Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—Os admiro muchísimo Jake, vuestra entereza después de todo lo que habéis pasado es asombrosa. Sé que os irá bien, sea dónde sea. Os lo merecéis. —Me separo un poco de él para sonreírle y me mira a los ojos. Es un poco más bajo que yo, así que mira hacia arriba.

—Os echaré de menos Elara, a Corvin también. —Sonríe —¿Crees que Axel también querrá volver? —Los ojos se le inundan un poco. “Hace días que me pregunto lo mismo”, quiero responder. Pero me quedo callada.

—Él jamás os dejaría. —Casi cruza la tierra entera para encontrarlos. No los va abandonar y soy consciente ahora, de una manera tan real y tangible que… Sé que lo nuestro es más imposible que nunca.

Caminamos un rato hasta llegar a lo que tiempo atrás debió ser una especie de tienda.

Saqueamos lo poco que encontramos. Algunas latas de conservas y paquetes caducados hace años.

Pero no hay otra cosa mejor. En el camino de vuelta, nos cruzamos con Axel y Luke que están llenando el depósito de los coches.

Ambos tienen el rostro y las manos totalmente ennegrecidas.

—Jakesube a llevarles la comida —digo. El chico asiente y se pierde escaleras arriba.

Con las manos en los bolsillos me acerco a Axel. Él, tras colocar el tapón del depósito del vehículo, se limpia las manos en un trozo de tela lleno de mugre.

—Estás hecho un desastre. —Sonrío divertida y él me devuelve una mueca burlona.

—No te acerques mucho a mí. Ahora mismo soy extremadamente tóxico. —Y no sé si el comentario va con segundas intenciones.

—Debería decir que siempre lo has sido. —Bromeo.

Verlo sonreír me ilumina el alma un poquito entre tanta negrura. Quiero hablar con él, muchas cosas, pero tampoco quiero presionarlo y no sé si yo misma estoy preparada para hacerlo. Me regodeo un poco más en esta instantánea y fugaz tranquilidad.

—Os dejo un rato solos, tortolitos. —Luke se aleja entre risas, avanza con grandes zancadas hacia el edificio.

—Nuestra aventura está apunto de acabar —digo, en un intento vago de que me confíe sus intenciones o que se sincere un poco más en cuanto a sus sentimientos. Sobre algo en lo que respecta a nosotros. No sé si todo eso importa ya.

—Sí… —Carraspea. Como si mis palabras le pillaran por sorpresa —. Creo que en un par de días, con estos trastos, habremos llegado al templo. —Da un golpe en la carrocería desgastada del vehículo, apartándome la mirada. Me acerco más.

—Axel… —Su nombre me deja un regusto amargo en el paladar. Aleteo las pestañas en busca de aliento, muy cerca de su cara. Tanto, que el olor a aceite me invade las fosas nasales —. Ya no sé si quiero volver —confieso y yo misma me sobresalto ante las palabras.

Acabo de verbalizar algo que era incapaz de admitir.

Me mira a los ojos que destellan inundándome con el verde cristalino de su mirada.

Sé que estoy siendo tremendamente egoísta al decirle esto, al condicionarlo de esta forma.

Pero es que, cuando lo miro, me siento como en un prado apacible, uno que no conozco, en el que nunca antes he estado.

Embriagada por la calma que me produce haber soltado por fín lo que llevo pensando días, le sonrío ampliamente.

—Tienes que volver. Este lugar no es seguro para tí. —Con voz grave, su nuez se mueve arriba y abajo cuando traga saliva.

—¿Quién lo dice? Allí arriba nadie me quiere —admito, sin pensar en nada más.

Las palabras de Myrgala. “Mi destino” . Todo deja de importarme ahora.

De nuevo me vuelvo impulsiva. Egoista.

—Eso no lo sabes —asegura. Tan seguro, que una pizca de curiosidad me nubla la mente.

—Pareces saberlo con certeza. —Sabe cosas, lo sé. Lo siento en cómo aparta la mirada de mí, como si no quisiera terminar de revelarme toda la información que posee.

—No te mereces esta vida. —Evade mi pregunta una vez más, pero todo se me olvida en el momento que entreabre la boca para pasarse la lengua por el labio inferior.

La cercanía con Axel hace que me olvide de todo cuanto nos rodea.

Da un paso más, acercándose a mí. Su mirada me atrapa, como si sus ojos verdes fueran un refugio para el caos.

Me dejo llevar, en una mezcla de adrenalina, miedo y deseo contenido.

Y en este momento me daría igual estar en el mismísimo infierno, solo quiero perderme en su boca.

Me abalanzo sobre él para devorarlo sin contemplaciones.

Me da igual la suciedad, la mugre, el sudor y la sangre seca pegada a nuestros cuerpos.

Solo puedo pensar en el deseo que me invade, que me atormenta desde aquella noche que por primera vez me tocó, me hizo suya.

Sus manos ávidas de deseo, me recorren el cuerpo atrayéndome más hacia él.

Más cerca. Nos besamos con desesperación, su lengua devora mi boca, alimentándose de mí, de nosotros.

La humedad va siendo más latente en mí, lo deseo tanto que podría hacérselo aquí mismo, sobre el coche.

—Deberíamos parar.

—No quiero parar —confieso y de un empujón, lo hago entrar en el vehículo. Sin parar de besarlo.

Axel se acomoda en el asiento de atrás y yo me coloco encima de él.

Con tanta entrega, con tanta impaciencia, que solo pienso en su carne hundiéndose en mí, una y otra vez.

Con fuerza, con rudeza, con entrega. Me recorre con las manos, colocando una de ellas en mi trasero, la cual utiliza para pegarme más a él.

