Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Pharrel irrumpe el hilo de mis pensamientos, cuando se desnuda dejando caer la túnica alrededor de su cuerpo, con los ojos blancos.

Iluminando aquella penumbra, se introduce en el pozo.

Absorto, conducido por una fuerza superior que lo empuja.

No puedo creer lo que estoy viendo. Permanezco inmovil, hasta que su cuerpo desaparece bajo aquella agua negra por completo.

Me remuevo ansiosa y los ojos de Axel se cruzaron con los míos, aprieta la mandíbula, pero su rostro parece sereno.

Asiente con la cabeza como para indicarme que todo está bien.

Yo sigo sin comprender del todo lo que está pasando.

Miro a Corvin que me devuelve una mirada con la misma inquietud, terriblemente aturdido.

Miro dentro de mí, cierro los ojos y busco las respuestas que aquella mujer me ha pedido.

Miro en mi interior, tan adentro, que encuentro una pequeña pizca de luz que salpica mi pecho.

La agarro con las manos de forma imaginaria y con la mente, la conduzco hasta mi cabeza.

Hasta mi frente. Siento como esta se transforma en un ojo, idéntico a cualquiera de los míos.

Esté ojo se articula, se mueve y pestañea.

Se abre de par en par. En ese momento lo veo todo con claridad.

El poder dormido vuelve a mis venas. La clarividencia se abre paso en mi mente, en mis ojos. Las lágrimas corren por mi rostro.

Y lo veo. Veo el trono de Niebla vacío. Veo una batalla campal.

Veo sangre derramada y muerte. Y entre la multitud, la niebla y la oscuridad, lo veo.

Veo a Axel junto a mí, con una armadura oscura que le recubre el pecho.

Su cuerpo se mueve entre las sombras, el corazón me late en los oídos.

Su mirada está encendida en medio del caos de la destructiva batalla.

Luego su beso… Urgente, como si el mundo se resquebrajara a nuestro alrededor.

Puedo sentirlo, tan vívido, tan real, que me estremece.

Creo que mi mente me falla cuando la veo a ella.

Su cabello rojizo se mueve como un faro en la oscuridad.

Hermosa, una diosa eterna. Mi madre. Está cubierta de llamas, el fuego ardiente sale de ella y no parece afectarle.

Su imagen me llena de un amor y un anhelo que duele y de repente… Regreso.

Abro los ojos para encontrarme con los de Corvin, aturdidos. Me observa con desesperación, y en ellos siento su preocupación.

—¿Estás bien?¿Qué has visto? —Aún perturbada, no sé qué responder.

Axel continúa observándome un poco distanciado. La seguridad de su mirada me hace sentir serena de pronto, como nunca en mucho tiempo.

—¿Y bien?¿Qué eliges? —inquiere de nuevo la anciana —¿Vas a luchar por salvar nuestros reinos o vas a abandonarnos a la destrucción? —Sin entender aún del todo aquellas palabras, trago saliva. Me palpitan las sienes.

Cómo yo, alguien que siempre se había mantenido tan insignificante, ahora podría ser una pieza crucial para nuestra salvación. Mi respiración agitada se ralentiza y aunque continuó temblando, por un momento lo tengo claro. Si tengo que elegir, por supuesto, elijo luchar.

—Elijo luchar. —Mi voz suena rotunda y sin titubeos. Rasga el silencio.

Me tiemblan las manos. El suelo comienza a temblar bajo nuestros pies.

—Entra en el pozo —me indica. Mis pies se mueven solos.

Ahora Axel también lleva una túnica, no sé en qué momento ha ocurrido. Tiene aspecto limpio como yo y sus heridas y rasguños se han curado. Miro a Corvin, que no parece haber cambiado. En ese momento lo entiendo todo.

—Quiero que me acompañen los dos —digo, intentando que mi voz suene autoritaria.

—Esa no es tu decisión —responde la sacerdotisa.

—Pero… —Quiero rechistar, cuando la ira de aquella señora me escupe como el fuego de un dragón.

—¡Entra en el pozo! —Sus palabras me sacuden y el terror me hace avanzar.

Me giro y continuó moviéndome hacia el pozo. Las manos de Corvin me toman desprevenida, haciéndome girar de nuevo. Agarrándome me mira a los ojos.

—Elara... —Sus labios pronunciando mi nombre se me clavan en el estómago. Me sacude. No cabe en mí un ápice más de dolor.

—Corvin, yo… No quiero dejarte. —Mi voz se entrecorta y las lágrimas se escapan de mis ojos con vehemencia.

—Tienes que ir. Tienes que salvar nuestros reinos, lo que sea que tengas que hacer... —Las lágrimas se agolpan también en sus ojos y traga saliva para evitar llorar.

—Nunca olvidaré lo que hiciste por mí, Corvin… Todo. —No sé qué más decir.

Cualquier cosa sería completamente insuficiente para expresar lo que siento en este momento.

Nuestro distanciamiento, las heridas que nos hemos hecho en este tiempo.

Todo deja de importar cuando me besa. Un suave beso en los labios, cuyo contacto devuelve el calor a mis mejillas.

Un beso de despedida, que se instala en mi pecho, reescribiendo un final para nuestra historia.

Todavía mirándolo, me quito la capa que me cubre, que cae a mis pies y me introduzco en el pozo sin pensar.

El agua es caliente en contacto con la frialdad de mi cuerpo casi inerte.

Los ojos de Axel se pasean por mi cuerpo desnudo y descansan en mis ojos anidados de lágrimas. Al mirarlo, me arde el pecho.

Como un resorte, Axel se acerca para darme la mano y gritar mi nombre mientras la oscuridad de aquel pozo continúa tragándome.

—¡Elara! ¡Elara! —La voz de Axel, gritando mi nombre, es lo último que puedo escuchar.

La negrura me arropa, se apodera de cada parte de mi cuerpo y de mi alma. Me quedo dormida en el balanceo de aquel espesor. Como si hubiesen pasado solo unos segundos, abro los ojos. Estoy en el Reino de Niebla.