Capítulo 32
Elara
A la mañana siguiente, la realidad me golpea como si fuese un saco viejo.
El recuerdo de la noche anterior aún arde en mi cuerpo, como si sus manos continuaran acariciando cada centímetro de mi piel.
Un encuentro para nada planeado, en el que nuestros cuerpos se dejaron llevar por las ansias y el deseo.
Un deseo, que se fue apaciguando con algo más.
El calor en el pecho me quema y me doy cuenta de que mis sentimientos por él son cada vez más fuertes, más intensos. Más difíciles de ignorar.
Sus palabras suspendidas en el aire, no dejan de revolotear por mi cabeza “¿Quería decir que me quería, como ya había hecho en aquel momento, cuando pensó que me había perdido?¿Quería decirme que me echaría de menos?¿Quería pedirme que me quedara?”
Una despedida, que quizá no tuvo valor de pronunciar.
Aún nada está claro y las dudas pesan demasiado sobre mis hombros.
La conversación que no nos atrevimos a tener, por miedo a perder lo que teníamos.
El ahora. Ese instante en el que solo eramos nosotros dos, sin secretos ni mentiras a la espalda. Solo Elara y Axel.
De vuelta al edificio donde se encontraban los chicos, fuimos sin hablar.
Cuando llegamos, todos estaban dormidos.
Todos, excepto Corvin. Me alegró verlo despierto, sin embargo, cuando me acerqué para comprobar cómo se encontraba, se giró sobre la mesa dándome la espalda.
Nos había visto volver juntos. En plena noche y estaba dolido.
Si tengo que volver a casa con él, no quiero que lo hagamos peleados. El eco de una conversación pendiente me quema en la garganta. Necesito decirle tantas cosas, explicarle tanto. Lo último que quiero es hacerle daño y sin duda, lo estoy haciendo de la peor manera, con el silencio.
Dos días en la carretera. Dos días más de hambre, sed y silencio. Al principio el trayecto fue tranquilo, aunque algo en el pecho continuaba pesándome, como una losa.
El sonido de las ruedas sobre el desgastado asfalto, el crujir de la carrocería atravesando el aire, nos envuelve con una monotonía hipnótica. Terriblemente lenta.
El tiempo parece detenerse, el viento pesado en la cara me impide mantener la vista constantemente en el camino. El sol sigue ardiendo en lo alto, incesante. Sin descanso.
A pesar de la aparente calma que rodea nuestro silencio, la tensión flota en el ambiente, recordándonos que nos dirigimos a un punto de no retorno. El fin de todo. El principio de nuestra nueva vida.
Corvin decide acompañar a Pharrel y Luke en su vehículo. Yo acompaño a Axel en el asiento delantero, con Tim y Jake en los asientos traseros. Tener a los chicos cerca me ayuda a distraerme de la rutina y el aburrimiento, con sus canciones y habituales juegos.
Intento distraerme observando el paisaje, cuando este poco a poco, empieza a ser menos angosto. Dejamos atrás el desierto y nos internamos en una zona húmeda, rodeada de árboles y vegetación. Aquí el aire huele a musgo y se puede sentir el clima fresco en el rostro.
La primera noche en la carretera está a punto de caer. Hacemos una parada junto a un arroyo. Luke y los demás se acercan al agua para refrescarse. Corvin no me dirije la palabra. Mantiene conmigo una distancia prudente y una expresión endurecida como si se sintiera traicionado.
No me atrevo a hablar con él, a pesar de que nuestras miradas se cruzan de vez en cuando, mantenemos un duelo silenciosamente agotador.
Intento mantener las distancias también con Axel, lo último que quiero es que todo salte por los aires. Estoy exhausta y solo puedo pensar en que todo acabará pronto. Fuera como fuese, todo acabaría pronto.
Axel revisa el mapa, agarrando el libro por el lomo desgastado, su dedo anular pasea por la superficie de hojas amarillentas. Me acerco entonces curiosa.
—¿Falta mucho para llegar?
Aprovecho que Corvin se ha echado un rato para acercarme a él y me recuesto en el hombro de quien roba la mayor parte de mis pensamientos. Me siento al instante terriblemente culpable.
No paro de pensar en que, pase lo que pase, finalmente perderé a las dos personas más importantes para mí. Ya no hay vuelta atrás.
Axel gira su rostro para mirarme, su perfil iluminado por los últimos rayos de sol.
—Otra noche más. Por la mañana deberíamos llegar al templo. —Asiento sin fuerzas para esbozar ni una palabra de despedida. Aún no.
