Capítulo 18
Elara
Después de esto no volverán a atemorizarme las pesadillas.
La ciudad de Zafiro es peor que Rubí, en todos los aspectos.
Más oscura, más lúgubre, más destartalada.
Un lugar en el que siempre parece ser de noche.
Los edificiosdestruidos y desalmados, las ventanas rotas, los suelos llenos de escombros.
A cada paso se oyen gritos de terror, gruñidos, sonidos de armas y alaridos de dolor.
En el mismísimo infierno. El hedor putrefacto me inunda las fosas nasales y en un callejón sin salida, aprecio una persona devorando lo que parece ser un cadáver, humano.
Contengo las ganas de vomitar y Corvin me atrae hacia él. Obligándome a apartar la mirada.
La desesperación más primitiva del ser humano, convertida en puro terror.
—Tenemos que salir de aquí cuanto antes.
—¿Cómo vamos a encontrarlos? —pregunto. Las palabras rebotan entre nosotros, suspendidas en el aire.
Corvin se coloca frente a mí y con un rápido movimiento, me hace chocar contra una desgastada pared de ladrillo. No entiendo nada. Hasta que veo unos vándalos pasar por nuestro lado. Se acerca demasiado. Sus mejillas rozan mi cuello. Coloca la cabeza en la ondulación que nace de mi hombro.
—Discúlpame princesa... Debemos ser precavidos. —Su respiración es entrecortada. Cada sílaba que sale de sus labios acaricia mi piel y yo me derrito por el contacto. Deseosa de más.
Me reprendo mentalmente por estar sintiéndome así en este momento de tensión.
Los malhechores pasan de largo, sin siquiera reparar en nosotros.
Mi cuerpo responde antes que mi mente. Se me eriza la piel y cierro los ojos “¿Pero qué estoy haciendo?” Mi corazón late con furia y a pesar de la calidez del momento, no puedo dejarme llevar. No ahora.
Corvin se aparta, incapaz de sostenerme la mirada más de unos segundos. Jadeante, me recoloco el cabello e intento relajar el calor que siento en todo mi cuerpo. La tensión entre nosotros es cada vez más evidente.
—Nos haremos pasar por mercaderes.
—¿Qué? —Sus palabras me pillan desprevenida, después de lo que acaba de pasar.
—Luke comentó algo sobre los comerciantes, nos haremos pasar por uno de ellos. —Asiento. Es un buen plan.
—Perfecto ¿qué hacemos? —inquiero, colocando los brazos en jarra.
—Podríamos sobornar a alguien a cambio de información. Los Serpientes deben ser muy conocidos por aquí, no será difícil encontrar a Corx.
Me sorprende su repentina decisión y entonces empiezo a ver más al soldado que al amigo. Su seguridad, su estrategia “¿Sería capaz, como aseguró Myrgala, de convertirse en rey?”.
Avanzamos en busca de una tienda, una taberna, algún lugar por el que empezar con nuestro rastreo. Cada segundo que nos retrasamos, la vida de Axel y los demás corre un grave peligro. Tenemos que darnos prisa.
A diferencia de Rubí, aquí los carteles apenas tienen luz, ni colores.
La mayoría solo están alumbrados de forma tenue.
El aspecto desmadejado de muchos de estos locales, hace que introducirte en ellos, sea lo último que se te pase por la cabeza.
Caminamos un par de metros hasta que damos con el cartel de una licorería. “El gancho perfecto”, pienso.
Atravesamos la puerta con decisión. La poca luz que alumbra la estancia hace casi imposible dilucidar el compendio de botellas que cubren las paredes hasta el techo. Nos acercamos al mostrador, dónde no parece haber nadie.
—¿Hola? —Intento llamar la atención del dueño.
Un estruendoso ruido de botellas chocando, parece provenir de la trastienda. Corvin y yo nos miramos con decisión. Sus ojos inspiran seguridad.
—Déjame a mí —susurra y yo le cedo el control de la situación. “Ahora mismo lo único que me importa es encontrar a Axel”. Dejo a un lado el juego de poder —. Disculpe, ¿Es usted el dueño? —La voz de Corvin viaja hasta el fondo de la tienda.
De entre las sombras, un hombre menudo aparece haciendo a un lado las pesadas cortinas que esconden su habitáculo.
Al fondo alcanzo a ver un sillón deforme y desgastado y un reguero de botellas vacías que lo envuelve.
El viejo se sube a un taburete tras el mostrador y se coloca unas diminutas gafas redondas sobre la nariz.
Agita el entrecejo como si intentara aclarar su vista nuevamente.
—¿Qué queréis? —Su voz áspera resquebraja el ambiente.
—Un intercambio, somos comerciantes —dice Corvin, con toda la seguridad de la que es capaz.
El viejo ahora me observa. Como si pudiera dilucidar mis intenciones a través de mis expresiones faciales. Trago saliva e intento mantenerme serena.
—No les había visto antes por aquí. —“Maldición” —. Soy hombre de costumbres. Trabajo con los mismos comerciantes desde hace años.
—Somos nuevos en la ciudad, buscamos nuevos clientes. —La voz de Corvin sale tan segura de sus labios, que hasta yo lo creería.
—Forasteros ¿eh? —Su semblante se muestra cada vez más desconfiado —¿No sois demasiado jóvenes? —El silencio nos envuelve, mientras la duda sigue creciendo dentro del viejo tendero.
—Mi amada esposa y yo… —Corvin me dirige una mirada encantadora. Yo le devuelvo la sonrisa, metiéndome lo máximo posible en el papel —. Estamos continuando con el negocio familiar. —Vuelve a mirar al hombre antes de seguir con el parloteo —. Nos casamos hace apenas un mes ¿sabe?
El tendero suelta un gruñido desde el fondo de su garganta y dedica unos segundos más a observarnos a los dos, de arriba a abajo. Contengo la respiración trabajando en mitigar lo inquietante que se me hace estar aquí. Agarro la mano de Corvin en un intento de continuar con la farsa.
—Enhorabuena —gruñe el viejo.
—Gracias —respondemos al unísono.
—Bien... —El hombre se gira en busca de una pequeña libreta —. Dejadme vuestros nombres y así os tendré anotados para la próxima vez.
“Oh, no...” Las mentiras se complican y no paran de crecer a nuestras espaldas. Estamos en un laberinto sin salida.
—Axel —dice Corvin rápidamente, yo le dirijo una mirada de reojo que espero que al viejo le haya pasado desapercibida —. Axel Jones. —Inventa un apellido al azar.
El pulso del viejo tiembla, antes de anotar el nombre en una de las hojas desgastadas de su libreta.
—¿Y su esposa?
—Elara. —Me adelanto a Corvin, presa de la rabia "¿Cómo se ha atrevido a dar su nombre?"
—Elara y Axel Jones, perfecto. —Deja la libreta a un lado, sin percatarse de cómo estoy asesinando a Corvin con la mirada —. Entonces ¿Qué se les ofrece?
—El mejor whisky que tenga —solicita Corvin.
—De acuerdo. —El viejo se sumerge en los estantes en busca del licor.
—¿Cómo se supone que vamos a pagarlo? —le recrimino. Las cosas están yendo de mal en peor.
—Confía en mí —dice en un susurro. Yo contengo la rabia y las ganas de darle una bofetada. “Por cretino”.
—¡Bingo! —El viejo da pequeños saltitos sobre el taburete. Su maltrecho y encorvado cuerpo parece que va a desmoronarse de un momento a otro —¿Cuántas botellas serán? —pregunta, mirando en nuestra dirección.
—Estará bien con un par.
El tendero se acerca de nuevo a nosotros con las botellas y me percato de sus piernas.
Una es considerablemente más larga que la otra.
Contengo la respiración. Nunca había visto a alguien así.
Entonces recuerdo que los dioses también abandonaron en la Tierra a personas con discapacidades o deformidades congénitas.
Algo que no tenía cabida en nuestro mundo, a su parecer.
—El mejor whisky escocés, hace mucho que no se hacen licores como este. —Corvin observa la etiqueta intentando parecer entusiasmado.
—La calidad es evidente. —El tendero me mira a mí, le devuelvo una falsa sonrisa.
—¿Es del agrado de la señorita? —me pregunta.
—Por supuesto —respondo rápidamente —, cualquier elección que haga mi marido, siempre me parecerá la mejor —aseguro. El hombre parece contento con mi respuesta.
—Ya no quedan mujeres así, joven Axel. —Clava la mirada en Corvin, mientras me señala con el dedo —. Cuídela. Muy pocas creen ya en la lealtad del matrimonio.
Corvin asiente y me sonríe. Yo sigo mirando al hombre mientras esbozo un gesto estoico.
—Puedo asegurarle que lo haré. —Le devuelvo la mirada y veo como me envuelve con los ojos azul cielo.
Corvin entonces rebusca en el pequeño saquito de monedas que nos dejó Axel.
Por supuesto, no son suficientes para pagar las botellas.
Mi intranquilidad crece al no saber cuál es el siguiente paso.
El ambiente se hace más húmedo y pesado, mientras el olor a alcohol me perfora el tabique nasal con agresividad.
—¡Maldita sea! —Corvin continúa metido en el papel —¡Esa tipa nos la ha vuelto a jugar! —El viejo nos observa con cautela —. Me temo que no podremos pagar, disculpe la intromisión.
El tendero sigue observándonos con sus espesas y canosas cejas arrugadas sobre las gafas.
—¿De quién están hablando? —pregunta cuando Corvin, agarrado de mi mano se dispone a abandonar el local.
—Corx. —Corvin se gira de nuevo para mirarlo.
Yo palidezco al oír su nombre —. La última vez que le entregamos mercancía nos dejó a deber dinero.
—Hace una mueca de fastidio —. Si pudiéramos dar con su paradero y que nos devolviera el dinero que nos debe, podríamos comprar no solo dos, ¡Si no una veintena de botellas!
Los ojos del viejo se iluminan como estrellas en la noche. Por supuesto, no está dispuesto a perder una venta.
—Sé dónde podéis encontrarla. —La sonrisa de Corvin se ensancha.
Sin embargo, la duda azota el semblante del viejo antes de continuar. Separa de nuevo los labios reprimiendo algo más que añadir.
—Dos manzanas hacia el norte hay una vieja fábrica abandonada. Corx se esconde ahí con sus secuaces. —Me niego a creer que esto esté saliendo tan bien.
—Perfecto, gracias. —La sonrisa perfecta de Corvin lo hace tan guapo, que duele mirarlo.
—Gracias, buen hombre —digo, mostrando una delicada sonrisa.
—No hay de qué —responde él.
—Hasta la próxima. —Corvin se despide cuando nos disponemos a salir del local.