Capítulo 25
Axel
Presente
Arrastro a Corx hasta un lugar apartado de Elara, Corvin y la ristra de cadáveres que hemos dejado hace tan solo unos minutos.
Preso de la irá que me reconcome en mi interior, la agarro con fuerza del antebrazo.
Ella opone poca resistencia, parece agotada.
Observo su rostro ensangrentado, cortesía de Elara al estamparla contra el suelo hormigonado.
Una semilla de orgullo crece en mi pecho, no puedo evitar que se me escape una sonrisa de medio lado.
Aún no sé bien qué hacer con ella, si me dejo llevar por el impulso que siento en las venas, la despellejaría viva.
He sido demasiado permisivo con ella. No me gusta que jueguen conmigo y Corx lo ha estado haciendolo demasiado tiempo “¿Quizá se acercó a mí en su momento porque sabía la verdad?¿Ese era su maquiavélico plan?¿Ascender?”
Aprieto la mandíbula hasta que un agudo dolor se me instala en la sien. Rechino los dientes cuando, de un rápido movimiento, hago girar a Corx, haciéndola estallar contra la pared de hormigón visto.
Nos encontramos en un estrecho y angosto pasillo, rodeados de paredes agrietadas y muros desgastados, recubiertos de moho.
El aire es tan denso aquí, que el olor a óxido y a sangre seca me penetra las fosas nasales y me revuelve las entrañas.
Estamos lo suficientemente lejos. Aquí, en la penumbra, nadie podrá oír lo que tenga que decir.
Ahora mismo, está completamente indefensa, sin sus asquerosos secuaces, sin movilidad en sus afiladas garras, siento incluso algo de lástima por ella. Lástima porque yo no querría estar en su lugar. Cara a cara con el rencor. Con mi ira letal.
—¿Desde cuándo lo sabes? —Su sonrisa despiadada sigue ahí, quiero decirle que eso no ayuda a templar mis nervios.
—Siempre han habido rumores… —Se relame la sangre que se le escurre por la mejilla y yo me estremezco solo de recordar que alguna vez esa lengua recorrió mi cuerpo.
—¿Te acercaste a mí por eso? —Finge una cara de sorpresa y me entran ganas de vomitar.
—¿Estás dolido, Axel? —Dejo escapar una sonrisa frente a la osadía de su pregunta.
—Tu no cambias nunca ¿eh? —le recrimino, sin miramientos —. Acabo de asesinar a todo tu clan y sigues pensando solo en tí.
—Hoy en mí y mañana en mí. —Hace una breve pausa y las pupilas se le oscurecen —. He tenido que aprender a sobrevivir. —En eso, ciertamente, nos parecemos.
Recuerdo la historia que me contó sobre su pasado, cómo su familia la dejó de lado cuando ya no les fue útil. Intento no desviarme del tema, siento que me deslizo suavemente entre sus garras.
—Responde a mi pregunta, ¿Desde cuándo lo sabes? —Vuelvo a desviar la atención a la conversación que me interesa. Ahora mismo, solo puedo pensar en rescatar a los chicos. De otro modo, Corx ya estaría muerta.
—Como te digo, siempre han habido rumores… Un chico misterioso que apareció de la nada. Solo, sin familia y que en poco tiempo se hizo con un clan de los más temidos de por aquí ¿Quién no iba a sospechar?
—Si estás pensando en ascender, siento decirte que eso no depende de tí. —Son los dioses quienes deciden esas cosas.
—Así que es cierto… Al menos tu amigo Hogee no murió en vano. —Una oleada de terror me inunda de la cabeza a los pies. “Hogee ¿muerto?”.
La cara de estupefacción me delata. Hogee es la única persona que realmente conocía mi secreto, pero estoy convencido de que jamás hablaría.
Doy un puñetazo en la pared muy cerca de su cara y la gravilla sale disparada.
Algunos restos se le clavan en la piel, ya maltratada.
Emite un gesto de dolor y aprieta los ojos retirándome la mirada.
—Eso no es cierto. —Me separo de ella. Me tiembla todo el cuerpo y me flaquean las rodillas solo de pensar que lo que esta arpia acaba de decir pueda ser verdad —¡Deja de jugar conmigo, hija de puta! —Veo todo rojo.