Su mirada se encuentra perdida entre la maleza.
Las palabras siguen revoloteando a nuestro alrededor sin llegar a verbalizarse. El amargo sabor de la despedida me arde en el paladar. No hay más que silencio durante unas horas. La noche nos envuelve con su manto. Imparable.
Pharrel sugiere que acampemos junto al camino para retomar la marcha cuanto antes, nada más amanezca. Encendemos una hoguera, manteniendo la guardia alta. Intentamos resguardarnos lo suficiente para evitar ser vistos. La mañana llega pronto y el rocío fresco me moja la cara.
La segunda jornada transcurre de nuevo sin sobresaltos. La montaña se vislumbra ahora suave en el horizonte. A medida que nos acercamos, el nudo en mi estómago me aprieta más y más. El final está cerca.
De nuevo llega la noche. Acampamos en un hermoso claro, donde las enredaderas suben por los árboles y el suelo nos cubre de hierba hasta las rodillas.
El paisaje ha cambiado tanto que da la sensación de estar en otro lugar.
El aroma es más fresco y puro aquí, incluso el calor del día, parece diluirse entre las ramas de los árboles y la maleza ligera.
Nos arremolinamos alrededor de la hoguera y las voces de los chicos se entremezclan con el crepitar de las llamas. Pharrel cuenta una historia de brujas y dragones. Corvin ríe, con su sonrisa apagada. Axel mantiene la vista clavada en el fuego.
—Deberías ir a dormir —digo, observando las ojeras pronunciadas que le enmarcan los ojos verdes y el rostro afilado a la luz de la lumbre.
No hemos probado bocado en días, al menos el agua no nos ha faltado. Pero el cansancio es evidente y terriblemente exasperante.
—Podría decirte lo mismo —concluye.
No respondo, estoy demasiado agotada y la mente no para de darme vueltas. Me recuesto a su lado mientras observo el cielo nocturno. Las estrellas, ya tan cercanas, son mi abrigo esta noche.
El tercer día, conducimos hasta la base de la montaña.
El paisaje ha cambiado casi por completo.
Los árboles se han vuelto más altos, los senderos más estrechos y pronunciados.
El sol se filtra a duras penas entre los árboles y la humedad hace el calor tan asfixiante, que las perlas de sudor corren por mi rostro sin descanso.
El templo comienza a vislumbrarse en lo alto de la montaña. A partir de ahora, debemos subir a pie. Bajamos de los coches, con los ojos clavados en la cima de aquella cumbre.
Antes de esto, nunca había salido de Armaria, de las murallas del castillo.
Ahora los viajes se han vuelto algo recurrente en mi día a día.
Mi curiosidad y deseo de conocer han crecido.
Si tengo alguna certeza, ahora mismo, es que no quiero quedarme atrapada siempre en un mismo lugar.
Viajar entre los reinos no está prohibido, pero no es lo habitual, solo los comerciantes o los reyes suelen tener ese privilegio.
Si vuelvo, “cuando vuelva”, me corrijo. No quiero perderme nada.
Quiero descubrir por entero cada uno de los Siete Reinos que conforman nuestro mundo.
Me siento deseosa de conocerlo todo. No quiero volver a sentirme encerrada, atrapada, como en aquella mohosa celda.
Al pie de la montaña, unas escaleras de mármol conducen al templo.
Con una cantidad de escalones incontables, que dejan exhausto solo con mirarlas.
En lo alto, el templo se yergue como un palacio de piedra ennegrecida.
Un mármol oscuro, lleno de vetas doradas que confieren a la estampa un halo aterrador.
Una indescriptible sensación de tranquilidad me invade cuando pongo un pie en el primer escalón, como si llevara toda la vida esperando para estar aquí, en mi hogar.
Tim no se encuentra en condiciones de subir la montaña, todos lo sabemos. Continúa teniendo el pie hinchado, según Pharrel se trata de un esguince. Nos despedimos de los gemelos abajo. Todos dejamos escapar algún sollozo, siendo conscientes de que muchos de nosotros no nos volveremos a ver jamás.
—Es el final del camino para algunos —anuncia Axel, mirando a los hermanos.
Hago un esfuerzo por contener las lágrimas que se agolpan en mis ojos. Los ojos de Tim están vidriosos y su rostro algo pálido. Me mira, esperando la despedida.
—Supongo que aquí es dónde nos despedimos —dice Jake rasgando el silencio.
Soy incapaz de mirarlos, a ninguno de ellos.
Nos fundimos en abrazos silenciosos y esta vez no hay lágrimas desesperadas, solo vacío.
Me giro para comenzar el ascenso, con la certeza de que nunca más volveré a pisar esta Tierra.
Cuando ponga un pie en ese templo, un pedazo de mi historia se quedará aquí para siempre. Mi destino me aguarda.
Los primeros tramos resultan sencillos, la escalera se alza rodeando aquella montaña, que cada vez, va siendo más y más empinada. La falta de oxígeno por la altura hace que me ardan los pulmones.
—¡Y luego habrá que bajar! —se queja Luke.
—Bajar siempre es más fácil —apunta Pharrel con voz serena.
A medida que ascendemos, la inclinación es cada vez más cruel.
Como si esto se tratara de una prueba más de los dioses, para atestiguar la valía de aquellos que se atreven a desafiar sus decisiones.
Mis piernas parecen de plomo,con cada pasao, son más y más pesadas.
“Sube la montaña”, me repito. “Sube la montaña”.
Una y otra vez.Sin descanso. No puedo rendirme, no ahora que el final está tan cerca.
Mi destino, la verdad sobre mi pasado. Todo lo que me aguarda detrás de aquellos muros.
Luke se tambalea en uno de los peldaños y Pharrel lo agarra evitando una desastrosa caída. Tardamos horas en llegar a la cima. Axel a la cabeza, apenas muestra signos de cansancio. Se mantiene siempre fuerte, siempre adelante. Nunca he conocido a nadie tan tenaz.
Pone un pie en el suelo de baldosas doradas sobre las que se yergue el templo y me tiende una mano para ayudarme a subir aquel último escalón. Sus dedos están helados.
El viento aquí arriba hace el ambiente gélido.
Siento las pestañas rígidas, congeladas.
El paraje es amargo, las vistas desde aquí hacen de la Tierra un lugar aún más desolado, mustio y sin vida.
La selva que hemos atravesado no son más que retazos que salpican la llanura.
Pero al final del horizonte, más hacia el sur de dónde nos encontramos, como en una línea casi imperceptible, la selva asoma como un remanso de vida. Como un sueño entre tanta desolación.
Cuando pongo el último pie arriba, miro hacia atrás para asegurarme de que hemos llegado todos bien. Permanecemos en silencio, pero si hubiéramos querido comunicarnos, el sonido del viento no nos lo habría impedido.
—¿Tienes miedo? —le digo a Corvin, son las primeras palabras que cruzamos en días. Mantengo la vista clavada en el edificio pétreo que se dibuja ante nosotros.
—Sí. —Mi pregunta parece pillarle por sorpresa, pero no titubea al responder. Me mira a los ojos ahora y una leve sonrisa se dibuja en su rostro cubierto de mugre y suciedad —. Me preocuparía más si no lo tuviera.
Asiento y respiro hondo mientras los sentimientos siguen pesándome en el pecho. Cuando vuelvo la vista al frente, tres encapuchados se personan frente a nosotros. Sus túnicas negras les cubren hasta los pies, lo que da la sensación de que estén flotando. “Porque es solo una sensación ¿verdad?”
Me estremezco al recordar las similitudes con aquellas moiras. El día de mi muerte. Axel me agarra la mano izquierda instintivamente, no sé si presa de su propio miedo o porque nota lo asustada que estoy. El corazón me late a mil por hora cuando los encapuchados se acercan más a nosotros.
—Solo los caídos pueden pasar —“¿Los caídos?¿Es así como nos llaman?”
Mi mente divaga sin remedio.
Nos miramos los unos a los otros. Corvin se coloca a mi derecha y Axel y él se miran. Desafiantes, manteniendo el silencio. Pharrel justo detrás mío, Luke da un paso hacia atrás.
—Luke —lo llamo, él solo asiente.
—Todo irá bien —dice con la voz rota.
Luego miro a Pharrel, que no parece inmutarse por nuestra inminente despedida.
Una sonrisa se esboza en su cara. Entonces todo cobra sentido de una forma brutal.
El libro, su halo misterioso, su apariencia divina…
“En otra vida…” Dijo la otra noche. Todas las piezas encajan en este preciso instante.
—Pharrel… ¿Tú? —Él se limita a asentir. Gesto que repite Axel cuando dirijo la mirada a él. Ya lo sabía.
La sensación es de sorpresa y a la vez no. Como si en el fondo siempre hubiera sabido que Pharrel no podía pertenecer a este mundo.
Nos damos las manos en el momento que las descomunales puertas de marmol y onix se abren. Los tres encapuchados se pierden en el interior y nosotros tras ellos. Ha llegado la hora, de conocer mi destino.