Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Axel

El plan de Elara es una completa locura. Llamar la atención de Corx, la despiadada líder del clan de los Serpientes. Capturarla y obligarla a darnos el paradero de mis amigos. Es un completo suicidio.

“Punto número uno: ¿Cómo se supone que vamos a captar su atención?¿Con bengalas invisibles?”

“Punto número dos: ¿Habéis pensado que Corx, obviamente, no vendrá sola?¿Cómo se supone que nos vamos a cargar a su manada entre los tres?”

“Punto número tres: Ni la peor de las torturas haría hablar a esa víbora. Es capaz de llevarse un secreto a la tumba sin remordimiento alguno. Solo por orgullo.”

Corx no le teme a nada ni a nadie. Los demás le temen a ella.

Es despiadada, es retorcida y es capaz de arrebatarle el alma a cualquiera.

Y lo más importante, conoce mi secreto y por supuesto, va a chantajearme con ello.

No sé cómo diantres lo sabe, pero la otra noche, en su guarida, no parecía ir de farol.

Lo decía completamente en serio. No habrá forma de escapar de esa situación y finalmente todos sabrán la verdad sobre mi pasado, incluida Elara.

Un nudo se instala en mi garganta con fuerza, ahogándome, casi haciéndola estallar.

Todo, desde que Elara pisó esta Tierras.

Toda mi vida, se ha convertido en un absoluto disparate.

La revelación de la noche anterior me ha dejado más que desconcertado, casi tanto como ese jodido beso.

Ese beso que me llegó hasta las entrañas, iluminando cada oscura parte de mi ser con su brillo cálido.

Me había esforzado en contenerme durante demasiado tiempo, demasiados días.

Separarme de ella ya había sido tortura suficiente y ahora que de nuevo estábamos juntos, “en el mismo espacio, quiero decir”, todas esas emociones contenidas salieron disparadas.

Pero debería haberme contenido, porque la verdad sobre Elara lo ha cambiado todo y si existía un ápice de esperanza para nosotros, se había evaporado a la par que había aparecido. Lo nuestro, lo que fuera que existiera entre nosotros, era profunda e irrevocablemente imposible.

—Tendremos que hacer una fogata más grande —asegura Elara, mientras discute con Corvin los detalles sobre “la brillante manera de llamar la atención de Corx” —. Quemaremos todo lo que encontremos.

—Y entonces, moriremos intoxicados —responde Corvin a la defensiva. Su afán por protegerla es realmente enfermizo.

Habíamos llegado a este barrio abandonado hacía tan solo unas horas y al igual que el día anterior, decidimos subir a uno de los edificios.

Sin embargo, esta vez, nos quedamos mucho más a la vista.

“Razón número 844.503 por las que este plan es una completa locura".

Podríamos llamar la atención de cualquiera.

No solo de Corx “que ya era bastante”, si no de “C-u-a-l-q-u-i-e-r-a”.

Tanto Corvin como Elara, no son del todo conscientes de cómo son las cosas aquí. Aquí la gente se mata, literalmente, por una lata de comida y no tendrían reparo en hacerlo si nos ven en lo alto de un edificio despilfarrando los pocos recursos que quedan.

—Sigo diciendo que este plan es un disparate —insisto una vez más, sin que ninguno de los dos me haga el menor caso.

Por algún motivo, el cúal desconozco, Corvin se muestra conforme con la idea de Elara.

Quizá no se atreva a volver a llevarle la contraria.

La tensión entre ellos, parece que fue en aumento los días que estuvieron solos.

Una tensión que aún no identifico como algo negativo.

Bajo la superficie, distingo una tensión puramente sexual. Cosa que, definitivamente, me disgusta.

—¿Quieres encontrar a tus amigos o no? —Elara ha tomado el papel de liderazgo y ahora no hay quien le lleve la contra. Tengo que reconocer que eso, pone en tensión partes muy específicas de mi cuerpo.

—Corx no vendrá sola ¿Cómo se supone que vamos a deshacernos de los Serpientes? —Mi inutil intento de convencimiento se desvanece en el aire.

—¿Tengo que recordarte que poseo el don de la espada? —Corvin dándoselas de nuevo de salvador. “Engreído”.

—Créeme, ese don no te servirá de nada aquí. —Le lanzo una mirada retadora y sus ojos azules se clavan en los míos —. Lo que yo he aprendido en la calle, eso es lo que nos sirve y deberías hacerme caso —aseguro —. Los dos deberíais.

—¿De qué tienes tanto miedo, Axel? —pregunta Corvin con tono burlón.

Me recompongo en mi sitio y me acerco un poco más a él, no dejo de clavarle la mirada mientras continúo desafiándolo —.

Ya me libré de ellos uno vez, cuando te rescatamos en Zafiro.

