Los sueños que compartimos (Amor y otros sueños 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Capítulo Veintiocho

Josh

No tengo ni idea de qué pastel estoy comiendo.

Y casi no logro concentrarme en lo que Sophia balbucea.

Porque Maya está sentada a mi lado en la mesa.

Aunque nuestros muslos no se tocan, siento su calor en la piel.

No paro de lanzarle miradas furtivas. La mayoría de las veces, ella me está mirando justo en ese momento.

—¿Cuándo nos vamos al Tirol?

Una gota de crema batida adorna la nariz de Sophia.

El concierto es el once de agosto. Faltan solo siete días. Apenas siete días. Según mi médico, debería descansar por lo menos dos semanas más. Pero eso es imposible.

—Nos vamos el próximo miércoles —digo.

—¿Qué? Falta un montón todavía —protesta mi hija, haciendo un puchero—. Pero cuando estemos allí, vas a venir de excursión con nosotras, ¿verdad?

Asiento.

—Claro que sí, mi niña. Estoy seguro de que podré hacer un paseíto corto —respondo.

Pero, segundos después, mi mente se va a otra parte.

En vez de estar aquí tan a gusto comiendo pastel, debería estar en la sala de música ensayando. Mi intento de ayer salió bien y, con cada día que pasa, mis dedos recuperan un poco más de su destreza.

Pero aún no estoy al nivel que necesito para dar un concierto perfecto.

Vuelvo a mirar a Maya. Ella me sonríe con timidez, los ojos brillándole. Daría lo que fuera por ponerle las manos en las mejillas y acercar su cara a la mía. Pero tengo que contenerme.

Con el corazón encogido, echo la silla hacia atrás.

—Ha sido un buen descanso. Pero ahora tengo que volver al piano.

No logro descifrar la expresión del rostro de Maya.

El labio inferior adelantado de Sophia, en cambio, lo dice todo.

—¿Ya? —la voz de mi hija rebosa decepción—. Pero queríamos ir a la piscina otra vez.

Me inclino hacia ella y beso su frente, que huele dulce.

—No se debe nadar justo después de comer, ¿te acuerdas? —por impulso, la rodeo con los brazos y la aprieto contra mí—. Mañana podemos volver a bucear por los aros.

—Vale —dice Sophia, soltando una risita feliz.

No me pide que se lo prometa porque ya sabe que cumplo mi palabra. Solo por esa razón nunca querría soltarla.

—Eh, papá, no puedo respirar.

No. Aún no. Quiero saborear un poco más el calor de tenerla pegada a mí.

Pero ¿tengo siquiera esa opción? Probablemente no.

—Bueno, pues nos vemos luego —digo y, a regañadientes, la dejo salir de mi abrazo.

—Vale —murmura Sophia mientras se afana en recoger los rizos que mi ataque de mimos le ha despeinado y ahora le tapan la vista.

Debería dejar de hacer eso, pero no puedo. Vuelvo a mirar a Maya.

Ella traga saliva, con un brillo extraño en los ojos.

—Adiós, Maya —digo al alejarme de la mesa y pasar junto a su silla.

Durante un instante, le acaricio el hombro. No tengo ni idea de por qué lo hago. Tal vez para sentir ese cosquilleo delicado en las yemas de los dedos donde nos tocamos. Ese cosquilleo que solo ella es capaz de provocarme.

Ella alza la vista hacia mí.

—Adiós, Josh —responde, con la voz cargada de añoranza. Quiero creer que suena como si, por dentro, me echara de menos con la misma intensidad con la que yo la echo de menos a ella.

Eso hace todavía más difícil que me aleje de las dos. Y aun así lo hago. Porque en los próximos días no voy a tener mucho tiempo para ensayar.

Camino hacia la sala de música. Intento concentrarme por completo en lo que viene y, en cuanto llego, me siento al piano. Primero toco la melodía de la pieza inicial, técnicamente sencilla, y me obligo a ir despacio para no forzar los dedos.

Me siento bien, así que me animo a ir un poco más allá.

Mantengo el control. Mi mano hace exactamente lo que tiene que hacer, incluso cuando acelero el ritmo. Respiro aliviado por dentro. Y con cada nota siguiente, me dejo caer un poco más.

Cierro los ojos. Es ahora.

La música me atrapa y me lleva. Cuánto había echado de menos esta sensación. Es como si el sol saliera dentro de mí por primera vez desde el accidente.

Mantengo los ojos cerrados hasta que el sonido del acorde final se extingue en la sala.

Quiero más de esta sensación. Quiero perderme en la música y olvidarme de todo lo demás.

Así que le doy la vuelta a la partitura. La pieza siguiente está escrita en una tonalidad exigente que obliga a mi mano a trabajar más y con más precisión que antes.

Apenas dejo resonar las primeras notas cuando mi teléfono móvil vibra en el bolsillo.

