Los sueños que compartimos (Amor y otros sueños 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Capítulo Veintiuno

Maya

Con sus dos perritos de peluche en los brazos, Sophia parpadea cansada. Hace todo lo posible por no dormirse, porque esta noche es especial para ella. Josh le lee un cuento para dormir a la tenue luz de la lámpara de la mesilla. Es la primera vez en su vida.

Al principio se sentó rígido en el borde de su cama con dosel, pero con cada página se va soltando un poco más. Ahora incluso cambia la voz cuando habla el oso grande y le da un tono claro y alegre a la osita de la historia.

Pasa la página.

—Y cuando la niña vio lo que el oso grande había preparado, lo abrazó con todas sus fuerzas. Lo quería tanto que no quería separarse nunca de él. —Por un instante alza la vista hacia Sophia. Luego carraspea—. Y fueron muy felices.

Suelto un suspiro. De todos, este es mi cuento favorito.

Josh cierra el libro y me mira, interrogante. Intento hacerle señas para decirle que ahora es el momento perfecto para abrazar a su hija.

Vacila. Y Sophia tampoco se lo pone fácil. Es como si los dos se tuvieran miedo. Y tienen miedo de cómo reaccionará el otro.

Al final, le acaricia con suavidad la parte superior del brazo.

—Que duermas bien.

Sophia asiente en silencio.

No fue un éxito, pero fue su primer intento. Me inclino sobre la cabecita rizada y la estrecho contra mí. El aroma a de su champú de princesa me llena la nariz y el calor de su cuerpecito frágil me reconforta.

—Que tengas sueños dulces. De algodón de azúcar con globos...

—Ponis y toboganes de agua —termina mi frase, como todas las noches. Luego sus párpados se cierran.

—Te quiero, Maya.

La abrazó fuerte una vez más, como si no quisiera soltarla nunca.

—Y yo a ti.

Permanezco así unos segundos más antes de incorporarme. Mi mirada se cruza con la de Josh y, no por primera vez, tengo la impresión de que me observa. Un destello se enciende en sus ojos, con un brillo anhelante en el rostro.

Su expresión me pone nerviosa. Es esa admiración con la que me mira.

Como si yo fuera algo especial.

Tonterías. De este ambiente se encargan el cuento dulce, la decoración de princesa de la habitación y las lucecitas de hadas que titilan en la pared. No yo.

Le hago una seña para que salgamos de la habitación y así Sophia pueda dormir tranquila. Salimos de puntillas.

—Gracias por sacar tiempo —le digo a Josh mientras bajamos juntos las escaleras—. Cancelaste tu reunión por tu hija. Para ella significa mucho, aunque todavía no pueda demostrarlo.

Una sonrisa tímida se dibuja en su rostro.

—No se me ha dado bien.

Niego enseguida con la cabeza.

—Era tu primer intento. Con la práctica lo conseguirás.

Él aminora el paso.

—¿Y si no soy capaz?

¿A qué se refiere? Examino su rostro anguloso, pero no encuentro ninguna pista.

Se apoya en la pared como si de pronto le cayera encima un cansancio enorme.

—Mañana volamos a Estocolmo.

Claro que sí. Es su próximo concierto.

—No te preocupes, hablé con Sophia de eso. Entiende que no siempre puedas estar para ella, y está bien. Mientras de vez en cuando le prestes toda tu atención.

Con gesto abatido, se masajea las sienes.

—No, no es por eso.

De pronto se despega de la pared y baja las escaleras a toda prisa.

Lo sigo hacia el salón. ¿Estará preocupado por la actuación?

—En estos últimos días tu mano parecía estar bien. Te oí tocar.

«Y tu música estaba llena de magia», me gustaría añadir. Pero no me parece adecuado elogiar algo que hace. Ya es bastante inquietante que me olvide de todo lo que me rodea cuando escucho su música. O cuando lo miro a los ojos.

Se detiene frente a la puerta acristalada que da a la terraza. Los rayos del sol poniente proyectan una larga sombra a su espalda.

Todos tenemos nuestras sombras , oigo susurrar con tristeza la voz de mi padre dentro de mí. De inmediato se me tensan los músculos. Las sombras son algo en lo que no quiero pensar.

