Los sueños que compartimos (Amor y otros sueños 1) Capítulo 7 #2
18%

Capítulo 7 #2

Solo pone Tamika, sin apellido. Debajo, un número de teléfono y una dirección de correo electrónico. Nada de dirección física, ningún tipo de cargo.

¿Quién es esta mujer? ¿Por qué necesita una niñera solo para el verano? ¿Y por qué se refiere a su propia hija como la niña ?

—Si hace bien su trabajo, incluso estamos dispuestos a pagarle un complemento —añade, por si fuera poco.

Antes solo lo sospechaba, pero ahora estoy segura. Aquí huele, y mucho, a chamusquina.

—No hay ninguna trampa. Firme el acuerdo de confidencialidad y podré contarle más. Verá enseguida que este trabajo es como si le tocara la lotería. —Con estas palabras, se impulsa para levantarse de la silla y se recoloca la coleta—. Piénselo, pero no demasiado.

Solo sabrás qué hay detrás de una puerta cuando la abras , me aconseja la voz de mi padre. Y se supone que debería estar de mi parte.

Observo cómo la mujer me saluda con la mano por última vez antes de pagar la cuenta con Annika. Cuando sale del café, sigo mirándola.

¿Y si simplemente me lanzo?

No. No me fiaría de esa mujer ni en un millón de años.

Para distraerme, agarro las tazas vacías de la mesa. Amontono la porcelana formando una torre. Se tambalea, pero llegaré hasta la barra. Son solo unos pasos. Pongo un pie delante del otro con cuidado.

La torre se inclina.

Me detengo.

La torre sigue oscilando.

Tengo que equilibrarla. Con el corazón desbocado, muevo un poco las manos hacia los lados.

Y entonces pasa.

Con un estruendo ensordecedor, las tazas estallan contra el suelo. Los fragmentos salen despedidos varios metros por las brillantes baldosas de laminado. Me quedo inmóvil en medio de la sala, aferrada al único platillo que sigue en mi mano. Los clientes silban y aplauden, divertidos.

Mierda.

—Venga ya —dice una voz femenina, cargada de fastidio. Segundos después, alguien cambia el platillo de mi mano por el palo de una escoba. Es Annika. Tiene las mejillas encendidas, la mandíbula en tensión—. Que te diviertas limpiando.

Mantengo la mirada clavada en el suelo mientras barro hasta el último pedazo. Es mejor que ver las caras de los clientes del café, que se parten de risa con mi torpeza. Me tomo mi tiempo para asegurarme de que quede bien. Pero cuando después me planto delante de Annika, no me siento nada bien.

—Deberíamos hablar sobre tu futuro.

Se apoya en la barra y no parece tener ninguna intención de sentarse conmigo.

De pronto no sé qué hacer con las manos. No encuentran una posición decente; se quedan colgando junto a mis muslos. ¿Por qué tuve que ponerme hoy las mallas naranjas y no la falda de volantes con flores y bolsillos profundos?

—Eres genial, Maya. Tu forma de ser alegre y despreocupada le ha dado mucha vida al café. Y también me gusta tu estilo —me sonríe—. Creo que lo hiciste muy bien con los clientes.

Siento cómo se me calientan las mejillas.

—Gracias, significa mucho para mí —digo, intentando mantener las piernas quietas.

Respira hondo, con ruido.

—Pero, por desgracia, este trabajo no es para ti —dice, soltando todo el aire por la boca—. Aquí no puedes seguir el ritmo. Y cometes demasiados errores.

Eso es solo porque la estúpida máquina de café me metió presión. Igual que Annika.

—Te contrataría como camarera. Pero, tal y como manejas las tazas, la catástrofe está asegurada —su expresión se vuelve de repente profesional—. Fue un gusto conocerte.

Y aquí se acaba lo nuestro , añade su cara sin necesidad de palabras.

Obligo a las comisuras de los labios a levantarse.

—No hay problema —digo, aunque no sea verdad. Porque, maldita sea, sí que es un problema.

¿Dónde se supone que voy a trabajar, entonces? ¿Tengo que volver a los turnos de noche en la fábrica de zapatos? ¿Noches en vela, dedos doloridos y compañeras conflictivas incluidos?

Abatida, salgo del café y pongo un pie en la calle. El sol de la tarde me ciega y, con un gesto rápido, me bajo la capucha hasta taparme más la cara. Miro a la derecha, luego a la izquierda.

Así que aquí estoy otra vez. En medio de ninguna parte. Pensativa, rebusco en el bolso el teléfono y la tarjeta negra con las letras doradas.

Quizá pueda empezar por firmar solo el acuerdo de confidencialidad. Y si resulta que nada es como Tamika lo pintó, todavía puedo echarme atrás y no aceptar el puesto. Pero ¿puedo estar segura de que me está diciendo la verdad?

No puedo. Y, sin embargo, eso que hace un momento descarté por completo quizá sea la mejor oportunidad que me queda.

¿Debería hacerlo, aunque pueda ser el mayor error de mi vida?

Giro la tarjeta entre los dedos.

—Vamos, Maya. ¿De qué otra forma vas a pagar las cuentas? —me reprendo, porque la voz de mi padre guarda silencio justo cuando más la necesito—. Por muy malo que sea el trabajo, solo tienes que aguantar unas semanas. Con el sueldo incluso te da para tener un pequeño colchón.

Eso es verdad. Pero ¿para qué? ¿Para ganar tiempo hasta encontrar otro trabajo en el que se me dé igual de mal que en todos los demás?

Mierda. No lo sé. No sé nada. Solo que sin este trabajo voy a tener aún menos que con él. ¿Qué alternativa tengo, en realidad?

Ninguna.

Así que lo hago. Inspiro hondo y marco el número con los dedos temblorosos.