—¡Oh! Claro que es cierto. —La maldad vuelve a brillarle en los ojos —.
Lo torturamos para que nos diera información, tu paradero.
Fue difícil hacerlo hablar. —Su voz se convierte en un susurro venenoso, apenas audible —.
Pero hasta el más leal cede en una situación así.
—Vuelve a relamerse, dejando a la vista sus colmillos afilados.
—Hogee jamás… —“Me traicionaría”. Las palabras se me quedan atascadas en la garganta.
—Después de que hablara, dejó de sernos útil. —Sonríe y sus ojos revelan algo más. No hay duda, solo puro placer. Es peor de lo que imaginaba —. Dejamos su cuerpo tirado en un desguace tecnológico, dudo que salga de ahí. Probablemente ya no sea más que polvo.
Su provocación acaba con cualquier ápice de cordura que queda en mi.
El dolor me enciende entero. Sus palabras arden en mi interior, quemándome como las brasas.
Un zumbido sordo se instala en mis oídos y una punzada me taladra la sien.
Soy incapaz de contenerme más. Me abalanzó sobre ella y cuando me vengo a dar cuenta, mis manos ya rodean su cuello.
Su pulso acelerado palpita bajo la yema de mis dedos.
Aprieto con rabia las dos manos alrededor de su cuello hasta la extenuación.
Su resistencia va cediendo ante mí. Sus ojos se van tornando a un color rojo escarlata y veo el propio reflejo de mi dolor en ellos.
Aflojo un poco mi fuerza. No quiero matarla… Aún no.
—Me llevarás hasta los Caminantes. —Me concentro en el timbre de mi amenaza —. Se acabaron los juegos, Corx. —No titubeo —. Si no lo haces te mataré. —Suelto su cuello y segundos después aún noto como sus venas palpitan en mis manos —. Te aseguro que no será algo rápido. Pienso disfrutar de ello.
Comienza a toser y se encorva con la cabeza gacha en busca de aire. No quiero ni pensar en Hogee, en los demás, en cómo será su estado. Tengo que encontrarlos, aunque sea lo último que haga.
De nuevo, la arrastro hasta nuestro asentamiento.
Esta vez de forma más brusca. Elara me mira con el rostro desencajado, como si acabara de ver al mismísimo demonio en acción.
Puede ver en mi rostro la furia contenida y frunce el ceño en una mueca de dolor lastimero.
Ahora mismo no puedo permitirme pensar en ella, no puedo permitirme cargar con más culpa. Le retiro la mirada.
Dejo caer a Corx de rodillas frente a ellos, sigue respirando dificultosamente. Comienzo a dar vueltas por la estancia, intentando aclarar mis pensamientos. Me seco el sudor de la cara con el dorso de la mano y me dirijo decidido a Corvin.
—Hay que limpiar este desastre, nos vamos. —Mi voz suena autoritaria —. Hay que encontrar a los chicos cuanto antes. —Actúo como siempre he hecho con los Caminantes, como un líder.
—Ese no era el trato —dice el chico cuando ya me estoy alejando y le doy la espalda.
—No me toques los cojones, tú también —escupo. Doy pasos agigantados, hasta ponerme frente a él.
—¡Basta! —grita Elara a mi espalda, con la voz impregnada de sufrimiento.
Ahora mismo debe estar arrepintiéndose de todo lo que me ha entregado hace tan solo unas horas.
—Corx nos llevará hasta los ellos. Después os llevaré al templo —rujo con contundencia, Corvin me observa aún dubitativo.
—Corvin, no podemos dejar a los chicos a la deriva.
—Elara intercede. Lo mira a los ojos con una complicidad silenciosa.
“Probablemente lo de antes los haya unido aún más”, pienso.
“Pero eso ya no es asunto mío” —. Los rescataremos y luego volveremos a casa.
—Su voz suena calmada y persuasiva. Ojalá yo tuviera esa templanza.
—Cuanta más gente lo sepa, más riesgo correremos. Esto solo nos retrasará aún más —dice refiriéndose a mis amigos con desdén, mostrando cero empatía.
