Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Axel

La lluvia ha cesado al fín, lo que deja el cielo despejado como hacía tiempo que no lo veía. Las estrellas brillan en el firmamento, trayéndome el dulce aroma de mi hogar consigo. Lo que me hace pensar en Pharrel. Dirijo la mirada a mi derecha, donde se sienta con las piernas cruzadas a mi lado.

—Pharrel, tenemos que hablar. —No me he olvidado del libro.

Tras comer unos ratones que hemos cazado en el bosque, los chicos ya han repuesto fuerzas y ahora se encuentran durmiendo junto a la hoguera. Todos se han ido a dormir, excepto Pharrel y yo, como si él esperase esta conversación tanto como yo.

—Sabía que no lo dejarías pasar. —Sus palabras confirman mis sospechas.

—Me has mentido. —Observo con frialdad.

—Nunca te he mentido. Te he ocultado información. —Exhala un hondo suspiro antes de proseguir —. Al igual que tú.

—¿Sabías que yo venía de arriba? —Asiente. Las preguntas aletean por mi mente, desordenadas —¿Desde cuándo?

—Desde siempre —admite. Su confesión me hace removerme en el sitio.

—¿Por qué no dijiste nada? —Mi voz suena seca, áspera. Tengo que tragar agresivamente saliva para no ahogarme de la propia ansiedad.

—Si querías contármelo, acudirías a mí. —La tranquilidad en su voz, ilumina sus ojos plateados, con una luz casi cegadora.

—Tú tampoco quisiste contármelo a mí —le recrimino, una vez más.

Las palabras salen de mi boca con desdén, aunque no era esa mi intención.

—Cuando me pediste que me uniera a tí, a tu grupo ¿Por qué lo hiciste? —Tiene la vista clavada en el horizonte y las llamas danzantes de la hoguera iluminan su rostro afilado.

—Por el libro —admito y se me encienden las mejillas en una mezcla de ira y vergüenza.

—¿Sabías lo que contenía? —La voz de Pharrel sigue siendo calmada.

—Nunca te separabas de él. Debía ser algo importante, pensé que podría darme las respuestas que yo necesitaba. —Estoy siendo sincero, quizá cómo nunca antes. No quiero perder a ningún amigo más.

No me gusta el curso que ha tomado la conversación, me irrita y me decido a tomar las riendas.

Estoy acostumbrado a mentir, por triste que parezca.

A ocultarme, a utilizar la información a mi conveniencia.

Decir la verdad, mostrar mis sentimientos, mis intenciones, me hace sentir terriblemente expuesto. Vulnerable.

—No te lo tomes a personal, Axel. Todos tenemos secretos… —Siento sus palabras como un puñetazo directo en mi ego.

—¿Cómo lo conseguiste? —pregunto, curioso.

—No lo sé, simplemente… Aparecí aquí con él. —Parece sincero.

—¿Por qué no me lo diste? Sí lo sabías. —Aprieto la mandíbula, sin apartar los ojos de él.

—Porque no eras tú a quien debía dárselo. —Sus palabras hacen que varias piezas encajen en mi puzzle mental. Respuestas. Se me hiela la sangre en las venas y una gota de sudor frío se derrama por mi cicatriz en la frente.

—Eras habitante de Niebla. —No hace falta preguntar, solo afirmo. Él se limita a asentir, con rotundidad.

—Pharrel, el hechicero. Así me conocían en Niebla. —Trago saliva trabajosamente, a la espera de que mi amigo me cuente toda la historia.

No quiero presionarlo, aún así, estoy deseoso de obtener respuestas.

—Mis poderes eran variados. La capacidad para crear hechizos, conjuros, tener visiones…

La gente acudía a mi para intentar arreglar sus miserables vidas.

—Los ojos se le ensombrecen un poco más con cada palabra, los recuerdos de una vida pasada destellan en su mirada —.

No estoy orgulloso de las cosas que hice, Axel.

Utilicé la magia negra, magia prohibida…

Siento el dolor a través de su voz y me estremezco. No necesito que diga nada más para entender a lo que se refiere.

—Jugué con algo muy peligroso, fuerzas superiores, que ni tu ni yo conocemos.

.. —Su mirada aún fija en el horizonte. No me atrevo a volver a mirarlo, entonces.

—. Y por eso estoy aquí. Me gané la muerte.

—Su voz se apaga en un último suspiro, antes de volver a renacer —.

Tuve una última visión antes de morir, los videntes lo llamamos: “La última llama”.

Vi a una chica pelirroja, vi como le entregaba el libro…

—Hace una pausa prolongada, que me tensa un poco más los músculos, si cabe.

No sé bien qué decir, qué más preguntar.

La noche continúa envolviéndonos, cálida, oscura.

Las llamas de la hoguera parecen arder con más intensidad a medida que avanza la conversación.

No puedo pensar en nada, con la mente totalmente bloqueada, porque son tantos los pensamientos que se arremolinan dentro de mi mente que no me atrevo a ponerlos en orden.

—Entonces aparecí aquí y durante años mi única misión fue esperarla a ella.

Encontrarla y darle el libro. No sé si esto es una forma de redimirme, solo sé que tenía que hacerlo.

Conseguir el perdón para volver a casa. —Trago saliva, sintiendo el peso de sus palabras —.

No podía arriesgarme. —Asiento cuando deja de hablar —.

Todos nosotros formamos parte de algo más grande, Axel. Algo que solo los dioses conocen.

Nos quedamos un rato en silencio, viendo crepitar las llamas en la hoguera.

Mi mente no para de dar vueltas a la confesión de Pharrel y a su vez, su historia da por fin sentido a la mía.

A mi muerte, que durante años sentí absurda e injusta.

Todo estaba hilado, todo estaba tejido, de una forma tan siniestra y estudiada que era imposible que los simples humanos nos diésemos cuenta de ello.

Del funcionamiento de nuestro mundo. De nuestro papel en el destino, mucho más allá de nuestras propias elecciones y necesidades.

Todo, siempre, había girado en torno a ella.

Yo llegué aquí con la misión de encontrarla.

Era mi destino, eso dijeron las Moiras: “Encuéntrala…” Sus voces aletean ahora en mi mente.

Y esta revelación solo me hace preguntarme una cosa.

Dirijo mi mirada en su dirección y la observo dormir plácidamente sobre el suelo húmedo.

Tan cerca de la hoguera, que sus mejillas rojizas ahora se muestran un poco ennegrecidas por el hollín.

Sus pecas danzan al ritmo de la cálida luz y su pelo la envuelve como un atardecer.

Me estremezco al comprobar que la estaba observando con demasiado…

Deleite. Los recuerdos de su piel, de su cuerpo enredado con el mío, me taladran la mente.

Un sentimiento nuevo crece en mi pecho, hinchándolo y luego, el miedo.

“¿Quién eres realmente, Elara?”