Capítulo 24
Axel
Seis años antes
La noche es más oscura que de costumbre o quizá es que hace tanto que no atravieso los muros del castillo, que mi percepción se ha visto alterada.
Demasiada calma. Demasiado silencio. Las calles de la ciudad empedrada, envueltas en esa tan característica niebla, que envuelve todo con su olor húmedo y boscoso.
Camino con sigilo, como si en cualquier momento algún asaltante pudiera reconocerme. Me he colocado una de las gruesas capas de lana del armario de mi padre, negra como la noche. Negra como mi alma rota. Buscando poder ocultarme lo máximo posible del ojo ajeno.
A mi lado, una figura empieza a caminar.
Sus pasos me sobresaltan y encorvo aún más la espalda, fingiendo una joroba propia de una vejez prematura, al tiempo que me cubro la cara con la capa.
Cuando la figura pasa por mi lado, puedo ver que se trata de una anciana bruja, paseando con su gato negro. No hay peligro. ”De momento”, pienso.
Los años de cautiverio autoimpuesto me han convertido en una persona desconfiada y recelosa.
La muerte temprana de mi madre y el asesinato de mi padre, años después, me dejaron marcado con el resentimiento y el recelo que se cierne sobre nuestra familia.
En silencio, durante años, fui preparándome.
Trabajando en mí mismo, en mi plan de venganza.
Mi plan para encontrar respuestas a unas preguntas que no me había atrevido a formular antes.
Durante años, mi madrastra se encargó de mi educación básica y yo, como buen “hijo”, me encargue de prepararme en otras artes, menos convencionales. El hijo predilecto que toda madre quisiera tener. Aunque nunca he sido capaz de profesarle amor.
Trabajé durante años en crear una máscara, un personaje irreal, sumiso, estoico.
Una personalidad sin un ápice de corazón ni sentimiento y quizás, en parte, para protegerme a mí mismo del dolor de convivir con la máxima responsable y culpable de la muerte de mi padre.
Si mi padre no se hubiese casado con ella, hoy él estaría aquí.
Y no es que estos años no haya tenido tiempo para la diversión, para el placer.
.. Pero han sido difíciles, los más complicados de mi vida.
Me adentro en un callejón estrecho y aparentemente sin salida.
Hasta aquí no llega la luz de los candiles.
Tengo que encender la antorcha que llevo anudada al cinto, para ver mejor el mapa arrugado y desdibujado en mi mano izquierda.
La humedad del ambiente, unida al fuego de la antorcha me llena la frente de perlas de sudor.
Impaciente, vuelvo a escudriñar el sucio y raído pergamino, que un secuaz de la reina me ha dado a cambio de unas pocas monedas. Su alteza debería prestar más atención a quiénes tiene al lado. No cabe duda, es aquí.
Sigo caminando hasta el final del callejón y guardo el mapa de nuevo en el bolsillo.
Con la mano que me queda libre, comienzo a palpar la pared con desesperación.
Con los dientes, me arranco el guante que me cubre la mano izquierda, para palpar con mayor sensibilidad.
Estoy a punto de rendirme cuando en la esquina superior derecha, hay un ladrillo que no es como los demás.
Lo aprieto con cuidado y este cede sin miramientos.
Un temblor rocoso hace vibrar la pared y a mí con ella.
Agudizo mis oídos intentando captar los sonidos a mi alrededor. Adelantándome a los posibles peligros.
Abro bien los ojos y una sonrisa de medio lado se dibuja en mi rostro cuando la pared se desliza hacia la izquierda, dejando un pasillo sombrío a la vista.
Sin pensarlo mucho y antes de tener tiempo para arrepentirme, me introduzco en él.
El muro vuelve a su sitio a mi espalda, con un golpe brusco.
Sin permitirme pensarlo dos veces, sin oportunidad alguna de escapar.
El estruendo hace que la antorcha se apague y me lleva unos segundos acostumbrarme a la oscuridad.
El olor a humedad y a subsuelo me inunda las fosas nasales.
Me muevo arrastrando los pies, con una mano sobre aquella desgastada pared.
Intentando situarme en el espacio. Pruebo a volver a encender la antorcha, haciéndola deslizar por el muro con rapidez, pero por algún extraño motivo, esta se niega a prender.
Es entonces cuando ante mí, una luz fría y azulada se vislumbra, como una luciérnaga perdida.
Tardo unos segundos en darme cuenta de que intenta marcarme el camino.
Esta luz parece tener vida. Una pequeña bola luminiscente y azulada, como si de una estrella caída del mismo cielo se tratase. Nunca he visto nada igual.
Sin dudarlo mucho, la sigo. Hasta mis oídos llega lo que parece un pequeño murmullo en su dirección.
La luz ilumina el camino, aunque aquí dentro no hay nada que ver, sólo un estrecho pasillo que se enrosca como una serpiente.
A derecha e izquierda, un laberinto sin salida, que parece no tener final.
No sé cuánto tiempo llevo recorriendo este lugar, cuando la luz se para, en un punto en el que las paredes parecen ensancharse.
La luz comienza a crecer, cegándome con su resplandor y tengo que apretar los ojos para no quedarme ciego ahí mismo.
Cuando el brillo cede un poco, me armo de valor para abrirlos de nuevo, con cuidado.
