Capítulo 33
Elara
El interior del templo es aún más estremecedor.
La estancia, tan amplia que siento reverberar mi respiración.
Un lugar que sin duda no pertenece a esta tierra.
Un lugar más parecido a lo que siempre había conocido, a los Siete Reinos.
Pero con un aire de oscuridad y melancolía que nada tiene que ver con Armaria… Si no más bien, con Niebla.
Las paredes están recubiertas de marmol y onix.
Las vetas doradas corren por cada uno de los azulejos como si lloviera oro.
Las columnas cilíndricas, tan altas como los árboles de mi reino y en su copa, capiteles de estilo corintio, ricamente decorados.
Sin embargo, si fijo mi atención en aquellos motivos decorativos, todo es siniestro.
Desde los temas vegetales, demasiado puntiagudos, hasta las monstruosas caretas que los recubren.
Figuras diabólicas, aladas, que me miran con unos ojos salpicados de rubíes.
Sin ventanas que dejen pasar la luz del sol.
La penumbra, tenuemente alumbrada por lámparas de aceite y altos candelabros.
Las velas alumbran las paredes y algunas cuelgan del techo.
Las observo preguntándome si en realidad están flotando.
Todo es tan mágico y sobrecogedor, que es imposible que este lugar se encuentre en medio de esta tierra desolada.
Manchada por la desesperación humana y la escasez.
Continúo apretándoles las manos, a Corvin a mi derecha y a Axel a mi izquierda.
Soy consciente de la fuerza que estoy ejerciendo, cuando Corvin se remueve un poco.
El sudor que produce nuestro contacto me hace aflojar la tensión.
Lo miro. Sé que está pensando lo mismo que yo.
Esto es lo más parecido que ha visto a nuestra casa en días.
Los ojos le brillan a la luz de las velas y creo que los míos chisporretean también al ritmo de la danza de las llamas.
Axel, sin embargo, se mantiene sereno, demasiado.
Como si este entorno fuera demasiado familiar para él.
La incertidumbre de lo que está a punto de pasar me golpea.
Pharrel sigue nuestros pasos muy de cerca, pero es tan sigiloso, que apenas si noto su presencia.
La figura encapuchada camina hacia el centro mismo del templo.
Nosotros, lo seguimos instintivamente, aunque no nos haya dado ningún tipo de indicación.
Miro a ambos lados y puedo percatarme de la presencia de más figuras.
Nos rodean. Estas salen de detrás de las columnas, como si se despegaran de las paredes.
Todos encapuchados. Todos con un halo siniestro que los envuelve.
Unos rostros ocultos que nos impiden personificarlos, saber si se tratan de hombres o mujeres, ancianos o jóvenes…
El final del templo es abovedado, como las iglesias Renacentistas que tantas veces vi en mis libros.
En la cabecera, una escultura colosal del dios Erebos, “El dios de la muerte”.
El dios creador del Reino de Niebla. Frente a él, dando la espalda al resto del templo, tres sillones.
Tronos, cuyo tamaño es ridículo al lado de aquella monumental estatua de piedra y bronce.
El Dios sostiene en su mano derecha una manzana, en la izquierda, un bastón en forma de segadora, que se apoya en el suelo.
El rostro ensombrecido, la cabeza encapuchada.
La imagen es a la par aterradora y amenazante.
Cuando llegamos al altar, me percato de que en vez de una mesa, hay un pozo. Un pozo que parece estar vacío. Me estremezco al recordar la última vez que vi algo así. El día de mi muerte, el día que vine a parar aquí.
La figura se gira para mirarnos y en ese momento, se descubre la cara.
Apartándose la capucha que ahora reposa sobre su espalda, un tanto encorvada.
El resto de figuras a nuestro alrededor repiten el procedimiento.
Me sorprende que al menos, en apariencia, lucen como seres humanos, completamente normales.
Hombres y mujeres, jóvenes y algunos ancianos, pero sin duda, rostros que podría haber visto en cualquier otro lugar.
La que se encuentra frente a nosotros es una mujer anciana. Su rostro arrugado como un pergamino. Sus ojos, de un azul cristalino y el pelo de un blanco brillante. Tan blanco, que sus cejas han desaparecido con el paso del tiempo. Lo que le confiere un aspecto aún más pálido a su rostro.
—Os estábamos esperando.
Instintivamente, suelto las manos de ambos chicos a mi lado.
No se porqué lo hago. La voz de aquella siniestra mujer me sobresalta, sacudiéndome de arriba a abajo.
—Empezaremos la ceremonia con una adoración a nuestro Dios —dice entonces, agachando la cabeza.
—¿Ceremonia? —La voz de Axel es tan vaga, que lo miro para comprobar que se encuentra bien. La señora no responde a su pregunta.
Nos conduce hasta la cabecera de la iglesia y nos indica que nos arrodillemos frente a la colosal escultura pétrea. Lo hacemos sin rechistar, Axel es quien se muestra más reticente. Lo miro, intentando indicarle con la mirada que se esté calmado. No sé si lo consigo.
