Capítulo 19
Capítulo Diecinueve
Maya
Aunque solo he estado fuera unos días, volver al apartamento diminuto se me hace raro. Cansada, entro en el pasillo, dejo la bolsa de viaje en el suelo y cierro la puerta a mi espalda.
—Ya estoy de vuelta —anuncio al silencio del piso compartido.
En cuestión de segundos, Elina sale disparada de su cuarto y me rodea con los brazos. Hay un leve olor a desinfectante flotando a su alrededor.
—Bienvenida —dice, radiante—, y luego me conduce a nuestra única zona común: la cocina.
—Quiero saberlo todo.
Elina se sienta conmigo a la mesa cuadrada de la cocina, con varios esmaltes de uñas en tonos suaves entre las manos. Me pasa los frasquitos y apoya las manos, bien abiertas, sobre la mesa.
No hace falta que me pida que le pinte las uñas. Casi no hay nada que me guste más.
—¿Rosa perlado?
Ella asiente y luego me mira, expectante.
—Tú dirás.
Al ver lo ilusionada que está, no puedo evitar sonreír de oreja a oreja.
—Fue increíble.
Ni siquiera sé por dónde empezar a contar.
¿Debería hablar de los rebaños de ovejas que se plantaban tan tranquilos en mitad de las estrechas carreteras rurales?
¿O de la inmensidad del océano y de esa sensación de pequeñez que nace sola cuando una se planta en lo alto de los acantilados donde revientan las olas?
¿O de los incontables matices de verde que se funden en una sola sinfonía radiante en los ojos de Josh?
—Tierra llamando a Pippi. —La mano de Elina aparece de pronto justo delante de mi cara. Chasquea los dedos varias veces—. Deja de soñar despierta y cuéntamelo.
Desenrosco el frasco de esmalte, escurro con cuidado el pincel en el borde y lo apoyo sobre la uña de Elina. El olor penetrante del esmalte me llena la nariz.
—¿Qué es lo que más te apetece saber?
—Pues, obviamente, qué es lo que te tiene sonriendo así. —En su tono se cuela un matiz de hambre de detalles jugosos.
—Ah, sí, con Sophia fue todo increíble. Cada día se abría un poquito más. Nos convertimos en un equipo.
Ahora solo falta que Josh se sume a nuestra pequeña comunidad. No tengo ni idea de cómo voy a conseguirlo, pero es tan importante para los dos que tendré que ingeniármelas.
—Sí, claro. Sophia.
Elina niega con la cabeza, divertida.
—Seguro que ella es la culpable de que estés tan de buen humor.
Por supuesto. ¿Qué otra cosa iba a ser?
Imperturbable, termino de pintarle la uña del meñique y paso al anular.
Noto que casi no consigue mantener las manos quietas.
—¿Y qué tal con el pianista buenorro?
—Anda ya, tampoco es para tanto. Además, es mi jefe.
Y yo, por principios, mantengo las distancias con los hombres. Total, solo puede acabar mal.
Ella se encoge de hombros.
—¿Y qué? No sería la primera vez…
Niego con la cabeza. No puede pensar en serio que yo me liaría con Josh. No he perdido el juicio.
—Sigue soñando.
Me concentro en pintarle el dedo corazón a Elina. El tono es apagado. A lo mejor consigo convencerla de rematar con una capa de brillo.
—¿Y qué tal va lo tuyo con Flo? —pregunto, aunque no me interesa. Pero es la mejor forma de cambiar el rumbo de la conversación.
Antes incluso de que las palabras salgan del todo de mi boca, Elina empieza a deshacerse en entusiasmo. Me cuenta todo lo que han hecho en el poco tiempo libre que tienen. Describe cada beso y cada caricia, y cada vez que levanto la vista de sus uñas, sus mejillas están un poco más sonrojadas.
—Y cuando íbamos caminando por la noche anteayer, me pasó el brazo por los hombros, me apretó contra él y dijo que las estrellas solo brillan por mí —concluye.
Dios santo. ¿Se puede ser más cursi?
Me esfuerzo por no dejarle ver a Elina lo que pienso de Flo. No hace más que susurrarle al oído lo que ella quiere oír. Nada más. Esta mujer es increíblemente inteligente, pero cuando se trata de hombres, su cerebro parece irse de vacaciones.
—Él me quiere. —Elina suena como si estuviera colocada—. Y yo lo quiero.
Y vivieron felices para siempre.
—Ya veo —murmuro y aplico la segunda capa.
—Lo que pasa es que tienes envidia —suelta de pronto, con un tono ponzoñoso—. Porque tú también querrías tener a alguien que lo fuera todo para ti.
Gracias, pero no, gracias.
—Estoy perfectamente bien sola —respondo y, sin querer, pinto la cutícula de Elina.
—Ya. Saludos del doctor Freud —dice, clavándome la mirada y exigiendo una reacción.
¿Cómo? ¿Cree que es otro lapsus freudiano? Ni de lejos.
—Dale recuerdos de mi parte y que se ocupe de sus propios asuntos.
Sigue mirándome, imperturbable. Lo hace a propósito. Pero puede ahorrarse el esfuerzo de querer acorralarme así. Termino a toda prisa de pintarle las tres uñas que faltan con la segunda capa.
—Y yo también tengo que ocuparme de mis cosas —digo mientras me voy a mi cuarto tan rápido como puedo.
—Anda ya, Pippi. Yo solo quiero que seas feliz —me grita Elina a la espalda, pero no le contesto.
Abrumada por un cansancio repentino, cierro la puerta a mi espalda y me acerco a la ventanita, desde la que solo se ven las paredes gris mugre de la casa de al lado. Me acurruco en el alféizar e intento expulsar de mi cabeza las historias de Elina. Pero una tristeza conocida vuelve a envolverme.
Es como un monstruo oscuro que sale de debajo de la cama cada vez que estoy demasiado débil para luchar contra su presencia aplastante.
Aquí todo está en silencio. Terriblemente silencioso.
No me rodean risas alegres de niños ni un ir y venir bullicioso.
Solo las palabras de Elina habitan en mí. Junto al monstruo me hacen compañía y pintan en mi mente imágenes que no quiero ver.
Aunque estés sola, nunca te sentirás sola mientras lleves amor en el corazón.
El tono cariñoso de mi padre resuena hondo y cálido en mi interior. Pero por mucho que diga, la verdad es que no solo siento la soledad dentro de mí, sino que apenas puedo soportarla ya. De pronto, mis piernas hacen algo que no deberían.
Caminan hacia la cama.
En una especie de trance, mi mano abre el cajón de la mesita de noche y busca la caja dorada con adornos de los colores del arcoíris, trabajados con delicadeza. Mis dedos acarician suavemente la superficie irregular. Las lágrimas me nublan la vista y la caja de música se convierte en un prisma.
Quiero abrirla.
Para espantar la soledad que llevo dentro. Para sentir, aunque solo sea un instante, como me sentía antes.
A salvo.
Vista.
Amada.
Se me encoge el pecho en espasmos y rompo a llorar.
Ábrela, Maya.
No. No debo hacerlo. Porque si abro esta cajita, nada volverá a ser como antes. El pasado no solo me dará alcance; no, también me devorará junto con todo lo que todavía me queda.
Intento respirar hondo. No lo consigo. Por eso es vital que guarde la caja de música donde no pueda verla.
Con un gesto rígido, cierro el cajón de un golpe.
Así está mejor. Siempre será mejor así.