—No voy a tocar en Estocolmo —dice, con la parte superior del cuerpo temblando, como si necesitara tomar aire a fondo. Luego traga con dificultad—. Un especialista va a reconstruir el daño en mi columna cervical para reparar las vías nerviosas y el temblor se detenga.

Es evidente que esta operación lo aterra.

—Lo entiendo.

Me acerco con cautela, pero mantengo cierta distancia por si acaso. Habría sido mejor que me lo contara antes; así habría podido preparar a Sophia para ello.

Se gira de golpe. Profundos surcos le cruzan la frente.

—Es mi última oportunidad. —La voz se le quiebra. Carraspea. Varias veces—. Y las probabilidades de que mi mano vuelva a funcionar son mínimas.

Así que de eso se trata. De su maldita carrera. Es lo único que le importa. No le preocupa lo que una secuela tras una operación fallida pueda significar para Sophia. Le da igual si puede estar o no para ella.

—¿Por qué crees que tu vida se acabaría si tu carrera termina? —pregunto con rabia en la voz.

Un brillo agitado le enciende los ojos. Debía de esperar otra reacción por mi parte.

Un poco de compasión. O de ánimo. Ahora debería plantarse frente a mí.

Debería erguirse y explicarme lo absurda que soy por pensar así.

Pero no pasa. Al contrario. Como si lo abandonara la fuerza, se deja caer en el sofá de cuero marrón oscuro.

En un lugar donde los rayos de sol que entran ya no lo alcanzan.

Y cuando se sostiene la cabeza entre las manos, siento el impulso de sentarme a su lado. De abrazarlo y consolarlo.

—¿Por qué es tan importante para ti el piano?

—Es mi pasión.

No suena entusiasmado.

Doy un paso hacia él.

—Tal vez lo fue en su momento. Pero ahora parece más bien una carga que apenas puedes soportar.

Alza la vista hacia mí y, durante unos segundos, su mirada se cruza con la mía. La profundidad de su iris verde me atrapa.

—He luchado toda mi vida para ser pianista. He desafiado todas las probabilidades. He llevado la contraria a cualquiera que dijera que no lo lograría. —Cierra los puños—. Me juré a mí mismo no rendirme nunca.

Fascinada, contemplo la expresión de determinación que se dibuja en su rostro. Hay una enorme fuerza en su interior. Parece creer en su talento, pase lo que pase.

—Después de años de trabajo duro, sacrificios y entrega, por fin tengo la oportunidad de demostrar lo equivocado que estaba —continúa con tozudez.

¿Quién será él? Casi sin pensarlo, doy otro paso hacia él. Mis rodillas chocan contra el borde del sofá junto a él.

—Tengo que ganar el premio. Así, por fin, se callarán los que dudan de mí.

Así es como lo ve. Solo si gana el premio sabrá que hizo bien en aferrarse a su sueño. Lucha hasta alcanzar su meta.

Absorta, me dejo caer tan cerca de él que nuestros brazos se tocan. Por un instante, desearía ser tan fuerte como él.

—¿Cómo haces para no rendirte nunca?

Gira la cabeza y me mira directamente. Estamos tan cerca que siento su aliento en las mejillas y percibo el olor de su piel.

—Si de verdad quieres algo, tienes que entregarte por completo. Nada ni nadie puede detenerte. Solo tú y tu sueño.

—¿Solo yo y mi sueño? Es una idea preciosa.

Acorta la distancia entre nosotros.

—¿Con qué sueñas tú, Maya? —dice con voz suave.

El corazón se me acelera. Niego con la cabeza sin apartar la mirada de él. Es como si alguien hubiera lanzado un hechizo sobre mí que me obligara a mirarlo.

—Eso no importa.

De pronto, noto la mano caliente. ¿Ha puesto sus dedos sobre los míos?

—Para mí sí importa.

El calor me sube por dentro y ni siquiera sabría decir de dónde viene. ¿De su mano sobre la mía? ¿De su hombro pegado al mío? ¿O de sus ojos, que me hacen sentir como si pudiera ver hasta los rincones más oscuros de mi alma?

