Capítulo 19
Elara
Cuando al fin me encuentro con los ojos de Axel, un suspiro de alivio se me escapa de la garganta.
Mis pulsaciones se van acelerando y un calor me invade por dentro.
Paseo mis ojos por el habitáculo y rápidamente me percato de que no hay rastro de los chicos.
Es probable que ellos sí consiguieran escapar.
Fuera, el estruendo de gritos y cuerpos golpeándose, me confirma que Corvin está enfrentándose a los Serpientes.
Aprieto los dientes y rezo a todos los dioses para que salga ileso de esta.
Los gritos de Corx, agudos y lastimeros me llenan los oídos.
Atraviesan el aire mientras su voz se va alejando poco a poco.
Parece haber encontrado una forma de escabullirse.
Dirijo mi mirada de nuevo a Axel, solo han pasado un par de días desde que nos vimos por última vez. Sin embargo, este chico que hasta hace nada era un desconocido para mí, ahora me resulta lo más cercano a la familiaridad de un hogar. Se me anegan las pupilas de lágrimas y comienzo a ver borroso.
—¿Elara? —Tiene el rostro invadido por la sorpresa. Y no lo culpo, probablemente encontrarme aquí, fuera lo último que se esperaba.
—Tenemos que salir de aquí… —Intento hablar en un tono casi inaudible. Me acerco con rapidez a la celda, hasta encajar el rostro entre los barrotes. Trago saliva tan fuerte, que puedo escucharla en mis oídos.
—¿Qué diantres haces aquí? —Nuestras respiraciones se entremezclan, calentando el ambiente.
La suave luz de unas velas iluminan débilmente la celda. La luz anaranjada convierte sus ojos verdes en esmeraldas brillantes. Aleteo las pestañas como adormecida cuando Axel dirige una mano hacia mí para acariciarme la mejilla. El roce cálido me eriza la piel.
—No hay tiempo para explicaciones —respondo a trompicones.
Su contacto es lo más electrizante que he sentido nunca y siento unas ganas irrefrenables de besar su boca.
Tiene magulladuras por todo el rostro, que se mezclan con el sudor y la suciedad ensombreciendo su cara.
El pelo desordenado y enmarañado cae en mechones sobre su frente. Está exageradamente guapo.
—Nunca me había alegrado tanto de ver a alguien. —El pecho me da un brinco. Su forma de arrastrar las palabras suena a toda una declaración de intenciones.
Intento contener mi impulso más primitivo y me aparto un poco. Introduzco la llave en la cerradura, haciéndola girar con sumo cuidado, concentrándome en hacer el menor ruido posible. Axel arquea las cejas y me mira dejando escapar una sonrisa picarona.
—Nunca dejas de sorprenderme, princesa. —Su forma de llamarme “princesa” calienta cada uno de los poros de mi piel —¿Cómo has conseguido la llave?
—Una tiene sus trucos —respondo juguetona.
Con un rápido movimiento se pone de pie y de una sola zancada, acaba con la distancia entre nosotros. Me rodea con los brazos tan fuerte que me cuesta respirar. No quiero que me suelte. Me dejo hacer y relajo los hombros por unos instantes.
—¿Qué hacéis? ¡Tenemos que irnos! ¡Ya! —La voz de Corvin nos sobresalta y nos separamos al instante. Como dos niños a los que acaban de pillar “con las manos en la masa”.
—¿Qué hace él aquí? —Axel arruga la frente y la efusiva muestra de cariño, se transforma en una ira repentina.
No me pasa desapercibida la forma en la que aprieta la mandíbula y la rigidez de su cuerpo ahora parado frente a mí.
—Salvarte la vida ¡Idiota! —No sé de qué parte de mi cuerpo sale ese arrebato, pero las palabras se disparan de mi boca sin pensar —. Ahora, vámonos. —Mi voz es autoritaria y decidida como nunca antes. Una pizquita de orgullo y amor propio renace en mí.
Con pasos apresurados, subimos las escaleras por las que Corvin había bajado segundos antes.
No hay ni rastro de los secuaces de Corx y no pienso preguntar por ellos.
Cruzamos la estancia a la carrera, se acabaron los pasos sigilosos, es cuestión de minutos que vuelva Corx y se encuentre con el percal y entonces, estaremos perdidos.
Cruzamos la puerta de entrada, ni siquiera nos da tiempo de coger aire.
Seguimos corriendo hasta que estamos tan alejados de la guarida de los Serpientes como para evitar ser vistos.
Paramos para respirar de forma entrecortada en uno de los callejones más apartados.
Cada respiración repiquetea en las paredes de ladrillo envejecido de los edificios a nuestro alrededor.
Observo a Corvin, tiene el rostro algo magullado y un corte en el labio. Más allá de eso, no parece estar herido. Me devuelve la mirada con una media sonrisa que le correspondo.
—¿Cómo me habéis encontrado?¿Y por qué habéis venido a por mí? —Busco las palabras correctas, para explicárselo todo lo más rápido posible, pero Corvin se me adelanta.
—Luke vino a pedirnos ayuda. —Su tono es monocorde, pero la tensión, no pasa desapercibida para mí —. Hemos seguido el rastro de Corx para encontrarte. Ahora estás en deuda con nosotros. —El rostro de Axel se tensa y su semblante se vuelve cada vez más serio.
