Capítulo 19 #2
Corvin tensa la mandíbula y le clava la mirada. Luego a mí, como si esperara algo de mí. Como si me recriminara: “Te lo advertí, este tipo no va a ayudarnos en nada.”
—Se divisan unos edificios a la derecha, quizá deberíamos ir hasta allí y ponernos a cubierto. Pronto caerá la noche —propongo.
Los chicos toman mis palabras como una orden y sin rechistar, caminamos por el duro suelo asfaltado hacia los edificios ruinosos.
Las grietas del camino, no nos permiten desviar la mirada del mismo, todo está tan desgastado que cualquier traspiés puede hacernos caer de boca.
No hablamos en todo el trayecto y cuando llegamos al primer edificio, ya es prácticamente de noche.
Un enorme esqueleto se planta sobre nosotros.
No tiene paredes, ni puertas, ni ventanas, solo una escalera que va de abajo hasta arriba.
El edificio es tan alto que en su momento, debió dominar este lugar, pero que hoy en día se presenta envejecido y desvalijado.
Una prueba más de los horrores que debió vivir esta Tierra años atrás, hasta su casi completa extinción.
Decidimos subir varias plantas, cuanto más alto estemos mejor. Más alejados estaremos de los peligros de la superficie. Hemos subido unas quince plantas y mi aliento delata el cansancio de mis piernas y mi cuerpo entero.
—Creo que aquí estaremos bien —dice Axel. Señala una estancia, que muchos años atrás debió de ser una cocina.
Nos adentramos ahí y Corvin saca de la mochila nuestros sacos de dormir y las provisiones que días atrás nos dejó el propio Axel.
—Dormiré en el suelo —anuncia Axel al percatarse de que solo tenemos dos sacos.
—De eso nada, podemos compartir. —Al instante me arrepiento de haber dicho eso. El rubor me invade las mejillas, mientras los dos se me quedan mirando —. Esto… quiero decir…—Axel se echa a reír, interrumpiendo mi ridículo parloteo.
—Tranquila, princesa. De verdad, estaremos más cómodos así —"¿Dormir con Axel? No sé si podría sobrevivir a eso."
La rotundez de sus palabras cierra la conversación.
Corvin hace una hoguera en cuestión de segundos.
En estos días se ha convertido en todo un experto.
Nos sentamos alrededor, formando un pequeño círculo, un trío.
Dirijo mis ojos hacia Corvin, el cabello negro corto ya casi se le mete en los ojos, el menton pronunciado, marcado por la luz de la hoguera.
Contemplarlo es todo un privilegio. Mis ojos viajan de nuevo, esta vez hacia Axel, el tono anaranjado del fuego da un aspecto cálido a su cabello y sus ojos verdes parecen ahora de un tono dorado.
“Podría morir solo contemplando su belleza”, la de ambos.
“No sé qué diantres estoy pensando”. Siento que empiezo a delirar.
El calor se enciende dentro de mí y se me agita el pecho con cada respiración anhelante.
Corvin nos pasa una lata de legumbres a cada uno, me sobresalto con el contacto de su mano.
Lo miro a los ojos mientras me la entrega y una sonrisa cálida me envuelve.
Estoy a punto de arder. Siento los ojos de Axel sobre nosotros, la tensión se palpa en el ambiente, pero me cuesta adivinar si lo que siento clavado en la piel es rabia contenida o deseo visceral.
Lo que sea es tremendamente intenso y asfixiante.
Calentamos las latas un poco en el fuego y comemos en silencio. Decido centrarme en la comida en un intento por relajar el ambiente. Aún me sorprende la practicidad de los alimentos de por aquí, aunque si de sabores estamos hablando, prefiero los de Armaria.
—Creo que nos debemos algunas explicaciones —dice Axel rompiendo al fin el silencio.
Ha dejado su lata a un lado y su mirada danza de Corvin a mí y a Corvin otra vez.
—Si voy a ser vuestro aliado, me merezco saber la verdad. —Sus palabras son contundentes y reclama lo que quiere, sin reparos.
Corvin y yo nos miramos y él asiente. Quizá no entraba del todo en nuestros planes contarle a Axel la verdad, pero si va a arriesgarlo todo por nosotros, lo merece.
No sabe si volverá a ver a sus amigos, el tiempo que esté con nosotros puede ser crucial para ellos.
Si decide quedarse con nosotros, al menos se merece la verdad.
—Buscamos un templo. —El semblante de Axel palidece.
—¿Para qué? —pregunta sin un ápice de sentimiento en la voz.
—Tenemos que volver al lugar del que vinimos. —Sus cejas se estrechan en una arrugada línea y sin apartar los ojos de mí, aprieta los dientes, reprimiendo algún tipo de emoción que no descifro.
—Explícate. —Su tono de voz es tan pragmático, que hace que me estremezca.
Por un momento, me arrepiento de lo que estoy apunto de hacer.
Sin embargo, las dudas se disipan cuando Axel posa su mano sobre la mía.
Entonces, el recuerdo de aquellas visiones acude a mi mente.
Es esa… “La visión”. La mano callosa acaricia mi piel, los dedos repletos de anillos, la cicatriz y ese pañuelo que la envuelve.
Lo tomo como una señal y como si las palabras me quemaran la garganta, empiezo a relatar toda la historia.