No quiero esto. Pero no puedo hacer nada para evitarlo.

—Mi sueño siempre ha sido ayudar a niños en situaciones difíciles —confieso. Seguro que dirá que es una idea estúpida. Porque es la verdad. Mejor me adelanto—. Pero claro, es una tontería. Ni siquiera tengo el título de secundaria, así que...

—Alguien muy sabio me dijo una vez que todo viaje empieza con la decisión de dar el primer paso —dice, sonriendo.

Sé perfectamente a quién está citando. Él no sabe que esas no eran mis palabras cuando salieron de mi boca en la bahía de Dublín. Son de mi padre y yo solo las repetí como un loro.

Incómoda, bajo la mirada y rompo el hechizo que nos envolvía. Debería sentir alivio, pero en su lugar me invade un frío desagradable. Solo ahora me doy cuenta de que el sol casi ha desaparecido tras el horizonte.

—Sé que puedes hacerlo. Trabajar con niños es tu vocación. Cualquiera que te vea con Sophia se da cuenta.

No se rinde. ¿Por qué? No debería importarle lo que sea de mí.

—No esperes demasiado tiempo, Maya. Por tu propio bien.

No. Esto no está bien. No debería mirarme así. Y yo, desde luego, no debería sentirme así.

Tengo que irme. Alejarme de esta conversación. Alejarme de él y de su mirada cargada de anhelo.

Me incorporo de golpe y, sin querer, doy con la rodilla en la mesa de centro. Un dolor agudo me recorre de arriba abajo, hasta los dedos de los pies.

—Tengo que irme —balbuceo, mucho menos convincente de lo que me gustaría. No me permito mirarlo. Antes de que pueda responder, me doy la vuelta y me alejo cojeando.

Huyo. Porque es lo único que de verdad sé hacer en la vida.

Esta vez mi huida no sirve de nada.

Incluso cuando al día siguiente emprendemos el viaje a Estocolmo, las palabras de Josh siguen resonando en mi cabeza.

Las aparto como puedo: juego con Sophia a nuestro juego del avión y hojeo la guía de viaje.

Pero cuando, ya en el aeropuerto, nos recoge la discreta furgoneta negra de la clínica y la pequeña princesa apoya la cabeza medio dormida en mi hombro, todo vuelve de golpe.

Absorta en mis pensamientos, contemplo cómo desfilan los bosques verdes más allá de las afueras de la ciudad.

El cielo está surcado de jirones de niebla fina que, de vez en cuando, dejan ver el azul oscuro de un lago.

Durante la noche, mi rodilla se ha hinchado.

Me duele y, si apoyo demasiado peso, siento allí abajo los latidos de mi corazón.

Igual que entonces, cuando me caí del escenario durante nuestra función de Navidad.

«Todo el mundo se cae alguna vez». Eso fue lo que me dijo mi padre entonces mientras me secaba las lágrimas de la mejilla con sus manos cálidas. «No pasa absolutamente nada».

Me masajeo las sienes con fuerza, como si así pudiera ahuyentar los pensamientos.

No quiero volver allí. No ahora. No aquí.

Y, sin embargo, noto cómo los recuerdos se apoderan de mí con una facilidad pasmosa y me arrastran a un tiempo en que mi vida todavía estaba en orden.

Y, de pronto, vuelvo a estar sentada en el suelo, detrás del escenario.

Rodeada de decorados verde esmeralda y copos de nieve de plástico.

Estoy en un lugar donde nadie puede encontrarme. Nadie salvo él. Está justo a mi lado, dándome apoyo y calor.

—Todos lo vieron. He hecho el ridículo.

El calor me sube por dentro solo de pensar en cómo habrá quedado. Como si ni siquiera fuera capaz de caminar recto.

Él me atrae hacia sus brazos, sin preocuparse lo más mínimo de que le manche el suéter con el maquillaje de teatro. Su corazón late tranquilo.

—En la próxima función te saldrá mejor. Y muy pronto nadie se acordará de lo que ha pasado hoy.

Alzo la vista hacia él a través del velo de lágrimas, aunque apenas distingo su rostro. Solo su sonrisa llena de cariño.

