Los sueños que compartimos (Amor y otros sueños 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Capítulo Treinta

Josh

Maya y Sophia retozan fuera, bajo la luz intensa del sol de agosto. Han atado cintas de colores a unas varitas de madera y juegan a hacer gimnasia rítmica. Desde el banquito del piano, contemplo el aura hechicera de Maya. Me tiene cautivo su sonrisa y soy adicto a la luz que irradia desde dentro.

Cuánto deseo estar con ella. Pero no puedo permitirme ese lujo.

No solo porque decidimos mantener en secreto lo que sentimos el uno por el otro por el bien de Sophia.

Desde el día del examen de Maya, cuando volví al piano, he tenido que aislarme cada vez más.

Porque mi mano vuelve a darme problemas.

Solo mi neurólogo lo sabe. Pero no pudo ayudarme.

«Su columna y sus vías nerviosas están perfectamente. No puedo decirle de dónde viene el temblor». Esas fueron sus palabras cuando la semana pasada me senté en su amplio despacho, hecho un guiñapo, aferrándome a la esperanza de un milagro. «Físicamente no sucede nada».

Por más argumentos que le di, salí de su consulta sin saber qué hacer a continuación.

Intensificar la fisioterapia y practicar aún más es lo único que puedo hacer.

Así que, en los últimos días, apenas he hecho otra cosa.

Al principio, Maya me miraba con desconcierto.

Con cada día que pasaba, su decepción crecía.

Debería contarle lo que me está pasando. Pero me resulta imposible. Ama mi música. ¿Cómo podría confesarle que ya no puedo seguir siendo el gran pianista que debo ser? ¿Y cómo podría permitir que viera que me estoy rindiendo, cuando yo la animé a luchar por sus sueños con todo lo que tenía?

Con el corazón encogido, aparto la mirada de las dos personas más importantes de mi vida. El piano tiene que ser la prioridad, lo quiera o no. Justo cuando estoy a punto de volver a tocar, alguien irrumpe por la puerta.

—¡No te lo vas a creer! —Tamika se planta delante de mí con un elegante vestido entallado. Tiene las mejillas encendidas, igual que los ojos. En una mano sostiene una botella magnum de champán y, en la otra, dos copas.

Es evidente que está a punto de compartir conmigo algo magnífico. Tomo la botella y me acerco al salón.

—¿Qué ha pasado?

—Primero, vamos a brindar —llena las copas con rapidez y me tiende una. Luego me mira fijamente a los ojos.

La observo de arriba abajo.

—¿Y bien?

—Ya han llegado los resultados de la encuesta —dice con una amplia sonrisa. Choca alegremente su copa contra la mía.

De inmediato, noto un nudo en el estómago. Ella quiere celebrar, y eso solo puede significar una cosa.

¡Dios mío, mi sueño se está haciendo realidad!

—Dime, ¿qué pasa? —pregunto sin aliento.

Su sonrisa pícara vuelve a asomar.

—¡Has conseguido recuperarte! Los anuncios de los conciertos y la entrevista con ORF han ayudado muchísimo. Si sigues así, puedes ponerte a la altura de la competencia.

Tardo un momento en comprender lo que acaba de decir.

—¿Quieres decir que...?

—Ajá. —Sigue asintiendo con entusiasmo; parece una colegiala que acaba de salirse con la suya gastando una broma—. Pero no puedes aflojar. Aún no hay nada ganado. Todavía te espera muchísimo trabajo duro.

—Guau. —Es todo lo que consigo decir. Aunque no es el éxito con el que soñaba, al menos es el primer paso en la dirección correcta. Una vez más, alzo la copa de champán y brindo—. Por ti —digo.

Tamika está haciendo un trabajo fantástico, y no sé si habría llegado tan lejos sin ella. Luego llevo la copa a los labios.

En cuanto el primer sorbo burbujeante roza mi lengua, mi alegría empieza a resquebrajarse. La presión constante en el pecho se intensifica y la sonrisa se me queda congelada.

En apenas dos días, tocaré en las montañas del Tirol. He hecho esperar demasiado a los fans y, aun así, siguen apoyándome. Pero si no estoy a la altura, los perderé.

Para siempre.

Y con ellos, el Premio Internacional de Música.

—¿Qué pasa? —El tono cortante de Tamika me hace dar un respingo—. ¿Hay algún problema?

Me mira con gesto inquisitivo. Por supuesto, sabe que no seguí las indicaciones del especialista en Estocolmo y teme las posibles consecuencias.

—No, solo me ha sorprendido.

Me esfuerzo por sonreírle. No lo consigo. La presión que me aplasta es demasiado fuerte. El miedo a quedar en evidencia en el próximo concierto es demasiado grande.

Entonces mi sueño se acabaría. Todo se acabaría. Tendría que admitir que no soy lo bastante bueno para tocar el piano, que nunca lo he sido. Presa de la desesperación, me bebo la copa de un trago y enseguida me sirvo otra.

Tamika da una palmada.

—Bueno, vamos a ponernos en marcha. Hay mucho por hacer.

En cuanto pronuncia las palabras, ya va de camino a la puerta.

—¿Por qué no compones algo bonito para la ceremonia de entrega del premio? Puede ser un poco cursi, eso funciona siempre.

Eufórica, sale de la sala de música. Mi pánico y yo nos quedamos solos.

Solo la botella de champán nos hace compañía.

Sin dudarlo, me la llevo a los labios y bebo a grandes tragos.

Sigo hasta que una neblina difusa se posa sobre mis miedos.

Amortigua las preocupaciones y aquieta mis pensamientos enloquecidos.

Mientras miro con anhelo a Sophia y Maya afuera, bebo hasta que la botella queda vacía.

Todo da vueltas. La cabeza me pesa. Los músculos se aflojan. Me abandono a esa sensación de desapego y noto una ligereza extraña posarse sobre mis hombros.

Impulsada por esta libertad interior, voy tambaleándome hasta el piano y me dejo caer en el banquillo.

—Vas a hacer lo que yo diga —reprendo severa a mi mano derecha—. ¿Entendido?

La fulmino con la mirada, aunque reposa inocente sobre mi muslo.

Los brazos me pesan cuando los alzo para colocar los dedos sobre el teclado. Las líneas de la partitura se emborronan ante mis ojos, así que simplemente empiezo a tocar. Al fin y al cabo, me sé mis piezas de memoria.

Una nota sigue a la otra en el orden exacto.

Un cansancio denso hace que se me cierren los párpados mientras sigo tocando.

Siento cómo, con cada nueva nota, me voy liberando poco a poco de la presión.

Mis dedos se deslizan sobre las teclas como si hubieran nacido para eso.

Y la música que llega a mis oídos es exactamente como debe ser.

Perfecto.

No aparece ni un solo fallo. No se percibe la más mínima inseguridad. Cuando termino la pieza, alzo la vista para comprobar el estado de mis dedos y todo parece oscilar un poco.

Todo excepto mi mano.

Permanece tan inmóvil como si nunca hubiera pasado nada. Miro mis dedos asombrado, como si no fueran míos. Como si estuviera presenciando un maldito milagro. Y en ese instante comprendo que por fin he encontrado una solución a mi problema.

Está muy lejos de ser buena. Pero es lo único que tengo.