Los Sullivan de Seattle (Libros 4-6) Capítulo 2
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Capítulo 2

CAPÍTULO DOS

D os años antes, Dylan estaba navegando en Belice cuando había levantado la vista y se había encontrado con una ola inesperada que se cernía sobre él y sobre su barco.

No se había parado a pensar, no había tenido tiempo de sentir miedo.

Solo había hecho todo lo que había podido para navegar a través de la que más tarde fue bautizada como «la tormenta del siglo».

Y había sido consciente de que cada segundo que había pasado en un barco de vela durante las dos décadas previas le había estado preparando para ese momento.

Al ver a Grace y a Mason por primera vez, se había sentido exactamente de la misma manera.

Había estado trabajando en su taller de barcos, disfrutando de la tranquilidad y del trabajo físico, cuando había escuchado unos llantos y luego el murmullo en cierto modo desesperado de una voz de mujer que intentaba calmar al bebé.

En el preciso momento en que había puesto un pie fuera para asegurarse de que ninguno de los dos estuviese herido, y había posado la vista en la madre y el niño, las ruedas que hacían girar su mundo se habían salido rodando de sus ejes.

El deseo por la mujer, y la necesidad de tranquilizar al niñito le habían invadido tan rápido que ni se había parado a pensar demasiado ni a asustarse por lo que estaba sintiendo. Simplemente había ido a coger al bebé al mismo tiempo que confirmaba que su madre no llevaba un anillo de casada...

Y pensó: voy a casarme con ella .

Tal vez tendría que haber estado sorprendido, pero no fue así.

No cuando siempre había sabido que era así como él iba a amar a alguien.

A todo o nada. Y más rápido que un balandro volando sobre las aguas a veinticinco nudos.

Todos esos años que había pasado observando a sus padres juntos, amén de cómo habían encontrado el amor sus primos y hermanos en esos últimos años, le habían preparado bien para este momento en el que su propio rayo le alcanzaría directo en el corazón.

Dylan jamás había dudado de sí mismo. Siempre había sabido que se dedicaría a navegar y que construiría barcos.

Habían existido varias complicaciones por el camino, por supuesto, pero él nunca había dudado sobre adónde le harían llegar esas creencias.

Así que cuando se había acercado a Grace y solo con eso habían saltado chispas entre ellos, apenas había podido contenerse de sellar los destinos de ambos con un beso.

Pero no le habían educado para que fuese ningún idiota. Y por eso no se iba a permitir agarrarla y besarla.

Todavía no, al menos.

—Tengo bebidas frías en mi taller de barcos. Si dispones de unos minutos, ¿por qué no entras y te bebes una?

—Gracias —dijo ella, obsequiándole con una leve sonrisa, una que no alcanzó del todo sus ojos. A pesar de su obvia atracción mutua, ella recelaba. Eso podía notarlo. ¿De él en particular? ¿De todos los hombres? —Eso estaría bien.

Dylan se colocó mejor a su hijo sobre la cadera mientras se apartaba para que ella entrase en el gran edificio.

Sus ojos se agrandaron cuando ella vio el interior del taller.

Construido con el estilo clásico Craftman, el techo tenía tres pisos de altura, con unos grandes ventanales de madera que dejaban pasar la luz desde todas las direcciones.

Pero la mejor parte del edificio, de calle, era que los tragaluces del tejado eran retráctiles, para que él pudiese trabajar como si estuviese al aire libre.

—Tu taller es increíble.

Él sonrió al percibir su tono de asombro y sacó un par de botellas de agua de la esquina en la que había instalada una pequeña cocina.

—Gracias. Mis hermanos y mi padre me ayudaron a montarlo, aunque el genio que hay tras el diseño es mi hermano Adam.

Antes de que pudiese alcanzarle el agua, ella vio el velero casi terminado en la parte trasera del taller y se dirigió hacia allí como atraída por algún imán.

—¿Cómo lo haces? —le preguntó—. ¿Cómo puedes concebir y construir algo así de asombroso?

—Es lo único que siempre he querido hacer.

De niño leía todo lo que encontraba acerca de la construcción de barcos y luego, una vez hube entendido lo básico, empecé por desguazarlos.

Ahorraba todo mi dinero para comprar los cascarones más destrozados y mis padres me ayudaban a traerlos hasta su patio trasero.

Los investigaba, estudiaba los cascos, y luego intentaba replicarlos de la forma más exacta que podía.

—Alucinante. —Ella estiró la mano para pasarla por la madera pero la apartó de golpe.

—Tócalo. Estas cosas están diseñadas para soportar más de cuarenta nudos en mar abierto.

