Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Epílogo
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Epílogo

Elara

Abro los ojos pesarosamente. Me duele la cabeza, me martillea con insistencia la sien.

Parece que llevo durmiendo horas, pero a la vez, tengo la sensación de que hayan sido solo unos segundos.

Largos e intensos. Siento el cuerpo más ligero, pero también pesado y contundente.

Como si todo lo que pasó en la Tierra hubiese sido solo un mal sueño.

Ahora soy plenamente consciente de mi cuerpo, siento cada poro, cada vena, cada órgano trabajando para hacerlo funcionar, cada músculo, en reposo o en movimiento.

No era consciente, de que se sintiera así, estar aquí, en los reinos celestiales. No hasta mi muerte.

Estoy tumbada sobre el frío suelo de mármol y me reincorporo poco a poco hasta que me quedo sentada en el mismo suelo. Miro a mi alrededor. La oscuridad del cielo a través de las puntiagudas ventanas reflejan la noche más oscura que haya visto jamás. En ese momento, sé que estoy en Niebla.

Oigo a alguien removerse a mi lado, me giro rápidamente para ver a Axel incorporarse lentamente con una mano en la frente.

No lo pienso, me abalanzo sobre él. La desesperación por haberlo perdido me consumía. Sus gritos desesperados los tengo aún clavados en mi mente.

Me mirá aún aturdido y sus labios se posan sobre los míos ansiosos, su boca me devora y la lengua se desliza por cada rincón, llenándome y haciéndome sentir completa. Un gemido se escapa del final de mi garganta, mientras lo rodeo con los brazos.

—¿Axel? —Una voz, familiar y a la vez extraña, interrumpe nuestro momento.

Me aparto de él para ver con mis propios ojos a la mujer de mi visión. La preciosa pelirroja que tantas veces imaginé en mis sueños.

—Eyndra. —La familiaridad en el tono de Axel al dirigirse a ella me desconcierta hasta el punto de paralizarme.

Se pone en pie y automáticamente me tiende una mano para que yo haga lo mismo.

En ese momento, me alegro de que nuestra desnudez haya desaparecido.

Una armadura de color negro recubren nuestros cuerpos.

Cuero, latón, eslabones, correas y hebillas.

"Como en mi visión". Todo en perfecta sintonía para conformar la vestimenta típica de Niebla.

Los ojos de la mujer, de “Eyndra” se posan en los míos y frunce el ceño antes de volver a mirar a Axel.

—¿Quién es ella? —pregunta. Su voz es tan melodiosa como imaginaba, con un tono agudo salpicado de misterio.

—Es Elara —responde —y si mis sospechas son ciertas, es tu hija. —Su afirmación me desconcierta aún más. No puedo articular palabra, no me da tiempo.

Los brazos de mi madre me envuelven y aprietan contra ella.

Sentir su contacto por primera vez, por segunda, no lo sé…

Se siente como cuando encuentras algo que llevaba tiempo perdido.

Como si la pieza del puzzle que faltaba terminara de encajar.

Mi corazón late desbocado y me abandono a sus brazos, a sus sollozos y lamentos.

Mis lágrimas se escapan y me dejo acunar.

—Mi niña… —Su voz lastimada me arropa, pero salgo del ensimismamiento del momento.

Tenemos mucho de lo que hablar y quiero respuestas.

—Tenéis muchas cosas que contarme. —Miro a Axel ahora.

No sé hasta qué punto lo que me ha estado ocultando podría suponer un antes y un después entre nosotros. En nuestra relación que aún ni siquiera había empezado a fluir.

—Tienes razón, hija… —Mi madre se aparta —. Tomad asiento, estaréis agotados. —Nos invita a sentarnos en unos sillones de cuero que rodean una mesa de cristal ovalada.

Tomo asiento en un sillón único frente a Axel. Nos separa la mesa de cristal. Mi madre sentada a mi izquierda, entre los dos.

—¿De qué os conocéis? —Ya he esperado bastante para obtener respuestas. Es como si llevara toda la vida dormida y ya es momento de despertar.

—Eyndra es mi madrastra —responde Axel, con el cuerpo encorvado hacia delante y las manos entrelazadas en el regazo —y la causante de la muerte de mi padre. —Sus palabras me golpean los huesos. Eyndra lo mira desafiante y juro que en los ojos oscuros le salpican llamas.

—Técnicamente, eso no es así… —replica ella, con el rostro marmóreo y afilado.

—¿Es tu madrastra y mi madre? —Me pongo en pie golpeando aquél asiento de piel —¿Desde cuándo lo sabes? —Solo miro a Axel, la furia me arde en la mirada.

Él no responde. Trago saliva tan fuerte que pierdo la audición por unos instantes. Tengo el cuerpo tan rígido que podría resquebrajarme en este momento.

—Toma asiento, Elara. —Ella intenta calmarme, dirige una mano hacia mí, que retiro.

—Explícame qué está pasando. —La desesperación, las mentiras, todo se agolpa en mi mente, impidiendome pensar.

—Siéntate —repite. Respiro hondo antes de obedecer, resignada a recibir las respuestas que necesito. Que merezco.

—Necesito toda la verdad. Ya. Sin mentiras. —Mis ojos se posan en Axel y los retiro con brusquedad en el momento que los suyos se me cruzan en el campo de visión.

—De acuerdo, te lo explicaré todo, pero tienes que calmarte —inquiere mi madre con una voz melodiosa, convincente. Yo asiento —. Empezaré por el principio.