—Corvin… —Elara se acerca a él, le posa una mano en el brazo.
Cuando lo mira a los ojos, una punzada de celos se me clava en el estómago. Luego, me mira a mí por un instante y sus ojos me recorren como un bálsamo. Vuelve a mirar a Corvin.
—Con Axel y los demás de nuestro lado, no nos pasará nada —asegura. Corvin aún se muestra dubitativo, frunciendo el ceño.
Finalmente, agacha la cabeza y asiente, algo más convencido. Una preocupación menos.
—Hogee ha muerto —digo y cuando las palabras salen de mi boca, aún soy incapaz de creerlo.
Elara se lleva las manos a la boca. Corvin sigue con la cabeza gacha —.
Obra de Corx. —Mis propias palabras se me clavan en la garganta, como cuchillos —.
No le hagáis daño, nos llevará hasta los chicos. Luego… Ya veremos.
Elara asiente, pero veo como el fuego crece en su mirada, del mismo color que su precioso cabello.
Se dirige a Corx decidida y sin pensarlo dos veces le escupe en la cara.
La agarra del pelo para ponerla a la altura de su mentón.
Corvin y yo observamos la escena ensimismados, incredulos, ante una princesita que ya no se deja doblegar. “Esa es mi chica ¡Joder!”.
—Aquí empieza tu cuenta atrás. Se acabó el hacer daño Corx, estás muerta. —No titubea en ninguna de sus palabras, pero Corx no se amedrenta fácilmente. Y contraataca con una sonrisa viperina.
—¿Vas a ayudarlo a pesar de haberte mentido todo este tiempo? —Me quedo inmovil, contemplando la escena, esperando el siguiente movimiento antes de actuar.
—Habrá tenido sus motivos para...
—Axel viene de los cielos. —La voz de Corx rompe el silencio de la habitación, atravesándolo. Hiriente. El tiempo se detiene.
Elara da un paso atrás como si acabara de recibir un golpe bajo.
Su mirada, antes llena de determinación, ahora es puro desconcierto.
Los ojos se le anegan de lágrimas. Abre la boca, quizá en busca de palabras, quizá en busca de oxígeno.
No dice nada. Observo cómo cambia el temblor de sus rodillas por la rigidez de sus músculos.
Lo peor no es ser el motivo de su furia, sino de su decepción.
—Es un caído, como tú. —Continúa su parloteo. Me quedo clavado con los pies en el suelo.
—Eso no es verdad. —Elara niega con la cabeza. Ni siquiera se pregunta cómo Corx lo sabe.
Se vuelve para mirarme. Yo soy incapaz de decir nada. Bajo la cabeza. Al mismo tiempo noto la mirada de Corvin clavada en mí.
—¿Nos has mentido? —pregunta él, fanfarrón.
—Puedo explicarlo… —Las palabras se me atascan en la garganta.
—¡No! —Elara me interrumpe, plantándose delante de mí —.
Dijimos que nada de mentiras ¿recuerdas?
Prometimos que seríamos sinceros. —Las lágrimas se agolpan en sus ojos —.
Esto explica muchas cosas, no sé cómo no me di cuenta antes.
—Veo el dolor reflejado en su rostro, un dolor que me absorbe por completo.
Un dolor desconocido para mí… El profundo miedo a perderla.
—Lo siento. —Es lo único que alcanzo a decir. Lo único que me merezco, suplicar perdón.
—Te ayudaremos a rescatar a tu grupo y tú nos llevarás al templo. No tengo nada más que hablar contigo. —Acto seguido se posiciona al lado de Corvin.
—Volvamos a casa. —Las palabras de Corvin ponen punto y final a la conversación.
Corx continúa observando la escena que ha montado, con una sonrisa en la cara. Me siento demasiado destruido como para volver a encararla. Corvin rodea a Elara en un abrazo, protegiéndola del villano. Protegiéndola de mí.
Me quedo allí, viendo como se alejan. No me volteo, no puedo. Si lo hago sé que lo que veré no me gustará. Tiro de Corx de nuevo para que se reincorpore y finalmente, ponemos rumbo a nuestro destino.