Si se rompe cuando le pones las manos encima...

—dijo él con una carcajada que también hizo que el niño se riera—, voy a tener a un comprador seriamente disgustado entre manos cuando los guardacostas tengan que ir a rescatarlo. ¿También tú quieres tocarlo, Mason?

Juntos, los tres pusieron sus manos sobre la madera, calentada por el sol que brillaba en el cielo azul sobre sus cabezas.

—Soy Dylan Sullivan, por cierto.

Dándose la vuelta, ella dijo.

—Soy Grace. Grace Adrian.

Ella le ofreció su mano y cuando él la cogió para estrechársela escuchó como a ella se le cortaba el aliento... El sonido más sexy que jamás había escuchado.

—Encantado de conocerte, Grace. Encantado de verdad. —Pero entonces él frunció ligeramente el ceño—. Tu nombre... Por algún motivo, me resulta familiar. Pero lo recordaría si nos hubiésemos conocido antes.

—No nos conocemos. Pero te he llamado bastantes veces.

—Vale, por eso me sonaba tu nombre. Perdona por no haberte devuelto la llamada. No me van mucho los teléfonos.

Ella le echó una miradita que él pudo interpretar fácilmente como: ¿ no me digas? , antes de comentar:

—Espero no haberte interrumpido demasiado esta mañana. Solo esperaba poder hablar unos minutos contigo. Se suponía que Mason iba a quedarse hoy en casa con una canguro, pero ella no ha aparecido, y ahora estamos en mitad de su hora de la siesta, que es por lo cual está un poco cascarrabias.

—Ser cascarrabias le queda bien. Y ahora que estás aquí, ¿en qué puedo ayudarte?

Ella respiró hondo y luego echó los hombros hacia atrás como para coger fuerzas antes de responderle:

—Soy escritora y me encantaría entrevistarte para un reportaje que estoy haciendo sobre navegar y construir veleros.

—Claramente nerviosa porque él le dijese que no, continuó rápidamente—.

Sé que no concedes muchas entrevistas, pero esta historia no va a ir sobre tu familia, ni sobre el dinero o el prestigio.

Todo lo contrario: voy a escribir sobre el corazón de un marinero, sobre amar estar en el mar, sobre construir barcos que ayudan a hacer realidad los sueños de la gente.

Y antes de que me recomiendes a algunos colegas con los que podría hablar en vez de hacerlo contigo, necesito que sepas que el editor me ha dicho que solo me comprará la historia si trata sobre ti.

Y... Necesitan que salgas en la portada, además.

—Tienes razón —dijo él lentamente, dejando que Mason le quitase otra vez su gorra para mordisquear la visera—.

Normalmente no concedo entrevistas. Pero por ti —añadió con una sonrisa que esperaba que disipara sus preocupaciones—, estaría encantado de hacer una excepción. ¿Qué fecha límite te han dado?

Ella pareció increíblemente aliviada cuando él le confirmó que se prestaría para la historia y la portada. Pero su alivio rápidamente se convirtió en una ligera mueca y dijo:

—El artículo tiene una fecha de entrega bastante ajustada, me temo. Lo necesitan, junto con las fotos, en cuatro semanas.

—Tengo que marcharme para llevarle un barco a un amigo de Portland en una hora, pero estaré de vuelta el viernes por la tarde.

—También tenía un viaje previsto a Australia para participar en una importante regata en una semana y media, pero planeaba conocer mucho mejor a Grace, y a Mason, entre hoy ese día—.

El viernes mi madre cocinará una cena para la familia. Ven y podremos ponernos con ello.

Ella pestañeó, confusa.

—¿Quieres que vaya a casa de tu madre para nuestra primera entrevista?

—Que vengáis. Tú y Mason —le aclaró él. Porque aunque no iba a cometer el error de asustarla con sus intenciones, tampoco podía resistirse a acelerar un poquito las cosas lanzándola a la zona del agua que cubría con su familia.

Dylan no podía contemplar esperar... No cuando sabía lo que sabía—.

Si llegamos temprano, ella podrá vigilar al bebé mientras me entrevistas.

A menos, por supuesto —añadió él deliberadamente, para confirmar algo de lo que necesitaba estar totalmente seguro—...

Que tu marido o tu novio puedan vigilar a Mason mientras nosotros hablamos.

—Estamos los dos solos.

Sabiendo que no podía ser fácil criar a un niño estando sola, él intentó no soltar un grito de alegría porque estuviese soltera.

—¿Y estás seguro de que tu madre querrá vigilar a un niño pequeño al que nunca había visto antes? ¿No tendrías que preguntarle antes?