Créeme, podré hacerlo una segunda —asegura, me mira sin titubear.

—¿Vais a continuar con vuestro tira y afloja? —pregunta Elara, con notable cansancio en la voz. Ambos la ignoramos.

—De perder a más gente. —Mi tono es casi inaudible, perosuficiente para que ambos lo escuchen —. De eso tengo miedo.

Se hace el silencio entre los tres y el aire se vuelve entonces más pesado, cubierto por un amargo aura de tristeza. El esqueleto de hormigón que nos envuelve, parece crujir con la reverberación de nuestras respiraciones.

—Axel, confía en mí. Lo conseguiremos. —Elara deposita su mano sobre la mía con suavidad. Su contacto me quema por dentro —. Recuperaremos a los chicos ¡Y no vamos a perder a nadie más!

“Sí, a ti”, pienso, pero no soy capaz de decirlo en voz alta. La idea de perderla me atormenta desde que apareció en aquella celda. Me había hecho a la idea de dejar atrás todo esto, de desaparecer. No volver a verla.

Hasta que apareció de nuevo. Hasta que me contó la verdad y las piezas del puzzle terminaron de encajar.

Ya no se trata solo de orgullo, ya no se trata de mi estúpido miedo a enamorarme, a perder el control de mi vida por una mujer.

Ahora todo ha adquirido un cariz diferente.

Ahora la imposibilidad de estar juntos es algo tremendamente real y contra lo que no podemos luchar.

Elara en unos días estará en casa y yo… Yo seguiré con mi vida. Aquí. La vida para la que fuí destinado. Habré cumplido con mi misión, con la parte de un trato que jamás acepté. Todo habrá acabado.

Terminamos de montar el campamento. El edificio no es muy alto, pero lo suficiente como para que la luz de las hogueras que hemos encendido se vislumbren desde cualquier lugar en el horizonte. No hay nada más en kilómetros a la redonda. Estamos, de momento, aparentemente solos.

La noche ha caído sobre nosotros y las luces ondeantes de la hoguera, crepitan sobre las paredes desvestidas. Corvin saca una botella de whisky y es como si todas mis plegarias hubieran sido escuchadas. “¡Gracias a los dioses!”

No puede pensar en otra cosa que en el líquido ambarino que Corvin desliza por sus labios al beber a morro y sin intenciones de compartir.

—¿No piensas compartir? —Lo miro divertido.

Él culmina el hondo trago y pone los ojos en blanco antes de tenderme la botella. El dulzor sacia mis entrañas y el calor del alcohol en mi pecho, consigue calmar el vaivén de mis pensamientos.

—Tenemos que llegar a ese maldito templo. —Los ojos de Elara se mantienen fijos en la hoguera.

Su cabello arde como el fuego con cada sutil fluctuación de las llamas. Yo me pierdo en la perfección de su belleza, incapaz de responder. Aún no tengo claro cómo vamos a acortar la distancia que nos llevará semanas andando. Tenemos que conseguir unos vehículos como sea.

—Espera a que Corx no nos mate primero —digo y antes de dar otro trago, Corvin me arrebata la botella de las manos.

Bebe y acto seguido le tiende la botella a Elara, que da un profundo trago, lo que me pilla por sorpresa.

“Cómo traga la princesita”. Esos pensamientos me calientan por completo, endureciendo una parte muy concreta de mi cuerpo, consiguiendo que me aprieten los pantalones.

Mientras el calor del ambiente calienta también nuestros cuerpos.

Ahogo una sonrisa pícara que se me escapa de los labios, producto de mis perversos pensamientos.

—¿De qué te ríes? —Elara me mira con una sonrisa en la cara y las mejillas sonrojadas, fruto del calor del fuego y el alcohol.

Niego con la cabeza, esquivando la respuesta.

El olor a ceniza y a polvo lo invade todo.

Afuera, todo se sume en un silencio inquietante.

La noche es sinónimo de la soledad más extrema.

Los edificios se levantan a nuestro alrededor como un cementerio abrupto de lápidas abandonadas.

El recuerdo de lo que un día fue este lugar.

No soy consciente de en qué momento Elara se ha levantado.

Abandonando su lugar al otro lado de la hoguera, para acomodarse junto a mí.

El brillo de sus ojos se acentúa a la luz de la fogata.

Paso la lengua por mis labios mientras la observo.

El recuerdo de nuestro único beso acude a mi mente una vez más.

Corvin, sin perder el ritmo, se acerca a nosotros para sentarse al lado de ella.

El destino parece estar escribiendo un guión que ninguno de los tres somos capaces de detener.

La botella va danzando de unas manos a otras y con cada trago, la tensión se diluye en el ambiente, convertida en suaves carcajadas.

La noche, nos envuelve con su peligrosa calma.