Noto su dureza entre mis piernas y casi me deshago ahí mismo.

—Nos van a ver —dice en un susurro. Yo dirijo la mirada a las ventanas rotas del edificio frente a nosotros.

—Pues vayamos a un sitio más privado —digo con la respiración entrecortada.

Nada más me importa y si este es el tiempo que tenemos, no pienso desaprovecharlo.

Sin pensarlo mucho y con un rápido movimiento, Axel se coloca en el asiento delantero para conducir y yo me siento a su lado.

No me quita la mano de los muslos. Esa mano fuerte y firme sobre mí, me hace apretar los muslos, buscando algo de alivio en esa fricción. Una forma inútil de saciar mi deseo.

Conduce unos metros hasta un lugar algo más oscuro.

La noche ha caído mientras nos besábamos, sin que ni siquiera fueramos conscientes.

La luna en lo alto del cielo, tan lejos desde este lugar, que me recuerda una vez más la fugacidad de este momento.

Porque pronto se hará de día y ya no quedará nada más…

Por mucho que mis sentimientos me cieguen, todo esto no es más que una ilusión.

Mi lugar está ahí arriba. Mi castigo siempre será haberlo perdido.

—Está tan bonita como tú —dice mirando el brillante satélite y después a mí. Devolviéndome al momento presente, mientras me agarra de la barbilla —¿Sabes? Sus cráteres me recuerdan a tus pecas. —Sonrío.

Con un rápido movimiento se coloca en el asiento de atrás de nuevo y me tiende una mano, para ayudarme a acomodarme a su lado.

—¿Por dónde íbamos? —inquiere con voz grave, dejando besos suaves en mi cuello. Rápidos y exigentes.

Como el coche es descapotable, empiezo a sentir el frío de la noche en mi piel.

Axel lo nota, se quita la capa y me cubre con ella.

Después, sigue desnudándose. Solo iluminado por la luna y las estrellas, me muestra su reluciente miembro.

Ahogo un gemido en mi garganta al recordar la sensación de tenerlo en mi interior.

—¿Quieres probar? —Asiento, sin habla. Sin aliento.

Me dirijo a él y con las manos, acaricio su suavidad.

No sé bien lo que estoy haciendo, acerco su miembro a mi boca y comienzo a dar besos suaves que lo hacen estremecerse.

Los besos se convierten en lametones, de la cabeza hasta abajo y otra vez hasta la punta.

Noto mi humedad deseando ser liberada y presa del deseo, lo introduzco en mi boca.

Una, dos, tres estocadas. Empiezo a mover la cabeza a gran velocidad.

Sus gemidos me inundan los oídos y su excitación me acelera y me calienta cada vez más.

Paro, la saco de mi boca y lo miro a los ojos.

El deseo chisporrotea como llamas en sus ojos verdes y entonces, me recuesto en el sillón, esperando ser complacida.

Axel vuelve a besarme impávido y se recuesta sobre mí. Una mano rápida se escapa por dentro de mi pantalón, hasta llegar al foco de mi humedad. En círculos, comienza a acariciar el punto más profundo de mi placer. Arqueo la espalda por el contacto, presa de la excitación. Quiero más, necesito más.

—No sabes cuanto deseaba tenerte solo para mí. —Vuelve a devorarme el cuello.

Mi mente repara en Corvin, en lo que hicimos los tres aquella noche. Pero no se compara a esto, a todo lo que estoy sintiendo ahora. Disfruté, sí. Pero lo que Axel me hizo sentir hoy y aquel día, esa extraña y mágica conexión, supone más. Mucho más. De lo que podría ni siquiera soñar.

Con su cuerpo pegado al mío, comienza a desnudarme, dejando solo la capa a mi alrededor. Su cuerpo calienta el mío y mantiene su miembro sobre mí, amenazando con entrar. Estoy excitada e impaciente a más no poder.

—Por favor... —suplico con voz lastimera —Hazlo ya. —Él sonríe con malicia.

Eso le excita y se le iluminan los ojos ansiosos.

Me devora los pechos, jugando con mis pezones, pellizcandolos con los dientes.

Se me eriza la piel y muevo las caderas para hacer más intensa la fricción contra su cuerpo.

Cuando me agarra y comienza a introducirse en mí, lentamente, no puedo evitar soltar un sonoro gemido que consigue envolvernos.

Una ola de placer se acomoda en mi cuerpo mientras me acostumbro al tamaño.

Y comienza a hacérmelo, a introducirse en mí, entrando y saliendo, más y más. Una y otra vez, llevándome a la locura. Lo necesito más adentro. Presa del placer, lo aparto de mí y lo obligo a sentarse en el sillón, luego me coloco a horcajadas sobre él y ahora soy yo la que toma las riendas.

La capa ha caído a nuestro alrededor, pero no me importa, ya no siento frío.

Me muevo por puro instinto, por puro anhelo.

Comienzo a botar sobre él. Mis caderas se mueven a un ritmo vertiginoso que no soy capaz de controlar.

Sus dedos se acomodan entre nosotros para acariciarme mi punto más sensible.

Ese punto de electricidad es lo que necesitaba para hacerme estallar en mil pedazos.

—¡Axel! —grito su nombre y me pitan los oídos, cuando, tras el orgasmo, todo mi cuerpo se relaja.

No tarda mucho más. Segundos después, sale de mí y se derrama sobre nosotros. Mojándome el vientre y los muslos. Sudorosos y agotados pego la frente a la de él. Un delicado beso convierte el momento en algo aún más íntimo, más especial.

—Elara…Yo… —Una confesión. Unas palabras se quedan suspendidas en el aire.

—Yo también. —Es todo lo que puedo decir.