Capítulo 17 #2
—Hago todo lo que puedo.
Pero eso no basta. Al menos hasta ahora no ha sido suficiente. Porque hay algo que lo bloquea. Y tiene que ver con su forma de tocar el piano.
—¿Por qué cancelaste el concierto?
Esta mañana, en la entrevista de la tele, Tamika habló de una intoxicación alimentaria. Vaya farsa.
—Desde luego no es porque comieras nada en mal estado.
Enseguida su mano se cierra en un puño. Verlo me basta para darme cuenta de que probablemente tiene todo el cuerpo en tensión.
Quiero saberlo. Porque no consigo quitarme de encima la sensación de que la cancelación y su comportamiento con Sophia están relacionados. Como no dice nada, me arriesgo a hacer una suposición.
—No puedes tocar.
Aunque intento sonar suave, el respingo que da es evidente. Evito mirarlo. Por pura autoprotección.
—¿Por qué no?
Él sigue en silencio.
Dejo que mi mirada se pierda en la inmensidad del mar frente a nosotros. La superficie está en calma ahora, pero debajo laten corrientes capaces de arrastrarlo todo.
—Mira, en realidad me da igual. Lo único que me importa es Sophia —digo al fin, aunque en el fondo de mí siento que quizá haya algo más.
Él vuelve a quedarse callado.
—Lo único que quiero es que ella sea feliz —añado. Luego me muerdo la lengua para que las siguientes palabras no lleguen siquiera a pronunciarse. Se forman casi solas en mi boca.
Algo se mueve a mi lado. Por el rabillo del ojo lo veo alzar el brazo, solo para dejarlo caer de nuevo sobre la arena.
—Yo... —empieza con un titubeo.
Tras un movimiento brusco, siento su mano sobre mi antebrazo.
Tiembla.
Sobresaltada, alzo la mirada y me encuentro de lleno con su rostro triste. No puedo evitar posar mis dedos sobre los suyos. Al instante siento el calor de su piel y veo la desesperación en su expresión.
Una oleada de compasión me desborda. No sé cómo surgió su problema y no tengo la menor idea de cuánto tiempo lleva luchando con él. Pero hay algo que tengo clarísimo. Su mano lo convierte en alguien que no quiere ser.
Inevitablemente, vuelvo a ver en mi memoria el video de la actuación de Josh. De nuevo siento la pasión que lo llena. Y ese tipo de amor tan especial que muy pocas personas llegan a experimentar.
Debería decir algo. Algo reconfortante quizá, o algo sabio. Pero en lugar de eso, sin pensarlo, lo atraigo hacia mí. Lo estrecho entre mis brazos mientras le acaricio la espalda.
¿Me he vuelto loca? ¿Por qué estoy haciendo esto?
Sobresaltada por mi propia conducta, lo aparto y retiro las manos de su cuerpo. Ignoro su expresión confundida. Ni siquiera yo entiendo qué se apoderó de mí hace un momento.
Una tos prolongada se escapa de su boca.
—Es por una lesión en la columna cervical. Mi médico está buscando una solución. Pronto todo volverá a estar bien —concluye. No parece creerse ni una palabra—. Por favor, no se lo cuentes a nadie.
—No te preocupes, no lo haré —respondo.
Ojalá mi voz sonara firme, pero se parece más al graznido de un gallo enfermo.
—Si mis fans se enteran de esto, mi carrera se acaba —dice, negando con la cabeza, abatido—. Y ganar el premio de música seguirá siendo solo un sueño.
Me siento sobre las manos para que no vuelvan a moverse sin mi permiso.
—¿Alguna vez has pensado que hay algo más en la vida que tu carrera? —pregunto, omitiendo a propósito la palabra solo. ¿Quién soy yo para criticar su forma de vivir cuando, al menos, él ha logrado algo y yo no?
No sabe qué contestar. Lo veo en sus ojos. Sus dedos juegan entre sí, desamparados, y estoy segura de que hace todo lo posible por no dejarse arrastrar por la desesperación.
Inclino la cabeza en dirección a Sophia.
—Esa personita de ahí, por ejemplo. ¿No crees que podría hacerte tan feliz como tocar el piano?
De pronto, clava la mirada en mis ojos. «No puedes ayudarme» dicen los suyos. Y quizá hasta tenga razón.
No nos conocemos. Solo vamos a compartir un verano. Después, nuestros caminos volverán a separarse.
—El mundo está lleno de maravillas. Solo tenemos que estar dispuestos a verlas.
¿Acabo de decir en voz alta lo que la voz de mi padre me susurra en la cabeza? ¿Qué me pasa? No debería hacer esto. Y mucho menos debería sentir este calor en el pecho por haber logrado que Josh sonría precisamente con esas palabras.
—Vales mucho más de lo que aparentas —dice con un tono que no sé cómo clasificar.
Mucho más, pero nada bueno. Me gustaría responder, aunque esta vez consigo morderme la lengua. De todos modos, ya he dicho y hecho más que suficiente. Aquí hace falta un cambio de rumbo urgente antes de que pasen cosas que no deberían pasar jamás.
Aunque me cuesta, fuerzo las comisuras de los labios hacia arriba.
—Basta de lamentarse. Estamos aquí para divertirnos.
Me impulso para ponerme de pie y me sacudo la arena del vestido de verano azul claro.
—Anda, ven.
Me mira con incredulidad.
—¿Adónde?
—Nos vamos a bañar —pongo en mi voz toda la seriedad de la que soy capaz.
—Hace demasiado frío. Niega con la cabeza.
¿De verdad cree que quiero meterme de cabeza en esas olas heladas? Puede que intente arrancarle un poco de magia a cada momento. Pero no estoy tan loca.
Aun así, no lo dejo ver. Este juego es demasiado divertido.
—Oh, en cuanto estés dentro del agua... —doy una palmada—. Vamos, nos lo vamos a pasar genial.
Alza las cejas. Sabe que estoy fanfarroneando. Pero no sabe cómo reaccionar.
Lo miro de forma invitadora.
—Quien se deja llevar se libera.
Es increíble, pero ahora está sonriendo. Por primera vez desde que lo conozco parece en paz. Podría perderme en esa sonrisa. Soñadora, me aparto un mechón de la cara.
—Quien llegue antes al mar puede quedarse solo en la orilla —digo distraída.
Una sonrisita ladeada se dibuja en sus labios.
—Entonces vete preparando para nadar.
Un estremecimiento le recorre el cuerpo.
Dios mío, va en serio. ¡Se apunta al juego!
Antes siquiera de entender lo que hago, echo a correr a toda velocidad. Avanzo descalza, a trompicones por la arena, en dirección al mar. Pero no llego muy lejos antes de que Josh me dé alcance. Rodea mi cuerpo con los brazos y me alza en vilo.
—Te tengo —me susurra al oído, sin aliento.
Lanzo un grito descontrolado cuando empieza a girar conmigo. Enseguida aparece también Sophia, que se une encantada. Y, de pronto, mi mundo se reduce al calor, a las risas desinhibidas y al sonido del mar.