Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Corvin

Me dejé vencer por el sueño y el cansancio cuando ya estaba apunto de amanecer.

La luz cegadora del sol atraviesa el destartalado edificio donde nos encontramos, como la hoja de un cuchillo.

Me despierto sobresaltado, con un nudo en la garganta.

Axel y Elara ya se han levantado “Axel y Elara”.

Me recorre un escalofrío al pensar en ellos anoche y el dolor sordo me invade lentamente el pecho, como una letal ponzoña.

Al recordar cómo sus labios se posaban en los de ella, en el lugar en el que deberían haber estado los míos, el sentimiento es desgarrador.

La ira y la tristeza me arrastran a un vaivén frenético y siento que me va a estallar la cabeza.

Así que finalmente lo eligió a él. Al tipo rudo, al canalla sin escrúpulos, en vez de al chico bueno que daría todo por ella.

“Si lo que quiere es un tipo duro, eso le daré”, mis pensamientos aturdidos me nublan la mente.

Se acabó el andarme con delicadezas con ella.

Me pongo en pie y comienzo a recoger mi saco, intentando moverme a pesar de las emociones que me paralizan. Ellos permanecen en silencio y si hablan algo es entre susurros, mientras yo guardo todo de nuevo en la mochila.

—¿Cuál es el plan? —pregunto, acercándome a ellos. Esforzándome fuertemente en mostrar todo el desinterés que puedo. Evitando mostrar el dolor que realmente siento.

Elara me mira y en sus ojos vislumbro una culpabilidad latente. Sus ojos aguamarina brillan tanto que parece que van a cegarme de un momento a otro.

—He oído hablar de sectas que adoran a los dioses, sé que en nuestro territorio aún queda uno de esos templos —dice Axel con toda la tranquilidad del mundo.

Una sonrisa hipócrita y fanfarrona se dibuja en su rostro. Le dirige una mirada a Elara y yo aprieto la mandíbula intentando contener el aire. Lo suelto lentamente. Un ejercicio de respiración que aprendí en mi formación militar. Un soldado debe aprender a templar sus nervios.

—Myrgala nos habló de ir al sur. “Hacia las laderas interminables, en la montaña donde el cielo y la tierra se tocan” —cita Elara. Parafrasea las inquietantes palabras de aquella bruja y yo no soy capaz de sostenerle la mirada.

Mi mente sigue absorta en el beso de ellos dos. Desvío la mirada hacia Axel de nuevo.

—No hay montañas por aquí, al menos no cerca —guarda silencio unos segundos, pensativo —.

Deberíamos dirigirnos hacia lo que un día fue Centroamérica, allí la Tierra aún conserva parte de su fisonomía.

Las montañas, la vegetación… Algunos aseguran que allí está empezando a brotar la selva de nuevo, después de siglos de sequía…

Es donde quería llevar a los chicos —añade —. A un lugar mejor.

—No hay tiempo que perder, entonces. —Me tomo sus palabras como una verdad absoluta. No nos queda otra que seguir sus consejos, que confiar en él.

Nos ponemos en marcha y comenzamos a descender el edificio en silencio.

Al llegar abajo, nuestro aliento es entrecortado y el aire se siente pesado en los pulmones.

Doy un rápido trago de agua, comprobando que la última de nuestras cantimploras está casi vacía.

Se la paso a Elara y ella a Axel que también bebe.

Observo su cómplice mirada y la ira se apodera tanto de mis músculos que me cuesta seguir caminando.

—Elara, tenemos que hablar. —Me dirije una mirada impasible, frunciendo ligeramente el ceño.

—Adelante. —Me dice, ha bajado lo suficiente la voz como para dar a entender a Axel que esto es una conversación privada. Entre Elara y yo, solo de nosotros dos.

—Voy a mear, vuelvo ahora. —Axel se aleja de nosotros lo suficiente como para perderlo de nuestro campo de visión y me vuelvo hacia Elara. Le clavo la mirada tan profundamente que casi puedo bañarme en sus ojos.

—¿Qué ocurre Corvin? ¿No te fías de él? —Aprieto la mandíbula y contengo unas irrefrenables ganas de besarla, de hacerla mía al fin, solo mía.

—No es eso. Yo… —Se me atascan las palabras en la garganta —. Quiero saber lo que soy para tí. —"Lo necesito". Ella me mira extrañada y se aleja un poco.

