Capítulo 1 #2
—Exacto —se pone de pie y se estira la camiseta gris rata como si quisiera ocultar las caderas redondeadas bajo la tela. Luego alza la barbilla y llama a los niños para ir al gimnasio, a voz en grito.
Cuando ya han recogido a todos los niños, a última hora de la tarde, entro en la sala del grupo.
Completamente sola, Nadine está sentada a la mesa de manualidades, peleándose con los adornos para la fiesta de verano.
Recorta las hojas con tanta desgana que casi me entran ganas de quitarle las tijeras de la mano.
Enderezo la espalda y cruzo la sala, que resulta inquietantemente silenciosa sin los niños.
—¿Con qué debería seguir? —pregunto con el mayor entusiasmo posible, sentándome en una de las pequeñas sillas de madera junto a mi jefa.
No responde.
Mejor empiezo a trabajar sin más. Pero, cuando alargo la mano hacia la caja con las flores de papel de seda ya recortadas para montarlas en los alambres, Nadine me detiene.
—Tenemos que hablar —dice con cansancio.
La sigo hasta su despacho, que es más bien un trastero que un lugar de trabajo en condiciones. Allí me indica la silla frente a su escritorio, abarrotado de carpetas y libros. Me siento incómoda. Ella rodea la mesa con dificultad y apoya la cabeza entre las manos.
Dios, cuando me mira así, siento que vuelvo a tener cuatro años.
—Maya —empieza, dejando escapar un suspiro pesado—, esto es un centro educativo para niños de tres a seis años.
Sí, soy consciente. Puede que esté frunciendo el ceño porque no tengo ni idea de adónde quiere llegar con esto.
—Llevas dos meses trabajando aquí y he hecho todo lo posible para que eso te quedara claro —continúa, recostándose en la silla. El chirrido del respaldo me taladra los oídos—. No me gusta admitir un error, pero si lo has cometido, tienes que asumirlo.
¿Cómo? ¿Nadine quiere admitir un error? Algo se remueve dentro de mí. Una chispa de esperanza de que quizá mi futuro me depare algo más que preocupaciones económicas y trabajos temporales que nadie aguantaría mucho tiempo.
Los pensamientos positivos son el principio de todo lo bueno , oigo la voz de mi padre resonando en mi interior. Llevo años con su voz dentro de mí y, cada vez que me susurra algo con su cálida voz grave, me siento un poco más fuerte que antes. Incluso hoy.
¿Y si detrás de la coraza áspera de Nadine hubiera un núcleo blando? ¿Y si hubiera estado poniéndome a prueba todo este tiempo? ¿Y si hubiera superado la prueba?
Miro a Nadine con expectación, casi sin poder contenerme y deseando por fin escuchar lo que tiene que decir. Ella toma una hoja de papel del escritorio, con el lado en blanco hacia arriba.
Podría ser mi evaluación.
Las piernas se niegan a quedarse quietas ni un segundo más.
Con un certificado de prácticas positivo, el primer paso hacia la admisión en la universidad ya está dado.
Dentro de apenas tres días daré el segundo, al hacer el examen de biología obligatorio.
Un cosquilleo cálido recorre mis brazos, mientras las palmas de las manos se me vuelven húmedas y, al mismo tiempo, más frías.
De pronto todo ocurre a cámara lenta. Nadine gira la hoja y la coloca justo delante de mí. Me inclino hacia adelante, intrigada.
Despido.
¿Ahí pone despido?
No, es imposible. Vuelvo a leer la palabra, pero despido se niega tercamente a convertirse en carta de evaluación .
—¿Pero qué mierda es esto?
¿Lo he dicho en voz alta?
—Tu comportamiento ha sido inaceptable en esta institución desde el primer día. Hoy me has vuelto a mentir. Frida sí se hizo pis —dice Nadine.
Mierda. ¿Cómo lo supo...?
—Las medias de repuesto eran de otro color —Nadine alza las cejas—. ¿De verdad pensaste que no me iba a dar cuenta?
Maldita sea. Tuvo que fijarse cuando se cambiaban para la clase de gimnasia. No debería haberle mentido. Pero traicionar la confianza de los pequeños habría estado igual de mal.
—Yo solo querí...
—Basta —me interrumpe. De pronto parece agotada—. Nunca he presenciado un comportamiento tan poco profesional. Negarlo solo lo empeora.
Pero esa no era mi intención.
—Déjame que te lo explique —balbuceo.
Nadine niega con la cabeza.
—Eso no es todo. No aceptas las críticas y ejecutas mal mis indicaciones, una y otra vez —me mira, llena de decepción—. Sabes que ya hemos hablado de esto. No vales para ser educadora. De hecho, deberías agradecer que te lo diga tan pronto.
—Pero...
Las palabras de Nadine dan vueltas en mi cabeza, pero apenas soy capaz de asimilarlas.
Ninguno de nuestros pequeños se ha quejado nunca. Yo estoy ahí para ellos, así que no puede estar tan mal. ¿O sí?
¿Y si mi sueño es demasiado grande para mí? ¿Y si no estoy hecha para ayudar a los niños?
Decepcionada de mí misma, bajo la mirada.
—Yo...
Una vez más, no me deja terminar.
—Mi decisión es firme. Hoy ha sido tu último día de trabajo.
¿Qué? ¿Ni siquiera puedo quedarme hasta que termine el curso de infantil?
¿Qué va a pasar con la fiesta de verano? Había planeado puestos de juegos y ensayado canciones con los niños. ¿Y Frida? ¿Quién le recordará que es una superheroína cuando yo no esté?
—¿Cómo puedo arreglarlo? —el ruego en mi voz es inconfundible. Me deslizo hasta el borde de la silla, casi termino de rodillas.
—Dame otra oportunidad.
El cuerpo de Nadine se tensa.
—Ya has tenido suficientes.
—He aprendido la lección, de verdad. Estas prácticas lo son todo para mí. No me las quites —la miro desesperada—. Tienes que entender que me juego todo mi futuro.
Nadine se muerde el labio.
—No te lo pongas más difícil. Firma. —asiente hacia el documento de despido.
Desafiante, cruzo los brazos delante del cuerpo.
—¿Y si no lo hago?
—¿Ves? Eso es parte del problema. Te comportas como una niña. Ya es hora de que madures.
¿Madurar? ¿Para qué? ¿Para acabar siendo tan fría como ella? Me encojo en la silla y me siento apenas más alta que una figurita de Lego.
Se planta delante de mí y me encaja el bolígrafo en la mano.
—Firma —su dedo índice golpea el papel con impaciencia—. Trabajar con niños no es lo tuyo. Necesitas un trabajo diferente.
Trago saliva con dificultad. Aunque mi corazón se niegue a entenderlo, al menos mi cabeza tiene que hacerlo. Mi meta es inalcanzable. Siempre lo ha sido; y yo solo fui lo bastante ingenua como para creer que podía ser distinto.
—Adelante —el tono de Nadine no deja margen para discutir. Así que lo hago. Resignada, dejo que el bolígrafo se deslice sobre el papel. Mi firma temblorosa sella en azul sobre blanco el final de mis sueños.
Se acabó. He fracasado. Otra vez.