiempo.