Capítulo 18 #2
—¡Chicos! —El anciano llama de nuevo nuestra atención. Se me hiela la sangre por un momento. Se ha dado cuenta de nuestro engaño. —Llévense una de las botellas como regalo de bodas. —Sonríe ampliamente, mostrando sus ennegrecidos dientes.
—Un placer hacer negocios con usted —añade Corvin , al tiempo que se guarda la botella entre la ropa. El viejo asiente.
Salimos por la puerta con una sonrisa en la cara.
Aún no puedo creer que todo haya salido tan bien.
Esperamoshasta avanzar un par de metros para festejar nuestro pequeño triunfo.
Me abalanzo sobre el cuello de Corvin para abrazarlo y este me rodea por la cintura.
Con la mano izquierda comienza a desenroscar la botella de licor ambarino.
Me separo unos centímetros de él y entonces la rabia acude de nuevo a mí.
—¡Eres un idiota! —Le empujo bruscamente y él me observa con el ceño fruncido —¿Por qué has dado el nombre de Axel? —le recrimino.
—No soy tan estúpido como para dar el mio. —Da un sorbo al whisky y me tiende la botella, que aparto brúscamente de un manotazo.
—¿Y tenías que dar el nombre de él? ¿No te parece que ya tiene suficientes problemas? —El calor de la rabia me inunda las mejillas.
—Por esa misma razón, qué más dá uno más que uno menos... —Su desasosiego me cabrea aún más —. Cuando lo saquemos de aquí, ya tendrá bastante con agradecernos lo que hemos hecho por él y sus amigos.
—Me decepcionas Corvin. —Mi voz suena ahora más calmada, pero está llena de resentimiento —. Él nos ayudó de forma desinteresada.
—Dudo mucho que haya sido así —asegura, entonces —. A tí quería follarte, yo venía en el paquete y no tuvo más remedio que joderse. —Lo desafío con la mirada unos segundos. No puedo creer lo que acaba de decir. Las lágrimas acuden a mis ojos cuando le cruzo la cara con la palma de la mano abierta.
—No vuelvas a decir eso. —Se queda unos instantes con la cara girada. La mejilla se le comienza a enrojecer por el golpe.
Comienzo a caminar decidida y en pocos pasos lo dejo atrás. De reojo veo como se acaricia la piel herida con la mano y esboza una mueca de disgusto.
—Vayamos a buscar a Corx. —Mi voz es templada, pero estoy apretando los puños para calmarme.
Me siguen sus pasos por detrás y de una zancada se pone a mi altura en el camino.
El resto de la caminata permanecemos en silencio.
Aunque la rabia me reconcome, el remordimiento aparece en mí, helado y frío.
Las palabras hirientes de Corvin fueron demasiado.
Pero no puedo olvidar todo lo que ha hecho por mí hasta ahora. Si está aquí es por mí.
Relajo los hombros y noto cómo el ambiente poco a poco va siendo menos hostil.
Se va destensando. Algo electrizante y tenso, mantiene a Corvin a la defensiva y no hablo de rabia o dolor, si no de algo más.
Deseo, atracción. Desecho esas ideas e intento centrarme en nuestra misión.
Es innegable que en la tienda ha estado brillante.
—Lo siento. —Clavo la vista en el suelo. Él continúa con la vista fija al frente.
—Me lo merecía —reconoce.
—Has estado increíble en la licorería. —Intento un tonto acercamiento. Corvin asiente como muestra de agradecimiento, pero sigue sin mirarme.
Avanzamos por las calles en la oscuridad.
El desgastado suelo de hormigón está apenas iluminado por unas débiles farolas, insuficiente para revelar por completo, los peligros que nos acechan.
Aquí no hay vehículos voladores, sino una versión más arcaica de estos.
Muchos se levantan únicamente sobre dos ruedas y su rugido ensordecedor te taladra los oídos al pasar.
Levantan gravilla que se te clava en cualquier parte de piel desnuda y los gases que dejan a su paso son asfixiantes hasta la extenuación.
Todo está cubierto por una extraña neblina que hace aún más evidente la falta de ventilación.
Intento no mirar a la cara a los transeúntes, pero su aspecto delata unas condiciones de vida infrahumanas. Se me hace imposible imaginarlo. En Armaria todo es tan diferente que no tengo con qué comparar todo esto.
Nos mantenemos alerta ante cada leve sonido a nuestro alrededor. La rigidez de mi cuerpo, mantiene mis extremidades atrofiadas.
Avanzamos las dos manzanas, que nos indicó el viejo tendero.
No existe un edificio igual por aquí. Así que, nos aseguramos de que hemos llegado a nuestro destino, cuando el bloque de ladrillo se presenta ante nosotros.
Las ventanas tapiadas, algunas de ellas estalladas, junto con el aspecto ennegrecido de los muros, revela que un incendio debió arrasar todo hace tiempo.
Custodiando la puerta, como un perro guardián, uno de los secuaces de Corx deambula de aquí para allá. Reparo en el arma de fuego que descansa en la pernera de su pantalón. De la manga de la chaqueta, sobresale el distintivo tatuaje en forma de serpiente. La marca de la manada.
—¿Cómo vamos a entrar? —pregunto en un susurro. Retrocedemos unos pasos para ocultarnos tras una esquina.
