Capítulo 22
Capítulo Veintidós
Josh
Mi habitación parece una suite de hotel.
Cuando miro por la ventana, Estocolmo se extiende a mis pies.
Aunque he estado en esta ciudad varias veces, no me canso de las tejas grises de los tejados, de los árboles verdes y frondosos que bordean el paseo junto al agua ni del brillo del canal.
Me apoyo en el cristal y observo a la gente del lugar ocupada en su vida diaria como si fueran personitas en miniatura allá abajo.
Es mejor que dar la vuelta y enfrentarme al lugar en el que de verdad estoy.
En la clínica.
A mi espalda hay una cama de hospital cubierta con sábanas blancas. A su lado, un carrito de madera hace las veces de mesilla. Y, pese a la elegante zona de estar, la iluminación indirecta y los apliques dorados, el olor a desinfectante me recuerda a cada segundo lo que me espera.
En unos minutos se decidirá todo.
«El 30 por ciento de estas intervenciones no tiene un resultado significativo y más de la mitad de los pacientes termina con limitaciones aún mayores que antes».
Las palabras de mi médico se han grabado a fuego en mi mente.
En realidad, solo hay un 20 por ciento de probabilidades de que vuelva a estar bien después de la operación.
Intento respirar con calma, pero no puedo. Nervioso, me paso las manos por el pelo.
En este momento, Tamika mantiene a raya a la prensa.
Sigue empeñada en ocultar mi enfermedad.
Probablemente tenga razón cuando dice que los seguidores no me perdonarían una debilidad así.
Al fin y al cabo, lo que quieren por encima de todo es oírme tocar.
El hecho de que detrás de la música haya una persona normal no encaja con la imagen que quieren tener de mí.
Convencí a Sophia y a Maya de que no vinieran a verme antes.
Quería estar solo. Yo solo, junto con la música que me acompaña desde que ayer emprendimos el viaje a Suecia.
Incluso ahora está conmigo. Siempre ha sido un consuelo para mí, más que cualquier persona.
Y se supone que debe darme fuerzas para creer, pese a las demoledoras estadísticas, que mi mano volverá a estar bien.
Al menos, eso creía. Pero hoy todo es distinto.
Sin Maya me siento solo. Y lo único que deseo es que no fuera así.
Una corriente de aire frío se arremolina en torno a mis piernas. Tiritando, me aparto de la ventana para buscar de dónde viene.
La puerta de la habitación está abierta de par en par. En el umbral, Maya y Sophia están de pie, de la mano. Maya asiente en mi dirección mientras mi hija se balancea de un pie al otro, indecisa, como si no quisiera entrar.
Conmovido por la escena, me quito los auriculares.
—No se va a enfadar, te lo prometo.
La voz de Maya suena tan llena de empatía que me entran ganas de abrazarla en ese mismo instante.
El cuerpecito de Sophia se balancea hacia delante y hacia atrás.
—Dijo que no debíamos molestarlo.
Maya se arrodilla delante de ella y le aparta un mechón de pelo de la cara.
—Pero eso es solo porque tiene miedo.
Mi hija se muerde el labio inferior.
—A mí a veces también me da miedo.
Oírle decir eso me sacude por dentro. De pronto siento un peso en el pecho. ¿No es tarea de su padre evitar que se preocupe? ¿No debería ser yo quien cuidara de ella? En cambio, es evidente que las dos han venido para cuidar de mí.
—Pasen —digo, intentando sonreír a pesar del pánico ante la operación—. Me alegra que estén aquí.
Mientras pronuncio esas palabras, me doy cuenta de que son verdad. La música siempre ha sido mi hogar, pero el brillo de sus ojos ahora mismo me llena de una manera que nunca antes había sentido.
—¿De verdad? —susurra, asombrada, lanzando una mirada interrogante a Maya.
Todavía duda en entrar en la habitación.
—De verdad —dice, mientras impulsa con suavidad a la pequeña hacia mí; luego me mira directamente y me hace una seña para que me arrodille.