—No —dijo él, riendo—. Decididamente, no tengo que preguntarle si quiere pasar un par de horas con un crío adorable.

Hay pocas cosas que le gusten más. Además, así podrás hacerle a mi familia preguntas para el artículo.

—Normalmente no se comportaba como una apisonadora con las mujeres...

Nunca lo había necesitado, ellas siempre habían ido a él.

Pero con Grace, necesitaba saber exactamente cuándo iba a volver a verla—.

¿Qué tal si os recojo a los dos el viernes a las cuatro?

Grace se lo quedó mirando fijamente unos segundos con expresión inescrutable. Luego, por fin, respondió:

—Vale, me iría bien. Y gracias por acceder a trabajar conmigo en este artículo. Te lo agradezco de veras.

Él no necesitaba su agradecimiento. Su boca apretada contra la de él, sin embargo, la aceptaría encantado. Pero como sabía que ya la había presionado lo bastante por un día, solo le dijo:

—Lo estoy deseando, Grace. —Le gustó como sonaba su nombre, como lo sentía en los labios—. Detrás de ti, en mi mesa, hay una libreta donde puedes anotarme tu dirección y tu teléfono.

Ella se acercó al escritorio que había apoyado contra la pared más lejana y él disfrutó de cada segundo observando cómo se le meneaban las caderas al caminar sobre sus tacones. Pero a medio camino, ella se detuvo y se volvió para mirarle.

—¿Cuántas veces has rechazado que te entrevistasen para algún artículo en el pasado?

Él se encogió de hombros, lo que hizo que Mason soltase una risita al sentirse botar ligeramente en los brazos de Dylan. Él lo hizo botar más entonces, esta vez a propósito, y respondió:

—Demasiadas para poder contarlas. ¿Por qué me lo preguntas?

Ella los miró alternativamente a él y a su hijo, con una expresión aún recelosa... Pero también más que un poco estupefacta.

—Solo estoy sorprendida porque me hayas dicho que sí tan deprisa. Porque necesito de verdad escribir este artículo sobre ti. Si solo pretendes tomarme el pelo para echarte unas risas...

—Te prometo que no te estoy tomando el pelo.

Ni en lo más mínimo. —Esperaba que un día ella volviese la vista atrás hacia esta conversación y se diese cuenta de que él había hablado en serio sobre ella y su hijo incluso entonces—.

Tenías razón cuando dijiste que me gustaría el ángulo que ibas a adoptar para el artículo.

Nadie quiere leer otro artículo sobre la técnica más rápida de izar un spinnaker.

¿Pero un artículo sobre el corazón de un marino?

Eso es realmente de lo que va todo, da igual si navegas tu solo en un Sunfish un sábado por la tarde o si estás manejando un yate de ocho millones de dólares en una prueba de la Copa del Mundo.

—Perdona, no pretendía que mi pregunta sonase así. —Ahora que había bajado sus defensas solo un poquito, él podía ver lo cansada que estaba—. No cuando de verdad te agradezco que te prestes para hacer esta entrevista. Solo tenía que asegurarme de que de verdad estabas dispuesto a ello.

Ella no tuvo que decirle nada más para que él entendiese de inmediato que la habían fastidiado antes y que le costaba confiar en la palabra de otros. Probablemente, y no le parecía ir demasiado lejos al pensarlo, se lo hubiese hecho el tío que la había dejado preñada.

—No soy fan de los teléfonos —le dijo—. Y no me preocupo por ninguna de las cosas que entran en la categoría de llevar un negocio. Pero, ¿cuando se trata de darle mi palabra a alguien? Me educaron para ser fiel a mi palabra. Y lo hago, Grace. Pase lo que pase.

Ella le miró fijamente unos momentos, como si no tuviese claro si era seguro creerse lo que acababa de decirle, antes de por fin darse la vuelta y continuar hacia su escritorio. Cuando regresó de escribir su dirección en la libreta, estaba toda en modo negocios y cogió a Mason.

—Ahora vamos a dejarte en paz. Nos vemos el viernes.

Le resultó casi imposible contenerse de arrastrarla contra él para besarla y poder ver cómo su bella piel volvía a sonrojarse.

Pero igual que sabía que no era bueno sacar un velero a navegar hasta que el viento no soplase lo suficiente para conducirlo hacia el rumbo que quería, también sabía que no debía moverse demasiado rápido con Grace.

No cuando algo le decía que sería un plan mucho mejor dejar que ambos imaginasen y esperasen ese beso durante los días siguientes.