Es mi madre, que me saluda con una voz cariñosa. Normalmente hablaríamos del tiempo, de sus planes de vacaciones y de la salud de mis abuelos, pero hoy nuestra conversación toma un cariz más serio.

—Escucha, cariño. Tenemos que hablar —insiste.

¿Y si simplemente digo que no tengo tiempo?

—¿Eh…?

—Es por tu padre —me corta antes de que pueda inventar una excusa convincente.

Me levanto del banquillo del piano y empiezo a caminar por la habitación con el teléfono pegado a la oreja.

—¿Qué le pasa? —en realidad no quería hacer esa pregunta— ¿Está enfermo?

—Peor.

¿Por qué esa pausa?

—Bueno, dime—apresuro el paso de forma automática; la alfombra persa amortigua mis pisadas.

—Se jubila —informa mi madre desde el otro lado de la línea.

Los dos sabemos lo que eso significa. Y los dos entendemos que es mejor no hablar de ese tema.

—Me alegro por él —digo cuando no se me ocurre nada más que añadir.

—Desde que tomó esa decisión, todo ha vuelto a florecer —suena arrepentida.

Solo puedo imaginar las conversaciones que habrá tenido con él.

—Hasta el último momento esperaba que cambiaras de opinión. Que estudiaras Derecho y...

—No. Ahora soy yo quien la interrumpe. Eso no está sobre la mesa. La idea de que algún día yo me haga cargo del bufete es solo su sueño.

—Lo sé. Aun así, deberían reconciliarse... —insiste mi madre—. Para que pueda olvidarlo y seguir adelante.

Eso no llevaría a nada. En su mundo solo existen la culpa y la inocencia. Blanco y negro. El bien y el mal. Lo único en lo que cree es en las pruebas tangibles, y yo no puedo ofrecerle eso. Todavía no.

—Entonces, ¿eso es todo? —pregunto, agotado. No quiero herir a mi madre, pero está chocando una y otra vez contra un muro que nunca podrá derribar.

—Solo piénsalo —su voz se vuelve fina como papel cebolla—. Por mí.

Un gran peso se instala en mi pecho. Entiendo por lo que está pasando. Lo difícil que debe de haber sido para ella hacer de mediadora entre nosotros durante tantos años sin lograr jamás nada.

—Lo haré —respondo, únicamente por ella, aunque no sea verdad. Porque la verdad es que he encontrado una forma de lidiar con este problema. Y estoy seguro de que ganar el Premio Internacional de Música es la única manera de demostrarle a mi padre que he elegido el camino profesional adecuado.

Antes de que mi madre pueda reavivar la discusión sobre este tema tan cansino, me despido de ella. Alterado, regreso al piano de cola. Por mucho que los recuerdos arremetan dentro de mí, tengo que hacerlos retroceder. Porque solo hay una cosa que importe.

El piano.

El próximo concierto.

El premio de música.

Así que hago lo que debo. Coloco los dedos sobre las teclas y me entrego a la siguiente pieza. Las primeras notas de la melodía, técnicamente exigente, salen bien. El crescendo funciona. Igual que antes, aumento poco a poco el tempo.

Y entonces sucede.

Pulso una tecla equivocada. Y, poco después, vuelve a ocurrir.

Me detengo de inmediato.

—No pasa nada —me digo—. Todo saldrá bien. —Intento calmarme, pero dentro de mí se está gestando un volcán. Porque, aunque no mire, sé exactamente lo que me está pasando.

Me tiembla la mano derecha.

Lo noto. Me vibra cada uno de los dedos.

¿Por qué?

Hace solo un momento todo iba bien. ¡Estaba tocando como si el accidente nunca hubiera ocurrido!

—Contrólate —cierro las manos en puños y luego me concedo un instante para ordenar mis pensamientos—. Ahora no es el momento de rendirse, me reprendo.

Y, sin embargo, siento el peso sobre los hombros.

Si solo puedo tocar las piezas fáciles, no ganaré el premio de música. Y si no gano el premio de música, entonces mi padre saldrá finalmente victorioso.

Me cuesta respirar. Pero hay algo de lo que estoy seguro. Por mucho que tenga que practicar para tocar esta pieza a la perfección, lo haré.

Me enderezo, decidido, y lo intento de nuevo. Supero el pasaje, pero enseguida tropiezo con otro y tengo que volver a empezar.

Así pasan las horas. El sol desciende hasta el horizonte y desaparece tras los tejados de Viena. La oscuridad se adueña de la sala de música. Solo la lámpara del piano derrama su luz difusa.

Estoy cansado y me duele el cuello. Está claro que me he exigido demasiado, pero no puedo rendirme. En las últimas horas no he tocado ni una sola vez la pieza sin errores. No puedo seguir así.

