Capítulo 37
Capítulo Treinta Y Siete
Maya
Por favor, que sea agua. ¡Por favor!
—¿Qué estás haciendo? —repito, intentando mantener la voz a raya, pero no lo consigo porque, por su postura, ya sé cuál es la respuesta.
Con la espalda vuelta hacia mí, baja lentamente la botella que tiene en la mano. Los hombros se le hunden hacia delante, el pecho sube y baja con rapidez.
Se siente acorralado.
Porque está haciendo algo que está terriblemente mal.
Un fuego se enciende dentro de mí, un fuego que no debería existir.
—Contéstame —las palabras salen de mi boca sin emoción. Mis manos se cierran en puños instintivamente.
—Me estoy preparando para el concierto —dice, y suena como un escolar que ha llevado a casa un boletín de notas desastroso.
—¿Qué tienes en la mano? —pregunto antes de que el fuego me llegue a las puntas del pelo y lo arrase todo por dentro.
Estallo en llamas.
No, estoy ardiendo con una furia insoportable.
Porque delante, contra el brillo pulido del armario, detrás de la columna de fuego que se alza justo entre nosotros, Josh ha dejado de ser Josh en mi mente.
Es mi padre, que se vuelve hacia mí muy despacio. Y yo vuelvo a ser una adolescente que se resiste con todas sus fuerzas a ver lo evidente.
—Estoy bien. Ve a jugar, princesa —dice con su voz grave y suave, dedicándome una sonrisa torcida. Las llamas se reflejan en sus ojos vidriosos, gotitas de líquido cuelgan de su barba.
Una parte de mí quiere huir. Otra parte no quiere admitir que está pasando otra vez. Pero mi decepción me impide acercarme a él.
—Lo prometiste. —Parpadeo para despejar las lágrimas de las comisuras de los ojos y me irgo, intentando sentirme un poco menos frágil.
Él no contesta. En lugar de eso, me mira con sus ojos de cachorro, frunce el ceño como si mi decepción le doliera físicamente—.
¿Por qué no puedes parar? —susurro en el silencio que se abre entre nosotros.
Él avanza tambaleándose hacia mí y me atrae a sus brazos.
—Todos tenemos nuestras sombras.
Me hundo en su abrazo. Porque no sé hacer otra cosa. Este lugar es mi hogar.
—Tienes que parar —murmuro, dócil.
Con cariño, me acaricia el pelo.
—¿No es ya demasiado tarde para eso?
No deseo nada con más fuerza: que deje de beber.
Que seamos una familia normal, que dejemos de ser tema de chismes.
Que yo no vuelva a sentarme sola durante horas en la acera helada frente a la escuela porque se olvidó de ir a buscarme.
Y que no tenga que salir en su defensa cuando mis amigas lo llaman borracho.
—No existe «demasiado tarde», porque el momento justo para cambiar las cosas para bien siempre es ahora. Tú mismo lo dijiste —le recuerdo. Luego me pego aún más a su pecho cálido.
—Claro, princesa. A partir de mañana todo será distinto. Te lo prometo —mece mi cuerpo de un lado a otro—. Te quiero muchísimo.
Una sola lágrima se abre camino por mi mejilla. Por dentro, todo se ablanda.
—Yo también te quiero, papá.
Entonces yo era débil. Demasiado débil. Pero hoy ya no lo soy. Mi confianza, mi esperanza y la fe inquebrantable en que las personas pueden cambiar murieron para siempre con ese hombre.
A través del mar de llamas que ocupa mi campo de visión, Josh se acerca a mí en el presente. La botella ha desaparecido de su mano y ya no se tambalea. Pero en sus ojos reconozco esa mirada supuestamente arrepentida que he visto demasiadas veces.
En un momento estará a mi lado. Y tratará de abrazarme. Me dirá que lo tiene todo bajo control. Quizá hasta me bese solo para convencerme de sus mentiras.
Pero desde luego no voy a permitirlo.