Le permito a mi mente que se despreocupe por un momento y me deleito al contemplar a Elara así, desenfadada, sonriente, mía… Mía en este instante. En mis recuerdos. Para siempre.

La noche se cierne sobre nosotros más oscura que nunca, pero gracias a la hoguera, nos mantenemos resguardados del frío. Cuando acabamos con la botella, Elara apoya su frente en mi hombro, cerrando los ojos.

—Qué bien se está aquí… No te muevas —suplica. Deja escapar un suspiro que me enciende el alma.

Todo mi cuerpo se tensa cuando Corvin y yo cruzamos nuestras miradas.

La rivalidad entre nosotros parece disiparse por unos instantes.

Nos envuelve un deseo primitivo y audaz.

En este momento, en este instante. Sólo existe el ahora.

No puedo pensar en nada más que en acariciar el cuerpo de la mujer que tengo a mi lado.

La risa de Elara flota en el aire, rozándome el cuello.

Mis músculos se tensan. Cualquier pensamiento racional abandona mi mente en ese momento, cuando posa su mano sobre mi pierna.

Sutil al principio, luego más firme. La excitación empieza a crecer en mí de una forma voraz.

Siento la mirada de Corvin sobre nosotros con una complicidad cálida.

No hay amenaza en sus ojos que nos envuelven.

—Esta noche estamos vivos… Mañana, quién sabe... —La voz de Elara irrumpe en la estancia, como una dulce melodía. Cargada de promesas.

Trago saliva dolorosamente. El alcohol sigue ardiendo en mi garganta. Levanto la vista y en ese momento mis ojos se encuentran de nuevo con los de Corvin. Dónde esperaba ver celos, ira o resentimiento, no encuentro nada de eso. Solo expectación. Algo diferente a todo lo anterior.

Elara se gira ligeramente, posando su otra mano en la rodilla de Corvin. La tensión desaparece de mi cuerpo, dando paso a algo más. El anhelo. Sus dedos se cierran sobre él con lentitud, poniéndolo a prueba, tanteando sus límites. Él no se aparta, yo tampoco lo hago.

El chisporroteo de las llamas crepita en mis oídos.

El ambiente, el calor, todo es jodidamente embaucador.

Y el peligro, la pérdida, todo deja de importar.

Todo eso es lejano ahora, como si mi vida hubiese adquirido un nuevo significado cuando los labios ávidos de Elara se posan sobre los míos. La recibo sin contemplaciones.

Su boca roza la mía con un beso lento, dulce, cargado de un hambre contenida. Me dejo hacer mientras cada uno de mis músculos se tensa, reclamando más. Coloco mis manos alrededor de su cintura, atrayéndola hacia mí con más fuerza. Su piel arde. Ella al completo arde.

No aparta la mano de la pierna de Corvin, procede a moverla de arriba a abajo, ejerciendo la justa presión.

No dejo de mirarlos. Con un brusco movimiento que me deja los labios hinchados y doloridos por la falta de contacto, aparta su rostro de mí.

Me observa por unos instantes con la respiración entrecortada y en ese minúsculo espacio de aire atrapado entre nosotros, siento la electricidad de su invitación.

Gira la cabeza hacia Corvin que la observa hambriento y tan expectante como yo.

Su respiración entrecortada oscurece sus ojos cargados de deseo voraz.

Lo desafía, buscando un permiso silencioso.

Y cuando ella lo besa, cuando sus labios se estrechan con tra los de él con la misma urgencia con la que había devorado los míos, algo en mí cambia. Se libera. Se disipan los celos, la rabia. Dejando paso únicamente a la necesidad.

Cierro los ojos, dejándome llevar por las sensaciones, que me embriagan más que el alcohol. Se me seca la boca del deseo y me muero por besarla de nuevo. Si existe entre ellos algo más que una amistad, en este momento ya no me importa.

Esto no va de amor, ni de posesión. Va sobre la vida, sobre esta noche. Sobre el ahora. Si en unos días voy a perderla, eso significa que jamás ha sido mía y nunca lo será.

El aire se vuelve aún más pesado y nos envuelve la tensión, arrullándonos a los tres.

Mi mano viaja por la espalda de Elara hasta enredar mis dedos en cada mechón de su cabello.

La hago girar para devolverla a mí. Corvin deja escapar una risa ronca antes de inclinarse sobre nosotros.

Su aliento me acaricia la mejilla, no siento disgusto por ello.

Sus manos comienzan a explorar el cuerpo de ella a la vez que las mías, rozándonos en algún momento.

En unos días perderé a Elara para siempre y si esta es mi única oportunidad de tenerla, no voy a desaprovecharla. Me siento profundamente egoísta, pero elijo esto. Esta única noche, aunque sea así, compartida…