Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 23
75%

Capítulo 23

Elara

Todavía con el calor de sus cuerpos enredado en mi piel, mi mente flota en una absoluta sensación de embriaguez que nada tiene que ver con el whisky.

Mis labios continúan hinchados por sus besos y el cabello se me pega a cada centímetro de piel sudorosa.

Cuando unos ensordecedores ruidos, seguidos de bruscos golpes rasgan la quietud del ambiente, me despierto de golpe.

Abro los ojos rápidamente. Agitada, noto entonces el frío de la noche que reemplaza la sensación de calidez anterior. La hoguera se ha extinguido. A pesar de la oscuridad, distingo una serie de figuras que se ciernen sobre mí. No puedo evitar aplacar un grito de terror en el fondo de mi garganta.

Un poco más lejos, distingo el rostro maquiavélico de Corx a la luz de otra de las hogueras, aún llameante.

Mi estrés va en aumento cuando veo a Corvin y a Axel, maniatados por los desdichados secuaces de la líder de los Serpientes.

Le clavo la mirada con un odio desenfrenado que sale de lo más profundo de mí y por primera vez, soy realmente consciente de lo que ambos significan para mí.

“No puedo perderlos ahora”. Sin pensarlo dos veces, me pongo en pie, corro hacia ella y me abalanzó sobre su cuerpo como una gata en celo.

Le araño la cara con las uñas. Su piel se retuerce bajo mis garras, resquebrajándose como una fina capa, frágil.

Corx me tira del pelo para apartarme, haciéndome recular.

El dolor que siento en la nuca no va a detenerme.

Varias manos me agarran y tiran de mí con fuerza y sé que estoy perdida. Me han atrapado.

—¡Sueltalos! —Ahogo un grito desesperado y soy consciente de que en este momento ni siquiera me preocupa mi propio bienestar.

Por un momento soy consciente de que la ropa cae sobre mí de forma desordenada, al igual que la de Axel y la de Corvin. Eso, unido a nuestras caras de extenuación, delata lo que acabamos de hacer.

—¿Te acuestas con los dos? Y yo que pensaba que solo eras una niña ingenua… —La voz aguda de Corx se me clava en la sien, junto con las desagradables voces de sus compinches que le ríen las gracias —. O quizá solo eres una cualquiera con suerte.

Tengo una maraña de emociones anudada en el estómago y solo deseo desesperadamente acallar su voz de una maldita vez.

Caigo en la cuenta de que seguía agarrándome del pelo cuando me suelta bruscamente. Caigo sobre el suelo, raspándome las rodillas. Dos de sus hombres me han maniatado, a pesar de oponer resistencia con todas mis fuerzas. Son demasiado fuertes.

—No podrás decir que la niñita inexperta te la mama mejor que yo... —Su lengua despiadada se dirige a Axel. Con una de sus largas uñas clavada en su barbilla, lo atrae hacia su boca.

—Me la cortaría antes de volver a tocarte —escupe Axel con desprecio. No puedo evitar soltar una pequeña risa que intento ocultar sin éxito.

—No me des ideas… —A pesar de la oscuridad de la noche, alcanzo a ver como se le oscurecen las pupilas, inundadas de maldad “¿Qué habrá hecho Axel para enfadarla tanto?”

No puedo parar de pensar en que Axel tenía razón, atraerlos hasta aquí fue una completa locura y un plan sin fundamento. No contamos con medios suficientes para contener a esta gente. Todo ha sido un claro suicidio y ahora, no tenemos escapatoria.

—Ya te has divertido bastante ¿No te parece? —Su voz está llena de desprecio, lo que me reafirma una vez más que la historia de estos dos guarda un retorcido pasado —¿Dónde están mis amigos?

—¿Qué dónde están? —El timbre de su voz vibra con una indignaciónfingida —¿Acaso has olvidado nuestra última conversación? —La nuez de Axel se mueve al tragar saliva y se oscurece su mirada, clavándola aún más en su enemiga.

A pesar de encontrarse maniatado y agarrado por dos de sus secuaces, se reincorpora de forma brusca, haciendo a los hombres tambalearse. Con un grácil movimiento se zafa de los brazos de ambos, para colocarse frente a frente ante Corx.

—¿Dónde están? —repite y pese al ritmo pausado de su voz, sus palabras suenan como una terrible amenaza. Un escalofrío me recorre el cuerpo y no puedo apartar la mirada de ambos.

—Muertos. —Corx suelta una risotada que le hace vislumbrar los afilados colmillos. En ese momento, solo puedo pensar en que su aspecto es el de una verdadera víbora.

—Repite eso. —La voz de Axel es profunda y sé que no está titubeando, aunque por dentro esté rompiéndose de dolor.

—Están muertos… —repite entonces con voz provocadora y sosegada. Los ojos de Axel se incendian en llamas.

Antes de que los dos tios vuelvan a por él, escupe en la cara de Corx, quien acalla su risa chillona de golpe. Yo me estremezco. Si es verdad lo que dice, Axel acaba de perder a sus amigos. A su grupo. A su familia.

Definitivamente, subestimé a esta víbora despiadada. La congoja se me arremolina en el pecho. “No puede ser, no pueden estar muertos”.

—Tú sí que estás muerta Corx. —Su amenaza es tan real y profunda que me hiela la sangre y por primera vez entiendo de verdad el temor y respeto que pueden llegar a tenerle a este chico.

Los tipos lo vuelven a colocar de rodillas, no sin antes darle un puñetazo en la cara para dominarlo. Me estremezco al oír el sonido sordo del golpe y no puedo evitar apartar la mirada.

