Los sueños que compartimos (Amor y otros sueños 1) Capítulo 44
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Capítulo 44

Capítulo Cuarenta Y Cuatro

Josh

Me quedo mirando mi propio reflejo, hipnotizado. La luz de neón, blanquecina, vuelve mi piel casi espectral y hace que mis ojos parezcan desorbitados. Unas arrugas se marcan en mi frente y se funden a la perfección con la pared de hormigón gris y mugriento que tengo detrás.

A lo lejos oigo a los músicos de la orquesta en la prueba de sonido. En breve tendré que salir al escenario para el ensayo general. Ante el magnífico telón de fondo del Coliseo de Roma tocaré por última vez. Mañana será el día que lo decidirá todo.

Intento tragarme los nervios; no quiero sentir el peso que llevo sobre los hombros. Pero es peor que nunca. Solo pensar en lo que podría pasar en ese escenario hace que se me tensen los músculos del cuello. La mano me tiembla tanto que el temblor recorre todo el brazo.

Mi padre estará entre el público durante la ceremonia de entrega de premios. Si alguna vez ha habido un momento en el que tenga que dar la talla, es mañana. Y hoy tengo que sentar las bases para ello.

En lo más hondo sé que no voy a lograrlo sin vodka. Con lo que me tiembla la mano, voy a necesitar algo más que unos sorbos.

Dios mío, ¿y si al final sí soy adicto?

Necesito el alcohol. No el calor en el estómago ni la sensación de niebla en la cabeza. Podría prescindir de eso. Pero dependo de la manera en que me relaja los músculos.

Desesperado, me paso las manos por el pelo. Luego reúno fuerzas y me pongo en pie de un salto. Camino rápido hasta la cómoda junto a la puerta metálica de entrada, hurgo en mi bolsa y saco la botella de vodka. Desenrosco el tapón.

No debería hacer esto. Está mal.

Durante un momento me quedo mirando la botella. Se tambalea al ritmo de mi mano. El vodka se derrama por el borde. No puedo tocar así. Ni siquiera soy capaz de ensayar el último concierto en este estado. Contemplo la botella de vodka, desesperado.

—Te odio —le escupo con dureza. Luego me la llevo a los labios y doy un buen trago. El líquido, cortante como una cuchilla, me baja por la garganta.

Tengo que esperar unos minutos a que haga efecto. Cada vez es distinto. A veces hace falta más, a veces menos, para que se me calmen los dedos. Siempre bebo solo lo imprescindible.

El reloj de la pared, encima del sofá de cuero, hace un ruido de tic-tac demasiado fuerte. Miro cómo la aguja del minutero sigue avanzando. Luego cierro la mano en un puño.

El temblor sigue ahí.

Resignado, bebo otro trago. Apenas consigo tragar el vodka cuando llaman a la puerta.

—¡Un momento, por favor! —grito rápido y escondo la botella. Me limpio las comisuras de la boca y me meto un chicle. Aunque el vodka no huele, más vale prevenir. Me obligo a sonreír frente al espejo. Mis ojos me miran con reproche.

Vuelven a llamar, esta vez con más urgencia. Me arranco de mi reflejo y corro hacia la puerta para abrirla.

No esperaba esta visita. No solo son mis padres los que están en el pasillo, también hay un camarógrafo. ¿Qué pinta aquí?

Seguro que Tamika lo contrató para dejar constancia de mi glorioso éxito.

Justo lo que me faltaba.

—Hola.

Debería invitarlos a pasar, pero el tiempo se me echa encima. Para que todo salga bien en la actuación, tengo que ceñirme a un horario estricto.

Mi madre me abraza con alegría. Solo espero que su olfato, siempre tan fino, no note que he estado bebiendo.

—Hola, mi cielo. —Su voz suena como siempre. Eso es bueno.

—Joshua. —Mi padre asiente con frialdad.

Entrecierro los ojos ante la cámara, cuya luz me deslumbra.

—Eh… ¿qué hacen aquí? —Tal vez la pregunta no sea precisamente cortés, pero es demasiado importante que se vayan de inmediato.

Mi madre se ríe como si hubiera hecho un chiste.

—Solo queríamos desearte suerte para el ensayo general.

—Qué detalle. Gracias. —Carraspeo y mi mirada salta hacia el reloj. Han pasado tres minutos desde el último sorbo—. Por favor, no se lo tomen a mal, pero ahora tengo que prepararme —digo deprisa, encogiéndome de hombros a modo de disculpa.

—Por supuesto. —Con las manos en alto, mi madre da un paso atrás—. Te dejamos tranquilo. —Se engancha del brazo de mi padre y lo arrastra hacia la puerta. El camarógrafo los sigue.

De pronto, mi padre se vuelve. En seguida el camarógrafo lo encuadra.

—No me hagas quedar en ridículo, hijo —gruñe, receloso.

¿No se da cuenta de que con eso solo aumenta la presión? ¿O acaso es precisamente eso lo que pretende? Mascullando para sí, desaparece en la oscuridad de las catacumbas del escenario, mientras la cámara se desplaza hacia mí.

Finjo que ha hecho un chiste y me obligo a soltar una carcajada fingida, porque apenas me queda otra opción. Luego cierro la puerta a toda prisa. Sin necesidad de mirar, siento cómo me vibra la mano. Ni siquiera tengo que cerrar el puño para notarlo.

Esto no puede estar pasando. ¿Desde cuándo no soy capaz de mantener los dedos quietos cuando ni siquiera están sometidos a esfuerzo alguno?

Son las 4:13 de la tarde. En cuarenta y siete minutos tengo que estar en el escenario.

Preso del pánico más absoluto, me abalanzo sobre la botella.

