Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Axel

La arena y el polvo que levantan las ruedas al pasar, me inunda las fosas nasales.

Con una mano y sin soltar el volante, me coloco el pañuelo que llevo al cuello, cubriéndome la boca y las aletas de la nariz.

Tomo un poco de aire sin dejar de pisar el acelerador.

Los ojos se me resecan con las virutas de arena en suspensión.

Lo que obliga a mis lágrimas a desparramarse por mis mejillas, intentando limpiar el desastre.

Corremos con el viento, los gritos de ira de Prince y sus amigos nos acompañan.

Pisándonos los talones. Nos están dando caza.

Aparto la mano derecha del volante para colocarla en el muslo de Elara, tenso por la adrenalina. Ella me agarra la mano, sin dejar de mirar hacia atrás, asegurándose de que nuestros enemigos siguen a cierta distancia.

Huele a combustible quemado y el rugido de los motores rasga el asfalto.

Desde uno de los vehículos de atrás, alguien toca la bocina, lo que nos alerta de que el tiempo se nos agota.

Están demasiado cerca. Temo que en cualquier momento el combustible se acabe o el viejo motor deje de funcionar. Miro a Elara de reojo.

—En mi mochila hay una pistola. —Me mira con sus ojos verdes aguamarina, cristalinos, abiertos de par en par —. Elara, cógela… Confío en tí —le aseguro y le aprieto más la mano.

En el asiento trasero, Corvin blande un cuchillo.

Lo observo por el espejo retrovisor, está incorporado en dirección a nuestros rivales.

Capto como los gemelos sacan sus armas y las cargan.

Dos revólveres desgastados y una pistola del calibre 45.

Preparados para defendernos, para sobrevivir una vez más.

Un estruendo me devuelve la vista hacia el frente de forma abrupta.

El coche de Pharrel y Luke ha cogido un bache, que a la velocidad a la que vamos, le hace tambalearse y avanzar unos cuantos metros sobre las ruedas izquierdas.

Elara ahoga un grito cuando giro el volante bruscamente, evitando el socavón de la carretera.

El peso del vehículo nos hace derrapar un poco, pero consigo estabilizarlo y seguir adelante.

Los silbidos y gritos de guerra de nuestros adversarios se nos clavan como cuchillos en la espalda. Entonces, el sonido metálico de balas chocando contra el metal de la desgastada carrocería, nos sobresalta. Nos están disparando.

—¡Agachaos! —alerto a mis compañeros.

E,piezo a conducir prácticamente tumbado sobre el asiento. Los gemelos les disparan de vuelta, sin descanso. Se agachan tras cada ráfaga, para protegerse y en ocasiones, solo dejan fuera la mano para seguir atacando.

—Elara, tienes que disparar. Apunta cuando estén un poco más cerca. —Ralentizo el ritmo.

Nos pisan los talones, casi puedo sentir su presencia detrás. La miro a los ojos.

—Puedes hacerlo ¿Me oyes? —Ella asiente sin pestañear y agarra el arma. Su mirada es pura determinación.

No se me pasa por la cabeza relegarla de esta tarea. Podría encomendársela a Corvin, está acostumbrado a pelear. Pero confío en ella. Sé que puede hacerlo. Le confiaría a ella mi vida, sin dudarlo.

Se pone de rodillas en su asiento y apuntando hacia ellos, comienza a disparar.

Repite el proceso, dispara y se agacha. Los movimientos de Tim, Jake y Elara, se mueven al compás como en una melodía de muerte y oscuridad.

Corvin está rezagado bajo el asiento delantero derecho.

Cuando llega su momento, se pone de pie de un salto y con un fuerte impulso, aterriza sobre la carrocería del vehículo que está más cerca de nosotros.

—¡Corvin!¡ ¿Qué haces?! —El grito desgarrador de Elara me golpea los oídos.

El ruido de las balas se entremezcla con el de la hoja del cuchillo, blandiendo la carne. El coche justo detrás de nosotros se ralentiza y el vehículo de Prince lo adelante sin miramientos. Colocándose en paralelo a nosotros. Nos ha alcanzado.

Entonces Pharrel también pierde velocidad. Se coloca justo delante de ellos cerrándoles el paso. Los tenemos acorralados.

—¡Elara dispara! ¡Ahora! —Entre lágrimas llenas de ira, Elara dispara al conductor del vehículo justo a su lado.

Sus gritos desgarradores y la fuerza que emana de su interior, convierten su cabello en puro fuego. Mi chica arde en llamas.

Hemos perdido de vista a Corvin y el vehículo que quedó rezagado.