La bola de luz se encuentra ahora en el centro de una sala, encerrada en una especie de bola de cristal, girando sin parar como si una cascada de agua invisible la moviera.
Me acerco con paso temeroso y cuando estoy casi a la altura de ella, tres figuras emergen desde la periferia de la circular habitación. “Moiras, aquí estáis”.
— Muchacho… ¿Qué te trae por aquí? —La voz gutural y chillona de una de ellas rompe el silencio de la estancia, consiguiendo que me estremezca con cada sílaba.
— No te hagas la sorprendida querida, si ya sabríamos que vendría… —responde otra de ellas, lo que inicia un compendio de carcajadas.
Sus perturbadoras risas me recorren por dentro con un escalofrío y por primera vez desde que salí del palacio, me arrepiento soberanamente de haber llegado hasta aquí.
— Nosotras lo sabemos todo… —dice la tercera.
Tal y como mencionan los libros, las tres son ciegas. Sus ojos blancos centellean bajo la luz de aquella esférica luz en el centro de la estancia.
—Por eso estoy aquí…Para hallar respuestas… —Intento que mi voz suene segura, aunque no sé si lo consigo.
— Toma asiento —pide la de enmedio y tras de mí, aparece una silla, que anteriormente no estaba ahí. Obedezco.
— ¿No quieres esperar a recibir tu don?¿Qué edad tienes? —Reflexiono unos segundos sobre aquella pregunta. Lo tengo claro.
Claro que quiero recibir mi don, pero esperar… Dos años más de espera, suponen dos años más de fingir una persona que no soy, de estar cautivo en una vida que no quiero.
—Tengo dieciséis años señora —respondo y en la oscuridad puedo ver los dientes afilados de una de ellas. Los deja a la vista con una sonrisa.
Las moiras también han tomado asiento.
— ¿No quieres esperar? —vuelven a preguntar a la vez.
—No puedo esperar —respondo con contundencia.
— Bien… —Se cierne sobre nosotros el silencio. Se detienen, incluso, los sonidos de los que no era consciente —. Veamos tu futuro.
La luz se hace más grande y comienza a girar estrepitosamente. Las tres moiras dirigen sus manos hacia la esfera y sus ojos se abren aún más, blancos como la leche.
— ¡Haz tus preguntas! —gritan simultáneamente.
—¿Cuál será mi don? —Silencio. Gutural silencio. Como sí aquellas tres ancianas intentaran escuchar las respuestas de un lugar "más allá".
— Hacer ver lo que no es. Las sombras, la astucia, el engaño… ESE SERÁ TU DON . —La profundidad de aquellas voces me hacen estremecerme y no logro entender del todo el significado de aquello — ¡Siguiente pregunta! —La rabia contenida en sus voces me sobresalta.
—¿Seré rey algún día? —Silencio de nuevo —¿Seré rey?—repito, temiendo que no me hayan escuchado.
Las moiras parecen estar atentas a otra voz, a otras palabras, unas que yo no puedo oír.
— Reinarás… Si logras sobrevivir a tu propio destino… —Sigo sin entender el significado de todo eso. La cabeza me da vueltas, colapsado por una información que soy incapaz de procesar —. Una pelirroja será tu perdición ... —“¿Una pelirroja?”
La mente me da aún más vueltas.
— Quisiste conocer tu futuro y ese privilegio conlleva un preci o... —Las mujeres bajan las manos y de repente, aquella esfera de luz azulada se apaga.
El silencio y la oscuridad reinan en la estancia por unos segundos. Se me hiela la sangre en las venas y estoy a punto de echar a correr por donde he venido. Pero la luz vuelve a encenderse. Esta vez, con un color rojo brillante en su interior.
— Para volver a nacer, tendrás que morir.
En ese momento, el terror me paraliza. Me levanto de un salto, haciendo caer la silla de madera tras de mí con un golpe seco.
Las voces guturales de las tres moiras retumban en mi cabeza una y otra vez con un oscuro eco.
“ Para volver a nacer, tendrás que morir ”.
No quiero morir, es lo último que quiero. No sin haber vengado a mi padre.
Comienzo a caminar, dando pasos hacia atrás.
Retrocedo en busca de una salida que sé perfectamente que no existe.
Solo he dado un par de pasos cuando noto la frialdad del muro tras de mí.
“No recordaba que aquella habitación fuese tan pequeña”.
Caigo en la cuenta de que se está reduciendo por momentos.
— ¡Entra en el pozo! —gritan las tres — ¡Entra en el pozo! —repiten una y otra vez.
Unas garras invisibles me arrastran hasta aquel pozo que acaba de aparecer.
Algo frío y viscoso, como tentáculos poderosos se enroscan en mis tobillos, convirtiéndome en un monigote inerte.
Arrastrándome sin piedad. Lucho, intento resistirme, pero esa fuerza inhumana hace inútiles mis esfuerzos por sobrevivir.
Me obliga a introducirme en la oscuridad, hasta el cuello.
Mi cuerpo se hunde más y más. Las tres moiras me observan, clavando fijamente sus ojos inertes en mí.
Inmutables. Las lágrimas me recorren las mejillas, mientras el miedo me oprime el pecho. “No quiero morir. No ahora, no así…”
— Encuéntrala . —Son sus últimas palabras. Después de eso, oscuridad.