Es tan patético que me daría una bofetada, pero no conozco otra forma de ayudarme, así que doy otro trago.

Vuelvo a esperar antes de comprobar mi mano, solo para darme cuenta de que el nivel de alcohol todavía no es lo bastante alto.

El ciclo de beber, esperar y comprobar se repite otras diez veces. Y ni aun así aparece el efecto deseado.

¿Qué demonios me está pasando de repente?

Intento mantener la calma, pero el pánico se me va metiendo dentro sin darme tregua.

Solo quedan doce minutos.

Otro trago. Y otro justo después.

Por fin, el temblor de mis dedos remite. Mientras no tense los músculos, permanecen perfectamente quietos. Solo cuando cierro el puño con todas mis fuerzas vuelve el temblor.

Por fin.

Aliviado, doy un último trago y me pongo en marcha. El neón del pasillo parpadea y la moqueta improvisada forma ondas.

Tropiezo, aunque lo veía venir. Mi mano busca un apoyo en el pladur y, por suerte, lo encuentra. Un percance es lo último que necesito ahora. Durante un instante me dejo caer contra la pared para tranquilizarme.

—Nada puede salir mal —me repito, porque es la verdad. A la prueba general no se permite la entrada de extraños, ni siquiera de mis padres. Aunque algo salga mal, mi padre no se va a enterar.

Pero yo sí lo sabré. Y eso no hará más que cargar más mi mente.

Sacudo la cabeza con fuerza y cierro los puños. Mis manos siguen firmes. Muy bien.

—Contrólate, Joshua —me reprendo. Ahora se trata de mucho más que demostrarle algo a mi padre. Toda mi felicidad con Maya depende de mi interpretación de mañana.

«Cuando tocas, me olvido del mundo» me dijo Maya hace unas semanas, cuando estábamos sentados juntos al piano.

Entonces, la música conseguía llegar hasta su interior y hacerle sentir lo que yo siento por ella.

Si toco para ella en la final del Premio Internacional de Música, será un mensaje que Maya no podrá ignorar.

Tiene que funcionar, porque es la única oportunidad que me queda.

Con las últimas fuerzas que me quedan, me enderezo y doy un paso decidido hacia el escenario.

El foco multicolor me deslumbra tanto que apenas distingo el piano de cola.

Todo parece un poco borroso: las tablas oscuras del escenario, la directora en el foso de la orquesta y el podio sobre el que descansa mi instrumento.

Camino hacia el piano algo descoordinado, aliviado cuando llego sin contratiempos.

Me siento en el banquillo y vuelco la atención hacia mi interior, como suelo hacer.

Pero en cuanto cierro los párpados, siento que no estoy sobre el escenario, sino a bordo de un barco.

El mar está embravecido.

Abro los ojos de golpe. Una oleada de náuseas me recorre el cuerpo. Y con ella llega la certeza de que esta vez me he pasado con el vodka.

Estoy completamente borracho.

¿Cómo demonios voy a poder concentrarme para tocar el piano así?

La directora golpea la batuta contra el atril.

—Señoras y señores, empecemos.

Los músicos toman sus instrumentos y el director me mira, interrogante.

Le hago un gesto afirmativo con la cabeza. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Una sonrisa le cruza el rostro, fugaz. Luego alza la batuta y se hace un momento de silencio.

El violonchelo empieza a tocar, seguido por los violines.

Siento la música, me dejo arrastrar y paso a formar parte de la magia que ya llena el escenario.

Dios mío, cómo me gusta esta melodía.

Ya casi es mi entrada.

Ya.

Empiezo a tocar y lo doy todo en la pieza.

Mi pasión por la música. Y mi amor por Maya.

Al pensar en su hermosa sonrisa, me siento mejor.

Es como si ya no estuviera aquí. Floto, ligero, lleno de alegría.

En mi imaginación, ella me escucha. Lágrimas de felicidad le brillan en las mejillas.

Mis dedos se deslizan sobre las teclas. La orquesta acelera el tempo y yo la sigo.

Es maravilloso.

De pronto, solo toco yo.

Se oye un traqueteo frenético. Miro alrededor y veo a la directora, que aporrea el atril con la batuta, furiosa. Tiene la mirada clavada en mí.

No sé qué está pasando. Pero, a pesar de la niebla en mi cabeza, tengo claro que debo de haber hecho algo mal.

—Si cambias algo, tienes que traer una partitura nueva —dice furiosa, señalando las partituras.

Pero no había cambiado nada. Esta pieza ya era perfecta la primera vez que la toqué. La tonalidad siempre ha sido la misma. De pronto caigo en la cuenta de lo que puede haber pasado. Bajo la mirada a mis manos a toda prisa.

Desde luego.

No están donde deberían. Ni de lejos.

He estado tocando mal todo este tiempo. ¡Y ni siquiera me he dado cuenta!

Las palabras se me escapan. Y todos los pensamientos se desvanecen. Solo resuena dentro de mí la risa burlona de mi padre.

Madura, Joshua. Ahí fuera nadie necesita a otro soñador que cree que puede ganarse la vida aporreando cuatro teclas , lo oigo decir con ese tono de desprecio que siempre usa conmigo.

Y en ese momento comprendo que ya no es así. Ya no quiero cambiar el mundo. Solo importa el mundo de Maya.

Apoyo la cabeza en las manos. El sabor a vómito sigue en mi boca.

—¿Señor Friedberg? —La directora pierde la paciencia. Tengo que retomar el hilo. Pero ahora mismo, todo me supera.

Ya no puedo más.

—Le ruego que me disculpe —acierto a decir con dificultad. Luego abandono el escenario a toda prisa.