La obedezco. Sophia se acerca a mí, y su alegría se refleja en su rostro como un amanecer. Instintivamente, abro los brazos y, en cuestión de segundos, se acurruca contra mi pecho.
—Nos vamos a quedar contigo hasta que vengan a buscarte —murmura Sophia contra mi suéter—. Así no tienes que seguir pensando en la operación.
Ojalá pudiera abrazarla así para siempre. Nunca habíamos estado tan cerca. Por primera vez desde que nació, siento que hay un lazo entre nosotros. Es más fuerte de lo que jamás habría podido imaginar.
—Me parece genial. —Mi voz tiembla. Abrumado, alzo la mirada hacia Maya, que sigue de pie en el umbral de la puerta.
Sin emitir sonido, le digo con los labios un sincero « gracias », aun sabiendo que se queda muy corto.
Ella baja la vista, las mejillas se le tiñen de rojo y una sonrisa traviesa deja al descubierto sus hoyuelos.
Desearía poder ir hasta ella y tenerla también entre mis brazos.
Entonces aspiraría el perfume de su piel y sentiría su calor. Podría colocarle el índice bajo la barbilla y alzarle la cabeza con suavidad para hacerle saber de cuánto tiene que sentirse orgullosa. Que no hay ningún motivo para que se haga pequeña.
Y luego, cuando me mirara con esos ojos suyos, tan oscuros y profundos, no apartaría la vista de la suya. Nos acercaríamos el uno al otro hasta que nuestras narices se rozaran.
El mundo no está lleno de maravillas. La maravilla eres tú . Eso es lo que le diría, si todavía fuera capaz de hablar.
Y entonces, entonces yo...
Antes de que pueda terminar el pensamiento, ella alza de pronto los párpados. En una fracción de segundo sé que los dos sentimos el mismo anhelo en ese instante.
Nos miramos. Le regalo una sonrisa.
Ella se muerde el labio inferior y en sus ojos se posa una tristeza suave. Aun así, no aparta la mirada. Y tampoco sale huyendo.
Es como si en este instante por fin dejara ir algo. Como si en su interior se hubiera librado una batalla que su corazón, hasta ahora, siempre había perdido.
Alza las comisuras de los labios. Despacio, como a cámara lenta, esa luz única se dibuja en su rostro, un espectáculo del que nunca me canso.
De la nada, una melodía empieza a resonar dentro de mí, pero no siento la necesidad de pasarla de inmediato al pentagrama.
Porque sé que no la voy a olvidar. No mientras ella siga conmigo.
—¿Señor Friedberg?
¿Quién habla?
Parpadeo y regreso a la realidad; distingo a un enfermero de pie en medio de la habitación.
Dios mío. Ha empezado.
¿De verdad debería seguir adelante? ¿Y si algo sale mal? ¿Y si después de esto ya no puedo tocar?
—Por favor, tome asiento —dice en inglés, señalando la silla de ruedas que tiene delante.
Mi mirada va de él al medio de transporte.
—¿Es realmente necesario?
Se encoge de hombros.
—Protocolo del hospital.
Por supuesto. Le hago un gesto para que espere un momento. Buscando apoyo, abrazo a Sophia una última vez.
—Estaremos contigo, deseando que todo salga bien —dice. Entonces comprendo que no puede ser de otra manera. Pase lo que pase con la operación, al menos entre Sophia y yo todo irá bien.
—Gracias —respondo, aunque esta palabra tan pequeña no alcanza ni de lejos a expresar lo que siento ahora mismo.
Luego me separo de mi hija. Porque no puede entrar conmigo. Camino tambaleándome hasta el enfermero y me dejo caer en la silla de ruedas. Al salir, pasamos junto a Maya.
No me atrevo a tocarla. Ella no se atreve a detenerme.
—Hasta luego —murmura.
Cuánto me gustaría pedirle que esté aquí cuando despierte. Y que vuelva a mirarme como lo ha hecho hace un momento. Pero hasta para eso me falta valor. Así que solo digo:
—Hasta luego —justo antes de quedar fuera de su alcance.