Le explico la historia de nuestros Siete Reinos.
Le hablo de Armaria y de Niebla. Le hablo de mi don, de Corvin, de mi padre.
Le hablo de cuando llegamos aquí, del destierro, de como Corvin y yo descubrimos lo que hay después de la muerte para los habitantes del cielo.
Y le hablo de Myrgala, de su revelación, de cómo nos habló de mi destino y del trato que tenemos con ella.
Cuando concluyo mi relato, Axel aparta la mirada.
No ha dicho ni una sola palabra desde que empecé a hablar, noto la tensión en su cuerpo y me estremezco, con un mal presagio.
De nuevo, echo de menos las visiones, algo que me diga a qué atenerme. Lo que va a pasar.
—Os ayudaré —interrumpe el hilo de mis pensamientos con pesadez en sus palabras —. Pero vosotros me ayudaréis a encontrar a los chicos. —Un trato justo.
—Lo prometo —digo al instante y sin pensar. Sin saber cómo voy a cumplir mi promesa. Una promesa más. Deposito mi mano sobre la suya con recelo, pero él la recibe y la agarra con fuerza. —Somos un equipo. —Axel no responde, continúa con la vista clavada en el fuego.
—Si me lo permitís, me retiro a dormir —dice Corvin, que no ha abierto la boca en todo este tiempo —. Gracias por tu ayuda, Axel. —Este asiente con la cabeza, muy levemente. Acto seguido, se aleja hasta su saco, donde se recuesta entre la penumbra.
Axel y yo nos quedamos en silencio un rato más, observando el danzar del fuego. El ambiente es cálido, pero agradable y los múltiples agujeros en la fachada del edificio permiten ver el cielo exterior, dejando a la vista una multitud de estrellas que llevaba tiempo sin contemplar.
—Así que vienes de allí… —Asiento sin saber bien qué decir —¿Sabes?
Por aquí hace años que la gente perdió la esperanza, en los dioses, en el cielo, en una vida mejor…
—Su voz es lastimera y pesada y por unos instantes me siento culpable.
De todo ese sufrimiento que estas personas vivieron durante siglos y que yo no he podido evitar.
—Lo siento —digo con sinceridad.
—No lo sientas. Nadie elige donde nace… —Sus palabras se queda suspendidas. Una historia que no ha sido contada.
Entonces caigo en la cuenta de lo poco que sé de él. Lo poco que Axel me ha hablado de su pasado, un pasado sin duda doloroso y en el que no tiene pinta de querer ahondar, hoy no.
—Demasiadas emociones por hoy, deberíamos ir a dormir. —Nos miramos con detenimiento durante unos segundos y las mariposas que aletean en mi interior me hacen sentir más viva que nunca.
Aparto la mirada y clavo la vista en Corvin a unos metros de nosotros, dormido.
Me pongo en pie, dispuesta a evitar hacer algo de lo que me pueda arrepentir.
Pero Axel me agarra por la muñeca y de un tirón vuelve a sentarme en el suelo.
Sus movimientos son tan rápidos que cuando me vengo a dar cuenta, sus manos están ya enredadas en mi pelo y su boca tan cerca de la mía, que su aliento me acaricia la piel.
—Mi perdición… —susurra. Cada sílaba me acaricia los labios.
Cierro los ojos, deseosa de sentirlo y echo la cabeza hacia atrás cuando su boca se posa en la mía, abriéndome los labios con la lengua.
Me saborea con avidez, con desesperación.
Su lengua es ágil y peligrosa y cada movimiento me sacude con oleadas de placer de abajo arriba y más abajo. Hasta el centro de mí.
Mi primer beso y “Dios ¡Qué beso!” Presa de una excitación nueva para mí, lo agarro del pelo y lo atraigo para introducir más la lengua en su boca.
Más fuerte, más rápido. Más deseo. Más calor.
De un tirón de pelo me aparta de él para mirarme, tiene los ojos rojos y los labios hinchados.
De nuevo, vuelve a atacar mi boca, para dejar un beso intenso con los labios apretados palpitando en mí.
—Vamos a parar esto, pelirroja o juro que no podré contenerme … —Su manera de llamarme, como sea que me llame, “princesa, pelirroja, Elara…” Da igual. Sus simples palabras dirigiéndose a mí, me calientan con un fuego que nunca antes había sentido.
Entonces me suelta, dejando dolor palpable en todo mi cuerpo por su ausencia.
Quiero abalanzarme sobre él de nuevo, hundirme en su boca más, durante más tiempo.
Pero entonces miro a Corvin, que sigue tumbando en el suelo y aparto de mí los pensamientos lascivos.
No es el momento, ni el lugar de seguir con esto.
—Lo siento, yo… No sé que me ha pasado —admite Axel.
“Yo tampoco sé lo que me ha pasado. Lo que sí sé es que no quiero parar”. Pienso.
—No volverá a pasar. —Quiero negarme y creo que se me nota en la mirada —. Buenas noches, Elara. —Se despide al fin.
Acto seguido, se recuesta sobre el suelo y se gira dándome la espalda. Mi pecho vibra, tremendamente agitado por el momento. Cuando miro de nuevo hacia Corvin, está observándome con los ojos bien abiertos.