Capítulo 16
Capítulo Dieciséis
Josh
Cierro las manos en puños y las vuelvo a abrir. Luego masajeo cada dedo, lo estiro y lo doblo con suavidad en todas direcciones. Mientras hago mis ejercicios de calentamiento, respiro el aire húmedo y miro a mi alrededor.
Aquí es donde se supone que debo tocar mañana.
Justo frente al Castillo de Dublín, un venerable edificio de piedra cuya torre rasga el cielo cubierto de nubes grises.
A pesar de la fachada, con sus columnas y muros salientes impecablemente conservados, la antigua fortaleza da la impresión de que en cualquier momento una doncella podría abrir uno de los altos ventanales góticos.
Sería mejor una hechicera, una capaz de desterrar las imágenes que me atormentan la mente.
Aunque el temblor ha disminuido, sigue ahí.
Como también el entumecimiento. Todavía podría hacer que cometiera errores en el peor momento.
No es la primera vez que me veo fracasar en el concierto.
Veo los rostros consternados de mis fans, escucho sus abucheos y los observo mientras abandonan la plaza frente al Castillo de Dublín.
Pero eso no es todo. También están los titulares, que desfilan ante mi mente como luminosos de neón deslumbrantes.
«Joshua Friedberg: conmoción por el repentino fin de su carrera».
Titulares como ese y otros parecidos se precipitan sin tregua por mi cabeza. Cada vez que estuviera en público, me plantarían micrófonos delante de la cara. La prensa se lucraría con mi caída. Siempre necesitan carnaza, y mi mano fallida sería exactamente lo que buscan.
Mi padre me recordaría con una sonrisa satisfecha que siempre había tenido razón.
—Podemos empezar —dice Tamika, que se ha acercado a mí en silencio.
No la miro. Me limito a contemplar el escenario, que parece no tener fin, frente a mí. La zona está acordonada, solo están aquí los técnicos de sonido e iluminación. Y los integrantes de la orquesta de cuerdas que acompañará algunas de mis piezas.
Si cometo un error durante el ensayo general, unas cincuenta personas lo oirán. Entonces lo sabrán. Sabrán que Joshua Friedberg es un fracaso.
Inevitablemente, pienso en Maya. Y en lo que me echó en cara ayer. Cree que me concentro demasiado en mi carrera.
Porque no tiene ni idea. No sabe absolutamente nada de mí. Y, aun así, no deja de creerse con derecho a decirme lo que debo o no debo hacer. Y luego me mira con su sonrisa de rayo de sol, como si en su vida hubiera visto alguna vez una sombra.
Si le contara lo que de verdad me pasa, seguro que lo entendería. Igual hasta intentaba consolarme. Y quizá entonces podríamos...
—Vamos. Todos te están esperando —me apremia mi mánager.
Su presión es lo último que necesito ahora mismo.
—Huele a lluvia —respondo.
No tengo ni idea de por qué digo eso, pero es verdad. Hay una pesadez húmeda en el aire.
Ella se encoge de hombros.
—¿Y qué? El escenario está cubierto. Ni tú ni el equipo os vais a mojar. —Me engancha entonces del brazo y me arrastra con ella—. Más te vale concentrarte en el ensayo general.
Como si fuera un niño pequeño, me lleva hasta el piano. Una vez allí, me fulmina con la mirada para que me siente. Lo hago.
—Empezaremos con Freedom —anuncia a todo el equipo y aplaude para reclamar atención.
Tengo los dedos inmóviles sobre los muslos.
Siento su calor a través de la tela de los vaqueros y noto la humedad que empieza a formarse bajo las palmas.
Me seco el sudor con rapidez y enderezo la espalda.
Aunque los músculos se me sienten pesados y rígidos, asiento al director de orquesta.
Él alza la batuta y, unos segundos después, el sonido cálido de los violonchelos llena el aire.
Si hoy no lo logro, más vale que me olvide del concierto de mañana. Tengo que ser fuerte. Eso es lo único que cuenta. Con los ojos cerrados, espero mi entrada. El foco dibuja un parpadeo de colores detrás de mis párpados.
Ahora. Mis manos siguen donde están. La orquesta continúa tocando sola.
—¡Volvamos a empezar! —oigo gritar a Tamika.
La música de las cuerdas se interrumpe en seco. Por un instante reina el silencio antes de que el motivo del violonchelo vuelva a resonar en mis oídos.
Esta vez lo conseguiré.
Muevo los dedos uno a uno sobre los muslos. Cada uno responde sin problemas. Reúno hasta la última gota de valor y consigo alzar las manos y apoyarlas en el piano.
Necesito un poco más de tiempo, pero no lo tengo. Irremediablemente, la orquesta se acerca al punto en el que tengo que entrar.
Tres.
Dos.
Uno.
Con cautela, presiono las primeras teclas. Intento relajarme, pero no puedo. No solo siento rígida la mano derecha, también los dedos de la izquierda tiemblan, aunque no haya ningún motivo para ello.
Así no puedo tocar.
Apenas se forma el pensamiento en mi cabeza, cometo el primer error. Y a partir de ahí todo se desmorona tan deprisa que, unos segundos después, dejo de tocar.
Abro los ojos y miro a Tamika, sin saber qué hacer. La expresión horrorizada de su rostro me golpea de lleno. Los músicos de la orquesta susurran, inquietos.