—Hay que encontrar una entrada secundaria.
—El ruido los alertará —digo —y si los mantienen en alguna celda, tendremos que conseguir la llave. —Más problemas se van añadiendo a la la larga lista. Mi mente sigue dándole vueltas sin parar —. No sabemos cuántos de ellos hay ahí dentro —digo, refiriéndome a Los Serpientes.
Corvin se lleva los dedos al entrecejo, pellizcándose el puente de la nariz, mientras espera mágicamente la llegada de una solución.
—Vale, tengo una idea —asegura, tras unos segundos.
—¿Seguro que tu don era la espada y no la estrategia militar? —pregunto. Su capacidad de resolución me tiene bastante sorprendida.
Él sonríe y las arruguitas que se forman alrededor de su boca lo hacen enternecedor. Cuando vuelve a hablar, me doy cuenta de que llevaba un rato mirándole los labios.
—Corx no puede verte. —Repara en mis ojos que he mantenido fijos en su boca. Al percatarse, noto como el nerviosismo lo hace recular —. Dudo mucho que se haya olvidado tu cara.
Se aleja un poco de mí e intenta reconducir la conversación. Yo me recompongo y estiro la espalda en un intento de mantener la compostura “¿Pero qué diantres me está pasando?” El incipiente calor me abrasa por dentro y tengo que retirar la mirada para evitar distracciones.
—Yo los entretengo y tú te cuelas en el edificio. Ten mucho cuidado, Elara. —El plan puede salir bien, pero eso no significa que no me aterre adentrarme en la boca del lobo.
—Lo tendré. —Me armo de toda la seguridad que se esconde en cada resquicio de mi cuerpo. Tengo que rescatar a Axel y lo voy a hacer.
—Yo me aseguraré de continuar con el engaño.
Busco una entrada, me sumerjo en el edificio, me hago con la llave y rescato a los chicos. “No debe ser tan difícil ¿no?”
—Elara, si algo te pasa... —Agarra mi mano de forma delicada, clavándome su mirada cristalina.
—Todo irá bien.
Me dirige una última mirada fugaz. Está tan cerca que podría besarlo. "Pero, ¿Quiero hacerlo?"
Hay momentos que al mirarlo, simplemente me quedo sin habla. Corvin se encamina decidido hacia la entrada de la fábrica y yo me quedo rezagada, escondida tras aquella esquina. Esperando la distracción perfecta para actuar.
Una gota de sudor helado me recorre la espalda, al pensar que alguien pueda acecharme y atacarme por detrás.
Dirijo una mirada rápida al callejón sin salida, a mi espalda.
A pesar de la oscuridad que lo envuelve, estoy segura de que no hay nadie.
Respiro un tanto aliviada. “Todo va a salir bien”, me repito.
Y devuelvo la mirada de nuevo a Corvin, que está plantado frente al gorila de la puerta.
Agudizo el oído, en un intento de averiguar cuál será el momento indicado para moverme.
—Avisa a Corx de que Corvin quiere verla. —El tipo corpulento lo observa de arriba a abajo con los brazos cruzados bajo el pecho.
Sin mediar palabra, se gira dándole la espalda. Sus nudillos aporrean la puerta, que se abre apenas unos centímetros.
—Quieren ver a Corx. Un tal Corvin. —La puerta vuelve a cerrarse y el hombre se gira de nuevo, clavando los ojos en Corvin.
Se me acelera el corazón a la espera de que Corx aparezca en escena.
Me sudan las manos mientras jugueteo con un hilillo suelto de mi capa.
Me coloco la capucha. En cuanto salga Corx, Corvin se asegurará de distraerla y yo tendré vía libre para adentrarme en el edificio.
Solo espero que todo esto haya sido una buena idea.
Pensar en que Corx pueda atraparlo, me revuelve las tripas.
El sonido metálico de la puerta al abrirse interrumpe el hilo de mis pensamientos.
—¿Me buscabas? —La voz cantarina de Corx, rompe el silencio.
Su rostro ensombrecido hace que sus ojos destellen aún más a la luz de las farolas. Su voluminoso cabello se mueve ondeante. Le sonríe con picardía y sus colmillos dorados brillan como un faro en la noche. Lo observa de arriba a abajo y se relame los labios. La cazadora y su presa.
—Vaya, vaya… ¿Qué caramelito tenemos por aquí?
—Soy Corvin. —Este hace una reverencia como si se encontrara ante una auténtica reina y cuando agarra su mano para depositar un beso suave en el dorso de la misma, se me contrae el estómago.
—Tu rostro me es familiar… —sisea. Sus ojos escrutan a Corvin, desnudándolo con cada mirada. Como si eso le permitiera ver dentro de él.
—Nos vimos hace unos días, de camino a Rubí… —La voz de Corvin suena tranquila, sigue concentrado en su trampantojo.
—¡Ah! —De forma teatral, se mueve como una bailarina —¡Ya recuerdo! Eres el guardián de la pelirroja… ¿Cómo se llamaba? —pregunta, fingiendo entusiasmo.
—Eso ya no importa. —La voz de Corvin es tan segura y sombría, que me retuerce por dentro.
—¿Dónde está? —El torrente de voz de Corx se oscurece.
—No está, eso es lo que importa.