—¿De verdad?

—Lo sabes, Maya. —Me besa en la frente—. Tu felicidad viene de dentro de ti, solo dentro de ti —me recuerda mientras mece mi cuerpo de un lado a otro, como si siguiera siendo su niña pequeña incapaz de dormirse—. Dentro de ti late el corazón de una luchadora.

Buscando algo a lo que aferrarme, hundo la cara en su suéter de lana. Me llega el aroma navideño de vino caliente con especias y siento el subir y bajar de su pecho. Como una adicta, absorbo todo lo que puedo de él.

—Lo sé.

De pronto, aparta uno de sus brazos de mi espalda y saca algo del bolsillo.

—Esto es para ti —dice, y me muestra una cajita de música dorada.

Examino con curiosidad los adornos de colores de la superficie.

—¿Qué es?

Me encantaría tomar la caja entre las manos de inmediato, pero él me indica que, por ahora, solo abra la mano.

Me seco a toda prisa las últimas lágrimas de las comisuras de los ojos y obedezco.

Con sumo cuidado, deposita la cajita de música en mi palma.

Se asegura de que mis dedos se cierren en torno a ella y, por último, coloca su mano sobre la mía.

—Siempre que estés triste. Y siempre que yo no esté contigo... —traga saliva con esfuerzo.

¿Por qué dice eso? ¿Por qué, de repente, iba a dejar de estar aquí?

Debe de leer las preguntas en mi expresión, pero en lugar de responderme, se limita a negar despacio con la cabeza.

—Siempre que pierdas el rumbo. Y siempre que no sepas qué hacer después —hace una breve pausa y luego me mira hondo a los ojos—. Abre esta caja de música. Escucha la melodía. Y recuerda que tú eres el mayor milagro de todos.

Incapaz de decir nada, bajo la mirada hacia nuestras manos. Allí, bajo sus dedos, están los míos. Y debajo de ellos descansa la hermosa caja. Estoy segura de que es un tesoro. El regalo más importante de mi vida.

Me estrecha con fuerza una vez más.

—Pase lo que pase, cree en ti misma. Porque yo siempre lo haré.

Entonces, detrás del escenario de la función de Navidad, en el suelo frío y con el maquillaje de teatro aún en la cara, creía cada una de sus palabras. Era una luchadora.

Su luchadora.

Pero ya no lo soy. Actualmente todo eso no es más que un recuerdo de un tiempo que quedó muy atrás. Desvaído como los campos brumosos sobre las copas de los árboles de los bosques suecos que siguen desfilando ante mis ojos.

« Pase lo que pase, cree en ti misma. Porque yo siempre lo haré.» Sus palabras se entrelazan con lo que Josh me dijo ayer. Ni rastro de duda en sus ojos, ni una sola vacilación en su voz.

Sé que puedes conseguirlo , susurra Josh de nuevo con su voz cálida como la miel en mis pensamientos. Ojalá pudiera creerle y, aun así, hacer realidad mi sueño.

A hurtadillas, echo un vistazo en su dirección. Con los ojos cerrados y los auriculares en las orejas, va sentado en el otro extremo del asiento trasero. Su mandíbula esculpida está relajada y una sonrisa soñadora le suaviza los labios.

Parece tan en paz. Como si no estuviera a las puertas de esa operación que va a determinar el resto de su vida. Como si no estuviera aquí, sino en su propio mundo.

En cierto modo, se parece un poco a mí. Cuando las cosas se ponen difíciles, él también huye. Pero mientras yo sigo corriendo hasta que las piernas protestan, él hace lo contrario. Dondequiera que esté ahora mismo en sus pensamientos, está reuniendo fuerzas para regresar más fuerte que nunca.

¿Y si yo también pudiera hacer lo mismo? ¿Y si pudiera dar la vuelta y desandar todo el camino? ¿Depende solo de decidirlo con todo el corazón y creer en mí misma?

Me mordisqueo el labio y bajo la mirada. Para olvidar deprisa la chispa de esperanza que acaba de encenderse dentro de mí. Y para evitar perderme aún más en su mirada.