Los sueños que compartimos (Amor y otros sueños 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Capítulo Ocho

Josh

Profundos surcos se marcan en la amplia frente de mi neurólogo. Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba, pero su mirada sigue siendo grave. Carraspea, se recoloca las gafas sin montura y luego se deja caer en el amplio sillón de cuero. Forma un triángulo con sus dedos huesudos.

Da la impresión de que necesita reunir fuerzas, y yo siento que me está drenando las mías.

Todas las sensaciones desaparecen, salvo una. Quiero salir corriendo. Este consultorio, por amplio que sea, me resulta asfixiante. La silla, por mullida que parezca, se siente como un lecho de clavos. El instinto de huir me arrasa. Me advierte de lo que se avecina.

Lo que se avecina. Inevitablemente.

—¿Cuáles son los resultados de las pruebas? —me atrevo a preguntar, aunque una parte de mí no quiere oír la respuesta.

Vuelve a carraspear, y el poco pelo que le queda en la cabeza tiembla.

—La caída ha dañado gravemente su columna cervical y ha comprimido las vías nerviosas que van hacia su mano. Padece un síndrome cervical extremadamente grave.

Síndrome cervical, extremadamente grave . Repito las palabras en mi mente, como si así fuera a entender mejor lo que significan.

—¿Qué podemos hacer al respecto? —mi voz suena sorprendentemente serena, pero basta una mirada a su cara para que eso cambie—. Se puede hacer algo, ¿verdad? —farfullo. Como si alguien diera una orden, los músculos del cuello se me tensan aún más de lo que ya estaban.

Vuelve a sonreír, y en su mirada no hay más que preocupación.

—Hay varias opciones de tratamiento que pueden ir aliviando los efectos poco a poco —dice. Empieza a enumerar medicamentos y posibilidades de fisioterapia, pero dejo de escucharlo.

Aliviar los efectos poco a poco no es una opción.

—El temblor tiene que desaparecer de inmediato. No me importa lo que tenga que hacer. Lo haré. Pero hágalo parar —insisto. Alzo la mano a modo de demostración y cierro el puño. Tiembla.

Claro que tiembla. Desde que apareció el problema, no ha hecho más que empeorar.

A duras penas soporto su mirada empática. Y me molesta por igual que ahora se incline hacia mí por encima del escritorio de cristal y adopte un tono condescendiente.

—Entiendo su deseo, pero no es tan sencillo.

Me habla como si fuera un niño.

—Ahórrese ese tono.

Se me escapa. Suelo ser una persona educada, pero ahora mismo siento que toda mi vida se ha hecho añicos.

—No puedo trabajar con esta mano. Nunca volveré a tocar en público. Y el Premio Internacional de Música quedará para siempre como un simple sueño.

¿Qué se supone que debo hacer si no puedo tocar? No sé hacer nada más. Mi fortuna se agotará en poco tiempo.

¿De verdad acabaré en la calle, como predijo mi padre?

Imperturbable, el médico toma una hoja de papel y me la tiende.

—No debería darle vueltas a eso ahora. He preparado un plan de tratamiento para usted. En los próximos meses tendremos que determinar qué medicamento es adecuado para usted. También le recetaré fisioterapia complementaria.

¿Meses?

—Tenga un poco de paciencia y lo controlaremos. —Asiente con amabilidad.

No quiero aprender a controlarlo . Quiero que todo vuelva a ser como antes.

—No me ha entendido, doctor. No dispongo de ese tiempo. Mi gira empieza en breve. Necesito estar en forma para entonces. Cualquier otra cosa es inconcebible. ¿No hay otra opción? ¿Una que funcione más rápido?

Por un momento, aprieta los labios.

—Bueno, también podríamos intentar reconstruir quirúrgicamente los defectos de su columna cervical.

Eso ya suena mejor. Reconstruir es una palabra que me agrada.

—Entonces hagámoslo. A ser posible, mañana mismo.

No me gusta cómo niega con la cabeza.

—Primero, por la magnitud de su lesión, la operación solo puede realizarse con especialistas. Segundo, implica riesgos considerables.

No quiero saber nada de eso.

—Treinta por ciento de estos procedimientos no ofrece resultados significativos, y más de la mitad de los pacientes termina con limitaciones todavía mayores después —prosigue imperturbable—. Además, existe el riesgo de dañar la médula espinal y provocar una parálisis.

¿Así que hay un veinte por ciento de posibilidades? Siempre que aún pueda caminar. Me quedo sin palabras. En realidad, me quedo sin nada. Sin emociones, sin pensamientos claros y, sobre todo, sin esperanza.

El neurólogo se incorpora de la silla y rodea el escritorio. Luego toma asiento justo a mi lado y me clava la mirada en los ojos.

—Empezaremos con un tratamiento conservador según el plan que ya he preparado. Dentro de unas semanas valoraremos los primeros resultados. Después, todavía podrá decidir si quiere exponerse al riesgo de una operación.

—Mi gira al aire libre empieza el cinco de julio en la Rathausplatz de Viena. —Intento mantener un tono sereno para que entienda la gravedad de la situación—. Hoy es veintiocho de junio. No dispongo de unas semanas.

¿Cómo has podido ser tan irresponsable? Ya oigo la voz de Tamika, fuera de sí. Tiene derecho a enfadarse. He puesto en peligro la gira con mi comportamiento irreflexivo. Mi carrera pende de un hilo.

Como si ya no tuviera nada más que decir, el doctor toma de nuevo la hoja que me había entregado antes.

—Siga el tratamiento y cuídese. Si tiene alguna pregunta, no dude en llamarme. Estaré muy pendiente de su evolución —dice. Me coloca el documento inútil en la mano y me mira—. Por ahora no podemos hacer nada más.

¿A quién se refiere? El único que tiene el problema soy yo, y estoy solo. Él hoy se irá a casa tranquilamente, con su familia de postal, cuyas fotos decoran este despacho. Le da igual lo que me pase. Su vida no se verá afectada.

Pero la mía ya nunca volverá a ser la misma.