—Corvin, creo que no es el momento de hablar de esto. —Parece molesta y en el fondo no la culpo. Pero sinceramente, más molesto estoy yo.

—Elara, necesito saberlo. —Mi súplica suena un tanto ridícula y me recompongo en el sitio para ablandar la rigidez de mis músculos.

—Corvin somos amigos. Eres mi mejor amigo, la persona que me ha ayudado desde el primer minuto.

—No titubea al dejarme en esa posición. Solo como un amigo —¿Qué quieres saber?

—Sus palabras tienen un delicado tono de disculpa, pero también de dolor y reculo al darme cuenta en la difícil tesitura que la estoy poniendo.

“Soy un imbécil”.

Soy consciente de lo tremendamente egoísta que estoy siendo en estos momentos y de que realmente, lo único que importa ahora es sobrevivir. Llegar al templo, volver a casa.

—Perdóname… —digo con un hilo de voz. Le brillan los ojos y parece estar apunto de llorar. Yo ahogo mis lágrimas en un suspiro que sale del fondo de mi garganta.

—¿Vamos? —Axel ha vuelto y se planta frente a nosotros, cortando la tensión que nos separa.

—Vamos —repito sin apartar los ojos de Elara. Tras el tenso encuentro, continuamos el camino.

Según Axel, llegar a la antigua Centroamérica nos llevará días.

Demasiados días y días es igual a tiempo, un tiempo del que no disponemos.

Las largas caminatas nos desgastan y acaban con nuestra energía.

Sin contar con la poca comida y recursos que poseemos.

A veces, da la sensación de que estamos solos en esta inhóspita Tierra y tras un par de horas caminando sin cesar, decidimos parar cuando el sol ya nos ciega y nos nubla la mente.

El rostro agotado de Elara hace que se me encoja el corazón y la miro de forma lastimera.

Que tengamos que estar pasando por esto me atormenta, cada día más.

La sed de venganza comienza a calarme los huesos, a apoderarse de mi mente y de mi alma.

Condenándome, moviéndose como un resorte dentro de mí, como un motor que le da sentido a toda esta locura.

La idea de torturar hasta la muerte al rey Thoriam, tiene ahora un sabor dulce en mis labios.

—Paremos para descansar. —Axel llama nuestra atención y me saca de mi ensimismamiento.

Llegamos a lo que parece una pequeña estación de servicio, o eso indica el desgastado cartel.

El interior del edificio está saqueado y desalmado.

Encontramos una puerta que da a un baño, en el que, lógicamente no hay agua.

Todo es un desastre y me siento tan frustrado que el cansancio pasa a un segundo plano.

—Voy a ver si encuentro algunos víveres por ahí —dice Axel, dejándonos solos de nuevo.

Elara y yo nos sentamos en el suelo, apoyados en unas oxidadas estanterías de metal, desgastadas y corroídas. Elara exhala un hondo suspiro y echa mano a uno de los bolsillos de su chaqueta. De ella saca un libro.

La portada y contraportada de cuero, sin nombre, ni dibujo alguno. Acaricia la pasta desgastada con la mano, llena de magulladuras. Muy atrás quedaron ya las delicadas manos de princesa.

—Pharrel me dejó este libro antes de despedirnos. —Su voz está cargada de nostalgia y entiendo la culpabilidad y la frustración que siente. Si no ayudamos a Axel a encontrarlos, quizá sea demasiado tarde para ellos.

—¿No lo has abierto? —Prefiero desviar el tema, evitando aumentar su preocupación. Ella niega con la cabeza —. Hazlo. —La animo.

Aceptando inmediatamente mi invitación, abre el libro por la primera página. Este parece estar escrito en nuestro idioma universal, pero la tinta algo corrida y las páginas desgastadas por el paso del tiempo, hacen las palabras un tanto inteligibles.

— Hace miles de años, la Tierra era un lugar sombrío y oscuro, desbordado por la escasez de recursos y sustento, la población se vió empujada hacia el escenario más desolador.

Las guerras, el hambre y las penurias, conducían a nuestro planeta al más catastrófico de los finales.

Sin embargo, los dioses quisieron otorgar a los seres humanos una segunda oportunidad…

—La dulce voz de Elara danza en el ambiente, narrando una vieja historia que había oído miles de veces.