—¿Dónde están los demás? —El timbre de su voz denota que se va calentando el ambiente y me adelanto para hablar antes de que las cosas vayan a más entre los dos.
—Pensábamos que estaban contigo —aseguro.
—Corx me amenazó con hacerles daño. —Baja la cabeza y aprieta la mandíbula con una ira incontrolable —. Todo esto es culpa mía. —Reprime un sollozo, lo cuál me desconcierta. Siempre se muestra con una dureza inquebrantable.
—Axel… Te prometo que los encontraremos, pero ahora tenemos que salir de aquí.
Si Corx vuelve a por ti, no tendremos escapatoria.
—Aprieta los dientes y me mira resignado.
Sus ojos escrutan los míos en busca de respuestas que mis labios aún no le han dado.
Trago saliva y mi cuerpo se pone rígido a la espera.
Él simplemente asiente y vuelve a agachar la cabeza resignado. Sé lo importante que son sus amigos para él, su familia. Pero no le miento, volveremos a por ellos. Aún tenemos que averiguar cómo.
Lo primero es huir de Zafiro sin ser vistos o todo esfuerzo por sobrevivir habrá sido en vano.
No sabemos lo que los Serpientes se traen entre manos, lo que sí sé es que no se estarían tomando tantas molestias por un simple capricho de Corx.
Buscan algo, quieren algo de Axel y no pararán hasta conseguirlo.
Cuando comenzamos a alejarnos de nuevo, Axel dirige la mirada hacia la guarida y aparta la vista rápidamente antes de continuar la huida.
Cuando llegamos a una de las puertas de la ciudad, Corvin y Axel aúnan sus fuerzas para empujar la pesada puerta metálica frente a nosotros.
Haciendo fuerza con las manos, me coloco entre los dos y comienzo a empujar hasta que esta cede.
El viento nos azota la cara y nos movemos a tanta velocidad que el aire helado nos quema las mejillas y nos sacude el pelo.
—¡Daos la mano! —grita Axel por encima del viento. Luego agarra mi mano y ponemos un pie fuera de la enorme nave andante.
Comenzamos a descender las escaleras metálicas, oxidadas y desgastadas, agarrados los unos a los otros.
La mano derecha de Axel, agarra con fuerza la mía.
Con tanta fuerza, que si él cayera ahora mismo en picado, mi cuerpo cediera con él.
Sin embargo, me invade ahora una tranquilidad indescriptible.
El aire lleva consigo un olor a libertad que saboreo.
Aquí, rozando el cielo, me siento más segura que nunca.
Corvin se agarra a mi antebrazo con fuerza, dejándome suficiente libertad de movimiento como para aferrarme a la escalera.
Descendemos a buen ritmo mientras el viento sigue azotándonos.
A medida que continuamos bajando, el aire se vuelve más denso y pesado y el viento levanta una enorme cantidad de arena y polvo.
Apesar de que parecemos estar sobre una vieja calle asfaltada.
El movimiento va siendo cada vez más brusco y agresivo a medida que bajamos.
Estamos muy cerca del suelo, pero me flaquean las piernas y resbalo en el penúltimo peldaño.
Axel me agarra con fuerza de la cintura y si no hubiera sido por la forma en la que me sostienen sus fuertes brazos, ahora mi culo estaría en su cara.
Se me encienden las mejillas y me reincorporo aferrandome a la escalera de nuevo. Dos pasos más y pisamos el suelo.
La fuerza del impacto y el movimiento de la ciudad andante, nos impulsa con propulsión hacia atrás y acabamos rodando por el suelo.
Al caer, me raspo la mejilla contra el asfalto y el ardor hace que me escueza la piel con acidez.
Minutos después, la ciudad de Zafiro, de un color azul oscuro brillante, se aleja de nosotros.
Hace retumbar la tierra con cada avance.
Un silencio ensordecedor invade el lugar cuando la ciudad se pierde en el horizonte.
Axel se pone de pie de un salto y me tiende la mano para levantarme con un rápido y ágil movimiento. Dirige entonces su otra mano a Corvin que la agarra con recelo, pero se pone en pie al instante.
—Desde que apareciste no paro de hacer ejercicio, princesa. Me has sacado de la vida sedentaria… —Dejo que las palabras juguetonas de Axel me acaricien. Se me escapa una sonrisa.
Nos quedamos ahí, mirándonos unos segundos hasta que el carraspeo de Corvin nos sobresalta. Nos soltamos la mano al momento y me sonrojo.
—¿Dónde se supone que estamos? —Su voz es cada vez más fría y una punzada de culpabilidad me invade, sin saber muy bien por qué.
Miramos a nuestro alrededor a la vez, apesar de la calima que nubla el ambiente, colmando todo de un tono amarillo anaranjado. A la derecha de nosotros se intuyen unos edificios en ruinas. Están al menos a un par de kilómetros de distancia.
—¿Crees que llevo un mapa en el culo? —responde Axel con desprecio. Yo le dirijo una mirada reprobatoria —. Este sitio es muy grande… No sé dónde coño estamos.