Aún no sabemos quien son esta gente y si realmente son capaces de hacernos volver a casa o se tratan de simples devotos.
Me pregunto hasta qué punto su fanatismo podría tener que ver con sacrificios o algo por el estilo.
Hasta qué punto estamos a salvo ahora mismo.
Lo mejor es seguirles la corriente y obedecer.
Desde el fondo de la sala, un cántico comienza a sonar y algún tipo de instrumento, un órgano quizá, retumba en las paredes.
La anciana se sienta en el trono, justo en frente de la estatua.
Las otras dos sillas también se llenan. A la izquierda una muchacha joven, no mucho mayor que yo.
Es guapa, su rostro pálido queda enmarcado por su oscura y brillante melena.
Parece que su piel lleva siglos sin ver la luz del sol.
A la derecha, un hombre, con el rostro ya maduro, unos cuarenta años a lo sumo.
Sus rasgos son afilados y parece estar esculpido por el mismo artífice que esculpió al dios.
El cántico va en aumento y los demás se van acercando, arrodillándose a nuestro lado.
El eco hace que la melodía infernal, resuene una y otra vez, hasta el infinito.
El sonido es grave y las palabras, indescifrables para mí.
Parecen pertenecer a una lengua antigua, desconocida.
Me doy cuenta de que estoy temblando cuando Axel posa una mano en mi rodilla, buscando tranquilizarme.
Le rozo la mano antes de volver de nuevo la vista a la anciana.
Sus ojos han perdido aquel bonito color azul, ahora son blancos por completo.
Mientras ella, con la boca abierta y el rostro desencajado sigue pronunciando esas palabras como un conjuro infernal.
— Mortis Dei ... —"Dios de la muerte".
De pronto, como si mis oídos se agudizaran, empiezo a comprender esas palabras, pronunciadas en un idioma obsoleto.
—E x tenebris surge ... —"Levántate desde las sombras" —. A trium aeternitatis aperi . —"Abre el portal de la eternidad".
Mi cabeza no es capaz aún de procesar lo que escucho y cuando me doy cuenta, siento que mis ojos se han ido iluminando. Corvin me mira con el rostro desencajado por el miedo.
—Tienes los ojos blancos —susurra. Yo sigo viendo con total normalidad. Quizá con mayor claridad que antes.
— Vos umbrarum tuam potestatem invocat ... —"La voz de las sombras invoca tu poder", continúan las voces.
Todo está cubierto por una resplandeciente luz celestial, que me impide distinguir a mis amigos, a las personas a mi alrededor. La luz lo invade todo.
— Nos sumus instrumenta tua ... —"Somos tus instrumentos" —. A ccipe vitam et dona noctem aeternam . —"Toma esta vida y otorga la noche eterna".
Cualquier ápice de luz se apaga. Todo se vuelve oscuridad y el tiempo se convierte en aturdimiento. Una nebulosa incesante que me impide pensar o razonar, ser del todo consciente de lo que está ocurriendo. Como aquella sensación embriagadora del whisky, pero triplicada, multiplicada por mil.
Cuando la consciencia vuelve a mí, estamos los cuatro alrededor de aquel pozo siniestro.
Corvin, Pharrel, Axel y yo, en ese orden.
Llevo puesta una túnica de color blanco, no se en qué momento me la han colocado, o si he sido yo la que lo ha hecho.
Todo rastro de mis anteriores vestiduras ha desaparecido.
Me siento limpia, de suciedad, tanto por fuera como por dentro.
Como si me hubiera llevado horas sumergida en una enorme bañera, mi piel está ahora suave y reluce delicada.
Pharrel lleva puesta una túnica oscura y su aspecto también se ve ahora mucho más limpio. Sin embargo, tanto Axel como Corvin conservan el mismo aspecto que justo antes de entrar al templo. Ambos me miran fijamente, con las cejas enarcadas. Soy incapaz de entender lo que está pasando.
—Ha llegado la hora... —La voz de la anciana suena a ultratumba.
El pozo empieza a llenarse, con un líquido negro y espeso, girando sin parar, en espiral. La muerte, mi muerte, al igual que el "renacimiento", debe ser así. Para volver, debemos adentrarnos en ese pozo. Entonces lo entiendo.
—El destino de los Siete Reinos dependen de tí. Solo tú puedes devolverles la paz y la gloria perdidas. —Algo se me encoge en el pecho ante las palabras de la anciana. Cada sílaba retumba en mi cabeza con rotundidad.
—¿Yo? —pregunto, absorta —No sé qué debo hacer.
—Lo sabrás —responde ella —. Debes elegir.
—¿Elegir? —La miro sin comprender a qué se refiere “Qué debo elegir ¿Irme o quedarme?”
—Sabrás cuál es la elección correcta. Mira dentro de tí. —“Mira dentro de tí”