Es imposible, verlos con la nebulosa de polvo y tierra a nuestro alrededor.

Tim y Jake saltan al vehículo de nuestra derecha.

Sin titubeos y con varios tiros, se cargan a los tíos en el asiento trasero.

El forcejeo, la neblina y la velocidad me impiden ver lo que está pasando al cien por cien.

Cuando el coche a nuestro lado comienza a dar volteretas en el aire, implosionando al aterrizar en el suelo, se me para el corazón.

—¡No! ¡Los chicos están ahí! —La voz de Elara, desgarrada, acelera aún más mi pulso.

Voy levantando el pie del acelerador y poco a poco, piso el freno. Antes de que el coche se detenga por completo, Elara ya ha saltado del vehículo.

—¡Elara! ¡Cuidado!

Mis palabras se quedan suspendidas en el aire y el tiempo se ralentiza cuando una explosión hace saltar todo por los aires. Elara sale volando hacia atrás debido a la honda expansiva.

Me quedo paralizado con las manos aún pegadas al volante.

Lo agarro con fuerza de forma que mis nudillos están completamente blancos.

Veo todo a cámara lenta. Pharrel y Luke corren en su dirección, Tim y Jake salen arrastrándose de la parte de atrás del vehículo en llamas.

Elara está tirada en el suelo, el rostro lleno de magulladuras.

—¡Elara! —El grito de Corvin me devuelve a la realidad.

Salgo disparado del vehículo y corro hacia ella. Me pitan los oídos y el fuerte mareo me sacude haciéndome tropezar.

Pharrel le sostiene la cabeza entre las manos.

No lo pienso, lo aparto y coloco las mías en su lugar.

De rodillas a su lado. “No, no, no”. Cuando Corvin llega hasta nosotros con el brazo sangrando y el rostro lleno de cortes y golpes, se queda parado a sus pies. Parece esculpido de mismísima piedra.

—Otra vez no… —Sus palabras van acompañadas de un gemido y se arrodilla para ponerse a su altura, en el suelo. No pasa desapercibido para mí cómo le agarra la mano. Esto siempre ha sido entre él y yo.

Pharrel nos trae un poco de agua y vuelve con los gemelos, a los que Luke ya está atendiendo. Deposito el cuello de la cantimplora en los rojizos y agrietados labios de Elara.

Rezo a todos los dioses a los que un día deshonre, para que no se la lleven. “No ahora, no por favor”. El ardor en mi pecho crece más y más. El dolor se hace cada vez más evidente, asfixiante. Elara aún no abre los ojos.

Mi princesa, mi pelirroja, la única mujer a la que he amado “¿Cómo no he podido darme cuenta antes?” Me cuesta respirar y no me avergüenzo cuando las lágrimas brotan por mi rostro y me mojan la cara.

—No llores como si estuviera muerta —dice Corvin sin mirarme, con los dientes apretados.

Bajo mis manos y poso dos dedos en su cuello. Su pulso es cada vez más lento. La desesperación se apodera de mí y actúo sin pensar en nada más. Me la llevo a los brazos y noto la debilidad de su cuerpo. Con su rostro pegado al mío, empiezo a sollozar. Ahogando gritos desesperados.

Corvin le ha soltado la mano y hunde el rostro en las manos, ocultando su dolor. El resto de los chicos nos rodean. Tim cojea de una pierna, apoyándose en su hermano.

—Elara por favor... Por favor, no te vayas…—No me importa sonar ridículo. No me importa parecer un niño, en estos momentos. No puedo dejar que se vaya. Ella no —. Elara, te quiero —digo muy pegado a su oído, para que nadie más pueda oirlo.

Noto como se estremece bajo mis brazos, soltando un pequeño quejido. Se remueve antes de abrir los ojos enrojecidos.

—Creí que nunca lo ibas a reconocer —suelta, con una sonrisa picarona.

La aprieto más contra mi y le doy un beso intenso en los labios.

—¿Te encuentras bien? —Me aparto un poco para mirarla a la cara.

—Estoy un poco mareada. —Su voz sale aún débil de entre sus labios. Aspera, seca, pero viva.

Pharrel me aparta y se arrodilla para examinarle las heridas más de cerca.

Me pongo en pie aún con las rodillas temblando y el miedo se apodera de mí al ser consciente de los sentimientos que me han llevado hasta aquí. Si la princesa vuelve a casa se acabó. Otra perdida y esta vez, una que no sé si podré soportar.

Un sonoro golpe me distrae del hilo de mis pensamientos. Corvin se desploma con un impacto seco a pocos metros de mí.