Con los labios apretados, niego con la cabeza. Y, de pronto, vuelve. Esa necesidad de salir corriendo. De huir a algún lugar donde ni siquiera yo me mida por mis logros. A un sitio donde pueda simplemente ser y que eso, por sí solo, baste.
Instintivamente, las piernas se me clavan en el suelo. Me impulso y salgo del escenario sin decir una sola palabra más. Por supuesto, Tamika echa a correr detrás de mí y me alcanza antes de que pueda encerrarme en el camerino entre bastidores.
—¿Qué demonios ha sido eso? —pregunta, dando un portazo tras de sí. Me señala con el dedo índice mientras se acerca.
Me dejo caer en la inestable silla de plástico, en la que mañana deberían estar maquillándome para salir al escenario.
—Lo sabes perfectamente —respondo, apoyando la cabeza en las manos, agotado, y masajeándome las sienes.
Aunque el cuarto apenas tiene sitio para una mesa, dos sillas y un espejo rodeado de luces, ella va y viene delante de mí. Veo cómo los finos tacones de sus zapatos van dejando pequeños agujeros en el parqué adhesivo.
—La medicación está haciendo efecto, pero no el suficiente. Vamos a doblar la dosis.
—Ya lo he hecho —digo. Estoy tomando el triple de lo recetado. Si me trago más de esa porquería, en nada me habrá perforado las meninges. Y entonces el analgésico que también estoy tomando no servirá de nada.
De pronto, Tamika se queda clavada en el sitio.
—Mierda —murmura—. Mierda, mierda, mierda. —Sus palabras van subiendo de volumen—. Esto es una maldita pesadilla.
¿Y a quién se lo cuenta? ¿A mí? Desde luego que no. El único aquí que casi no duerme. El que desayuna sin ganas por las mañanas y querría desaparecer en un agujero enorme y oscuro nada más terminar.
Alzo la mirada para enfrentarme a sus ojos.
—Tenemos que cancelar el concierto.
Por muy duro que me resulte decirlo, es nuestra única opción.
Imperturbable, Tamika niega con la cabeza.
—¿Y luego qué? ¿Cómo seguimos, eh? ¿Crees que para el concierto de Londres tu problema se va a resolver por arte de magia?
No. Siento cómo todo se me viene abajo. Toda la seguridad en mí mismo que había mantenido hasta ahora a pura fuerza de voluntad. Y el último y diminuto resto de valor y de esperanza.
—No puedo más. —La única verdad que aún existe se me escapa de los labios sin sonido. Trago saliva una y otra vez, pero no sirve de nada—. Ha llegado la hora de ser sinceros con la prensa.
¿Es este el final?
¿El momento en que tengo que admitir que yo, Joshua Friedberg, sencillamente no doy la talla?
Un escalofrío me recorre entero. Bajo la mirada y veo las manos cuidadas de Tamika, con las uñas pintadas de un rojo intenso, apoyadas en mis rodillas.
—No vamos a hacer eso —dice, sacudiéndome como si así fuera a conseguir algo—. Escúchame. No has luchado toda tu vida por este sueño para rendirte tan cerca de la meta.
En eso tiene razón. Todavía está dentro de mí aquel niño pequeño que no quería nada más que perderse en la música.
Aquel enano de cuatro años con esmoquin infantil que tenía algo muy claro: que tocar el piano, y nada más, lo hace la persona más feliz del mundo.
Sigue ahí, incapaz de creer que su sueño se está deshaciendo como una pompa de jabón en el viento.
—Vamos a cancelar el concierto de mañana. Le diré a la prensa que tienes… —se queda pensando, con el dedo apoyado en la barbilla— una intoxicación alimentaria.
Dios. Cuando mis fans oigan eso, se imaginarán que he pasado la noche pegado al inodoro, vomitando hasta las entrañas. Esto es una pesadilla.
—En cuanto volvamos a casa, hablaremos otra vez con tu médico —dice, frotando sus manos sobre mis muslos como si intentara darme calor—. Va a ir bien. —Probablemente desearía sonar más convencida ella misma, pero no lo consigue.
Ya no cree en mí.
Solo el niño que llevo dentro se niega a dejar de creer. Así que aprieto la mandíbula, me incorporo y echo los hombros hacia atrás. Se lo debo a ese niño. Me lo debo a mí mismo.
A la mañana siguiente no tengo fuerzas para salir de la cama.
Ausente, hago los estiramientos que me han mandado, tumbado boca arriba.
Me masajeo el cuello como me enseñó mi terapeuta.
Observo cómo unos rayos de sol se abren paso por la rendija entre las gruesas cortinas y dibujan una franja fina y luminosa sobre la colcha.
¿Quién dijo que en Irlanda siempre llovía?
Desde que llegamos hace dos días, solo ha caído agua un par de horas.
Hoy preferiría que la Isla Esmeralda estuviera a la altura de su fama.
Pero estoy seguro de que el cielo está azul.
Agotado, me vuelvo hacia el otro lado y me cubro la cabeza con la manta.
Envuelto en la oscuridad, el mundo parece encajar mucho mejor con mi ánimo.
Justo cuando vuelvo a cerrar los ojos, oigo el correteo de unos pies descalzos sobre el parqué. Cada vez suenan más cerca, hasta que se detienen junto a la cama.
Alguien respira con fuerza.
—¿Papá?