—He encontrado esto. —Axel irrumpe señalando un par de latas de dudosa procedencia —. Caducó hace años pero ,“lo que no te mata, te hace más fuerte" ¿no?

Esa frase me cala hondo “Lo que no te mata te hace más fuerte”.

Eso era sin duda lo que nos había pasado a nosotros.

Las palabras de Axel se quedan suspendidas en el aire, al darse cuenta de lo que Elara tiene entre sus manos.

Sin pensárselo dos veces, se acerca hasta nosotros, arrebatándole el libro de las manos y pasando las páginas a una velocidad vertiginosa.

Se detiene cuando un mapa aparece ante él.

—¿De dónde has sacado esto? —pregunta sin desviar la vista del libro.

—Me lo dio Pharrel. —Los ojos de Axel ahora se dirigen a Elara, la mira sin comprender.

—¿Y se puede saber por qué no te había dado por abrir el puñetero libro? —Las palabras salen de la boca de Axel de forma atropellada y yo no me puedo contener.

—Háblale con respeto. —Le clavo la mirada y aprieto los puños. Él me devuelve una mirada ensombrecida.

—¿Qué quieres ahora, perrito guardián de pacotilla? —Sus palabras me cortan como un cuchillo, burlonas.

Inmediatamente me pongo en pie para estar a su altura. “No me intimida, ni él ni nadie”.

—¡¿Queréis parar de mediros el ego?! —La réplica furiosa de Elara corta el ambiente —¡Ya basta!

—Es tan autoritaria que me obliga a recular.

La miro, ahora de pie junto a mí —. Corvin ¿Tengo que recordarte que puedo defenderme sola?

—Sus ojos arden en llamas, como si el mismísimo fuego de su pelo se reflejara en él.

—Pues deberías hacerlo y no dejar que este desalmado te ponga las manos encima.

—No vuelvas a meterte en lo que hago o dejo de hacer, Corvin. —Suena tan segura y fuerte que no puedo hacer más que mirar al suelo. Me deja sin habla.

Los dos, parados, cabizbajos frente a ella, como dos niñosregañados en la escuela. Ridículo y vergonzoso, pero ninguno de los dos parece tener intención de seguir alimentando la ira de Elara. Ambos nos resignamos a callar.

—Ahora, si estáis más tranquilos…—Su mirada se pasea del uno al otro, simultáneamente —. Pharrel me dio este libro antes de despedirnos. No pensé que sería algo importante, pensé que era simplemente un regalo.

—¿Y por qué Pharrel tendría algo así? —pregunto, intentando encontrar respuestas.

Nos miramos los tres, como si entre nosotros pulularan las mismas preguntas: “¿Quizá era Pharrel otro habitante de los cielos?”

Axel no responde, en lugar de eso, aprieta los dientes con visible furia en la mirada. Que uno de sus amigos le pueda haber estado ocultando esta información, estoy seguro de que le carcome por dentro.

—Esto es un mapa —dice al fin, levantando las páginas en el aire —.

Por lo visto existen siete templos, ocultos en la superficie terrestre.

El más cercano está al sur. Mucho más al sur de lo que me temía, tardaríamos semanas en llegar.

—El ambiente se tensa aún más entre nosotros y la esperanza de volver se van disipando con cada palabra —.

No podré acompañaros sin asegurarme antes de que los Caminantes están a salvo.

Esto podría llevarnos demasiado tiempo y si Corx los tiene,me temo lo peor.

—Elara asiente, sin esperar siquiera mi aprobación.

Tomando de nuevo las riendas de la situación.

—Llamaremos la atención de Corx. —La miramos estupefactos, esperando un argumento convincente para la locura que acaba de proponer.

—¿De qué estás hablando? —inquiere Axel.

—Esperaremos que acuda a nosotros, la apresaremos y la obligaremos a hablar. —Elara no muestra un ápice de duda.

—Es una locura, Elara… —asegura Axel. Por primera vez estamos completamente de acuerdo.

—Estoy con Axel, Elara. —Él me dirige una mirada de soslayo —. Es demasiado arriesgado.

—Y peligroso —añade Axel —. No sois conscientes hasta dónde puede llegar la maldad de Corx.

—No hay otra forma. Solo ella sabe dónde están y estoy segura de que debe de estar buscándonos desesperadamente. —Las palabras de Elara son cada vez más rotundas y convincentes —. Nos encontrará y cuando lo haga, la estaremos esperando.