Capítulo 18 #3
De pronto, la mirada de Corx se concentra en mi dirección, como si pudiera ver a través de los muros de piedra.
Yo aparto la vista y me recuesto sobre la pared de ladrillo con el pecho agitado por mi respiración alterada.
Rezo a todos los dioses por que no me haya visto. Tengo que moverme cuanto antes.
—¿Qué quieres? —Las palabras de Corx suenan ahora amenazantes.
—Quiero unirme a los Serpientes. —Me pilla desprevenida.
Me temo que lo tendrá muy difícil a partir de ahora si quiere salir de esta.
No espero la respuesta de Corx. Cruzo la calle caminando entre las sombras.
Noto su mirada clavada en mí, pero yo sigo moviendome con la capa cubriéndome el cuerpo, el rostro y lo más importante, mi tan característico cabello.
Paso relativamente cerca de ellos y Corvin se esfuerza por ignorar mi presencia con la vista clavada en Corx.
—¿Qué puedes ofrecerme? —pregunta con voz juguetona.
Sigo caminando y me dispongo a rodear el edificio, que de cerca, es aún más mastodóntico de lo que parecía en la lejanía.
—A ella. —Las palabras de Corvin me desgarran como un cuchillo y el miedo me paraliza por unos segundos. El sonido de la risa maquiavélica de Corx reverbera en mis oídos.
Continúo mi camino y busco una ventana o algún recoveco por el que poder entrar.
Una escalera metálica recorre la fachada trasera del edificio en zig zag, pero no llega hasta el piso más bajo.
De un salto, me engancho de ella para comenzar a trepar.
La capa se desliza por mi cabeza, dejando al descubierto mi coronilla cobriza.
Una mano, después otra. Me engancho a la escalera, mientras el metal me quema la palma de las manos. Me armo de toda la fuerza que hay en mi cuerpo desentrenado y con los brazos me impulso hacia arriba. La escalera se zarandea y el sonido metálico resuena en el ambiente. “Tengo que darme prisa”.
Pongo un pie en el primer escalón, después el segundo.
En cuestión de minutos he recorrido la escalera hasta arriba.
Hasta la quinta planta. Aquí las ventanas no están tapiadas.
La escalera termina en un muro sin salida, sin embargo, a izquierda y derecha las ventanas se disponen con unos centímetros de distancia entre ellas.
La segunda empezando por la izquierda, tiene los cristales rotos.
Solo tengo que trepar hasta ahí y estaré dentro.
Alargo el brazo hasta un punto que me duele la tirantez de la extremidad.
Me agarro con fuerza al marco de la ventana.
No soy consciente ni del ruido, ni de nada más de lo que pasa a mi alrededor.
Con el pie izquierdo, busco un hueco en el muro con algo de sujeción.
Cuando la bota entra en la cavidad de ladrillo desgastado, me impulso con el cuerpo.
Comienzo a deslizarme por el muro buscando brechas dónde agarrarme.
No me permito mirar abajo, soy consciente de que una caída ahora mismo sería cuanto menos mortal.
Mi pie derecho vacila y resbala, lo que me hace perder el equilibrio por un instante.
Cierro los ojos apretándolos y recompongo mi aliento para seguir avanzando.
Continúo agarrándome al marco de la ventana con las manos, mis pies siguen buscando agarres en el muro.
Estoy ante la segunda ventana, impulso mi cuerpo hacia dentro y los cristales me rasgan la ropa.
Se me clavan en las manos mientras me apoyo para subir.
El edificio está hueco, casi vacío. Una cantidad de mesas y maquinaria se dispone a lo largo de las cinco plantas que no se distinguen desde dentro.
Pongo un pie sobre la superficie de madera que cruje bajo mis pies y bajo la escalera que se dispone a la derecha lo más sigilosa que puedo.
Aquí la oscuridad es aún más abrumadora.
Me oculto entre las mesas y los artefactos, caminando en cuclillas.
Todo parece estar vacío, se me encoge el alma al pensar en que todo este esfuerzo haya sido para nada.
—Y le dije: ¡Tía piraté! ¿Me entiendes? —Una voz masculina me sobresalta y se me eriza el cabello de la nuca.
Me arrastro hasta esconderme tras una máquina de grandes dimensiones. El par de hombres continúan la animada conversación. Lógicamente, van armados hasta los dientes. El tintineo metálico de las llaves me resuena en los oídos.
Corvin y Corx parecen seguir fuera, por lo que aún cuento con algunos minutos de ventaja.
No sé cuántos, por eso necesito esa llave cuanto antes.
Sus pasos retumban en la estancia y sus voces siguen con la charla intrascendente.
Me escurro, deslizándome entre las sombras.
A mis pies, un hierro metálico en forma de gancho me da la solución.
Soy consciente de que me estoy arriesgando demasiado, pero no me queda de otra. El corazón sigue latiéndome como al galope de mil caballos, tan fuerte, que siento que se podría oír resonando en la estancia.
Me coloco por detrás de ellos y por suerte de los dioses, los hombres se paran justo ahí.
—No te mereces eso, tío —le dice el más bajo, al portador de las llaves.
—¡Claro que no! He dado todo por esa fulana ¿Y así es como me lo paga?
Están tan enfrascados en la conversación que es muy poco probable que reparen en mi presencia.
“Es ahora o nunca”, me digo. Alargo el gancho con cuidado, hasta colocarlo cerca de su muslo.
Ambos están hablando de espaldas a mí, por lo que es más difícil que me vean.
No atino, el pulso me falla cuando intento enganchar las llaves y las manos me tiemblan con cada esfuerzo.
El sonido ensordecedor de la puerta al abrirse irrumpe en el diáfano espacio. Los individuos se ponen en alerta y justo en ese momento engancho las llaves. Tiro del gancho y en pocos segundos, el frío metal me acaricia la mano.
La voz de Corx penetra en el destartalado edificio.
—¿Qué estáis haciendo panda de holgazanes? —regaña a los dos tipos.
Contengo la respiración, he podido esquivar a estos tipos, pero a Corx no lo haré. Los pasos de Corvin la siguen de cerca, parece haberse ganado su confianza. A pesar del miedo, me dispongo a moverme, confiando en que Corvin la entretendrá lo suficiente como para poder actuar sin ser vista.
La puerta que aquellos hombres dejaron atrás, ese es el objetivo. Gateo hasta allí. Son solo unos pocos metros. La puerta cede fácilmente. “No se les ocurrió cerrarla con llave”. La atravieso, intentando hacer el menor ruido posible. Corvin sigue encandilando a Corx.
—¿Cómo podría estar con ella y no con una mujer cómo tú? —Sus palabras me atraviesan. Me esfuerzo por recordarme que todo es parte del juego.
Decido dejar la puerta encajada para no hacer más ruido. Unas escaleras estrechas, parecen conducir a un sótano. Bajo cada escalón de puntillas, cuando mis oídos son invadidos por el sonido del caos.