Se acomoda en su asiento y entrelaza las manos en su regazo, buscando quizá las fuerzas o las palabras adecuadas para lo que tiene que decir.

—Aunque mi rostro ahora esté algo ensombrecido por las arrugas y mis pecas hayan perdido su color, tiempo atrás fui una muchacha de Niebla.

No tenía nada que ver con la realeza, mi padre era curandero, un brujo que engañaba a la gente por algo de dinero.

Dinero que luego usaba para pagar sus vicios…

—Su voz está empañada de nostalgia —. Su ambición era grande, así que, cuando a los dieciocho años recibí mi don, un don inusual…

Decidió venderme. —“Un don inusual”, tal y como me había pasado a mí. Repito sus palabras mentalmente.

—¿Te vendió?¿A quién? —Quiero saber.

—Al rey —responde ella.

—A mi padre —continúa Axel. No lo miro, aún no.

—Su esposa había fallecido en el parto… —La voz de Eyndra se va apagando con cautela.

Entonces miro a Axel, que tiene la vista fija en sus manos, mientras se restriega los dedos intentando limpiar una suciedad invisible. Está hablando de su madre.

—El rey era un hombre bastante mayor para mí y ya tenía a Axel, no había ningún motivo por el que tener que casarme con él, salvo mi poder. —Me estremezco ante la revelación.

Axel había crecido sin madre, al igual que yo, sin embargo, él había tenido a la mía. No sé ni qué sentir “¿Celos?¿Envidia?¿Dolor?” Sin duda, mucho dolor.

—¿Puedes decirme cuál es tu don? —La miro, a sus ojos oscuros como la noche, tan diferentes a los míos.

Su rostro cubierto de pecas y sus rasgos algo maduros le confieren un aspecto imponente. Incluso más preciosa que en mis visiones, que en mis sueños.

—El fuego. Soy la diosa del fuego. —Un escalofrío me recorre ante su afirmación.

—¿Has dicho diosa? —pregunto aún más aturdida. Ella asiente.

—Es un poder muy inusual, controlar el fuego. Literalmente, puedo arder en llamas sin quemarme a mí misma. Es un poder que cualquiera querría poseer, un arma privilegiada.

—¿Eres una diosa? —insisto. Necesito respuestas sobre eso

—Como te digo, el fuego no me quema, las heridas tardan segundos en cicatrizar hasta desaparecer, la sangre nunca se derrama de mi cuerpo…

Soy inmortal. —Trago saliva ante la revelación y mi mente solo puede pensar en si eso tendrá algo que ver conmigo —.

El día que recibí mi don, la voz de Erebos me habló al oído.

“ Diosa del fuego ”, no me dijo nada más.

—Su poder se ensombrece ante la tristeza de sus ojos.

—Continúa el relato por favor —la apremio.

Aún necesito respuestas sobre Axel. Se me revuelven las tripas ante el pensamiento y la duda.

—Me casaron con un hombre viejo, al que no amaba…

—Deberías lavarte la boca antes de hablar de mi padre. —La voz de Axel atraviesa a mi madre como un cuchillo y a ella se le enciende la mirada.

Ahora entiendo lo de las llamas. Ella se agarra al reposabrazos del sillón con tanta fuerza, que casi lo atraviesa con los dedos.

—Conocí a Thoriam una noche. Estaba de paso. Venía a hacer unos intercambios comerciales o al menos, eso fue lo que me dijo. Entonces era el príncipe heredero, era joven y guapo. El hombre más atractivo que había conocido nunca. Me prometió llevarme con él a Armaria.

—Espera eso está… Prohibido —acuso. Ella se limita a asentir, cabizbaja.

—Me enamoré perdidamente. Pequé, sí. Mi pecado, fue enamorarme. —Su voz se va apagando y la desolación va consumiendo sus pupilas.

Sus ojos se inundan de lágrimas con cada declaración. Oírla hablar de amor hacia el hombre que me lo había negado toda la vida, me hace estremecerme por completo.

—Fuiste una sucia ramera infiel y por tu culpa ¡Mi padre está muerto! —La voz de Axel está llena de odio y resentimiento contenido. Es tan afilada como despiadada. Nunca lo había visto así.

—Axel, déjame continuar, por favor… —suplica mi madre, conteniendo un sollozo.

—Axel, te recuerdo que estás hablando de mi madre. Ten un poco de respeto o te largas —le digo, sin titubear.

Él se remueve en el asiento ante mi autoritaria petición. Necesito entender lo que está pasando y aún no sé si puedo confiar en Axel, no después de haberme ocultado la verdad tanto tiempo. Entonces, Eyndra continúa.

—Te engendramos. Nunca antes había hecho el amor con nadie.

Mi matrimonio con el rey de Niebla era un simple trato comercial…

Como te digo, yo no era más que un arma y él quería tenerme cerca.

—Traga saliva sonoramente, antes de continuar —.

Una noche, el rey nos pilló, saliendo de los jardines. Thoriam decidió retarlo a un duelo.

—¿Un duelo? —pregunto, cada vez más aturdida con cada revelación.

—Sí. Un duelo a muerte en el que el premio era yo. —Sus ojos cada vez vislumbraban más y más tristeza —. Thoriam procedía de Armaria, era el futuro rey, tenía todas las de ganar… Y ganó. —Siento a Axel removerse de nuevo en su asiento.