Durante una breve pausa, mientras me masajeo los músculos, recorro mentalmente la partitura. Visualizo qué teclas voy a pulsar y recuerdo los pasajes complicados. Quiero bajar ahí el tempo en el próximo intento. Puede funcionar, aunque mis músculos ya estén exhaustos.

Una vez más, mis dedos encuentran las teclas y me concentro en un silencio absoluto. Entonces, de pronto, oigo el crujido del parqué a mi espalda.

Sobresaltado, me vuelvo y veo a Maya. Apoyada en el ancho marco de la puerta de dos hojas, está sentada en el suelo con los ojos cerrados.

¿Cuánto tiempo lleva aquí? ¿Desde cuándo me escucha tocar? ¿Y por qué?

Quizá debería simplemente preguntárselo. Pero algo me detiene. Es su expresión. Es anhelo y felicidad a la vez.

Sus párpados tiemblan.

—No pares —murmura, sonando un poco como Sophia cuando su cuento para dormir termina antes de que se quede dormida. Con el corazón encogido, abre los ojos—. N o quería molestarte. Lo siento.

—Quédate conmigo —digo, aunque normalmente no me gusta tener compañía cuando practico. Pero ahora mismo, lo que tengo dentro hace imposible pedirle que se vaya.

Se muerde el labio inferior.

—Sería mejor...

—No —respondo enseguida, para que no diga lo que no quiero oír—. Por favor, quédate conmigo.

Le tiendo la mano.

Parece que todos los pequeños músculos alrededor de su boca se relajan poco a poco.

Y ahí está otra vez. Esa expresión suave en sus ojos que me hace olvidarlo todo.

Se impulsa para levantarse del suelo. Pero en lugar de sentarse a mi lado en el banquillo del piano, se acomoda en uno de los sillones de cuero junto al gran piano de cola.

Le sonrío y ella asiente, dándome ánimos. Aunque me cuesta, aparto la mirada de ella y empiezo a tocar. Esta vez, muy despacio, porque si toco para ella, no puedo permitirme cometer ni un solo error.

La melodía llena la sala con su magia única. Nos enlaza a los dos, aunque no estemos cerca físicamente. Puedo sentirlo, incluso sin mirarla. Y cuando, un poco después, le echo una ojeada, percibo un brillo acuoso en sus ojos.

Le encanta mi música. Igual que a mí.

Dentro de mí se expande una calidez más intensa que cualquier cosa que haya sentido antes. Es como si ella también pudiera sentirla. Se levanta de su silla y, mientras sigo tocando, se acerca a mí muy despacio.

Mis pensamientos ya no están en las teclas que mis dedos golpean casi de forma automática.

Toda mi atención está puesta en ella. Con cada paso que da hacia mí, me olvido un poco más de mí mismo.

Acompañada por la melodía (que de pronto puedo tocar sin equivocarme), viene a sentarse a mi lado en el banquillo del piano.

Solo unos cuantos centímetros nos separan.

Sigo tocando. Me abandono a la música y al calor de su presencia. En este instante saboreo cada momento, cada nota, cada fraseo.

Cuando la pieza termina y el silencio cae sobre nosotros, sigo sintiendo las notas ardiendo por dentro.

—Cuando tocas, me olvido del mundo.

Las palabras de Maya son apenas un susurro, pero percibo lo mucho que significan para ella.

Como en trance, vuelvo a tocar.

No conozco esta melodía. No sé de dónde viene. No importa. La dejo salir solo para Maya. Nunca nada había parecido tan adecuado.

De pronto, siento su muslo contra el mío. Luego su brazo junto al mío. Y al final, apoya con suavidad la cabeza en mi hombro.

Inclino la cabeza hacia un lado hasta sentir la suavidad de su pelo contra mi mejilla. Rodeado por su fragancia delicada, la sucesión de tonos sigue fluyendo desde lo más hondo de mí hacia las teclas.

Respiramos al unísono con el ritmo de la música.

Escuchamos esta melodía onírica, inmersos en la magia del momento.

Hasta que Maya se vuelve lentamente hacia mí.

Con la mirada baja, su dedo índice dibuja el contorno de mis mejillas.

Sigo tocando, aunque apenas puedo oír ya el sonido del piano.

Todo a nuestro alrededor parece lejano. Solo existimos ella y yo.

Percibo cada movimiento en su rostro. Cada cambio sutil penetra en mi conciencia.

No deseo nada más que besarla. Y ya nada puede impedirlo.

Apoyo mi frente contra la suya. Nuestras narices se rozan. Con suavidad, inclino la cabeza y acerco nuestros labios.

Exhala con un leve temblor.

Me inclino hacia ella justo cuando la melodía alcanza su clímax. Durante un instante, los dos nos quedamos inmóviles.

Y entonces, al mismo tiempo, nos dejamos llevar.