—Estoy bromeando… Relájate, hombre. — Se muestra decepcionada, como si se arrepintiera de no haber cumplido con sus amenazas —.

Están cautivos, lejos de aquí,pero a buen recaudo.

—Me estremezco de nuevo al pensar en los chicos encerrados en a saber qué siniestro lugar.

Pero, por otro lado, saber que siguen vivos supone un gran alivio.

—Corx, si no me dices ahora mismo dónde están, te juro que...

—¿Qué? —responde amenazante —¿Qué hará el principito descarriado? —En ese momento el rostro de Axel palidece, hasta el punto de parecer que se ha convertido en piedra.

La cabeza empieza a darme vueltas “¿Principito descarriado?¿A qué se refiere?” Me doy cuenta de que Corvin tiene la vista fija en mí, nuestros ojos se encuentran y sin hablar, parecemos estar haciéndonos las mismas preguntas. No puedo evitar la tentación de preguntar.

—Axel, ¿A qué se refiere? —Mi voz es tan débil, que en cualquier momento podría a echarme a llorar.

—Elara, no le hagas caso, es otra de sus artimañas. —La desesperación en su voz, alimentan en mí un ápice de esperanza, pero en el fondo no puedo evitar pensar que hay algo muy grande que me ha estado ocultando.

—¡Oh! ¿No se lo has contado? Yo que pensé que erais íntimos... —De nuevo, la irritante voz de Corx inunda mis oídos y mi pecho con una rabia desenfrenada —. Ya es hora de sepa la verdad ¿No crees, Axel? —Su tono sádico y despiadado me hiela la sangre.

La voz de Corx queda interrumpida cuando uno de sus secuaces cae al suelo redondo.

Me doy cuenta de que se trata de uno de los que mantenía agarrado a Corvin.

Este se encuentra al lado de ese cuerpo inerte, blandiendo un arma blanca ensangrentada con la que hace unos segundos ha atravesado a aquel.

Se gira para atacar al siguiente y no me da tiempo a preguntarme cómo ha conseguido desatarse antes de que todo se convierta en un auténtico caos.

Axel se libera con un movimiento violento, haciendo que los dos hombres que lo sujetaban choquen torpemente. Su puño vuela hacia uno de ellos, haciéndolo estallar contra su mandíbula con un crujido seco.

Corvin, por su parte, se convierte en un torbellino de acero a la leve luz de las llamas.

Luces y sombras. Su cuchillo, brilla vívidamente antes de enterrarse en la carne de otro de nuestros enemigos.

Se enzarzan en la pelea de unos contra otros y el sonido de los cuerpos chocando se mezcla con los gruñidos.

Mis opresores también acuden a la batalla. No puedo desaprovechar la oportunidad.

Aún con las manos atadas, me pongo en pie y voy directa hacia Corx, le asisto una patada en la entrepierna, que intuyo que con las bota debe de haberle dolido bastante. Ella se retuerce en el suelo y me tumbo encima de ella con todo mi cuerpo, presionándole la cara contra el frío y áspero hormigón.

—Se te acabó el jueguecito ¡Zorra! —Por primera vez en mi vida, me invade una sensación de poder y adrenalina desconocidas.

Habái entrenado para luchar muchas veces, pero nunca me había enfrentado a alguien porque mi vida corriese peligro.

Ella se lamenta bajo mi cuerpo, gritando y suplicándome que pare.

Sigo haciendo fuerza con mi cuerpo, aplastándola fuerte contra el suelo.

La rabia me ciega de tal forma, que casi no soy consciente de que alguien me ha desatado las manos y tira de mí para ponerme en pie.

Axel me gira para ponernos cara a cara, mientras Corvin maniata a Corx con una de las gruesas cuerdas que antes inmovilizaban mis manos.

—Elara, ya basta. —La voz de Axel es tan rotunda que me hace despertar del ensimismamiento. Soy incapaz de replicar.

Me agarra fuertemente de los hombros y me zarandea. Me alcanza su mirada cristalina, dejándome sin palabras por un momento.

Miro a mi alrededor, los Serpientes ahora no son más que un amasijo de carne y sangre a nuestro alrededor.

A pesar del fuego, un frío helador invade la estancia de una forma aterradora.

Miro a Axel, está cubierto de sangre y magulladuras, pero no parece estar herido.

Dirijo mi mirada a Corvin que se está vendando un corte en el antebrazo.

—Se acabó, estás a salvo. —Axel me calienta con sus palabras como una balsa de antídoto reconfortante. Dirijo de nuevo la mirada a Corx —. No nos dará más problemas.

Entonces se aparta de mí y arrastra a Corx hacia la oscuridad.

Su silueta imponente, su espalda rígida.

No titubea, mientras los quejidos lastimeros de su víctima reverberan en la estancia una y otra vez.

No hay rastro de duda, de compasión. La conduce lejos de nosotros, lejos de nuestra vista, para que no podamos ver ni oír lo que va a hacer con ella.

Y me pregunto, mientras el frío me hiela la sangre, cuántas veces habrá hecho esto antes.

Si Axel es capaz de hacer daño a una mujer maniatada y reducida, sin ningún tipo de compasión “¿Qué otras cosas no sería capaz de hacer?”

Caigo al suelo desvanecida y el mundo empieza a darme vueltas.

Siento nauseas. Cuando soy consciente de todo cuanto me rodea, vomito en el frío suelo.

El whisky me viene a la mente y me arrepiento de haber probado una gota de ese despreciable licor.

Cuando los brazos de Corvin envuelven mi cuerpo, abandono mi mente al placer de la negrura y el vacío.

No sin antes preguntarme una vez más sobre el oscuro secreto de Axel.